Capítulo 5 #2
—Cuando quieras, «miarma» —le digo, y la veo alejarse con esa espalda recta de mujer que manda… y esa tensión debajo que hoy no viene del trabajo.
Cada una a lo suyo. Yo me quedo con la sonrisa en la boca y una idea muy clara en la cabeza: aquí alguien ha salido de esa consulta con el pulso cambiado. Y no he sido yo. Por ahora.
—Nerea. —María Isabel me corta el buen rollo que me ha dejado Sara—, ¿vemos ya el caso de la señora Matilde Ramos?
—Sí. Vamos.
Tiro para adelante con los cuatro detrás, en fila india, atentos y callados, que eso en un hospital ya es casi ciencia ficción. Todo sigue en su sitio.
Día sin incidentes. Ninguna urgencia. Ni un susto.
Solo docencia para mis residentes y un máster intensivo para mi autocontrol.
Días de estos tendrían que ser fáciles: pasar consulta, revisar pruebas, firmar cosas, sonreír.
Pero no. Porque una de ellas me mira y no me mira para aprender.
Me mira con hambre. Y yo lo noto en la nuca, en la piel.
No me hace falta imaginar nada. Se delató sola. Me escribió. Luego se cagó. Yo también me cagué, pero porque casi lo ve Minerva.
El mensaje fue de esos que te cambian la temperatura del cuerpo. Y lo borró, claro. Se pensó que con eso se arregla. Qué mona. Lo que pasa es que yo lo vi. Y ahora, cada vez que me pregunta algo, no escucho solo la pregunta. Escucho lo que no se atreve a decir en voz alta.
Si no estuviera con Minerva, hoy no frenaba.
Punto. Esa tensión la convertiría en otro tipo de clase, de las que se dan en privado.
Consulta cerrada, la jefa al mando, pestillo echado y a ver quién se atreve a tocar la puerta.
Y encima ahora sé, casi seguro, que la doctora Rey me cubriría.
No por santa, sino porque a ella también le va el drama bien cocinado.
Pero no. Hoy toca lo que toca. Y toca lo que elijo. Minerva.
Cierro el turno, bajo al parking y me meto en el coche.
Pongo mi playlist. Suena Extremoduro: Buscando una luna.
Me da el pinchazo en el pecho por lo de Robe, por lo reciente, por lo que te remueve cuando alguien que te ha acompañado media vida se te vuelve de golpe más mortal.
Escucho quieta, con las manos en el volante.
Luego arranco. A la mierda el día. Me voy a casa. Bueno, a casa de Minerva.
Llego a su edificio, pulso el portero y me abre. Subo. El ascensor tarda lo bastante para que me dé tiempo a pensar que hoy no tengo ganas de hablar demasiado. Tengo ganas de otra cosa. Abre antes de que llame por segunda vez.
—¿Por qué no usas las llaves? —me regaña nada más verme, medio seria, medio guasa.
—Me da cosita, criatura. No quiero pillarte desprevenida.
—Nerea. —Me agarra de la mano y tira de mí hacia dentro—. Por algo te las di. ¿No crees?
Cierro la puerta con el pie. No contesto. No me hace falta. Le subo la mano por la muñeca y le acaricio la barbilla. Me encanta esa manía suya de ponerse firme hasta que la toco. La acerco a mí y la beso.
Qué bien me sientan sus besos. Me calman y me calientan a la vez, que tiene delito. Ella cede rápido, se ablanda, me rodea la cintura y me aprieta con ganas, que es algo que me gusta de Minerva: que no se pierde en tonterías.
Me pega la boca al cuello y me respira ahí, a posta, para provocarme. Yo sonrío contra su pelo.
—Vienes con prisa —murmura.
—Vengo con hambre. —Bajo la voz, para que le quede clarito.
Le muerdo la piel del cuello y subo hasta el lóbulo. Le rozo con los labios. Ella suelta un sonido corto, sin fingir, y a mí se me enciende todo por dentro. Me separo para mirarla bien.
Tiene las mejillas un poco rojas. Los ojos oscuros. La boca entreabierta. Sé que piensa lo mismo que yo: que hoy no hace falta portarse bien, ni medir nada, ni ser prudentes. Hoy solo hace falta que me deje hacer. Y Minerva, cuando decide dejarse, lo hace de verdad.
—Pasa —me dice, pero no se mueve.
—Ya he pasado —le contesto, y vuelvo a besarla, más lento, más seguro, con esa calma de quien sabe que al final siempre acaba ganando.
—Vamos a la habitación.
Me agarra de la mano y tira de mí. Cruzamos el pasillo. Entramos. La habitación está a media luz, persiana a medio bajar, la lámpara del salón que se cuela por la puerta. Penumbra de esa que te tapa la cara, pero te deja ver lo importante: piel, curvas y ojos.
—Desnúdate tú solita, anda. Quiero verte bien. Quiero recrearme.
No protesta y empieza por los zapatos. Luego se desabrocha la camisa. Botón a botón. La tela se abre y asoma el sujetador. Negro. Sencillo. Le queda de pecado.
Se termina de quitar la camisa y la deja caer sobre una silla. Cuando mete los dedos en el borde del sujetador ya me tiene hipnotizada. Se lo quita y los pechos se dibujan en la penumbra. Los veo lo bastante para dejar de pensar y para que el cuerpo tome el mando.
Me humedezco el labio al ver cómo se quita el pantalón y se queda solo en bragas. Ya no le da vergüenza. Ni falta que le hace.
Da un paso hacia mí y otro más hasta rozarme con los pezones, despacio. Se me eriza todo con su siguiente paso y su pecho pegado al mío. Suelto el aire por la nariz, contenida. Me gusta que ella tome la iniciativa y que se crea con derecho a mí.
—¿Te gusta lo que ves? —Baja la voz.
—Me encanta. Y tú lo sabes.
Me agarra por la cintura y su lengua entra en mi boca. Le devuelvo el beso con hambre mientras mis manos se pasean por su espalda, sus caderas, su culo. Me agarra la camiseta por el bajo y ahí veo el brillo de deseo en sus ojos.
—Ahora tú —dice.
Sus dedos me rozan la barriga cuando sube la tela y la piel se pone sensible al toque. Levanto los brazos y la dejo hacer, encantada. La camiseta sale y el aire me da en los pechos a través del sujetador.
Ella se lanza a mi cuello y me muerde suave. Baja hacia la clavícula rozando la piel con los dientes. Me aprieta la cintura con una mano y con la otra me palpa el pecho por encima de la copa.
—Quiero verte —me dice, y suena a orden.
—No me escondo. Me tienes aquí. Enterita.
Me baja un tirante del sujetador y me besa la marca del hombro. Después el otro. Desengancha el broche y la tela cede. Los pechos quedan libres. Lo cachonda que estoy me lo delata un suspiro. Me desnuda ella entera, decide el ritmo, yo me dejo.
Da un paso atrás y entorna los ojos. La mirada que me echa me calienta más que el roce. Quiero que me mire de verdad y ver bien su cara cuando lo haga.
—Luz… —le pido, con la voz hecha polvo.
Minerva se pone rígida y el aire se corta. Se me enfría el estómago.
—¿Luz? —repite. Afilada—. ¿Tu residente? —Se aparta de golpe—. No me jodas, Nerea.
—¿Qué? No, no, no. —Doy un paso hacia ella, con las manos abiertas—. Minerva, no. Te hablo de la puta lámpara. Quiero luz de verdad para verte la cara. No te estoy llamando Luz, nena.
Su risa dura nada. No tiene gracia. Es un «ya, claro».
—Qué conveniente —dice—. La luz. Ya.
—Te lo juro. —Me acerco otra vez, más suave—. Me excita verte con luz y que me veas.
Tiene una cara que me da miedo. Parece más dolida que enfadada.
—No me vendas la moto —casi grita—. No me tomes por imbécil.
—No te tomo por imbécil. —Se me va el tono, me sale más duro—. Pero no me pongas en la boca un nombre que no he dicho.
Ella baja la vista y va directa a su ropa. Se viste rápido.
—Minerva, para.
Me acerco, intento tocarle el brazo. Me lo esquiva.
—Para tú.
—De verdad, ha sido un malentendido. Yo quería encender la luz. Me gusta el sexo con luz encendida. Ver tu cara cuando te corres. ¿Así te lo dejo más claro?
Se detiene con la camiseta a medio bajar.
—¿Sabes qué pasa? —dice—. Que no te creo.
—Ya estamos, Minerva.
Se termina de vestir. Se abrocha la camisa. Se recoge el pelo con un gesto seco. Coge mi ropa del suelo. Me la planta en el pecho, sin mirarme.
—Vete, de verdad. Mañana hablamos.
—¿En serio me vas a echar? —me sale borde, porque me enciendo.
Se cruza de brazos. Se controla. Cuando Minerva se controla, hace daño de verdad.
—No soy gilipollas.
—No lo eres. Eso lo tengo clarísimo.
—Pues no me hables como si lo fuera. Sé honesta, ¿te gusta esa tía?
Me callo. Me traiciona un segundo de más.
—Ya está. No hace falta que contestes.
—No me gusta. —Me paso la mano por la nuca. Me duele el orgullo y me duele ella—. Me parece guapa. Pero yo estoy contigo, Minerva. Contigo.
Se ríe, seca, sin alegría.
—¿Te escuchas?
—Me escucho —digo, más alto—. Me puede atraer alguien y elegirte a ti. No son cosas incompatibles.
—Para ti. Para mí no. Yo no estoy con la cabeza en otras cuando estoy con alguien.
Da otro paso. Se coloca demasiado cerca. Yo debería echarme atrás, pero no lo hago. Prefiero sostenerle la mirada, aunque me tiemblen cosas por dentro.
—No quiero ser la opción que eliges mientras deseas a otra —dice—. No quiero estar contigo y preguntarme a quién tienes en la cabeza.
—Te estoy deseando a ti cuando estoy contigo, joder, Mine.
—No. —Asiente una vez, ya lo tiene decidido—. Te faltan dos telediarios para liarla, que te conozco. Estás intentando tenerlo todo. Y yo no compito con nadie por mi sitio.
El silencio cae entre las dos.
—¿Eso es lo que crees de mí?
—Eso es lo que empiezo a sentir. Y no me gusta una mierda.
Y ahí lo pillo. No es la residente. No es el nombre. Es que no sabe si soy un sitio seguro. Se me encoge algo por dentro, porque en el fondo sé que he coqueteado con el límite. Y ahora me explota en la cara.
—Mira… —Baja la voz—. Es tarde. ¿Puedes irte a tu casa?
—No hagas eso, Minerva, por favor.
—Prefiero estar sola hoy.
Me visto en silencio. Me pongo la camiseta, el pantalón, cojo el móvil. Lo hago lento, porque me cuesta asumirlo. Minerva apenas me mira. Se sienta en el borde de la cama, hombros caídos, manos juntas. Camino hacia la puerta. La abro. Ya estoy a punto de salir cuando la oigo.
—El problema es que te quiero —dice—. Pero no quiero esto que me das.
Me giro a medias. No me atrevo a mirarla del todo, porque me rompe.
—Te estás equivocando, Minerva.
Silencio.
—No es suficiente —dice ella—. Yo nunca voy a ser suficiente para ti.
—No sabes lo que dices. —Abro la puerta un poco más—. No olvides que hoy yo estaba aquí contigo porque me sale de dentro. Porque te elijo. Mañana hablamos. Piénsalo. Por favor.
Sé cómo es. Cuando se cierra, se cierra. Es mejor irse.
—Creo que no tengo nada que pensar —responde encima.
No la miro. Porque, si no, no me voy.
—Me voy.
Y cierro la puerta.