Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Nerea

Ya es oficial: me llega la notificación y el traslado queda aprobado.

Firmado. Cerrado. Esto ya no tiene marcha atrás.

No le doy mil vueltas porque, si me paro, me rajo.

Así que hago lo que mejor se me da cuando estoy a punto de romperme: pongo la cabeza en modo «lista de tareas» y tiro para delante.

Me busco piso rápido por Booking. Tres meses, prorrogables, que nunca se sabe.

Cerca del hospital, con terraza, céntrico, con todo puesto para entrar y fingir que llevo mi vida en orden.

Ya sabes el tipo: sofá vintage, muebles blancos, encimera oscura, todo limpito, todo muy adulto. Me mola. Me calma.

Puedo ir andando al trabajo. Menos coche, menos tiempo muerto, menos ratos para quedarme rumiando. Cuando rumio, me vuelvo peligrosa para mí.

Confirmo la reserva y cierro la app. Y ya está. Granada se me mete en la cabeza. Calles estrechas, cuestas que te ponen el culo duro y aire frío. Bonita como para no odiarla. Lejos para que nadie me exija explicaciones.

Empiezo a hacer la maleta en la cabeza… y dejo fuera una cosa. Minerva. No. Eso no. Se lo digo yo. No pienso dejar que se entere por terceros. Le escribo.

A las cuatro en punto me planto fuera y espero. Cuando sale, va con una compañera que no conozco. Habla sin parar, gesticula, se ríe fuerte. La otra tiene pinta de tener buen gusto con las mujeres, me da igual. Se despiden y Minerva le da un beso en la mejilla, uno solo, correcto.

Me ve y se le achinan los ojos. A mí eso me jode viva. Se acerca y me abraza. Breve, casi «normal». Pero aguanta un segundo de más. Y yo, con ese segundo, ya lo sé: esto va a doler.

—No te voy a robar mucho tiempo. —La voz me sale más firme de lo que me siento—. Solo he venido a despedirme.

Se le frunce el ceño.

—¿Despedirte? ¿Qué significa eso?

Respiro hondo. Me noto el corazón en la garganta. Ahora o nunca.

—He pedido un traslado.

Se le para la respiración un instante.

—¿Qué?

—Tres meses. Me voy a Granada.

Niega despacio, como si así borrara la frase.

—No te vayas, Nerea.

Me coge de las manos. Las suyas están calientes. Las mías no. La miro cansada. Cansada de esperar.

—¿Y qué más te da? —le digo—. Si estoy aquí y no nos vemos.

Abre la boca. La cierra. No tiene respuesta.

—No quiero que te vayas… —murmura—. No quiero perderte.

Ahí me pega. Porque claro que me pega. Yo tampoco quiero perderla.

—No podemos estar juntas ahora mismo —le digo, más suave—. Me lo has repetido tantas veces que al final me lo he creído.

—Te quiero.

Me rodea la cintura y aprieta. Me besa. Me dejo.

Porque soy fuerte para muchas cosas, pero para su boca no siempre.

Es un beso lento, con lengua, con esa calma que te rompe por dentro porque sabes lo que hay detrás: ganas, pena, miedo.

Su mano sube un poco por mi espalda y a mí el cuerpo me responde solo.

Se me va la cabeza a lo de siempre, a su presencia, a su olor en mi cuello, a ese punto en el que me muerde suave y me saca un gemido que no debería salir en plena calle.

Me separo. Me cuesta. Mucho.

—Tengo que irme —digo, bajito—. Desconfías de mí. Y yo no puedo vivir a examen.

Me abraza más fuerte. Se rompe. Sus lágrimas me mojan el cuello. Yo no estaba preparada para verla así. No hoy. No con la maleta ya hecha en la cabeza.

Me parte, pero no me mueve del sitio. O eso intento.

—No llores, bonita —le digo. Me odio un poco por sonar serena cuando por dentro estoy hecha polvo—. Cuando vuelva hablamos de lo nuestro.

Levanta la cara de golpe.

—No me digas bonita. Vamos a hablar ahora.

Cierro los ojos. ¿Ahora? Dos semanas sin un mensaje. Dos semanas en las que yo me trago el orgullo, miro el móvil, me digo «hoy sí» y me acuesto igual. ¿Ahora, justo cuando me voy?

—No lo sé. —Es lo más honesto que tengo—. No quiero hablar desde la ansiedad. Quiero que me busques tú cuando dejes de dudar y de inventarte películas.

—Nerea… No me jodas. No te vayas tres meses, no hace falta, de verdad, vamos a hablar ahora.

Le limpio la cara con el pulgar. La noto temblar y eso me angustia.

—Ven.

Se le caen los hombros. Se deja caer encima de mí. Yo la aguanto. La beso otra vez, más corto. Más sucio. Más de verdad. Porque, qué quieres que te diga, lo necesito. Incluso con el drama. Me separo para hablarle a dos centímetros de la boca.

—Yo quiero estar contigo. Tendré mis defectos, vale, no soy perfecta. Pero eso lo tengo claro, Minerva. Clarísimo.

—Perdóname…

—No. —Niego—. No va de eso. Me da igual el perdón si luego volvemos a lo mismo. Lo que necesito es que confíes en mí. Que no me estés midiendo cada cinco minutos, buscando el fallo, esperando la excusa. Porque parece que la mala siempre soy yo, y yo también sufro.

Minerva aparta la mirada.

—No pienso eso.

La miro.

—Pues lo parece. —Silencio—. Y cuando te digo que estoy, estoy, joder. Estoy harta de que a la primera de cambio me apliques la ley del silencio. Que te retires. Que me dejes sola con todo.

—No te dejo sola.

Se le rompe un poco la voz al decirlo y, joder, casi prefiero que me grite.

—Sí, Minerva. Lo haces. Te cierras. Y me dejas aquí hablando con una pared. Y yo ya no sé cómo entrar. —Aprieto la mandíbula porque ahora viene lo que llevo tragándome días—. Te doy tu tiempo. Pero yo también me elijo.

Minerva levanta la cabeza rápido.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Hablar así.

—¿Así cómo?

No contesta. Porque las dos sabemos qué significa ese tono. La miro y sigo, porque si paro ya no sale:

—No me quedo aquí peleando con tus dudas.

Si me quieres, me alcanzas y me aceptas.

Tú ya sabes quién soy. Cómo soy. Lo que te doy cuando me dejo ir contigo y lo que pasa cuando me miras y yo me rindo.

Y también sabes que no voy a mendigarte nada.

Me voy porque lo necesito yo. Me estoy quedando pequeña aquí y me estoy apagando.

No digo más. Ella tampoco. Solo asiente, con la cara rota. Me separo antes de que me vea caer. Porque me caigo. Me caigo por dentro. Doy un paso. Luego otro. No miro atrás. Ni se me ocurre. Porque si miro… vuelvo. Y quiero volver con todas mis fuerzas.

Pero ahora no. Ahora no puedo.