Capítulo 3 #2
Sale de la ducha con uno de mis albornoces.
El mío bueno, el de hotel. El que me da pena usar y que uso igual porque soy así de incoherente.
Se planta delante de la maleta y empieza a sacar ropa.
La estira sobre la colcha con cuidado, ordenadita.
Yo la observo desde la cama, despeinada, con la sábana por la cintura. Parezco un personaje secundario.
Sé que tiene algo en la cabeza. No sé el qué, pero lo noto.
—¿Pasa algo? —pregunto. Y lo pregunto sabiendo que igual no quiero escuchar la respuesta. Soy valiente hasta que me contestan.
—No, nena. Solo estoy cansada de estar con una maleta todo el rato.
Lo dice suave, pero no me mira al decirlo. Y eso, tía… eso se nota.
Se inclina y deja caer el albornoz. Y ahí está. Desnuda. Piel todavía mojada. Pezones rosados. Ese cuerpo me descoloca. Me dan ganas de decir una barbaridad y también de pedir perdón por existir.
—Ven a la cama —le digo, tirando de su mano, sin pensarlo mucho.
No dice nada. Se mete bajo las sábanas otra vez. Está calentita y huele a mi jabón, a ese que compro en oferta y luego me creo fina. Me engancha con las piernas, firme, sin delicadeza. Y a mí se me olvida el mundo, que para eso soy facilona con ella.
—¿Tienes tiempo?
Meto las manos por debajo de su espalda.
—Mmm… deja que piense… sí, sí, creo que sí.
Me besa. Me pega a ella, desnuda, sin chorradas. Yo me mojo al momento. Es automático. De verdad, qué vergüenza de cuerpo, siempre opinando.
—Nerea… —susurro, porque soy una dramática y encima me creo discreta.
Ella aprieta más, donde me gusta. Abre más las piernas y noto su vulva en mi pubis. Se frota arriba y abajo con esa seguridad que tiene. Sus pechos me caen en la boca y yo, pues los chupo. No voy a ponerme fina ahora.
—Muerde —me pide.
Y yo muerdo, porque soy obediente en lo importante.
Se tensa. Se agarra a mi cuello. Suelta un sonido corto, contenido. Luego respira fuerte. Pequeños espasmos. Calor. Piel. Y yo estoy empapada de ella. Entera. Hasta el pensamiento.
Y entonces me viene el nombre. Luz. En la pantalla.
En mi cabeza. Me corta el rollo por dentro.
No quiero que esto se convierta en otra cosa.
No quiero empezar con preguntas raras, con caras largas, con ese rollo de «dime quién es» que luego me da asco de mí misma.
No hoy. No aquí. No con mis sábanas oliendo a sexo y a jabón.
Me paro cuando por fin se le aflojan los hombros. Se toma su tiempo, la tía. Me muerde el lóbulo de la oreja, despacito, con mala leche.
—Minerva… me dejas con ganas, pero me tengo que ir.
Levanto la cabeza despacio, con esa pachorra falsa de «yo controlo», aunque por dentro estoy haciendo cuentas y ninguna me sale.
—Pervertida. —Se me escapa una risa por la nariz—. Te acabo de dejar temblando y encima vienes con reclamaciones. Qué arte.
Ella sonríe contra mi cuello, sin prisas, apretando la boca donde sabe que yo me derrito y luego me hago la valiente.
—Es que me has acostumbrado mal.
—Problemas del cliente habitual.
—Qué chula eres.
—Y tú repites servicio.
Se ríe bajito y se levanta. Ahí me entra el runrún, el de siempre, el que me avisa de que algo va torcido. No tarda nada en incorporarse. Tarda en volver hacia mí.
Empieza a moverse por la habitación con esa prisa medida, la de quien hace cosas para no pensar.
Abre la maleta y guarda sus cosas con un orden que me da hasta coraje.
Camiseta doblada perfecta. Zapatillas alineadas.
Neceser cerrado, cremallera hasta el final.
Yo, en mi vida, he metido un calcetín en una maleta sin que parezca un crimen.
Está en su cabeza. No aquí. Y yo lo noto porque el aire cambia y, de golpe, me siento hasta un poco tonta por estar desnuda en la cama, con el pelo hecho un cuadro y el corazón haciendo el ridículo.
Se pone la camiseta, los vaqueros. Se recoge el pelo con un gesto automático. La doctora Medina volviendo a ensamblarse: seria, limpia, correcta. Yo, en cambio, necesitaría un café, una ducha y veinte minutos mirando el techo, pensando en mis decisiones de mierda.
—Tengo que irme, bonita —dice.
Bonita. Sin mirarme. Me incorporo un poco, apoyándome en el codo. Me sale el humor por pura supervivencia.
—¿Ya? ¿Así, del tirón? ¿Ni un drama? ¿Ni un «no me olvides»? Me estás robando toda la fantasía romántica, hija.
Resopla por la nariz. Sonríe un poco, lo mínimo, lo que se permite sin liarse emocionalmente. Se acerca a la cama. Me besa primero la frente. Luego la boca. Cortito. Cuidado. Y joder, qué bien besa cuando no quiere que yo me agarre.
—Qué poco esfuerzo le pones a tus despedidas —murmuro, intentando que suene a broma y no a que me estoy comiendo la cabeza.
Ella me mira por fin. Y ahí cambia algo. No sé qué, pero se nota. Se le van las prisas un instante. Se le queda la mirada quieta, directa, sin esa pantalla profesional.
—Minerva… —me dice bajito—. Me gusta muchísimo todo contigo.
Hostia. Hostia, no. Yo esperaba una tontería. Un chiste malo. Un «luego te escribo». No eso. No una frase que se te mete en el pecho y te hace daño porque te gusta.
—Pues mira qué bien. —Sonrío, porque mi cuerpo se pone en modo payasa cuando me asusto—. Porque devolver el favor ya sería un coñazo, ¿eh?
La veo poner esa sonrisa pequeñita, la que le sale cuando intenta no ponerse blanda y se le nota que le cuesta. Y me lo devuelve antes de irse.