Capítulo 6 #2
Nos dejan solas. Niños encima. Gatos metiéndose donde no los llaman.
Yo atrapada en un salón con una conversación pendiente que huele a incomodidad.
Qué maravilla, niña. Solo me falta el loco de El resplandor partiendo la puerta con un hacha, y yo abriéndole para irme con él por no enfrentarme a lo que toca.
Nerea tiene esa cara seria que a mí me descoloca.
—Nena, no me habías dicho nada.
Yo cierro los ojos. Tierra trágame y no me escupas.
—Llevamos… —titubeo—. Llevábamos tres meses.
—No hables en pasado. ¿Quieres?
Se me seca la boca.
—¿Tú quieres tener hijos? —Y ahí ya hablo más rápido de lo que pienso, para variar—.
Vamos, que no es que lo quiera saber ahora mismo, en este preciso momento…
pero ya que ha salido el tema… —Me suena la tripa otra vez—.
Y perdón, que estoy que no sé si me estoy muriendo de hambre o si es el cuerpo pidiendo auxilio.
Nerea exhala, intentando no liarla. Mira a Stella, mira a Ulises, mira al suelo.
—¿La verdad?
—Siempre la verdad.
—No… no sé. No ahora… —Busca las palabras con cuidado—. Pero… no es un no.
Eso me da un pinchazo en el pecho. Uno chiquitito. De esos que no matan, pero avisan.
—Nerea, ¿no lo ves? No es el momento de estar juntas.
—Y ni sabes si va a haber algún momento. ¿Me equivoco? —Se enciende. Está enfadada, y con razón. Me mira ya de frente, sin paños calientes—. Estás rompiendo conmigo. ¿Es eso?
Yo no contesto. La voz no me sale. Y es que no quiero romper nada… al menos no así, en el suelo de un salón lleno de sonajeros y migas. Pero tampoco quiero seguir tirando sin saber dónde vamos.
Me siento ridícula planteándolo ahora, sí.
Me oigo desde fuera y me doy coraje: Minerva, la intensa, la de los planes a largo plazo.
Pero esto no es un capricho. Esto va a formar parte de mi vida.
Y si elijo a alguien, necesito que mire en la misma dirección que yo, aunque ninguna sepamos todavía cómo se llega.
Ya me veo: «primera bollera del planeta que se lía con alguien y se plantea esta pregunta».
Claro que no. Claro que sí. Somos así. Yo, desde luego, soy así.
La duda no es si es pronto. La duda es si quiero seguir sin saberlo.
—Creo que lo mejor es darnos un tiempo para pensar las cosas, Nerea.
Ella asiente despacio. Se le nota el cansancio en la cara. Derrotada.
—Tenía miedo de preguntar porque sabía tu respuesta —dice bajito—. No me crees cuando te digo lo que siento.
—¿Lo que sientes? ¿Y qué es lo que sientes? Porque yo no lo sé.
—Lo que siento ya lo sabes, o deberías, Minerva.
En ese momento vuelven Eva y Carol, cargadas con unas copas que tintinean demasiado alegres para el momento y una botella de vino.
Nerea se incorpora rápido.
—Me tengo que ir, chicas —dice sin dirigirse a nadie en concreto.
—¿Ya? —pregunta Eva, y hasta Carol se calla, que eso ya es noticia.
—Sí. Mañana hablamos.
Coge su bolso. Hace una visual de todas, rápida, contenida.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana —contestamos todas a la vez.
Eva agarra a los niños, que parecen dos sacos de patatas con pijama, y los lleva a la cama. Mientras ella desaparece hacia los dormitorios, Carol me sirve una copa con una alegría que da miedo. Me la planta en la mano.
—Quilla… vaya cara tienes. ¿Estás bien? ¿Os habéis peleado?
—No… —soplo—. Pero creo que he hecho lo que tenía que hacer.
—¿El qué? —Oigo a Eva desde el pasillo, ya con la oreja puesta—. ¿Qué has hecho?
Vuelve al salón a toda velocidad, como si esto fuera Sálvame y yo fuera la exclusiva. Se sienta y se echa hacia delante. Carol también se arrima. Las dos con la copa en la mano y la cara de «cuenta, cuenta, cuenta».
Yo hago un resumen rápido, a trompicones, porque todavía llevo el susto pegado al cuerpo. Carol deja la botella en la mesa y se da con la copa en la frente.
—Vale —dice—. Confirmadísimo. Soy un desastre. Vaya momento para soltar lo de los óvulos, lo siento, niña. Yo es que abro la boca y luego ya si eso pienso.
—A ratos eres cupido. —La señalo con el dedo, que me tiembla un poquito—. Y a ratos… esto. Pero no ha sido por eso.
Lloro. Me sale feísimo. De esos lloros que te dejan la nariz como un pimiento.
—Madre mía, qué semanita… primero Paqui y ahora tú. —Carol me pasa el brazo por los hombros—. Ven aquí, reina del drama.
—No sé cómo hemos pasado de estar superbien a esto. —Me limpio las lágrimas con la muñeca.
Ellas me aguantan el tirón. Eva tiene la cara seria, preocupada de verdad. Carol está en modo «me la llevo y la meto en una caja de burbujas». Y claro, aparecen los gatos.
Spike, el rubio, se sienta en la alfombra con esa cara suya de señor mayor que juzga a todo el mundo. Buffy, la negra, salta encima de mí y se me enrosca en el regazo. Ella tiene un don: huele los dramas y se apunta.
Eva deja la copa en la mesa. El «clac» repentino casi me provoca un microinfarto.
—Yo voy a decir una cosa, aunque luego me odiéis.
—Eso nunca te ha frenado. —Carol le da un sorbo a su copa—. Di.
—Nerea no es una villana. Es mi hermana y la conozco más que nadie. Las dos sabéis que ha sido honesta y no ha hecho nada raro. Te ha dicho que la chica esa es mona, pero que quiere estar contigo. ¿Qué pasa? ¿Que vosotras os liais con alguien y os volvéis ciegas?
—Honesta a destiempo —replica Carol—. Que no es lo mismo, Eva. No me vendas «honestidad» cuando es una pedrada en mitad del salón.
—¡Ha dicho una realidad!
—Sí —dice Carol—. El problema es cuándo, dónde y en qué momento. Cuando se empieza con alguien no se mira a otras… o al menos yo, qué quieres que te diga. Yo cuando me engancho, me engancho. Y punto.
Yo observo el duelo con la cabeza girando de una a otra.
—Perdón. —Levanto una manita, ridícula—. Estoy aquí.
—Pues por eso. —Eva se gira hacia mí—. Porque te quiero y porque te respeto, te lo digo: mi hermana no te estaba usando, coño.
—Nadie ha dicho eso —salta Carol, y le sube la voz un punto. Un punto y medio, vaya.
—Lo has pensado… Te conozco.
Carol suelta el aire, rendida.
—Lo he pensado. Pero es que no sabe sostener lo que Minerva necesita.
Eva cruza los brazos. Yo me hundo un poco en el sofá, con Buffy encima.
—¿Y eso la convierte en mala?
—No —responde Carol—. La convierte en incompatible.
Silencio gordo. De los que se te meten en el oído. Y claro, el universo no tolera la calma. Spike decide vomitar una bola de pelo en mitad de la alfombra. Perfecto. Peste instantánea.
—Gracias, Spike, por regalarnos un paréntesis —murmuro. Me tapo la nariz con la mano. Yo ya estaba llorando, ahora con arcadas.
—Este gato vomita mucho —dice Carol.
Eva resopla, se levanta y va a por una toallita. Vuelve, se agacha y recoge el vómito con cara de «mi vida es esto».
—Mira, Mine… —dice mientras dobla la toallita—. Nerea está muy pillada por ti. Mucho. No tienes ni idea de lo que has conseguido con ella.
—Yo también. Y por eso… solo pienso en ella. Todo el rato. Es agotador. Es como tener la cabeza con ruido.
Carol asiente, firme.
—Eso es lo que ella no sabe ver.
Eva me mira fija.
—¿Tú la quieres?
—Sí —respondo. Y me sale rápido. Claro. Sin pensarlo.
—Pues ella también te quiere —dice Eva—, aunque a ti no te dé la gana enterarte.
—No lo sé. No lo dice.
—Mi hermana no es de decir mucho, ya lo sabes. Y no deberías haberle pedido tiempo. La conozco. Si se siente insegura, se aparta.
Carol se inclina hacia delante, lista para morder.
—Si se aparta, igual no la quiere tanto como dices.
Se miran. Ojos duros. Amor. Mala leche. Todo junto. Yo quiero evaporarme.
—¡Si se aparta, igual también es porque Minerva le ha dicho que se aparte! —grita Eva, ya mosqueada.
—Venga. —Me paso las manos por la cara—. ¿Podemos no resolver mi vida ahora mismo? Que estoy hecha un cuadro, por favor.
—Noooo —responden las dos a la vez.
—Genial. Terapia express y yo sin estar peinada —me quejo.
Eva me señala con la copa.
—Además, te voy a decir otra cosa.
—Ojú, miedo me da. Hoy no te callas ni una. —Me seco otra lágrima que me baja por la cara.
—Estás huyendo porque estás acojonada —dice Eva—. Te da miedo que te haga daño y al final te lo haces tú sola.
Carol abre mucho los ojos.
—Ajá.
—Carol, me estás tocando el coño ya —dice Eva cabreada—. ¡Mi hermana no es como vosotras os creéis!
—Que Minerva le ha pedido tiempo porque no se fía y punto, Eva. No se puede empezar algo con alguien si no confías. ¿Eso lo entiendes?
Eva se pone pensativa. Mira el suelo, mira la toallita, mira el vómito ya recogido.
—Lo entiendo, claro que lo entiendo. Pero eso es inseguridad de Minerva. —Se gira hacia mí—. Nerea está contigo y solo contigo desde nuestra boda. Es muy injusto que dudes todo el tiempo de ella porque cuando no estaba con nadie, hiciera lo que le daba la gana. Tú también lo hacías, ¿no?
—Ya… —Me encojo—. Pero no es lo mismo… ella me dijo…
Eva me da un golpecito suave en el brazo y me corta.
—Mi hermana es idiota a veces. Tiene la boca más rápida que el cerebro. Pero, tía… a ti te quiere.
—No sé —digo—. Yo también, pero tengo que pensar.
Carol levanta su copa, solemne, sacerdotisa del caos.
—Brindemos por las mujeres que se quieren, se desean y aun así la cagan con estilo.
Chocamos las copas. Suena el cristal. Buffy se asusta y me clava las uñas. Maravilloso. Más dolor, justo lo que necesitaba.
—Y por el sexo no practicado —añado—. Que también deja resaca.
Eva suelta una risa pequeña, pero real.
—Eso sí que es una tragedia —dice, y me mira con pena y con ternura a la vez.
Carol apunta a Eva con su copa.
—Venga, suelta la última, que te la estoy viendo en la cara.
Eva aspira hondo.
—Mine duerme aquí. Y tú y yo nos vamos a la cama, que cuando discutimos ya sabes lo que quiero.
Yo suspiro fuerte, mirando al techo, porque de verdad.
—Vaya tela con las Medinas y el sexo.
Eva se levanta y empieza a recoger cosas, aún con esa energía suya de «yo lo arreglo todo aunque el mundo se esté cayendo». Carol apaga una luz. Luego otra.
—Mine —dice Eva desde el pasillo—. Mi hermana te quiere como no ha querido a nadie.
—¿Lo dices en serio?
—No la conoces aún de verdad.
Me quedo en el sofá, con Buffy encima, la copa medio temblando entre las manos y la cabeza hecha un lío.