Capítulo 6
Minerva
Eva y Carol nos llaman a las dos a la vez. Videollamada grupal. Qué manía, coño. En cuanto veo las dos ventanitas en la pantalla ya sé que me van a endiñar algo, pero como soy una persona que no aprende, pues descuelgo.
Eva sale con sonrisa de inocente y Carol detrás, callada. Y cuando Carol está callada, pasan cosas. En la esquina veo a Stella moviéndose como un mono con cafeína y a Ulises haciendo ruiditos de bebé.
—¿Os importa cuidar un rato a Stella y a Ulises? —dice Eva.
—¿Un rato cuándo? —pregunto yo, que ya me huelo el marrón.
—¿Ahora? —pregunta Nerea a la vez. Está en el coche y tiene ese tono de «vengo del hospital y no me habléis fuerte».
Eva hace un gesto con la mano, de prisas.
—Es una cosa rápida, de verdad. Tenemos que ir a Correos y a descambiar un regalo de boda que se nos va el plazo. Un juego de copas especiales que no se pueden meter en el lavavajillas. ¿A quién se le ocurre? ¿Qué pretenden, que las friegue a mano? No, no, no las quiero —dice, indignadísima.
Carol asiente detrás con cara de «yo solo conduzco».
—¿Y tenemos que ir las dos? —pregunta Nerea.
—¡Sí! ¡Porfa, tita! —salta Stella, que se cuela en primer plano con toda la cara—. Me prometiste que hoy me traías los rotus nuevos. Y la tita Minerva me debe tres sobres para el álbum de Hello Kitty.
Me señala a mí con el dedo. Yo, que tengo la resistencia flojita con esta niña, ya estoy perdida.
—Tú no tienes corazón, tú tienes un monedero —murmuro, pero no me sirve de nada.
Nerea me mira desde su cuadradito de pantalla con ojos de «di que no, por favor». Y yo, que soy idiota, digo:
—Vale. Venga. Pero un rato corto, ¿eh?
—Gracias, gracias, gracias —dice Eva, acelerada—. Volvemos enseguida.
Ese «enseguida» suena a que me van a dejar allí hasta que Stella se gradúe en la universidad.
Corto y me preparo mientras termino unos asuntos de trabajo.
Cojo llaves, bolso y salgo. Al bajar en el ascensor pienso que yo podría estar en mi casa, en mi sofá, rumiando otro ratito mi cabreo con Nerea.
Pero no. Aquí voy, Minerva, la tita multiusos, reina de las decisiones reguleras.
Cuando llego, Nerea ya está en el salón. Sentada en el suelo. Descalza, vaqueros gastados, el pelo recogido de aquella manera que a ella le sale bien y a mí me dejaría con pinta de loca.
Stella le ha encasquetado a Ulises un casco de bombero y ahora le está pintando el brazo a Nerea con rotuladores lavables. O eso espero. Porque, como no lo sean… yo no pienso pagar el drama. Bastante tengo con el mío.
—Pero bueno… —Dejo el bolso en una silla—. ¿Esto qué es? ¿Un salón o un taller clandestino?
Stella ni me saluda.
—Tita, no pises mis cosas.
Qué educación. Qué encanto. Me muerdo la lengua, porque el día que discuta con una niña de cinco años ya me pueden ingresar.
Miro el brazo de Nerea. Está entre verde, marrón y un color que no existe.
—¿Eso es… un tren? —Se me va la sinceridad por la boca.
—Es una serpiente —dice Stella, ofendidísima—. Y no te acerques, que muerde.
—Perdón. No sabía que estabais en plena… actividad artística.
Stella me escanea de arriba abajo, despacito, valorando si soy útil.
—Tú eres la próxima —sentencia.
Bien. Directa. Sin trámites.
—Nanai de la China. —Chasqueo la lengua—. Ni lo sueñes. Yo vengo de apoyo logístico, no de lienzo humano.
Nerea se tapa una sonrisa, la traicionera. Stella se levanta con el rotulador en la mano.
—Solo una cosita pequeña.
—No.
—Solo una estrella.
—Que no.
—Titaaaa…
Cinco minutos después tengo una estrella azul en la muñeca y un bicho que parece un león con problemas en el antebrazo. Maldita niña del demonio. Qué cuando es insistente se parece a una que yo me sé.
—Genial. Ya puedo ir a una reunión seria así, ¿no? Muy profesional todo.
—Te queda precioso —dice Stella, orgullosa.
Ahí está esa sensación de que me manejan como quieren. Y lo peor es que me dejo hacer. Eva y Carol desaparecen por la puerta con una sonrisita culpable.
—Volvemos enseguida —dice Carol, demasiado contenta para estar yendo a Correos.
—Sí, claro —murmuro yo mientras veo cerrarse la puerta—. Enseguida… cuando el universo quiera.
Silencio raro. Dos adultas intentando parecer responsables. Dos criaturas que no paran quietas. Stella se planta delante de mí con la mano estirada.
—¿Sabes hacer dinosaurios con plastilina? Ah, y dame las cartas.
Qué mandona es, madre mía. Me saco los sobres del bolsillo y se los doy, y encima se los doy con cuidado, como si estuviera pasando contrabando de cromos.
—¿Sabes hacer dinosaurios o no? —insiste, ya abriendo los sobres con ansiedad.
—Mira, yo sé hacer cafés muy cargados y fórmulas químicas aburridas. Cada una tiene su don.
Nerea suelta una risita. No debería, porque esto me quita autoridad, pero ahí está, riéndose.
—Yo hago el dinosaurio —dice Nerea—. Tú vigila que Ulises no se coma la plastilina.
Ulises está en el suelo con el casco de bombero aún puesto, babeando con concentración, que esa es la fase previa a meterse algo en la boca.
—Solo la prueba —dice Stella, tan tranquila. Con cinco años y ya sabe más que Briján.
—Se la va a comer. —Señalo a Ulises.
Nerea abre el bote de plastilina y empieza a amasar con cara seria. Yo me pongo al lado de Ulises y le retiro del alcance cualquier cosa con tamaño «cabe en la boca». Y aquí me tenéis: Minerva, licenciada en lo que sea, haciendo de radar antiaccidentes.
Durante un rato funciona bien. Nerea hace dinosaurios feúchos, pero se entiende la intención. Stella los juzga.
—Ese tiene el cuello raro.
—Es un dinosaurio con cuello raro —responde Nerea, sin despeinarse.
—Ese está enfadado —dice Stella, apretándole los ojitos con el dedo.
Ulises intenta coger uno y yo le agarro la mano a tiempo.
—No, campeón, eso no se come.
Él me mira y suelta un sonido indignado, como diciendo que soy una aguafiestas. Pues sí, hijo, soy esa.
Stella decide que Ulises es un dragón porque ella lo dice y que yo soy una bruja.
—Es borde —explica, muy seria—. Las brujas son bordes.
—Tiene razón —dice Nerea—. Es borde, pero tiene criterio.
—Al menos no miento —la desafío, mirándola a ella.
—Uy, qué valiente —dice Nerea, y me mira con esa cara de «te conozco». Me pone negra.
Stella rompe el momento con un cojín directo a mi cara.
—¡Guerra!
—¡Stella! —grito, pero ya voy tarde.
Me cae otro cojín. Yo cojo el más gordo del sofá, por pura supervivencia. Nerea intenta mantener la compostura… y también se mete. Y claro, cuando Nerea se mete, se lía.
Ulises se ríe, encantado con el caos, y empieza a dar palmaditas. El casco de bombero se le va para atrás y se le queda medio colgando. Yo voy a colocárselo y me llevo un golpe en el hombro.
—¡Oye! —protesto—. Que tengo huesos, ¿eh?
—¡Defiéndete, bruja! —grita Stella, y me vuelve a tirar otro.
Yo me río porque no me queda otra y porque en el fondo me lo estoy pasando bien.
Al final acabamos las dos sudadas, despeinadas, rodeadas de juguetes y plastilina hecha migas.
Ulises se duerme encima de la pierna de Nerea.
Y Stella se me engancha al brazo pintado y lo usa de almohada, tan fresca, respirándome en la muñeca.
Nerea habla bajito, para no despertar a ninguno.
—No lo hacemos tan mal. ¿No crees?
Yo miro alrededor: el salón revuelto, mi brazo tuneado, mi camiseta arrugada y una paz rara en medio del desastre.
—No te emociones, lista. Esto no nos convierte en nada.
—Ya, mujer, si es que te pones del revés con nada —murmura Nerea.
Silencio. Yo me inmovilizo porque si me muevo, Stella se despierta y vuelve el apocalipsis.
Nerea mira a los críos y baja más la voz.
—Pero tampoco nos convierte en un desastre —añade.
Miro a Stella, con la boca medio abierta, feliz.
Miro a Ulises, que suelta un suspiro de bebé dormido.
Miro a Nerea, que está ahí, serena, como si no hubiera pasado lo del otro día…
cuando nos cabreamos. Ese cabreo que sigo masticando y que no le he contado a nadie porque soy así de guay: me lo trago y me indigesto.
—No —admito—. En eso tienes razón.
En ese momento suena la puerta y entran Eva y Carol, con bolsas y cero vergüenza. Nos encuentran tal cual: las dos tiradas en el suelo. Carol se para en la entrada y sonríe.
—Vaya —dice, divertida—, parece que sobrevivieron.
—Por ahora —contesto—. No lo repitáis mucho.
—Os sientan muy bien los niños, todo hay que decirlo —bromea Carol—. Minerva tiene sus óvulos congelados desde hace… ¿dos años ya, Mine?
Premio para mi amiga. Metedura de pata total. ¿En qué momento decides soltar eso, hija? ¿Qué necesidad? Si a ti te pagan por el silencio y tú lo devuelves en forma de bocina.
Nerea se gira despacio. Me mira a los ojos. Me deja sin aire.
—¿Cómo?
Yo aprieto los labios. Me sube el calor a la cara y me dan ganas de meterme debajo de la alfombra, pero la alfombra también está llena de piezas de Lego y no es plan de morir empalada.
—Carolina, eres una bocachancla —digo, porque o lo suelto o reviento.
Eva abre los ojos.
—¿Tienes a tus hijos congelados?
—Mis óvulos —aclaro—. Mis óvulos. Por si se me pasara el arroz, por si mañana me da por querer… yo qué sé. Cosas. Vida adulta. Ansiedad con patas.
Acaba de arder Troya y yo estoy dentro con el flequillo chamuscado. Me entra nervio, hambre, sed, ganas de masticar menta, de beberme un chupito, de desaparecer un rato… ¡ALGO! Hasta me ruge la barriga, y no sé si es hambre, pedo, o qué sé yo.
Eva se recompone, que para eso es Eva: práctica y mandona cuando hace falta.
—Cariño, acompáñame para coger vino y copas de las que se meten en lavavajillas —le dice a Carol—. Vamos a tener que salir del salón para asimilar lo que has dicho, bocazas.
—Yo no he dicho nada malo… —protesta Carol, pero ya va andando detrás de Eva.