Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Minerva

Se me duerme encima. Parpadeo un par de veces, por si me he perdido alguna escena.

Porque esto, en nosotras, no es lo normal.

Creo que es la primera vez que Nerea se duerme aquí sin que hayamos follado antes.

Sin besos. Sin manoseo. Nada. Solo caricias.

Piel caliente. Mi mano en su costado, subiendo y bajando despacito, notándole la respiración.

Y me gusta. Me gusta más de lo que me conviene, qué coraje.

Y mira que a mí me gusta follar. Y con ella más que con nadie, con diferencia.

Tiene unas manos que saben dónde apretar.

Sabe pararse cuando hay que pararse, que eso parece una tontería y no lo es.

Y cuando muerde, muerde bien. Lo bastante para que a mí se me vaya la cabeza y me ponga tonta perdida.

Ahora mismo, con ella dormida y yo aquí haciéndome la buena, ya me estoy calentando yo sola.

Reina del autocontrol, Minerva, un diez…

Me estoy viendo desde fuera y, mira, qué tonta soy.

Me gusta demasiado. Y eso me da miedo, porque yo, con las cosas que me gustan demasiado, me vuelvo intensa por dentro y, por fuera, intento ir de relajada, de «yo bien, yo fluyo», y luego estoy haciendo cuentas.

La miro y se me activa todo a la vez. Deseo, sí.

Pero también ese pellizco de «cuidado, que luego te comes el marrón».

Y no sé qué hacer con esa mezcla. No sé dónde guardarla.

No tengo cajón para eso. En mi casa hay cajón de los cables, cajón de los táperes sin tapa y cajón de las cucharillas raras, pero de sentimientos, no.

Le noto la respiración en el brazo porque la estoy sujetando, sin querer, pero queriendo.

Calentita. Constante. El peso ideal. No molesta.

No sobra. Encaja y punto. Y esa facilidad a mí me pone nerviosa, porque yo le doy vueltas a todo.

Y esto no me pide vueltas. Esto me pide quedarme quieta y ya. Y yo quieta soy regular, la verdad.

Pero ahora no me muevo. Que si se despierta y se da cuenta de lo a gusto que estoy, igual se asusta y se va. Qué tontería, ya lo sé. Pero mi cabeza no se calla ni con todo en silencio ni con el Mini rojo aparcado abajo. Me da por pensar de más y luego me sorprendo de estar cansada. Normal.

Paso el brazo despacio, sin hacer ruido, y la acerco un poco más. Un poquito. Que parezca casual. No lo es. Ni de coña. Y ella se pega sola, sin protestar, sin tensarse. Se pega y ya. Perfecto. Pues ya estaría. Qué fuerte una cosa tan simple, quillo.

Se me baja la revolución. No tengo esa ansiedad de «venga, a ver qué pasa ahora» que a mí me sale por defecto. Tengo el cuerpo más relajado. Hasta los hombros, que siempre los tengo arriba, se aflojan un poco. Milagro.

Y pienso, muy bajito, sin querer darle mucha forma, que ojalá esto se repita.

Muchas veces. Que se quede. Que yo me quede.

Sin ponerle nombre a nada, porque a mí los nombres me dan problemas.

En cuanto etiqueto algo, me entra el pánico a perderlo.

Me pasa con las personas, con los planes y con las sartenes buenas.

Yo qué sé. Tengo una sartén que me costó un ojo de la cara y la cuido más que a mí misma; pues esto va por el mismo sitio y eso me da un poco de vergüenza admitirlo.

Solo quiero esto: ella aquí, conmigo, dormida, tranquila.

Y yo sin estar actuando ni midiendo cada palabra, sin estar pensando si me he pasado, si me he quedado corta, si he dicho algo raro.

Se mueve un poco, se recoloca. Se despierta una mijita, los ojos medio abiertos, la cara de sueño y esa voz que me deja el cerebro en blanco aunque yo vaya de dura.

—¿Te peso mucho? —pregunta, con voz de sueño.

—No me pesas nada. Duérmete, cariño —digo.

Hostia. Cariño. ¿Pero quién me creo que soy?

Me da una vergüenza tonta, de las que te suben por el cuello y te dejan la cara calentita.

Y encima no lo puedo recoger. No hay marcha atrás.

Yo no tengo botón de deshacer, yo tiro para delante y luego ya me arrepiento en diferido.

Ella me mira y sonríe. Una sonrisa pequeña, que no enseña nada y lo dice todo.

Y se esconde otra vez bajo mi hombro, buscando sitio, acomodándose con una tranquilidad que a mí me descoloca.

El corazón me hace el idiota. Porque lo he dicho sin pensar y ha sonado sincero.

Y me entra una ternura que no sé ni dónde ponerla.

La ternura me da pudor, me da ganas de hacer un chiste y fastidiarlo todo.

Porque claro, también me viene a la cabeza, así de gratis, la imagen de cómo ha mirado este mediodía a la residente.

Y me entra una pereza enorme. Esta sensación.

La desconfianza. El runrún. Qué coñazo, de verdad. Me daría un tortazo yo sola por pesada.

Quizá sea solo su manera de estar en el mundo.

Mirar mucho. Sonreír mucho. Ser así. O quizá sea yo otra vez, montándome una película porque no sé estar tranquila cuando algo va bien.

Yo soy de las que, cuando todo va bien, piensa: «esto se va a romper», y luego, sorpresa, lo rompo yo por adelantado. De campeona.

Su respiración se hace lenta, regular. Inhala por la nariz, echa el aire por la boca. Está tranquila. De verdad tranquila.

Yo no. Yo estoy aquí dándole al botón de «y si…». Me estoy comiendo la cabeza y lo sé. Y lo peor es que me da igual saberlo, porque sigo.

Quiero que se venga a vivir conmigo. Así, a lo bruto, sin hacerme la moderna.

Que lo nuestro tenga un nombre y tenga paredes compartidas.

Abrir el armario y que haya cosas suyas sin que yo me haga la loca.

Un cepillo de dientes al lado del mío. Su champú ocupando espacio. Una sudadera suya en el sofá.

Y también quiero poder decir «mi novia» con normalidad, sin mirar de reojo por si estoy yendo demasiado rápido.

Quiero exclusividad. Me sale del cuerpo.

No lo puedo decorar. Y me da miedo, porque yo, cuando quiero algo así de claro, luego me veo capaz de hacer una cagada histórica por no saber gestionarlo.

Lo hemos rozado en alguna conversación. De estas que empiezan con tono de broma y se ponen serias en dos frases.

Pero aún no termino de confiar del todo, y eso es una mierda.

No es justo ni para ella ni para mí. Porque o confío o no confío.

Y si no confío, ¿qué hago aquí, montándome castillos en la cabeza y luego llorando por dentro? Qué agotamiento.

Y, entre una cosa y otra, mi cabeza por fin se cansa.

Dejo de pensar. Dejo de vigilar. Y me duermo hasta que el móvil de Nerea vibra en la mesilla.

Una vibración corta. Me despierta. Lo primero que pienso es: hospital.

Lo típico. La movida diaria. La vida adulta que te quita años.

Nerea se remueve a mi lado, con la cara hundida en la almohada.

—Minerva… —murmura—. Dámelo o míralo tú, que no puedo ni abrir los ojos. A ver si es del hospital.

El móvil vuelve a vibrar, insistente. Qué coñazo, de verdad. Lo cojo con la mano torpe, que todavía tengo el cerebro en modo «no me hables».

En la pantalla sale un nombre: Luz. Sin foto. Sin apellido. Solo «Luz», ahí, tan pancha. Y a mí me cambia el cuerpo. No debería, pero me lo cambia. A estas horas, mi cabeza no está para hacerse la valiente.

Antes de que yo decida si respirar o tirarlo por la ventana, Nerea abre un ojo, medio perdida, y me lo quita de la mano con una naturalidad que me deja loca. Se me habrá puesto cara de idiota, que es mi cara favorita de los últimos meses.

—A ver la urgencia… —dice, desbloqueando.

Lee rápido. No se le descoloca la cara. No se asusta. No se alegra. Nada. Ni un pestañeo dramático. Yo, mientras, intento no mirar para no convertirme en la policía de los móviles. Que luego una se odia a sí misma y con razón.

Escribe. Dos líneas. Pulgares rápidos, de quien responde en automático.

—Nada, nada. Gente que no puede esperar. —Deja el móvil otra vez en la mesilla—. Algo de un tratamiento.

Y ahí lo planta. Boca arriba. Pantallita mirando al techo. Con el brillo ese de «hola, aquí estoy». Y a mí se me enciende la ceja, quillo.

Porque esto, esto es una estrategia. Sí, señora. Estrategia Nerea. La doctora Medina haciendo cirugía emocional preventiva.

Se estira, bosteza, se incorpora. La escena es tan normal que me da más coraje todavía.

—Me voy a duchar.

Y se levanta tranquila. Tranquila, ¿eh? Ni una mirada al móvil, ni un gesto raro, ni nada. Se va al baño, cierra la puerta. Enseguida oigo el agua. El vapor. La vida siguiendo su curso.

Yo miro el móvil. Y tengo el impulso de cogerlo, de ver qué ha puesto. Pero no. Eso va contra mis normas. Mis normas de «soy una persona sana y adulta», que luego las rompo y me siento una rata, pero bueno, yo lo intento.

Pero es que lo del móvil boca arriba me tiene dando vueltas.

¿Por qué boca arriba? ¿Por qué tan a la vista?

¿Por qué tan… «aquí no pasa nada»? Y ahí me entra el pensamiento venenoso: a lo mejor lo deja así para que yo no lo coja.

Para que me dé vergüenza. Para que me sienta mala persona solo de pensarlo.

Qué arte tiene la criatura, si es que tiene arte.

Y, a la vez, me digo: a ver, Minerva, que igual la muchacha solo lo ha dejado ahí porque le da la gana. Que la gente normal no hace estrategia con cada gesto. Que igual la estratega soy yo, inventándome el manual de instrucciones de Nerea en mi cabeza. Qué cabeza, de verdad.

Aun así… la curiosidad me gana por dentro. Qué quieres que te diga. No sé qué ha escrito. No sé cómo lo ha escrito. No sé si debería importarme… y, sin embargo, ya me importa.

No son celos. O no quiero llamarlo así. Es esa sensación de estar un paso por detrás. Por primera vez en tres meses, creo que hay una parte de Nerea que no estoy tocando. Y mira que yo, si algo hago, es tocar.

Anoche todo era fácil. Esta mañana no tanto.