Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Me remuevo en la silla. Me pica la lengua con cosas que no quiero decir. Me viene Minerva a la cabeza y, con ella, su boca, su manera de tocarme, esa forma de mirarme que me deja chula por fuera y blandita por dentro.

—Ya, pero… —empiezo.

—Eso es compromiso, Nerea. No es dejar de desear. Es elegir a quién le das ese deseo cuando importa. —Me señala el pecho con un dedo, donde me duele—. Pregúntate si Minerva es tu sitio… o solo una parada preciosa que te hace sentir viva un rato.

Quiero contestar con un chiste, largarme, que se calle.

—¿Quieres que hablemos de lo que te pasó? —pregunta al fin, más suave.

—No me apetece mucho. Ya lo sabes.

—Ya. Pero tú no puedes pasar la vida en modo piedra, Nerea. No siempre puedes rechazar tus sentimientos. Tienes derecho a sentir otra vez, aunque Rocío fuera una hija de puta.

Me río sin gracia.

—Fueron dos hijas de puta. Una porque era mi pareja y la otra porque era mi mejor amiga.

Y lo peor es que llevaban meses. Meses. Y la boda se acercaba y yo ahí, feliz, montando planes, creyendo que la vida por fin me iba a salir bien.

—Resoplo y me quema—. Me prometí que no me comprometía con nadie más.

Ni de coña. Que yo no volvía a ser la tonta enamorada que se queda sin aire cuando le fallan. Y ahora mira. Me pasa esto.

—Te pasa Minerva —dice, sin dejarme escapar—. Pero con ella no es igual. Lo sabes.

—No me lo pongas tan difícil.

—No te lo pongo difícil. Te lo pongo claro. Que tú luego haces lo que te dé la gana, que para eso eres Nerea. Pero deja de fingir que solo te apetece follártela. Te apetece follártela, sí. Y te encanta. Y te pone. Pero también te importa. Y eso te da pánico.

Me callo otra vez, con el orgullo hecho un ovillo. Porque lo que más me asusta no es el sexo. Lo que más me asusta es querer quedarme.

Suena el móvil. Mensaje de Minerva.

Y ahí está la frase. Mi hermana me pilla al vuelo. A mí se me nota todo en la cara, por mucho que me haga la interesante.

—¿Estás mandándole mensajes guarros a tu… novia? Te conozco esa cara, tía.

—Sí. Y no es mi novia —digo, sin apartar la vista del móvil—. Me acaba de escribir que necesita unas manos que piensen solo en ella. Literal. «Solo en mí».

—Te tiene calada tu novia, hermana.

—Que no es mi novia —corto, pero me sale una sonrisa traicionera—. Y sí, me tiene calada entera. Uf. No puedo con ella. Me dice dos frases y yo ya estoy… ya sabes.

—Ya. Y luego eres tú la que va de chula.

—¿Chula yo? Yo voy de lo que me da la gana. —El calor me sube por el cuello—. Mira, me escribe y yo me imagino su boca, sus tetas… y se me va la cabeza.

Mi hermana me mira con esa cara de madre cansada que, aun así, disfruta el chisme.

—Es tu novia, Nerea. No me jodas.

—No digas eso tan alegremente. Me da alergia la etiqueta. Me viene una presión rara en el pecho. Y, además, no lo hemos hablado así.

—Pero si ni lo tenéis que hablar. Se os ve desde lejos.

—Bueno, pero no se ha hablado —insisto, y vuelvo al móvil, que vibra otra vez. Otra vez esa sonrisa.

—¿Qué te dice ahora?

—Que me imagina con las manos en su cintura. Que le da igual el sitio. Que hoy quiere verme. —Levanto la vista y me río—. Esta tía me saca un lado que ni sabía que tenía.

—Ajá. O sea, tu novia. Y punto.

El «punto» me hace cosquillas y me da miedo a la vez. Porque una cosa es calentarme, que se me da de lujo, y otra sostener algo cuando se pone serio.

—¿Ves? —me pincha ella—. Sonríes.

—Sí. Sonrío —admito—. Me gusta mucho. Ya te lo he dicho, pesada. He empezado por ahí.

—A Minerva lo que le pone no es solo el sexo. Le pone que tú te quedes. Quiere compromiso y lo sabes.

—Compromiso… qué palabra más de adulta. —Me apoyo en el marco de la puerta.

—Eres adulta, guapa. No tienes veinte años. Ya va siendo hora de dejar de hacerte la loca.

—Ya. Lo sé. Y lo peor es que ella es increíble. No solo en la cama, que también. Es que me escucha. Y yo quiero algo estable con ella, lo quiero de verdad… pero luego… pues lo que ya te he contado.

—Pues experimenta con una salsa nueva —me corta—, con un juguete, con cortarte el flequillo y parecer siamesas, lo que te salga del coño… Si te apetece ir de guarra, sé guarra con ella. Habladlo. Que no te vas a morir por decir «me gustas y me da miedo».

Tiene razón, uf. Soy muy valiente para lo de quitarme la ropa, pero para decir «me importas» me entra la tontería.

—Eres imbécil, neni. —Le doy un empujoncito con el hombro—. Y por eso te quiero. Porque me sueltas las cosas sin dejar de estar de mi lado.

—Ya, ya. Anda, contesta a tu novia, que te está subiendo el fuego y luego te me quedas tonta.

Miro el móvil otra vez. Leo el último mensaje. Se me aprieta el estómago, de gusto.

—Me voy antes de que me dé un ataque.

—Tira, tira. Y luego me cuentas.

Me despido de mi hermana con un beso rápido. A ella le espera lo suyo: niños, chupetes, gatos pesados y el caos de siempre. Yo salgo con el móvil en la mano y la cabeza en Minerva. Segura por fuera y hecha un lío por dentro. Y aun así, me gusta. Me excita, incluso.

***

Minerva abre la puerta descalza, con una sudadera enorme que le tapa medio muslo, el pelo hecho un desastre y esa cara de «pasa y no preguntes». Sonríe nada más verme. Así, despeinada y sin esfuerzo, me parece más peligrosa que en bragas.

—Ven aquí.

Me agarra del brazo, sin delicadeza. Y yo, obediente. Porque soy idiota y con ella siempre acabo haciendo lo que me da la gana, pero con su permiso.

Me planta un beso. No va con hambre. Va a comprobarme.

A decir «sigues aquí» con la boca. Le sigo el rollo, le muerdo un poco el labio, la dejo que marque el ritmo.

Me aprieta por la espalda. Sus manos bajan desde la nuca hasta la cintura y me deja claro que me ha echado de menos.

Se separa un dedo de nada y me suelta, bajito:

—Pasa, capullita.

Me río por la nariz y le rozo la mejilla con la mía.

—Eres mi calvario. —Le devuelvo el tono—. Tienes cara de haber llorado mi ausencia.

—No te flipes tanto. —Me da un empujoncito hacia dentro—. ¿Serie? Quiero empezar la nueva temporada de Dexter.

—Claro. —Me quito las zapas—. ¿Ya está Resurrección?

—Síiii.

Se le iluminan los ojos y, joder, también me atrae esta versión suya de nerd feliz. Minerva es de casa, de cenita, manta, series y libros. Pero aunque mi cuerpo venía con otra agenda, me apetece complacerla y compartir esto con ella.

Nos tumbamos en el sofá y nos acomodamos en un gesto que ya es costumbre.

Me apoya la cabeza en el pecho y ese contacto me pone más que cuando me provoca con intención.

Me pego a su cuerpo y aguanto. A los diez minutos la mano se me va sola.

Le aprieto la cintura. Error. Minerva baja la mano, me engancha la muñeca y entrelaza los dedos con los míos encima de su barriga.

—No. —Lo dice bajito, sin levantar la cabeza de mi pecho.

—¿No?

—Hoy no. Hoy quiero manta, serie y que estés quietecita.

Levanta la cabeza un poco para mirarme y se le curva esa sonrisa de lista. Esa de «ya sé lo que estoy haciendo».

—Además, te veo muy revolucionada. Y me gusta bastante tenerte así.

—Qué mala eres.

—No es maldad. Es que llevo toda la tarde fuera y ahora llego y te encuentro con cara de perro abandonado. Déjame disfrutar un poco del espectáculo. —Me mira dos segundos más y remata, toda orgullosa—. También te digo una cosa: debe de ser agotador estar tan enamorada de mí.

—Qué suerte has tenido, ¿eh? —Sigue sonriendo, encantada consigo misma—. Otras se enamoran de economistas aburridas o de gente que corre maratones. Tú me tienes a mí.

—¿Y qué te hace tan especial?

Se incorpora un poco, muy seria de mentira.

—Misterio. Carisma. Magnetismo animal. Tengo cosas.

La miro dos segundos. Dos exactos.

—Me calientas demasiado, eso lo sabes tú y lo sabe hasta el del piso de arriba. Pero puedo aguantar sin tocarte un rato. Voy a pensar en tu vecina, la de los rulos, a ver si se me baja.

Minerva levanta la cabeza un poco.

—¿La de los rulos?

—Sí. La que riega las plantas en bata.

—Nerea, tiene setenta años.

—Setenta bien llevados.

—Estás fatal.

—Estoy haciendo lo que puedo. Tú has decidido ponerte una sudadera enorme, tumbarte encima de mí y luego hacerte la interesante. Yo también estoy luchando una guerra aquí.

—Pobrecita. —Se recoloca un poco encima de mí, cero arrepentida—. Qué vida tan dura.

—Durísima.

—Eres una exagerada.

—Y tú una manipuladora emocional.

Sonríe contra mi pecho. Noto la risa pequeñita en la cara antes de escucharla. Luego se queda quieta. Quieta de verdad.

Seguimos con la serie. Intento prestar atención, pero mi vista hace lo que le da la gana.

Se me va a su boca cuando sonríe sin darse cuenta.

A su cuello, que lo tiene ahí, ofreciéndose.

Al lunar pequeño cerca de la clavícula, donde sé que si le rozo con los labios me suelta ese suspiro que luego me persigue toda la noche.

—Estás muy calladita, ¿no? —me dice al rato.

Me giro un poco hacia ella, para verle la cara.

—Estoy cansada.

Es verdad. No es toda la verdad, pero tampoco me apetece abrir el melón. Ella baja la vista un momento.

—¿De mí?

Me da un pellizco por dentro que pregunte eso, porque no va por ahí. Ella tiene esos días en los que se imagina cosas y se castiga sola.

—De ti no —contesto, seca, para que no le dé margen a la paranoia—. De ti nunca.

No añade nada. Solo vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro y me pasa el pulgar por el antebrazo, despacio. Ese gesto tonto me hace más que una mano entre las piernas ahora mismo. Qué fuerte. Yo, que me las doy de dura y de salida, y resulta que me gana un pulgar y un poco de peso encima.

Me estoy quieta. Las dos pegadas. Y me doy cuenta de algo que no me gusta admitir: me gusta esto, dormirme con su respiración en el cuello, elegir quedarme.

Dexter sale en la pantalla con su rollo de psicópata organizado.

Tiene a un tío atado en la mesa, listo para la puñalada de rigor.

Yo lo oigo de fondo, pero mi cabeza ya va por libre.

Me vence el sueño y me duermo un minuto, o dos, o los que sean.

Siento su calor, su peso, esa forma suya de encajarse en mí que parece decir «aquí estoy».

Antes de caer del todo, me acuerdo de Eva y me entra la risa por dentro.

Tenía razón. No todo va de follar. A veces va de no comerse la cabeza y punto.

Esta tía me importa. Mucho. Con sus cosas, con mis miedos.

Y cuando me importa alguien me vuelvo una idiota y eso no me hace ninguna gracia…

pero ahora mismo estoy tan bien que mejor me callo.

—¿Te duermes? —me pregunta, apretada a mi cintura, con el cuello encajado en mi hombro.

—Sí —respondo, con la voz medio rota—. Este es mi sitio preferido.

—Qué ñoña eres a veces. —Se ríe bajito.

—Capulla —murmuro—. ¿Así mejor?

Minerva sonríe contra mi cuello y se acomoda mejor. Ajusta la cadera, coloca la pierna encima de la mía, busca la postura exacta. Sabe lo que hace incluso medio dormida. Me deja la boca a un suspiro y a mí me dan ganas de morderla suave y liarla, pero hoy me apetece ganar otra cosa.

—Me gusta esto —dice, sin chulería. Directo.

No le contesto con palabras. Le contesto con el cuerpo. La aprieto más contra mí, le doy un beso corto en el pelo, cierro los ojos. Y duermo.