Capítulo 7
Minerva
—Tenemos chica nueva en la oficiiina, se llama Farala y es diviiiina —canta la carajota de Nieves, bajito, pegada a mi oreja, con ese tonito suyo de cachondeo.
Yo paso de ella. Sigo a lo mío. Ordenador, carpeta, cara de lunes. Pero claro, la nueva se planta delante y ya no hay escapatoria.
—Minerva, ¿no? —Sonríe la susodicha tendiéndome la mano—. Soy Juliette.
Me la aprieta con seguridad, sin flojera. Eso ya entra bien. Yo odio el apretón blandito.
—¿Juliette? —repito—. ¿Francesa?
—Efectiviwonder, pero llevo muchos años en Sevilla —dice, tan ancha.
Surrealista. Esa mezcla de acento francés con andaluz me deja el cerebro dando vueltas.
—¿Cuántos años?
—Tropecientos. —Arruga la nariz, achina un poco los ojos y vuelve a sonreír.
Me sale una risa tonta. De las que se te escapan y luego te da rabia porque tú venías seria.
Pero es que lo ha dicho con una seguridad que me ha hecho gracia.
Y además tiene esa sonrisa fácil que a mí me cae bien.
Qué peligrito. Encima es muy mona, eso también.
Pequeñita, ojos azul cielo, pelo corto desordenado rollo «me he tocado el flequillo con las manos y ya», y una sonrisa amplia que no se corta.
—Encantada —respondo, profesionalísima—. Bienvenida al caos.
—He trabajado en sitios peores. O eso creo.
—Te veo luego —le digo, ya intentando zafarme.
—Chao pescao.
Esto es un no parar. Me río otra vez. Demasiado pronto para tanta risa. Me doy cuenta y me da más risa todavía. Reina del autocontrol, me llaman.
Durante la mañana coincidimos varias veces por la oficina.
En el pasillo, en la impresora, en la sala de reuniones…
Yo en modo «no mires a nadie, trabaja, no te líes», y ella con una energía tranquila, sin agobiar, sin invadir.
Me hace comentarios pequeños, de esos que no buscan conversación profunda, pero tampoco son neutros. No es el típico «qué calor hace» y ya.
—Me gusta cómo explicas las cosas —me dice ahora mismo, en plena reunión—. Se entiende todo.
Yo parpadeo. Dos veces. Porque eso es un piropo profesional. Lo sé. No me dice «qué ojos tienes», me dice «me entero contigo». Y aun así… me toca. Hay que ver.
—Gracias.
Bajo la vista a mis notas para que no vea que me ha alegrado el día, que eso me da vergüenza.
A media mañana voy a por café. Voy con la idea fija: café, trago, vuelta al despacho. Y ya. Plan sencillo. Plan de persona estable que no soy. Ella aparece detrás, de la nada, con su tacita en la mano.
—¿Desayunas ahora? Yo sí. A estas horas ya no pienso si no tengo nada en el estómago.
—Yo dejo de pensar mucho antes. —Me sale seco, pero con gracia.
Ella se ríe. Y yo pienso: ojú. Nos sentamos juntas en la mesa pequeña de la esquina, la de siempre, la que tiene una esquina desconchada y las migas eternas de alguien que se cree que las mesas se limpian solas. Café. Tostada. Normalidad. O lo más parecido que puedo fabricar un lunes.
Juliette no mira al móvil, ni al café, ni a la tostada. Me mira a mí. A la cara. Eso ya me pone nerviosa. No porque sea nada, sino porque yo estoy acostumbrada a que la gente mire a cualquier sitio menos a ti.
—¿Siempre desayunas tan seria?
—Es concentración. O mala leche, según el día. Tengo muchas cosas en la cabeza.
—Ya… —Se ríe otra vez, bajito. Y sigue con los ojos clavados. Ajá—. Perdón. Es que me haces gracia.
—Eso me pasa mucho. A la gente que no me conoce.
—Yo creo que te conozco un poco ya.
Y ahí me paro. Me callo. Porque no sé qué contestar. Porque esa frase, dicha así, en un desayuno de oficina con tostada y café aguado, suena a algo. Y yo no sé si es algo de verdad o si es que ella es así, simpática, luminosa, de esas personas que caen bien por defecto.
No voy por la vida sospechando de todo el mundo solo porque me sonría. Pero tampoco soy nueva en esto. Y mi cabeza, cuando tiene un hueco, se pone creativa.
Se levanta con la taza en la mano.
—Luego seguimos, ¿vale?
—Hecho —respondo, automática.
—Hasta luego, Lucas. —Me guiña un ojo.
Se me habrá puesto una cara que no sé ni describirte. ¿De dónde ha salido esta niña, por dios? ¿Y por qué me hace gracia a mí, que soy más de gruñir que de reírme por las mañanas?
Me pica. Siento curiosidad. Y eso es nuevo. O por lo menos llevaba tiempo dormido.
Vuelvo a mi despacho. Trabajo. Me concentro.
Hago mis cosas: correos, tablas, llamadas, apuntes, toda profesional.
Pero me guardo una idea, sin dramatizarla, que yo ya tengo bastante drama acumulado: no todo el que te hace reír quiere algo de ti, y no todo el que quiere algo de ti te hace sentir tranquila.
No sé si Juliette me está tirando los tejos.
Si es así, me halaga, claro. Yo tengo ojos y tengo ego, aunque lo tenga escondido debajo de una inseguridad insufrible.
Pero ahora mismo solo puedo pensar en Nerea.
En lo fácil que sería si mi cabeza no se dedicara a complicarlo todo.
Solo quiero que me envuelva con sus piernas y que se me apaguen los pensamientos un rato.
Quiero que no esté confusa. Quiero no estar yo confusa. Vamos, el pack completo.
A la hora de comer, en un pasillo, se me acerca otra vez, con esa naturalidad suya.
—Consuelo Garrido me mira raro. ¿Es normal?
Me río por dentro. Porque es que la pobre tiene una cara…
—Sí, hija —le digo—. Es del Opus. Ve una mujer con el pelo corto y le chisporrotean los cables. A mí me suelta «la gente como tú», refiriéndose a los que pertenecemos al colectivo LGTB. O para ella «desviadas del Señor» o yo qué sé.
—Yo también soy una desviada de esas.
Y se ríe a carcajadas, sin cortarse, con cero drama. Me contagia. Porque yo esas cosas, a veces me las tomo demasiado en serio. Y ella lo confronta con una facilidad que da envidia.
—Te invito a una cerveza si me cuentas los peligros de este sitio —añade.
—¿Los peligros? —repito—. Quilla, trabajamos en una planta química. Los peligros están por todas partes.
—Me refiero a los humanos.
—Ah, eso sí. Eso es lo peor con diferencia.
Es normal que la chiquilla, si viene de otro sitio, quiera ubicarse. Somos muchos en la oficina, cada uno de su padre y de su madre, y al final es un caos controlado. Controlado por gente a la que le gusta mandar. Que es otra especie.
Termina la jornada y salgo con la espalda rota y la cabeza llena. Juliette está fuera, con un cigarrillo, apoyada en un coche. El humo sube, ella mira al frente y luego me ve venir.
—¿Vamos? —pregunta.
Y aquí lo tengo que decir: es atractiva. Da confianza, parece buena gente, es lesbiana y me mira con curiosidad. Es graciosa con arte. No fuerza nada.
Solo han pasado dos días desde que le pedí tiempo a Nerea.
Y vamos, lo hice con la boca chica, que soy así de lista.
Sigo pensando en ella cada minuto. La echo de menos.
Me duele el orgullo. Me duele la barriga.
Me duele el «y si…». Y aun así, tampoco pasa nada porque me tome algo con una compañera de trabajo.
Bueno… con una bollo compañera de trabajo. Una bollo compañera de trabajo que está buena. Venga, no sigo. Que me conozco y me monto una película por una cerveza.
Terminamos en el bar de al lado. El de siempre. El que huele a cerveza bien tirada, que al final es lo único que vengo a celebrar en esta vida.
El camarero se acerca con su cara habitual de «te pongo lo tuyo y me ahorro la conversación». Un pacto no escrito. Maravilloso.
—Aquí es donde se toman las decisiones importantes. —Señalo la barra pringosa—. O las malas. A veces van juntas, tú ya me entiendes.
Juliette mira alrededor y lee el ambiente.
—En Francia diríamos bistró y ya sería más caro. Aquí no se finge nada.
—Aquí se finge lo mínimo para sobrevivir. Lo demás, fuera.
Pedimos dos cervezas. Sin debatir. Sin «¿te apetece vino?». Sin «yo es que luego…». Dos cervezas y punto. Eso también cuenta cosas, vaya que sí.
Nos vamos a la mesa de fuera, la que cojea un poco. Me siento y pongo el móvil boca abajo. Si pasa algo, que pase; y si me llama alguien, que se aguante.
Desde aquí se ve media plantilla saliendo y entrando del edificio de enfrente, con su tarjetita y su prisa falsa de «tengo una reunión» cuando lo que tienen es un paseo y ganas de cotillear. Los de siempre, los mismos personajes, el mismo teatro.
Juliette los observa con curiosidad. Yo, que soy más de juicio rápido y de catalogar gente en dos vistazos, la miro de reojo.
—Ese de ahí. —Señala con la barbilla—. Siempre parece enfadado.
—Porque lo está —le explico—. Con el mundo, con la vida, con su ex y con el café de máquina. Es un enfadado profesional.
Juliette hace ese gesto suyo de tomar notas mentales.
—¿Y ella? —Señala a una chica que pasa con un portátil pegado al pecho.
—Drama contenido. Mucho. Pero trabaja bien, eso sí. Tiene pinta de que en su casa tiene una bolsa de Pictolines en el cajón de los «por si acaso».
—Interesante combinación.
—Aquí abundan. Tú mira, tú mira, que en cinco minutos te hago un catálogo.
Nos llega la cerveza. Fría. Bien fría. La agarro con ganas porque es mi premio por no haberle gritado a nadie en toda la mañana. Le doy un trago largo y el cerebro me dice «gracias». Juliette bebe más despacio, muy fina.
Nos callamos. Silencio bueno. Del que no pide relleno ni chistes ni «¿y tú qué tal?». Yo agradezco eso porque mi cabeza hoy va a pedales y si me hace hablar mucho, largo alguna barbaridad y luego ya si eso me arrepiento.
—¿Y tú? —pregunta de pronto—. ¿Tienes pareja?
Lo suelta sin intención rara. Sin tonito. Como quien pregunta si prefieres rubia o tostada. Y a mí me hace gracia porque yo a esa pregunta no sé si contestarle o ponerle un informe con matices.
—Sí y no —digo tal cual—. No sé si eso responde a tu pregunta, pero es lo máximo que tengo ahora mismo.
Juliette asiente despacio. Me mira de frente, sin hacer el barrido típico de arriba abajo. Me mira normal y eso también me deja tranquila.
—Qué raro —dice.
Yo entorno los ojos, buscando la trampa, que es mi salida cuando no sé por dónde va alguien.
—¿Raro por qué?