Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Nerea

Granada huele raro. No sé a qué, pero desde luego no huele a casa.

Y mira, ya es un avance. Por la mañana el aire te corta un poco la cara y las cuestas te dejan claro que aquí nadie te pone una alfombra.

Te adaptas tú o te jodes. Me atrae esa falta de delicadeza.

Granada no me pregunta nada, no me mira con pena, no me ofrece consuelo barato.

El piso cumple: demasiado bonito para tres meses.

Terraza pequeña, dormitorio apañado, baño con jacuzzi y una luz limpia que casi da rabia.

Tiene pinta de casa de alquiler bien puesta para que no te encariñes.

El sofá abraza, pero no te conoce. Aún tengo la maleta abierta en el dormitorio.

Con la ropa asomando, con ese rollo de «no voy a fingir que me instalo».

Deshacer maletas siempre me ha parecido un compromiso y ahora mismo no me apetece prometerle nada a nadie, ni a un armario.

El hospital es grande, frío, me ha vuelto un número con bata.

Perfecto. Nadie sabe quién soy. Nadie sabe a quién quiero, ni a quién he perdido, ni lo que me muerdo por dentro cuando me quedo sola.

Aquí solo soy la médica nueva que viene de fuera.

Neutra. Segura. Invisiblemente rota, pero eso no sale en la tarjeta.

Los primeros días fueron lo mismo: curro, piso, cama.

Y otra vez. La rutina me ha servido de correa.

Me muevo mucho. Camino todo lo que puedo.

Me meto por calles sin mirar el mapa. Me pierdo a propósito.

Granada te obliga a elegir: o miras arriba o te tragas una farola.

No hay más. Y eso también es bueno, porque mi cabeza no tiene tiempo para ponerse dramática si mis pies van a lo suyo.

Por la noche, el silencio pesa distinto.

En Sevilla dolía. Aquí no. Aquí el silencio no tiene nombre ni recuerdos metidos dentro.

No hay esquinas con trampas, ni bares con fantasmas, ni un «aquí pasó» en cada sitio.

Nadie me ha querido en estas calles. Nadie me ha fallado tampoco.

Cero recuerdos, cero tentaciones. Mi nivel de control está alto, un noventa por ciento fácil. Debería tranquilizarme más. Y no.

Eva me escribe casi a diario. Carol de vez en cuando, con frases cortas y veneno justo para que no me hunda del todo.

Y cuando lo hace Minerva contesto con frases templadas, cortas, sin abrir puertas.

Porque me conozco: en cuanto me suelte, se me va la boca, o los dedos.

Y con ellos la dignidad. Y yo ahora mismo necesito dignidad, aunque sea prestada.

Mi plan es sencillo y patético a la vez: que Minerva se dé cuenta de una puta vez de que no podemos estar separadas.

Lo fuerte es que ya ni abro Tinder por aburrimiento. Ni me apetece una cama cualquiera. Antes me habría parecido imposible. Ahora no sé si es madurar o estar pillada como una idiota.

Me cuento que respeto su espacio. La verdad: respeto el mío.

Porque no sé qué pasaría si la escuchara decir mi nombre ahora. No sé si lo aguantaría sin romperme. La necesidad me saldría a borbotones y me vería la cara de «te necesito» que tanto odio.

Por las mañanas me visto de deporte, me pongo los cascos, me meto Supertramp y salgo a la calle a la misma hora. Repito itinerario. Diez kilómetros. Cuarenta y siete minutos. Luego ducha, café y uniforme de doctora. Me monto una normalidad de pega, pero cuela. Al menos en el espejo.

Hoy es viernes y salgo tarde del hospital. Me siento en una terraza cualquiera y pido una cerveza. Luego otra. Y que me pongan tapas, aunque casi ni las toco. No pienso en nada concreto. Eso sí es nuevo: mi cabeza con el volumen bajo.

En la mesa de al lado una pareja se come la boca con ganas, manos por aquí, manos por allá. Me entra una punzada de deseo al recordar lo fácil que era dejarme llevar con Minerva. No debería pensar en ella ni en su boca cuando tengo una cerveza en la mano y una noche por delante.

Saco el móvil. Abro el chat de Minerva. Es ridículo lo que duele algo que no pasa. O peor: lo que duele lo que podría pasar y no pasa.

Caigo en la tentación y escribo: Estoy bien.

Lo borro. Granada es bonita. Lo borro. Echo de menos tu forma de callarte.

Lo borro también porque eso suena a «vuelve» y yo no quiero rogar.

Quiero que me eche de menos ella, que le escueza mi ausencia.

Que una noche le dé por tocarse y piense en mí sin querer.

Sí, soy así, y qué. Apago la pantalla. Hoy no.

Vuelvo al piso. Me quito los zapatos en la entrada y dejo el bolso tirado en el sofá.

Me tumbo en la cama sin encender la luz.

El techo es blanco, limpio, impersonal. Esto quizá es lo que necesito: espacio para no ser nadie durante un rato.

Ni la que se va. Ni la que se queda. Solo Nerea.

Una tía con pulso, con hambre y con orgullo.

Me giro de lado y aprieto la sábana con la mano. Granada no me cura. Pero tampoco me hace sangrar más. De momento, me deja respirar sin que todo tenga su nombre. De momento.

Suena el móvil. Eva.

—Cariño, dime que estás pasando frío y que te vienes. Te echo de menos.

—Quiero volver con vosotras. Os echo de menos una barbaridad. Y a los niños… a los niños los echo de menos que me duele.

—Carol dice que quiere que seamos mamás otra vez. ¿Te lo puedes creer?

—Venga ya… parecéis del Opus con tanto crío —resoplo—. Que lo tenga ella, cojones. Yo no quiero verte embarazada otra vez.

—Eso digo yo. Que no tengo el chichi pa farolillos.

—Bruta.

—Bruta y sincera. Y ahora dime tú: ¿qué tal estás? Pero de verdad. Sin postureo. ¿Piensas en Minerva?

—Todo el rato.

Y es literal. En la ducha, con la mano entre las piernas. En el súper, mirando tomates y pensando en su boca. En la noche, cuando apago la luz y mi cabeza se va por donde le sale del coño. No se lo suelto así a Eva porque me conoce y encima me da vergüenza.

—Ella también piensa en ti —dice—. Pero escucha, no sé si debería decirte esto. Carol me va a matar…

Se me revuelve el estómago. Me incorporo en la cama de un salto, ya seria.

—¿El qué, neni? Suéltalo, no me tengas aquí con el corazón a mil, que ya me lo estoy oliendo.

—Creo que la francesa está… a ver… tonteando con ella. La nueva de la oficina.

Me falta el aire.

—¿Crees? ¿Y quién va detrás de quién? ¿La francesa la está buscando o Minerva está entrando al juego? Y ni se te ocurra decirme que se la está follando porque me da algo.

—Tranquila. Sabes que Minerva no es de un polvo rápido y ya.

—Ya. Y eso es lo que me acojona. Si se mete en algo, es porque le remueve cosas.

Silencio. La oigo respirar y yo respiro raro, cortado, con un nudo en la garganta.

—No creo que haya pasado nada todavía —añade—. Pero contéstame una cosa, Nerea. ¿Te jode lo de la francesa?

Suelto una risa corta, de mala leche.

—¿Tú qué crees, Eva? Claro que me jode. Estoy cabreada de verdad. Me entran ganas de coger el coche, ir a esa oficina y decirle en la cara quién soy yo y qué cojones hago en su vida. —Bajo la voz—. Me piré para que me echara de menos, no para que otra le saque risitas con acento francés.

—Ajá… —La oigo sonreír, la cabrona—. Y tú mientras tanto, ¿qué? ¿Has hecho vida? ¿Te has liado con alguien?

—No.

—¿No de «no», o no de «me da pereza contártelo»?

—No de no.

—Vale, vale. ¿Nada de nada? ¿Ni un beso borracha? ¿Ni un «vente a casa y me quito la ansiedad de encima»?

—Eva, que no. Y no me tires de la lengua, que sé por dónde vas.

—Te lo pregunto porque me cuesta imaginármelo. Tú, un mes sin liarte con nadie… eso no encaja contigo.

Me giro y miro el techo, apretando la mandíbula.

—Pues encaja. No me he follado a nadie y no pienso hacerlo. Y ojo, que opciones no me faltan. Me hablan, me buscan, me sueltan indirectas, me miran el culo en el súper. Y yo, nada. Paso. Me estoy controlando.

—Tú controlándote. Hostia.

—Ya. Y lo peor es que me da más vergüenza contarte esto que decirte que me he follado a siete en una semana. Porque esto suena a intensita, a enganchada, a «mírame qué buena soy».

—Qué giro de personaje, Nerea.

—No es por ser buena. Es por orgullo. Quiero saber si puedo aguantar sin meterme en una cama cualquiera para callarme la cabeza. Porque lo que me pasa tiene nombre y apellidos.

—Minerva.

Suelto el aire despacio. Se me va la pose, aunque sea un rato.

—Sí. Minerva. Estoy pilladísima y me da una rabia que flipas. Porque la gente me mira y se piensa que voy de sobrada, que todo me da igual, que yo solo juego y ya. Y esta vez no estoy jugando, Eva. Esta vez me importa. Me importa de verdad.

—Yo te creo.

Se me humedecen los ojos, pero no le voy a dar el show.

—Tú sí. Eres la única. Ojalá ella me mirara igual, con esa claridad tuya, sin tanto rollo en la cabeza.

—Te mira, Nerea. A su manera, pero te mira. Y también te digo otra cosa: estaría bien que le hablaras de lo que sientes. Sin teatro.

—¿Y decirle qué? ¿«Hola, me fui porque estaba a punto de liarla y ahora me estoy comiendo la cabeza pensando en ti riéndote con otra»? —Me froto la frente—. No pienso hacer el ridículo.

—Tú no haces el ridículo ni aunque lo intentes.

—Ya, ya… por fuera voy de segura, por dentro estoy hecha mierda.

—Pues por dentro también puedes ir segura. Una cosa no quita la otra.

—No me des lecciones, que te conozco. Tú también has hecho gilipolleces por amor.

—Claro. Y por eso te lo digo. Para que no te vuelvas loca tú sola, encerrada ahí con tus ideas.

—Ya estoy loca —murmuro—. Solo que me sale fino.

—Esa es mi Nerea: elegante y peligrosa.

—Tu Nerea tiene unas ganas de besarla que me tienen mal. Y de follármela, Eva. De ponerla contra una pared, agarrarle la cara y meterle la lengua hasta que se le borre de la cabeza la puta francesa. Y sí, ya sé que suena fatal. Me da igual.

—Vale, vale, joder. Mensaje recibido. Estás al borde.