Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Yo no soy igual, capulla —replica Bárbara—. Y perdón por lo de capulla, que estás hoy con el llanto fácil.

Paqui la mira con desesperación, se traga otro hipido con lágrimas, ladea la cabeza y suelta, así, del tirón:

—Mira, te voy a decir una cosa. Si yo no me he liado todavía contigo, es porque tú eres igualita a Nerea. Que se te ve venir de lejos…

—¿Cómo?

Bárbara escupe la cerveza y a mí me salpica hasta la barbilla. Me dan ganas de pedirle una toallita al camarero y un psicólogo a la vida.

—¿Perdón? —decimos Carol y yo a la vez, mirando a Paqui como dos suricatos.

Se le ha ido la boca con el alcohol, vaya. Y nosotras nos ponemos tiesas, atentas, con la respiración corta, que esto no lo vimos venir ni en el tráiler.

—Perdonadme —añade Paqui de golpe, y empieza a reírse como una loca—. Perdonadme, perdonadme… Es que me he pimplao casi una botella de vino antes de salir.

Se ríe más fuerte. Demasiado.

—¿Entera? —le pregunto, porque necesito datos. Yo soy de datos.

—Pues ni me acuerdo. Por allí tiene que estar la botella… o no… —Paqui suelta una risotada escandalosa, moviendo el pelo y los hombros. Esta mujer hoy no está para tomar decisiones.

Bárbara le aparta la copa de la mano, con suavidad, pero con firmeza. Carol se inclina hacia delante, me mira a mí y luego a Paqui, calculando si mete el dedo en la herida ya o se espera a que traigan las bravas.

—Minerva…, ¿tú has hablao con ella?

—¿Con quién?

—Con la residente. Con la bollo guapa.

—¿Para qué? —pregunto, ya con un cansancio que me sale por las orejas.

—Para asustarla un poco —contesta Carol, seria—. O para comprobar si babea de verdad o si es entusiasmo académico.

—Carol, por favor. Que luego soy yo la que vuelve a casa con Nerea.

—Pues por eso —responde ella—. Igual si ve que existes, se le pasa la tontería.

—Existir, existo. Nos hemos besuqueado delante de ella, así que lo tiene clarito. Y bueno… luego le dije que era su esposa.

Se parten el culo. Bárbara se dobla, Carol se tapa la boca y Paqui hace un ruidito entre risa y llanto.

—¿Marcando territorio? —dice Bárbara—. Eres un clásico. Manual de bollo intensa celosa.

—Un clásico eficiente —respondo—. Que yo no hago nada a medias, hija. Si voy a hacer el ridículo, lo hago con método.

Paqui se seca la nariz con la manga, que eso me da un asquito que no veas, pero hoy no le voy a regañar, que está para envolverla en una manta y darle un caldo.

—Qué tranquila estás con eso de que otra se quiera follar a tu pareja.

—No está tranquila —dice Bárbara—. Está curtidísima. Es que todas se quieren follar a Nerea. Yo me incluyo.

—Gracias, Bárbara —digo—. Me ayudas un montón, de verdad.

—Yo antes también estaba curtida —dice Paqui, con voz más baja—. Mira qué bien me ha ido.

—Paqui, cariño —interviene Carol—, lo que te ha pasao quizá es porque Gonzalo ya no te iba bien.

Se nos pone una incomodidad en la mesa que no la mueve ni el camarero con una bandeja. Paqui abre la boca para protestar, pero Bárbara se le adelanta y le vuelve a echar el brazo por los hombros. Esta vez no es solo consuelo. Hay ahí algo más, suave, pero claro.

—Escucha, bonita —dice Bárbara—. Lo de Gonzalo era previsible. Ya teníais problemas. Lo mismo es que os van otras cosas. O que estabais agotados. Pero eso no se arregla con buena voluntad, tía.

Paqui la mira. De cerca. Demasiado.

—No me psicoanalices, Bárbara —dice, medio riéndose—. Que me lío.

—Eso ya lo has hecho —responde Bárbara—. Y sin cenar.

Carol levanta las manos, harta.

—Yo flipo con vosotras. Una se divorcia, la otra vive en paranoia bollera. —Me señala a mí—. Y tú —se gira a Bárbara— vas por la vida actuando como si nada te afectara.

—Me afecta todo —dice Bárbara—. Pero no lo dejo entrar.

Paqui suelta una carcajada seca.

—Eso es que también te da miedo, ¿eh?

Yo levanto la vista de la carta, que llevo cinco minutos con ella abierta sin leer ni un mísero entrante. Me encantaría tener un chip como en Black Mirror para repetir esta escena, porque esto mañana no hay quien lo explique sin parecer una exagerada.

—Chicas, aviso: o pedimos comida o alguien va a soltar algo imperdonable.

—Tarde —dice Carol.

El camarero aparece de la nada, con la libreta en mano y cara de «otra mesa de amigas intensitas». Nos pregunta por la comanda. Nadie le contesta, porque estamos con el cuchillo metido en lo emocional.

—Minerva —dice Paqui de repente—, si Nerea se va con la residente, avísame. Pa que no cometas los mismos errores que yo.

—¿Cuáles? —pregunto. Porque, aunque me haga la graciosa, esto me toca.

—Los de creerte que el amor es una cosa estable.

Bárbara choca su copa con la de Paqui.

—Brindemos por eso.

—¿Por el fracaso? —pregunta Carol, con guasa.

—Por no fingir que no existe —responde Bárbara.

—Qué bien me animáis, jolines.

Mañana alguna de nosotras va a recordar esta noche y le va a dar vergüenza. Y otra va a pensar: «pues mira, menos mal que lo soltamos». Todavía no sabemos a quién le toca cada cosa.

—¿Acercáis vosotras a Paqui a coger un taxi? —dice Carol, mirando el móvil.

Bárbara y yo llevamos a Paqui hasta la parada. Va agarrada del brazo de Bárbara y yo voy al otro lado por si se le cruzan los cables y decide discutir con una farola. Cuando por fin se monta en el taxi, nos hace un gesto con la mano, flojito.

—Venga… —dice—. No os peleéis, ¿eh?

—Tú cállate y bebe agua en tu casa. —La señalo con el dedo, que soy muy de dar órdenes cuando no sé qué hacer con mis emociones.

El taxi arranca. Nosotras miramos cómo se aleja, en silencio, cinco segundos exactos. Y ya no aguantamos.

—¿Tú has escuchado lo que ha dicho?

Nos miramos, serias. Y nos entra la risa a la vez, de golpe, de esas que te doblan y te dejan sin aire.

—¿Te imaginas que le gustas?

—Estaba borrachísima, quilla.

—Ya sabes que los borrachos sueltan verdades. —Me enciendo un cigarro—. Al menos esta noche no se va a sufrir por Gonzalo.

—Pues mira. —Se pasa la mano por la cara—. Entre la residente de Nerea, el divorcio de Paqui y tu psicoanálisis de barra… lo mismo mañana me levanto y me hago monja.

Echamos a andar sin rumbo un rato, que es lo único que se nos da bien cuando la vida aprieta.