Capítulo 5
Nerea
Volvemos a la habitación de José María después de la cura. El pasillo suena a hospital en hora punta: cambio de turno, ruedas de carros, un celador que pasa con prisa, alguien que discute por teléfono con la voz bajita pero la mala hostia alta. Dentro, en cambio, hay una calma rara.
José María está medio incorporado, con el ceño apretado. Ya no lo veo con dolor puro. Lo veo harto. Y eso, en quemados, también pesa.
—A ver, José María, ¿qué tal va la cosa? —entro yo primero, por costumbre y porque me sale mandar.
—Mejor, doctora. Pero noto… no sé… un hormigueo aquí. —Señala el borde de la quemadura, encima del hombro derecho, y baja hacia el pecho, que ahora va pelado y brillante por la crema.
Bingo. Lo mismo que comentó Luz antes, en el pasillo, con esa vocecita de «no quiero molestar» que luego te clava el dato perfecto.
—Vamos a mirarlo bien.
Me giro hacia Luz.
—Luz, acuérdate de lo que me dijiste antes. Haz la exploración tú.
Luz asiente al momento. Está nerviosa, pero no se le va a ir la mano. Se pone los guantes. Dedos largos, firmes. Me fijo más de la cuenta. Ya empezamos. Se acerca a José María con cuidado.
—Le voy a tocar con una gasa en distintas zonas, ¿vale? Me dice si nota, si no nota o si nota diferente.
Lo explica bien, sin tratarlo como a un tonto. Eso me gusta. A muchos se les olvida que el paciente se entera de todo aunque esté hecho polvo. Yo me quedo a un lado. Me callo. Que también se aprende cuando una se muerde la lengua.
Sergio se planta al otro lado, los hombros rectos y el bolígrafo preparado.
Este niño vive para que le den una nota, aunque nadie reparta notas aquí.
Mayte mira desde atrás. Callada. No sé si por timidez o porque le da pereza hablar.
A veces pienso que le falta un hervor y otras que lo que le sobra es mala leche bien guardada.
—¿Nota esto? —pregunta Luz, y roza apenas con la gasa.
José María niega.
—¿Y aquí?
—Ahí… un poco. Como un cosquilleo.
—¿Aquí?
—Nada.
Luz marca límites, va por zonas, sin prisa, sin tembleque. Anota en su mente y luego lo apunta en su libreta. Profesional. Y, a la vez, tiene ese punto de «sé lo que hago» que te da ganas de arrimarte un poco más de lo necesario. A mí, al menos.
No debería fijarme en esas cosas. Estoy en mi turno, con mi bata, con mi cara de doctora responsable.
Pero mi cabeza tiene vida propia y Luz hoy viene con un imán puesto.
Le miro las manos. Luego la boca cuando habla.
Me acuerdo del mensaje de ayer invitándome a una copa y del de esta mañana, con algo mucho más concreto.
—¿Dolor? —pregunta Luz.
—Molesta, pero… menos que antes.
Menos mal que no busca mi aprobación con la mirada cada dos segundos. Me atrae más de lo que debería que vaya a lo suyo.
—Bien —digo al final, cuando ya tiene el mapa hecho—. Anótalo bien. Seguimiento diario, misma hora, mismo estímulo. Y si cambia, me avisáis.
José María suelta aire.
—Gracias, doctora.
—Nada, hombre. Aguanta, que vas mejor.
Le dejo una última mirada rápida a la zona, por rutina, y nos vamos. Cierro la puerta al salir. En el pasillo vuelve el ruido y también vuelve esa sensación de que nadie tiene tiempo para nada. Sergio rompe el silencio.
—¿Podría recuperarse del todo?
—Es pronto para prometer nada —le digo—. Pero el camino pinta decente. Si no se complica, podrá recuperar sensibilidad. Y movilidad. Poco a poco.
Mayte asiente sin decir palabra. Luz se queda un paso atrás. No se va. Se queda pegada a mí, pero no tanto. Mantiene la distancia para que parezca casual. A mí no me la cuela.
—¿Te pasa algo? —le pregunto, sin frenar el paso.
Niega con la cabeza. Luego se decide.
—Solo… quería decir que gracias por dejarme hacer la exploración.
—Para eso estás aquí —contesto—. Y lo has hecho bien.
Lo digo serio, porque es verdad. Pero por dentro me sale otra frase que no digo: «y tienes una mano que da ganas de que me explores a mí». Me la guardo. Que una también sabe portarse. A ratos.
Luz baja la mirada y sonríe. Controlada. Me encantaría ver qué cara pone cuando pierde el control.
—Y… perdona por el mensaje que te escribí.
Se le suben los colores. No exagero: se le suben. Y a mí me hace gracia. Me enternece.
—No pasa nada. —Mi voz sale neutra.
Luz abre la boca, luego la cierra. Le sale una risa mínima, nerviosa.
—No lo pensé.
—Ya —le contesto, y ahora sí la miro más de la cuenta—. Eso ya lo vi.
María Isabel carraspea, incómoda. Perfecto. Que se fastidie un poco. Aquí todos van de estrechos hasta que se cierran las persianas.
—Seguimos.
Tiro para el control. Cambio de tema porque toca. Y porque si no, me lío. Mientras andamos, meto la mano en el bolsillo de la bata y saco el móvil por inercia. Pantalla limpia. Nada nuevo. Ni un «ok» ni un «¿estás?» ni un «te echo de menos» de Minerva.
Lo guardo otra vez. Y me joden dos cosas a la vez: que me calma que Minerva no escriba, porque así no me engancha… y que me pica que no escriba, porque mi ego también come.
Me ajusto la bata en la cintura, aprieto el nudo y me digo: «Nerea, céntrate».
Y así voy cuando me topo de bruces con la doctora Sara Rey, la jefa de servicio de cirugía, que sale de su consulta.
La tía va siempre impecable: correcta, eficiente, la doctora pro después de mí.
Ejem. La ves andar por el pasillo y te dan ganas de ponerte recta, aunque tengas la bata manchada y la vida hecha un cuadro.
Pero Sara hoy no respira igual. Va con la bata cerrada hasta arriba, el moño tirante, el gesto serio…
pero con un brillo raro en los ojos y el labio un pelín más rojo.
No sé si es pintalabios o nervio. Esa mandíbula apretada no me engaña: aquí ha pasado algo.
Detrás aparece una chica. Preciosa. Y bollo. Eso no es opinión, es dato. La energía la delata antes que el pelo: un corte de esos de bollera perfecto, mirada chula y ese andar tranquilo que solo tiene quien sabe que le miran y le da igual.
A mí me suena. La vi entrar antes. No es paciente habitual. En un hospital hay caras que se te mezclan, pero esta no. Esta se te queda.
La chavala no es una enferma ni va asustada. Va… satisfecha. Y Sara, que suele salir con la misma cara tanto si ha salvado una vida como si ha firmado un parte, hoy sale con el cuerpo tenso. El tipo de tensión que viene de que te han tocado un sitio que no esperabas...
La chica me mira de reojo. Sonríe. Luego mira a Sara, y a Sara se le marca una mínima pausa en el paso. Nada, un microsegundo. Pero yo lo pillo. Yo pillo esas cosas.
Dentro de esa consulta ha pasado algo. No sé el qué. Tampoco me hago la tonta. Y yo no soy la más adecuada para señalar a nadie. Aquí todas llevamos pecados en el bolsillo. Algunas también en la ropa interior.
—Buenos días, Sara —la saludo en tono normal, que en el hospital hay orejas hasta en las paredes.
Sara pega un respingo mínimo, se recompone al instante. Me regala la sonrisa profesional de «no pasa nada». La misma que usa con las familias cuando quieren llorar y con los residentes cuando meten la pata.
—Buenos días, Nerea.
La chica preciosa se aparta un paso para dejarle sitio. Y yo pienso: mira tú qué arte. A Sara le falla un poco el control cuando pasa a su lado. Le tiembla una pestaña. Ridículo, pero real.
—¿Todo bien? —pregunto, ya con una sonrisa que no puedo disimular.
Sara abre la boca, la cierra, vuelve a abrirla. Se nota que tiene prisa, pero también que no sabe dónde meter el cuerpo.
—Sí. Perfecto. Todo… perfecto —dice. Y luego, bajito, rápido—. Voy apurada, miarma. Tengo la lista de quirófano que me muerde.
Me hace gracia que me suelte «miarma» a mí, que ella suele hablar con el usted pegado al paladar. Eso es nervio. Eso es «no me mires mucho, que se me nota».
La chica preciosa se despide con un «hasta luego, doctora» suave, casi íntimo. Sara asiente, sin mirarla demasiado. Y yo me muerdo la lengua para no soltar una barbaridad.
Cuando la chica se va pasillo abajo, Sara exhala por fin. Se recoloca la bata, se alisa el pelo aunque no tiene un pelo fuera de sitio y me lanza una mirada que mezcla amenaza y risa.
—Ni una palabra, Nerea.
—¿Una palabra de qué?
—De nada. De… lo que tú estás pensando —dice, y aprieta el historial contra el pecho. Va roja.
Yo me acerco con esa confianza de años y de haber visto a Sara tragarse el mundo sin pestañear.
—Jefa, yo pienso muchas cosas. Si te tengo que hacer un listado, no llegas a quirófano.
—Es que tú eres muy… tú —me susurra, con ese acento que le sale cuando se le va la compostura—. Y yo hoy no estoy para tus tonterías, que voy a mil.
—Ya, ya. A mil. Se te nota en la cara —susurro también y la miro fijo—. Te han dejado calentita y ahora quieres ir por el hospital con la cara de «aquí no ha pasado nada».
Sara abre mucho los ojos y me da un codazo flojo, rápido, a la altura del codo. Se ríe sin querer, pero le dura nada.
—Nerea, por tu madre… —Mira alrededor, por si alguien escucha.
—Tranquila, jefa. Aquí nadie oye nada. Y si oye, peor para ellos, que se aburren mucho.
Sara suspira otra vez. Me mira ya más de frente. Recupera ese tono suyo de mando, pero le tiembla la esquina de la boca.
—¿Me dejas pasar o no?
—Te dejo pasar, claro. —Me aparto—. Pero dime una cosa: ¿la consulta ha sido… clínica o ha sido de las que te descolocan?
Sara me fulmina con la mirada. Luego baja la voz.
—Ha sido una consulta. Punto. —Y remata, a toda prisa—. Y tú cállate.
—Vale, vale. Punto. Sara, que te conozco. Cuando te da igual, ni me miras. Y ahora hasta me regañas con cariño.
—No te regaño con cariño.
—Sí, hombre. Con cariño y con prisas. —La dejo pasar y le guiño un ojo—. Venga, corre, que el quirófano no se opera solo. Y tú… respira. Que llevas el cuerpo con ganas de otra cosa.
Sara se muerde una uña, maldita sea, y ahí se le ve todo. Luego se endurece, se recoloca el mundo encima y echa a andar con su paso de jefa.
—Luego hablamos, Nerea.