Capítulo 8
Nerea
Han pasado dos semanas desde que Minerva decidió lo del puto «tiempo». Dos semanas. Y yo ya tengo clarísimo que esto no arregla nada. Esto es una manera fina y cobarde de largarse sin decir «me voy».
Yo no sé estar así, quieta. Me paso el día con el móvil en la mano, mirando la pantalla cada diez minutos, esperando una notificación que no llega.
Me digo «ni lo mires, Nerea», y a los dos segundos lo miro otra vez.
Me invento excusas: que si es por trabajo, que si igual ha escrito en un grupo.
Mentira. Y encima luego finjo que me da igual. No me da igual.
Me entran ganas de mandarla a la mierda y quitarme la ansiedad de encima de una vez.
Bloquear, desaparecer, pasar página, hacerme la dura.
Y yo sé hacerme la dura, vaya si sé. También me dan ganas de plantarme en su puerta, agarrarla de la camiseta, besarla y decirle: «Se acabó el jueguito.
Me quieres o no me quieres. Pero no me tengas aquí con el corazón en la boca».
Porque la quiero. La quiero mucho. Y con ella me sale una parte mía que no saco con cualquiera.
Encima tengo la sensación de que haga lo que haga, con ella esto no se arregla fácil.
Sé quién soy, sé lo que transmito. Me gusta jugar e ir de segura y se me nota.
Pero desde que estamos juntas me he portado.
Me he portado de verdad. Le contesto, voy, aparezco, me quedo, le doy mi tiempo, mi atención, mi cuerpo.
Con ella me dejo, bajo la guardia. Me gusta que me toque, que me mire, que me mande callar con un beso cuando me pongo gallita. Con ella no estoy a medias.
Y aun así, «tiempo». ¿Tiempo para qué? ¿Para decidir si me cree?
¿Para ver si soy lo bastante buena? Si me quiere, que me quiera bien.
Sin condiciones raras, sin exámenes, sin «a ver qué haces».
Ella sabe cómo soy desde siempre. Me conoce hace años.
Ha empezado algo conmigo sabiéndolo. Y si la cago en algo, lo entiendo, lo hablo, lo arreglo.
Pero esto… esto me suena a castigo. A control.
Y me jode porque yo he hecho cada puta cosa que ella ha querido.
Esta ansiedad no la tenía desde lo de Rocío. Me cago en mi vida. Y lo peor es que, aun con todo, me acuerdo de su boca y me entra un calor tonto por el cuerpo que me da vergüenza hasta conmigo misma. Porque sí, estoy enfadada. Pero también estoy loca por ella. Y esa mezcla me deja hecha mierda.
Me levanto antes de que suene el despertador.
No quiero que nada me saque de golpe de la cama, bastante tengo con abrir los ojos.
Voy directa a la ducha y pongo el agua hirviendo, porque hoy me apetece castigarme un poco.
Me dura dos minutos la fantasía de «me quemo y se me pasa».
El cuerpo se queda blandito y la cabeza se pone a correr.
En el retrovisor del coche me veo la cara y me dan ganas de bajarme y volver a casa a esconderme debajo del edredón. Me pongo corrector, rímel, un poco de colorete. Y no, no es el maquillaje lo que falla. Soy yo. La mirada. La forma de apretar la mandíbula.
Llevo días así y nadie dice nada. O yo no escucho.
Me vuelvo experta en fingir: sonrisita, tono profesional, el «sí, ahora lo reviso» y listo.
Nadie me pregunta qué me pasa de verdad.
Nadie, excepto Eva, que me escribe a media mañana con su modo madre pesada, pero con cariño: «¿Has comido?
», «¿Has dormido?», «¿Cómo estás?». Le contesto que sí a todo, claro.
Y las dos sabemos que miento con una soltura que da miedo.
Lo de comer… bueno. Lo de dormir… ni hablamos.
Y lo de estar bien… eso lo dejo para los anuncios.
La verdad es otra: me paso el día con un nudo en el estómago y una punzada entre las piernas que no viene de la ovulación precisamente.
Viene de ella. De Minerva. De lo fácil que me resulta imaginarla acercándose y lo difícil que me resulta aceptar que no está.
Me odio un poco por eso, por necesitarla así, por ponerme tan básica.
Pero también me conozco: cuando algo me importa, me importa de verdad.
Y yo a Minerva no la pienso meter en la carpeta de «ya se me pasará».
Tengo que tomar una decisión: hacer algo que me saque de este bucle de pensarla, buscarla, evitarla, volver a pensarla.
Y cuando me siento acorralada hago lo que mejor se me da: mover ficha.
Acción, caos controlado, plan rápido. No me da tiempo a pensarlo demasiado, que es mejor.
Salgo del despacho y voy directa a ver a mi jefa, la doctora Rey.
—¿Tienes un minuto? —pregunto desde la puerta.
Levanta la vista por encima de las gafas. Esa mirada suya que te pela el alma, pero con bata.
—Siéntate, Nerea.
Me siento. Espalda recta. Manos quietas encima del regazo. Voz de médica seria. La de «no pasa nada», la de «aquí no sangra nadie». Por dentro me río, porque lo que quiero es huir. De una persona, de una ciudad, de mí misma. Suena más elegante si lo llamo «situación».
—Quería preguntarte por los traslados temporales.
Sara juega con el bolígrafo, clic, clic. No se sorprende. Me mide. Me huele la trampa, la prisa, el motivo.
—¿Te quieres ir?
—No —suelto demasiado rápido—. Quiero moverme. Algo temporal. Necesito aire.
Eso sí es verdad. Aire. Distancia. Ruido blanco.
Me explica opciones con esa calma de quien ha visto a gente romperse y recomponerse mil veces.
Ciudades, plazos, tres meses, seis. Intercambio entre hospitales.
Protocolos, papeles, firmas. Todo administrativo.
Todo limpio. Cero emoción. Perfecto para mí, porque lo emocional ahora mismo me prende fuego.
Mientras habla, mi cabeza traicionera se va a Minerva.
A la última vez que la vi. A sus ojos. No enfadados.
Peor: fríos. Desconfiados. Esa mirada que dice «ya no sé quién eres».
Pienso en su cuello, en la forma que tiene de inclinar la cabeza cuando escucha de verdad y en su olor.
Me entra una rabia tonta, que no sirve para nada, porque mi cuerpo sigue reaccionando a ella con una alegría indecente.
Me gustaría tocarla y pedir perdón a la vez.
Que me mirara otra vez con ganas. Que me empujara contra una pared y me callara la cabeza.
Y luego me gustaría hablar, claro. Pero primero lo otro.
Primero lo que siempre nos sale sin esfuerzo.
—Piénsatelo —dice Sara al final—. No es algo que se haga por impulso.
Asiento. La parte graciosa es que ya lo pienso desde hace días, solo que hoy por fin lo digo en voz alta.
Ahora lo veo claro. Irme tiene sentido. Cambiar de rutina, de calles y lugares donde todo me la recuerda.
No creer que la veo en cada mujer morena de espaldas.
Necesito desengancharme un poco, aunque sea a la fuerza.
Quiero desintoxicarme. O intentarlo. Porque me da más miedo verla y que ya no me mire igual, que la distancia. O que yo me acabe acercando con el corazón en la boca y ella se quede intacta. Necesito hacer una cosa bien: dejarla respirar. Respirar yo. Dar un paso atrás para no reventarlo del todo.
Que me eche de menos y se pregunte dónde estoy. Que se dé cuenta de que me necesita igual que yo ya me doy cuenta de la verdad: lo que quiero, lo que de verdad quiero, es estar con ella.
En la cafetería del hospital me cruzo con Luz.
Me dedica una sonrisa correcta, profesional.
Me pica. No por ella. Por mí, por el ridículo que hago por dentro.
Porque yo no estoy para escenas de pasillo ni para sonrisitas de «qué tal».
Yo estoy para sobrevivir al turno sin pensar en Minerva, y aun así la tengo metida en la cabeza.
Y encima me enfada que algo tan tonto me afecte.
Qué asco me da estar tan… sensible. Tan a flor de piel. Tan «Nerea, contrólate, hostias».
Por la tarde, cuando salgo, agarro el móvil con la mano sudada. Podría escribirle a Minerva. Sé qué soltarle, con comillas o sin comillas.
Te echo de menos.
No quería hacerte daño.
No soy tan desastre como parezco.
Me acuerdo de tu boca más de lo que debería.
Por desgracia también sé qué me caería de vuelta. O peor: nada. El silencio. Ese vacío elegante que ella maneja tan bien y a mí me revienta. No lo aguanto. Yo soy de choque frontal: de decirlo, de liarla, de arreglarla, de follarla, de lo que toque. Pero el silencio… el silencio me deja sin armas.
Me subo al coche. Conduzco sin música. Necesito tomar una decisión de adulta, de esas que tú misma te vendes como madura y luego, cuando pasan dos semanas, te das cuenta de que era una huida con maquillaje. Un traslado temporal no es largarse, ¿no? Es tomar aire. Eso me repito.
Aparco frente a casa. No subo. Me echo hacia atrás en el asiento, con las llaves en la mano, y miro el portal con una esperanza idiota: que Minerva salga por la puerta por error, por casualidad, por un fallo del universo.
Que la vea, que me vea, que se nos escape algo en la mirada.
Que me diga «sube» y yo suba sin discutir, sin orgullo, sin nada.
No sale nadie.
Respiro hondo. Mañana pido el traslado. Temporal. Racional. Ordenado. El pack completo de «me importa demasiado y lo gestiono fatal». Antes de abrir la puerta del coche, el móvil vibra.
No es Minerva.
Eva: Ven a casa.
No me gusta tu silencio.
Cierro los ojos. No me voy a otra ciudad hoy. Pero ya empiezo a alejarme. Y eso también cuenta. Eso también duele, aunque no tenga drama de película.
Entro en casa, me quito los zapatos, tiro el bolso en la silla, me desnudo. La ropa pesa cuando una está así. Me recojo el pelo, abro una botella de vino y pongo música bajita. Marlango, It’s all right. Mentira, pero queda bonito.
Me dejo caer en la butaca y cojo el libro que tengo a medias.
Hoy no quiero manuales médicos ni cerebros ajenos.
Quiero apagar el mío, dejarlo en modo avión.
Estoy con La Inspectora Malagamba, en su primera vez con la rusa Rachel.
Y claro, me imagino a Minerva en esa escena.
Minerva sin tantas capas. Minerva sin tanta contención.
Se me eriza la piel solo de pensarlo. Me noto la boca seca. Aprieto los muslos para bajar el incendio. Estoy sola en casa y podría hacer muchas cosas. Pero hoy no quiero acabar yo conmigo.
Llaman a la puerta. El corazón me da un salto traicionero. Pienso «Minerva» y casi me río de mí misma por lo desesperada que estoy. Pero la voz me aterriza.
—Abre.
Abro. Eva pasa, me planta un beso en la mejilla y deja unas bolsas sobre la mesa con su energía de hermana y su radar de psicóloga.
—Dame una copa de vino, que hasta dentro de unas horas no voy a dar el pecho.
—Eso es optimizar el tiempo —le digo, y me sale una sonrisa.
Le sirvo. Se ajusta las gafas con ese gesto tan suyo, el que hace cuando ya ha decidido que hoy toca intervención.
—A ver —dice, con la copa en la mano—. ¿Qué te pasa? No me contestas a los mensajes. Estás más rara que nunca. Y tú rara ya eres una disciplina olímpica, Nerea.
—No estoy pasando por un buen momento. Lo de Minerva me tiene fatal.
—Bueno, te ha pedido tiempo. —Se acomoda en el sofá con las piernas cruzadas. Cambia la voz, se pone misteriosa—. Sé cosas. Habla con Carol delante de mí. Y ¿sabes qué? Te quiere.
Me sale una risa sin ganas.
—Me quiere, sí. Eso ya lo noto… —Me paso una mano por la cara—. Pero no confía en mí. Se cree que juego con ella y que me voy a ir con otra en cualquier momento.
Eva me mira un rato largo. Me lee los microgestos, la postura, el tono. Qué lista es la cabrona.
—Bueno. —Da un sorbo—. Eso también.
Me dejo caer en el sofá y me tapo con una mantita. Mi hermana se acurruca contra mí, ya ha entendido el cuadro clínico.
—He pedido un traslado temporal.
—¿Cómo? —Se incorpora de nuevo—. No, por favor.
—Neni, solo van a ser tres meses.
Su modo psicóloga se enciende del todo. Me observa las manos, cómo aprieto la copa, cómo evito su mirada. Me dan ganas de decirle que pare, que no soy paciente, que soy su hermana. Pero la verdad: necesito que lo haga. Necesito que alguien me sostenga el volante, aunque sea un rato.
—Bueno, en principio son tres meses —añado—. Ella quiere tiempo y yo no quiero estar aquí ahora. No así. Tengo que hacer algo o me ahogo. Y no quiero hacer el ridículo. Ya lo he decidido. Me voy a Granada.
Se ajusta las gafas, me observa otro rato.
—Granada… —repite—. Bueno. Te lo acepto. Si es temporal y sirve para que te aclares y resurjas. Lo de ave fénix queda cursi, pero tú me entiendes.
—¿Sí?
Me escucho y me doy pena. Necesito su aprobación. Qué fuerte.
—Está a dos horas y media. Eso no es irse. Eso es coger impulso.
—Exacto.
—¿De verdad lo necesitas? —Se queda pensativa—. ¿Vendrás los fines de semana?
—Puede… —Me río, pero me sale torcido—. Ya sabes. Depende de si me da por portarme bien o por hacerme la mártir.
—¿Y sabes cuándo te vas?
Bajo la mirada a la copa. Veo el vino moverse y me siento igual: a punto de derramarme.
—En cuanto me confirmen el traslado.
Eva asiente despacio.
—Vale —dice—. Granada. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que no lo uses para desaparecer del todo y que vuelvas. Aunque vuelvas distinta. No quiero estar sin ti. ¿Lo sabes?
Trago. Se me aprieta algo por dentro, y odio que me pase porque me gusta ir de dura.
—Lo sé. Haré lo que pueda.
—¿Se lo vas a decir a Minerva, verdad?
—Sí. Claro. Se lo debo. Quiero ser sincera con ella… aunque me dé miedo que me mire y piense «ah, qué cómodo, ahora te largas».
—Te voy a echar de menos.
—Y yo. Mucho.