Capítulo 7 #2
Ella inclina el mentón, reafirmándose.
—Porque eres bonita y sexy.
Ahí lo suelta. Sin problema. Sin corte. Me pilla desprevenida y me río como una pava, pero no por nervios; me sale la risa de «¿en serio me estás diciendo esto así, en plena terraza, con el señor de la mesa de al lado oyéndolo todo?».
—Eso no garantiza nada.
Le doy otro trago a la cerveza.
—No —admite—, pero suele ayudar.
—Suele —repito—. Ya. Ojalá yo tuviera esa estadística.
Me miro las uñas, por no mirarla a ella todo el rato. Yo soy muy valiente para unas cosas y para otras parezco una cría. Qué cabeza, de verdad.
—Igual soy complicada —añado, con una honestidad que me sale sola cuando tengo cerveza delante.
—Todos los interesantes lo son. Los simples aburren rápido.
Tiene razón y me gusta que lo diga sin postureo. Luego mira hacia la calle, dándome espacio. Y lo agradezco, la verdad.
—Tranquila —añade—. No estoy coqueteando. Bueno, eso creo.
—Ah —digo—. Menos mal. Ya me estaba preparando un discurso. De esos de «mira, ahora mismo no estoy pa líos», con gestito de mano y todo.
Ahí le noto el punto de guasa.
—Pero si lo hiciera, tampoco sería una tragedia.
—No —admito—. Hay tragedias peores. Por ejemplo, que se te caiga el móvil en el váter. O que se te caiga un auricular por el hueco del ascensor. Eso sí es un atentado.
Nos reímos ya sin tensión. Terminamos la cerveza.
Me da pena vaciar el vaso, pero tampoco voy a ponerme poética, que yo no soy de esas.
Pagamos. Juliette saca la tarjeta; yo saco efectivo porque soy antigua y porque me da pereza esperar el datáfono cuando el camarero está con su batalla diaria de clientes pidiendo «una mesa pa ocho» en una terraza de tres.
Volvemos al parking. Y mientras caminamos, me queda una idea muy concreta y muy simple: no me ha alterado. No me ha dado miedo ni me ha provocado dudas. Solo me ha hecho sentir ligera. Y ahora mismo, eso también cuenta.
***
Por la tarde nos juntamos todas en la Alameda, que en teoría es plan tranquilito y en la práctica es «vamos a sobrevivir». Las primeras en llegar somos nosotras: Carol y Eva con los niños y yo con mi vida hecha un nudo y el bolso lleno de cosas que no uso nunca, pero que cargo por si acaso.
A los pocos minutos aparece Bárbara doblando la esquina con Gonzalín de la mano.
Unos pasos más atrás, Paqui pegada al móvil.
Decir que está hablando es ser generosa: Paqui está discutiendo.
Se oye clarito cómo se pelea con el padre de la criatura, con tono de «me estás calentando la cabeza y llevo todo el día con la cabeza calentita».
Stella y Gonzalín tiran para el miniparque que hay en la Alameda. Y, ya que estamos, lo digo antes de que me reviente por dentro: es una porquería. Pequeño, cutre, siempre con arena donde no debe y con dos cacharritos que parecen puestos ahí por compromiso.
Lo único decente es que al lado hay una terracita donde nos sentamos.
Mesa de siempre, sillas de plástico de siempre, y nosotras en modo «por favor, que nadie se rompa una ceja hoy».
Una de nosotras se activa en modo madre halcón, por lo general Carol, y así el resto respiramos.
Yo me siento y ya me noto el cuerpo en plan «por fin», que parezco una abuela con lumbago y tengo treinta y uno. Qué vergüenza.
Paqui sigue con el móvil pegado a la oreja, andando de un lado a otro, cortando el aire con la mano.
—Bueno, Paqui, ¿estás mejor? —le pregunta Carol, cuando por fin cuelga.
Paqui se deja caer en la silla, bufando.
—Estoy asqueada de los tíos, lo digo de verdad. No voy a meterlos a todos en el mismo saco, pero vamos… a este lo veo luchar por su hijo y me entra la risa. La risa mala.
Eva se saca la teta para dársela a Ulises y dice, con ese punto de mala idea que le sale sola:
—No, si al final te vas a ir con una tía, ¿no? Que yo era muy hetero hasta que vi a esta muchacha… con esa boca, con esas piernas, con este culo, con…
Le sonríe a Carol y Carol la corta, rapidita.
—Tranquila, fiera. Que hay gente delante y aún nos queda tarde.
—Pues mira, a este paso. —Paqui alza las manos—. Al menos sabría dónde está el niño sin tener que mandar un burofax. Las mujeres somos diferentes. Por lo general. Que luego también hay cada una…
—Si vas a probar, avísame y te enseño… —empieza Bárbara, y se frena—. Vamos, que te enseño todo lo que hay que saber para ligar con una tía. Por cultura general.
Carol silba. No dice nada, pero se le entiende todo.
—Ni silbidito ni historias, malpensá —Bárbara se defiende sola—. ¿Qué pasa? ¿No puedo ser didáctica?
—¿Qué está pasando aquí? —Carol ya tiene media sonrisa, preparada para la carcajada.
—Nada, no seáis de mi pueblo. Somos amiguis, amiguis. —Bárbara intenta salir de ahí por la puerta de atrás, pero ya es tarde.
Yo me río, pero por dentro estoy en plan «madre mía, qué circo», y a la vez me da gustito. Porque esto es lo único que funciona en mi vida sin darme problemas: venir aquí y escuchar tonterías.
Carol se gira hacia mí.
—Bueno, Mine, ¿qué cuentas tú? Que tú vienes calladita hoy y eso me da miedo.
—Pues nada… ha entrado una compañera nueva en la oficina. Una francesa.
Lo digo y, en el aire, algo cambia. No sé explicarlo, pero se masca.
—¿Una francesa? —salta alguien demasiado rápido.
Carol se viene arriba, claro.
—Francesa… uhh. ¿Y es bollera o qué? ¿Y guapa?
Eva chasquea la lengua bajito y se revuelve en la silla.
—Sí a todo. Muy mona, muy intensa, todo muy. Pero vamos, nada que contar. Es una compañera, punto.
Eva suelta una risa sin ganas. Esa risa que es más bien un aviso.
—Ya. «Nada que contar».
—Quilla, que de verdad —me defiendo—. No empecéis.
Carol se inclina hacia mí, en modo interrogatorio.
—Ajá… O sea, que te ha gustado.
—Me ha parecido simpática. Ya. No le pongáis novela a mi jornada laboral, que bastante tengo.
Eva carraspea, incómoda, y lo suelta del tirón:
—A ver, y Nerea qué.
Carol abre la boca para hacer su comentario de siempre, pero Eva la corta con un gesto seco.
—No, no. En serio. Nerea qué —insiste Eva, con un mosqueo que le tiembla en las palabras—. Porque aquí nos reímos mucho, pero a mí no me hace tanta gracia, ¿vale?
Me entra calor. Y me siento un poco imbécil, porque no sé estar elegante ni cuando toca.
—Ya sabéis lo que hay con Nerea —digo—. Lo de la francesa lo he dicho por decir algo nuevo, pa no venir aquí en modo drama.
—Si lo dices es por algo —mete la pata Carol, que parece tonta—. Si no, ni lo mencionas.
Eva vuelve a chasquear la lengua, más fuerte.
—Carol, que te calles con el CSI, ¿no? —Y luego me mira a mí, seria—. Mine, ¿tú estás bien? Y no me digas «bien» en automático, que me enciendo.
—No —digo, seca—. No estoy bien, pero no por la francesa. La francesa no pinta nada aquí.
Bárbara, que es muy de poner paz cuando huele a tensión, mete cucharita.
—Vamos por partes. ¿Qué ha pasado con Nerea?
Carol no se aguanta.
—Entre otras cosas que a Nerea la «dejo» hace dos días —dice, marcando la palabra.
Eva no dice nada, pero se ve que va a saltar.
—Gracias por el recordatorio. Y no la «dejé»: le pedí tiempo.
—Tiempo… —Paqui niega—. El tiempo es una cosa muy peligrosa, niña.
—Paqui, tú cállate, que tú estás a una llamada de tatuarte «odio el amor» en la frente —le suelta Bárbara.
Paqui se ríe, por primera vez en la tarde.
Eva apoya el codo en la mesa. Habla más suave, pero sigue con el mosqueo ahí, controladito.
—¿Y sabes algo de ella?
—No.
—¿Nada de nada? —aprieta Eva, y ahí hay miedo debajo del enfado, que yo lo sé.
—Nada. Ni un mensaje, ni un «oye», ni un «te echo de menos». Nada.
—Eso es mala señal —dictamina Bárbara, con ese tono de juez que pone a veces.
—O buena —apunta Carol—. Igual intenta portarse como una adulta y no montarte un numerito.
—O igual ya le da igual —digo, derrotada.
Silencio. Cortito. Incómodo. Eva suelta aire por la nariz, mosqueada otra vez, pero conmigo y con el universo.
—No digas eso. No digas «le da igual». Que es mi hermana, tía. Y aunque me tenga hasta el moño a veces, no me la pongas de fría.
—Ya… ya lo sé —digo—. Perdona. Se me va la boca.
—¿Te preocupa? —pregunta Eva, y ahora suena más a Eva de siempre, pero con el corazón apretado.
Tardo un poco más de la cuenta en contestar, porque no me sale hacerme la dura.
—Sí.
Carol hace un ruidito con la boca, pero se calla porque Eva está tensa.
—Ajá —dice Carol al final—. Pero no lo suficiente como para escribirle tú.
—No le escribo porque si le escribo, no sería para preguntar cómo está.
—¿Y para qué sería? —Bárbara se echa hacia delante, cotilla profesional.
Yo suspiro. Me quedo un poco sin aire, de puro cansancio.
—Para decirle que la echo de menos. Y eso ahora mismo no arregla nada. Solo me haría peor. Y a ella también.
Eva se calla. Porque quiere defender a su hermana, pero también sabe que esto es un lío.
—Tú con mi hermana… y ahora me vienes con una francesa —murmura Eva, y le sale medio en broma, medio en amenaza—. A mí me vais a matar, ¿eh?
—Que no, Eva, de verdad —digo rápido—. Lo de la francesa es una tontería. No hay historia. Ni inicio, ni nada. He dicho «francesa» y ya habéis montado una serie.
Paqui levanta el vaso.
—Yo lo único que pido es que la próxima vez, antes de decir «francesa», nos traigas patatas. Que esta tarde está siendo larga.
—Bueno. —Carol levanta el suyo—. Al menos la francesa pasa a «tema no prioritario».
—Eso sí —corrijo—. No es que sea tema no prioritario. Es que no es ni tema.
—Vamos, que ahora mismo estás a dieta emocional —remata Bárbara, encantada de su frase.
Se ríen. Eva también, pero poquito y con el mosqueo todavía en el cuerpo, controlado. Yo me río con ellas, porque para qué voy a hacer otra cosa, pero por dentro me digo: «Minerva, qué cabeza tienes. Qué cabeza».