Capítulo 10 #2
—Estoy al borde y lo odio. Porque yo no soy de estar así. Yo soy de mirar y elegir. De entrar, de marcar el ritmo, de decir «tú sí, tú no». Y ahora estoy aquí, sin tocar lo que quiero, y me dan ganas de romper cosas.
—Escúchame —dice, más suave—. Si vas a volver, dímelo y lo planeamos. Y si no vas a volver, aguanta sin reventarte por dentro. Pero no te castigues, tía. No te sirve de nada.
—Ya… Y dile a Carol que deje de pedir bebés, que bastante tengo con no perder la cabeza.
—Se lo digo. Y tú cuídate. Y no te obsesiones con la francesa antes de tiempo.
—Lo intento, de verdad.
—Y si te entran ganas de hacer una locura… me llamas antes.
—Eso sí te lo prometo.
Seguimos un rato con lo mismo. Eva intenta bajarme las revoluciones, yo vuelvo a lo mío porque soy cabezona y porque Minerva me da donde más me afecta: en el estómago, en el orgullo, en las ganas.
Cuando cuelgo, respiro mejor. Y a la vez estoy más jodida, porque el silencio me deja a solas con todo.
La francesa. No me la esperaba… bueno, sí. El día que me despedí de Minerva ya vi el rollito. La bromita compartida. La confianza rápida de «tú y yo nos entendemos». Y la tía era mona, claro.
Si yo estuviera allí, si estuviéramos bien, esta mierda no me entraría tan fuerte.
Yo no soy celosa porque voy sobrada, eso lo tengo clarísimo.
A mí me gusta gustar y sé que gusto. Siempre he sido la que toma la iniciativa, la que pone las normas, la que se ríe del drama ajeno.
Pero llevo un mes aquí, aguantándome, caliente a ratos, triste a ratos, con el cuerpo en tensión y la cabeza dando vueltas.
Y tengo ganas de Minerva: en la boca, en las manos, entre las piernas.
Ganas de su olor, de su peso, de oírla perder el control.
Y cuando una pasa tanto tiempo sin tocar lo que quiere, la mente se pone pesada y cruel.
Me doy la vuelta y me abrazo a la almohada.
Intento imaginar su cara tranquila, su manera de mirarme cuando baja la guardia.
Pero me viene su risa con otra, y me entran ganas de estampar el móvil contra la pared.
Y vuelve la idea, la que me taladra: que ella siga con su vida tan tranquila, que pase página, y yo aquí, aguantando por algo que ni hemos hablado, por una lealtad que me inventé sola.
Por la mañana recibo un mensaje de WhatsApp en nuestro grupo Las ApagaFuegos. Es Eva, invitándonos a comer en su casa el sábado. Le digo que no puedo ir.
Me llama por teléfono otra vez.
—Ven o dejo de ser tu hermana.
—Tú eres mi hermana aunque te pongas dramática, Eva.
—No me toques las narices. Ven.
—Que no quiero, neni.
—Vamos a ver, chiquilla. Si te digo que vengas es porque es importante. Te callas, vienes y punto.
Me suelta la chapa un buen rato. La tía es insoportable cuando se le mete algo en la cabeza. Yo aguanto al principio, hasta le sigo el rollo, pero llega un punto en el que solo quiero mandarla a paseo y colgar.
—Eva, dímelo claro. ¿Qué pasa?
—Pasa que tienes que venir y ya está.
—Eso no es una razón, es una orden.
—Pues sí. Te doy una orden. Para una vez que me sale del alma mandarte, me lo vas a permitir.
—Eres un cuadro.
—Y tú una cabezota. ¿Vienes o no?
Resoplo, miro el techo, me muerdo la lengua.
—Vale, mandona —cedo—. Pero me debes una.
—Te debo lo que quieras. Ven. Y tráete ganas de portarte bien, que aquí hay guerra.
—No sé ni por qué me asusta esa frase viniendo de ti.
—Porque me conoces. Venga, el sábado. Y no llegues tarde.
Cuelga y me deja con el móvil en la mano y la sensación de que ya me han metido en una cosa sin preguntarme.
El sábado cojo el coche. Me repito que es solo hasta el domingo, que no pasa nada, que soy adulta, que controlo.
Ya. También me repito que voy a ver a Eva, a Carol, a Stella…
y que lo de Minerva no cuenta. Mentira. Claro que cuenta.
No entraba en mis planes verla hasta que pasaran los tres meses, pero la familia es la familia y, por desgracia, yo me la creo.
Llego al portal de la pesada, llamo al portero automático y me contesta Minerva.
Genial. Lo que no quería.
—Sube.
Su voz sale normal, pero yo la conozco. Con una palabra me pone el cuerpo en alerta.
Subo las escaleras y, en el descansillo, me la encuentro ahí plantada.
No hace falta que diga nada: va nerviosa.
Manos inquietas, ojos demasiado fijos, el peso repartido raro, lista para salir corriendo o para tirarse encima. Las dos cosas a la vez.
—Hola.
—Hola —contesto, con la boca seca.
—¿Un abrazo? —pregunta, y se le quiebra un poco la voz al final, lo típico que intenta disimular.
No contesto al momento. Se me va la vista a su boca, a cómo aprieta los labios, a esa duda antes de sonreír. Y sé que ella me mira igual, que me repasa entera, que decide si me toca o si se aguanta. Y a mí me pica todo por dentro.
—No sé si es buena idea —digo, pero no suena a negativa. Suena a «si lo haces, no me hago responsable».
—Ya. Pero… te he echado de menos.
Doy un paso. Ella da otro. Nadie decide nada y ya estamos encima.
El abrazo sale torpe, mal puesto, demasiado corto y demasiado intenso. No sé dónde poner los brazos. No quiero soltar primero. Me entra su olor y el estómago se me revuelve, pero de ganas. De las de verdad.
—Me alegro de verte —dice bajito, con la cara cerca de mi cuello.
Su aliento me roza y me sube calor por la nuca.
—Yo también —le devuelvo, más áspera de lo que quería—. Pero no empieces.
—No estoy empezando.
—Sí estás empezando. Y lo sabes.
Se separa lo mínimo para mirarme a la cara. Tiene los ojos abiertos del todo, intentando no liarla.
—No quería que vinieras y yo no estuviera.
—Ya. Claro.
Me aparto antes de hacer una tontería en el descansillo, porque tengo la cabeza dura pero no tanto. Entro y no me da tiempo ni a cerrar la puerta. Eva me engancha primero, fuerte, a lo bruto, y me planta veinte besos, de esos que te dejan la cara babosa.
—Qué canija estás, por Dios.
—Estoy estupenda —le digo—. Tú estás histérica, que es distinto.
—Histérica tú, que te vas un mes y nos dejas aquí con el drama.
—No era drama. Era vida.
—Pues ya está, vida, aquí estás. Dame otro abrazo y no protestes.
—No.
—Sí.
Me estruja otra vez y me habla al oído.
—Y no te me pongas borde hoy, que tengo un plan.
—Tu «plan» siempre significa que alguien va a acabar llorando o gritando.
—O las dos cosas. Anda, pasa.
Carol aparece detrás y me abraza de otra manera, más larga, más tranquila. Ella no aprieta por apretar; ella te sostiene.
—Te hemos echado mucho de menos —dice, y vuelve a apoyar la cara en mi cuello.
—Solo he estado un mes fuera —respondo, pero suena a excusa. Suena a «no me he ido tanto», cuando en realidad me he ido lo suficiente para que se notara el hueco.
—Un mes contigo lejos es largo —dice Carol, sin reproche, pero sin regalarme la salida—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —contesto—. Cansada, pero bien.
Stella sale disparada y se me agarra a las piernas.
—¡Tita!
—¡Eh, marcianita! —Me agacho y la cojo en brazos—. Pero mírate tú, si pesas el doble.
—No peso el doble —protesta, ofendidísima.
—Pues a mí me vas a romper la espalda. ¿Qué has estado comiendo, ladrillos?
Se ríe y me planta un beso pegajoso en la mejilla. Qué fuerte se puede echar de menos a una niña que pesa quince kilos y te manda con una mirada.
—Hola, mi amor. —Le doy un beso en la frente—. ¿Has sido buena?
—Sí.
Eva suelta una carcajada.
—Miente fatal.
—¡Mamá!
—Que sí, que sí, reina.
Levanto la vista y veo a Minerva apoyada en la consola del salón.
No se acerca. No se va. Me mira. Yo la miro.
No sonreímos al momento, tampoco apartamos la mirada.
Se instala un silencio raro, y dice más de lo que conviene delante de la familia.
Siento el pulso en sitios que no deberían tener pulso en un salón con una cría delante, y me da rabia porque yo he venido a comer paella, no a perder la cabeza.
—Hola —dice Minerva otra vez, más suave. Como si la primera no contara.
—Hola —repito yo—. Ya veo que sigues viva.
—Sigo viva, sí.
—Me alegro.
—Yo también.
Y ya. Ni una palabra más. Las dos igual de orgullosas, y las dos igual de tensas.
Nos sentamos a la mesa. Carol sirve la paella, Eva reparte platos. Yo cojo en brazos a Ulises y lo estrujo. Todo suena normal. Demasiado normal para el lío que llevo dentro.
—Bueno —dice Eva, dando una palmada—. Nadie habla de política, nadie habla de trabajo y nadie me amarga la comida. Gracias.
—¿Y qué tal por Granada? —pregunta, con voz casual, pero con esos ojos que te escanean.
No contesto al instante. Miro a Minerva antes.
No sé por qué. O sí lo sé. Porque necesito saber si le importa, si se aguanta, si le da igual, si me odia un poco, si me desea un poco.
Y ella me mira a mí, no al plato, no a Stella, ni a Ulises, no a nadie.
Solo a mí. Con esa cara de estar intentando parecer tranquila y no conseguirlo.
—Bien —digo al final—. Tranquilo.
—Eso suena rarísimo viniendo de ti —suelta Carol.
—Por eso mismo. Me ha venido bien bajar revoluciones.
—¿Y has bajado de verdad o estás vendiendo la moto? —mete cucharada Eva, con la boca llena, porque Eva es así.
—He bajado… lo que he podido —digo—. Allí no tenía a nadie tocándome la moral cada cinco minutos.
—Ah, claro —dice Eva—. O sea, que nos echabas de menos.
—No te flipes.
Stella me mira con la boca manchada de tomate.
—Yo te he echado de menos.
—Ya lo sé, bicho. Yo también.
Minerva baja la mirada al plato. Luego la sube otra vez. La cuchara le tiembla un pelín. Pequeño detalle, grande lo que me hace por dentro. Me entran ganas de decirle «para, que te estoy viendo», pero también me entran ganas de otra cosa, y esa otra cosa no se dice en voz alta con una niña al lado.
—¿Te ha sentado bien el cambio? —sigue Carol, suave, sin apretar… pero apretando.
Vuelvo a Minerva antes de responder. No juego a nada, lo juro. Solo me cuesta. Mi cabeza va por un lado y mi cuerpo por otro.