Capítulo 4
Minerva
Hoy tengo cena con las niñas. Bueno, cena…
lo que salga, porque cuando Paqui convoca es que hay tragedia o chisme gordo.
WhatsApp escueto a Spoiler Girl. Sin audio de tres minutos llorando, sin «tengo que contaros una cosa» con veinte puntos suspensivos.
Nada. Un mensaje corto. Y eso, en Paqui, es raro.
Porque la hetero del grupo, cuando trae movida, lo suele anunciar con tiempo, con banda sonora y con teatro.
Esta vez no. Misterio. Mal rollito. Esto huele a algo serio y yo ya vengo con la mosca detrás de la oreja desde mi casa.
Llego antes porque soy así de intensa. Me siento en una mesa cerca de la barra, móvil en mano, mirando correos que me dan igual. Paso mails con el dedo, uno tras otro, sin leer. Hago tiempo. El típico postureo de «estoy ocupada» cuando, en realidad, estoy esperando el salseo.
Miro la puerta cada dos segundos, rollo portera del edificio. Me digo: «Minerva, relájate». No me relajo. Me pido agua primero, responsable, como si no supiera lo que se viene: una cerveza detrás de otra.
La primera que entra es Bárbara. Rubia, guapísima la jodía, con esa seguridad que ni con terapia, ni con yoga, ni con pastillas de valeriana. Me saluda con la barbilla, deja el bolso en la silla de al lado sin preguntar y se sienta.
—¿Eres la primera curiosa?
—Sí, y tú la alcahueta número dos —le contesto, porque yo vengo a pinchar.
—Yo venía por la cena —dice—. Pero a mí no me engañáis. Esto es reunión de crisis.
—Total —respondo—. Paqui no escribe así si está bien. Paqui, si está bien, te manda un GIF de Beyoncé y una mona con los labios pintados, que es un poco grotesco, y se va a dormir.
A los dos minutos entra Carol. Mi pelirroja favorita después de Dana Scully. Llega con prisa, la chaquetilla medio puesta, el pelo revuelto y pinta de «no me da la vida».
—¿Se sabe qué ha pasado? —pregunta nada más sentarse—. Yo no puedo alargar mucho, niñas. No quiero dejarle todo el marrón a mi mujer. Como me pase diez minutos, me pide el divorcio.
—Y si luego le bajas los pantalones, te pide que renovéis votos. —La señalo con el dedo, porque nos conocemos.
—Eres un asco —dice Carol—. Un asco con razón.
Nos reímos las tres, pero sin ganas de fiesta. Pasa un minuto. Dos. Miro el móvil. Miro la puerta. Paqui no da señales de vida. Hasta que aparece.
Ay, mi Paqui. Paqui no entra, irrumpe. Y hoy irrumpe mal. Cara hecha polvo, ojos hinchados, maquillaje corrido por la mejilla y un olor a alcohol que tira para atrás. No viene de tomarse una caña tranquilita, no. Viene de estar dándole al «yo puedo con todo» hasta que no puede.
Se sienta entre Bárbara y yo sin saludar siquiera, deja el bolso en el suelo y se pone a llorar. Con hipidos. Con mocos. Con todo.
Bárbara le pasa el brazo por los hombros, modo amiga buena activado.
Carol le coge una mano, con los ojos muy abiertos.
Yo me mantengo quieta, porque a mí estas cosas me dan un respeto…
y porque, como yo abra la boca, lo mismo digo una barbaridad.
Que soy muy de «venga, no llores» y eso no sirve para nada, lo sé.
—Paqui… —dice Carol, suave—. Tía, respira. ¿Qué ha pasado?
Paqui tarda un siglo en poder hablar. Inspira, suelta el aire, vuelve a inspirar. Y al final me mira a mí, porque siempre me mira a mí cuando trae drama. Soy su servicio técnico del corazón.
—Gonzalo me ha dejado —dice.
Bárbara se lleva la mano a la frente. Carol se tapa la boca. Yo noto un calor en la cara, de coraje.
—¿Cómo que te ha dejado? —pregunto—. ¿Así, de pronto?
—Por una madre del cole —añade, y ahí ya se descompone otra vez.
Se hace un silencio de esos que duran nada y, a la vez, lo ocupan todo.
—¿Una madre del cole? —repito, porque es lo único que me sale—. ¿Pero esto qué es?
—La madre de Sandrita. La hippie. La que va de zen. La que parece medio bollo… qué sé yo. Yo pensaba que era de las que te abrazan y te preguntan por tus emociones. Pues no. Mucho «vamos al parque juntas» y lo que quería era tener a Gonzalo cerquita.
Bárbara suelta aire por la nariz y le sale el veneno elegante.
—Tu radar, Paqui, está pa tirarlo a la basura.
—Ya ves. —Paqui se limpia la cara con el dorso de la mano, fatal—. Que yo pensaba que me tiraba los tejos a mí, te lo juro. Y hasta me hacía gracia y todo. Pobre de mí. Pobre ilusa. Soy la payasa oficial.
Yo la miro y me muerdo la lengua, porque lo que quiero decir es «¿pero tú de verdad no has notado nada?», pero claro, eso ahora mismo es pegarle una patada cuando está en el suelo.
Carol niega con la cabeza, indignada.
—Pero, vamos a ver… ¿y esto desde cuándo? —pregunta—. ¿Te lo suelta así?
—Dice que está enamorado —contesta Paqui, y le tiembla la voz al decir «enamorado», con asco.
Bárbara hace un gesto con la mano, como quitándole importancia al concepto.
—Enamorado dice. Qué recurso más cómodo —murmura.
Paqui asiente y empieza a hablar más rápido, que ahí ya le entra la rabia.
—Y encima es una de esas del AMPA. De las que llevan sudadera con cremallera y zapatos barefoot. De las que están en todo y saben a qué hora cagan los niños del curso. Mucho tiempo libre. Qué ascazo, tía.
—Un clásico —dice Bárbara, seca.
—Madre mía —suelta Carol—. Y además una que vas a ver casi todas las mañanas. En la puerta. En el grupo. En los cumples. En todo.
—Eso es lo peor. —Paqui se aprieta las sienes con los dedos—. Que yo ahora tengo que ver su cara. Y la otra con la sonrisita esa de «hola, qué tal», y yo con ganas de arrancarle la sudadera.
—Ok —intento ordenar—. ¿Y Gonzalo qué? ¿Qué te dice?
Paqui me mira, rota.
—Que se va de la casa —dice—. Que se va él. Que se ha enamorado. Que lo nuestro ya no era lo mismo. Que «no quiere discutir».
Bárbara se incorpora, con los ojos encendidos.
—A ver, perdona —dice—. ¿Encima se va él? ¿Te lo deja todo a ti? ¿El niño, la hipoteca, el día a día? Qué bien vive el nota.
Carol aprieta los labios.
—Eso es una putada gorda —sentencia.
Paqui vuelve a llorar, pero ya sin palabras. Ya ha soltado el titular, el subtítulo y el tráiler.
Yo le cojo la mano por debajo de la mesa, porque se me parte el alma verla así, aunque me den ganas de decirle «te lo dije» por alguna cosa de hace dos años. Pero no. Hoy no. Hoy soy persona.
—Escúchame —le digo—. Si no lo echas tú, lo echo yo. Y no lo echo con educación, aviso.
Paqui suelta una risa mínima entre lágrimas.
—No me hagas reír —dice—. Qué asco de vida, tía.
—La vida es un coñazo —respondo—. Pero tú ahora mismo no estás sola. Ni de coña. Hoy cenamos, bebemos lo que haga falta y mañana se empieza a organizar esto. Lo primero: que él no te maree. Que se vaya. Pero con responsabilidades, no con poemas.
Bárbara asiente fuerte.
—Y a la hippie esa… Yo no digo nada, pero si hace falta, yo tengo amigas muy creativas. —Lo dice medio en broma, medio no.
Paqui se seca la cara otra vez, hecha un cuadro, y mira la carta sin verla.
—No tengo ni hambre —murmura.
—Tú tranquila —le digo—. Ya te la recupera el cuerpo cuando se te pase el susto.
Cuatro mujeres adultas sentadas alrededor de una mesa sujetando a la única heterosexual del grupo mientras se le desmorona el matrimonio por culpa de una madre hiperactiva de extraescolares.
Ni hemos pedido la cena y ya han caído tres cervezas.
Yo pido otra sin preguntar, porque esto va para largo.
Y Paqui, entre sorbo y sorbo, empieza a contar detalles.
Que si mensajes raros. Que si «me voy a correr», pero no volvía a la hora.
Que si «es solo una amiga». Lo típico. Lo de siempre.
Lo que te hace sentirte tonta después, pensando en cuántas veces has tragado.
—¿Y el niño? —pregunta Carol, tocándose el anillo como cuando se pone seria—. ¿El niño sabe algo?
Paqui niega.
—No. Y me da pánico. Me da un miedo… —se le rompe la voz—. Yo no sé cómo se hace esto.
—Se hace mal al principio —digo—. Y luego se hace mejor. Pero se hace. Y tú lo vas a hacer. Aunque hoy estés hecha polvo.
Bárbara le aprieta el hombro.
—Hoy lloras. Mañana hablamos de abogados, horarios y de que ese señor no se lleve ni una cucharilla sin apuntarla.
Carol levanta el vaso.
—Por Paqui —dice, seria.
Yo levanto el mío también.
—Por Paqui. Y por Gonzalo… que se prepare, porque como yo me lo cruce, no sé ni lo que hago. Y mira que yo soy de evitar conflictos, pero hoy tengo el cuerpo con ganas de bronca.
Chocamos los vasos. Y Paqui respira un poco mejor. No está bien, ni de lejos. Pero ya no está sola. Y eso, por lo menos, es algo.
—Chicas, voy a mandarle un mensaje a Eva para decirle que tardo.
—Qué pringada eres, miarma —le suelta Bárbara.
—Pringada, pero lista. Así me cubro las espaldas.
Miro la carta y pienso que, pase lo que pase, el alcohol no va a ser suficiente.
—Contadme algo, chicas —dice Paqui, intentando girar la conversación para otro lado antes de que se nos vaya de las manos.
—Eso, venga. Vamos a cambiar de tema —asiente Carol—. Minerva, ¿tú bien con Nerea?
Ea. Me tocó.
—Buf… pues mira, yo estoy en un clásico: Nerea tiene una residente bollo que babea por ella.
Y encima es una bollo guapa, que eso ya es pa rematarme.
Y esta mañana le escribe un WhatsApp. Nerea lo ve, sonríe un poquito, pero lo vi, que yo veo hasta los microgestos, que tengo la vista entrenada de celosa profesional.
—¿Y tú qué hiciste? —pregunta Bárbara, ya con media risa.
—Yo, por dentro, me puse en modo policía. A la cárcel vas a venir tú a robar, cariño. Y por fuera, sonreí. Que parezco tonta, pero tonta no soy.
—¿Pero has visto lo que le ha puesto la otra? —insiste Carol, que le encanta el drama ajeno más que a mí el pan con aceite.
—He estado a esto —junto los deditos— de desbloquearle el móvil mientras estaba en la ducha. A esto. Pero va contra mis principios de persona equilibrada.
—Qué pereza da Nerea, quilla. —Bárbara niega con la cabeza.
—Pero si tú eres igual —salta Paqui, que hoy viene sensible y con el gatillo flojo.