Capítulo 2
Nerea
—¿Está Carol en casa? —pregunto en cuanto me abre la puerta. No me apetece tener público.
—No, tía. Estamos solas. Se ha ido al parque con los niños. —Eva coge aire—. ¿Qué pasa?
—Te tengo que contar… —Casi la empujo al entrar y me paseo por su cocina sin darle un beso ni nada—. Hoy en el hospital ha habido show.
Eva me mira con esa cara de guasa que solo le aguanto a ella.
A cualquiera le planto una bordería y me largo, pero a Eva no.
A ella la necesito para que meta el dedo en la herida.
Porque la pesada esta casi siempre acierta y, bueno, porque es mi hermana pequeña y mi mejor amiga, desde siempre. Y punto.
—Los residentes, ya sabes. Esa fauna. —Hago una pausa, me da hasta vergüenza lo fácil que me sale describirlo en mi cabeza—. Y hay una residente nueva.
—Ajá.
—Sí, Luz, se llama. La de la boca grande y el culo todavía más grande.
Eva entorna los ojos.
—Nerea…
—¿Qué? Si es verdad. —Levanto las manos—. Mira, la tía se ha agachado a por no sé qué y se le ha visto el tanga. Blanco. De esos finitos que no perdonan. Y yo… pues yo lo he visto.
—Ya, lo has visto. No te mueres por verlo, no.
—No me vaciles, cabrona. —Me sale una risa corta, nerviosa—. Me he fijado más de la cuenta, ¿vale? Y me ha dado una cosa en el estómago. De las que no son hambre.
Le cuento todo: que luego ha llegado Minerva, que se ha puesto celosa solo de verla, la trola que les ha contado y su frase antes de irse. No adorno nada. Eva asiente. No se sorprende. Conmigo ya viene leída.
—Bien. Hasta aquí, celos de manual y tú con la culpa en la frente. ¿Y ahora qué?
Me noto la cara caliente. Me da más apuro contárselo a Eva que a nadie y, a la vez, es a la única persona a la que le contaría esto, porque ella me conoce hasta los rincones que yo finjo que no existen.
—Neni… me da cosa decirlo en alto.
—Dilo igual.
—No me presiones.
—Te presiono porque te conozco. Suelta.
Me rasco el lateral del cuello y lanzo la bomba.
—Después de todo eso… Luz me ha invitado a tomar una copa.
Eva alza una ceja. No hay drama todavía. Hay análisis.
—¿Y tú?
—Le he dicho que no. Así que baja la cejita, por favor.
—¿Entonces por qué vienes con esta cara?
Me callo. Eva no rellena el silencio. No me salva. Nunca. Me deja ahí, con la verdad en la boca, a ver si me atrevo.
—Porque me ha gustado. —Lo digo al fin, casi con rabia—. Que me invite. Que me mire. Me ha gustado demasiado.
Eva hace una mueca y se apoya en la silla de la cocina, tranquila.
—Entonces… ¿la cabra tira al monte? ¿Tenía razón Minerva con los celos?
No contesto. No hace falta. Eva ya lo sabe por mi cara.
—Nerea, por Dios…
—No quiero cagarla con ella —digo—. No quiero volver a ser esa versión mía que se hace la loca y luego dice «no pasa nada» mientras lo destroza todo.
Aprieto una taza con fuerza. Eva se acerca y me la quita de la mano antes de que me dé el ataque y la estrelle.
—Pero, tía, le has dicho que no, ¿no?
—Sí.
—Sí, pero tu cuerpo quería decir otra cosa.
No me muevo. Ese segundo me delata. Lo noto en la garganta.
—Me lo he pensado —admito—. Me lo he pensado un poco más de la cuenta. —Me paso la lengua por el labio, porque reconocerlo me cabrea—. Y ojo, no es que yo quiera a Luz. Es que… me enciendo. Me calienta el juego.
Eva no se ríe. Me mira con esa seriedad suya que me baja a tierra.
—Define «el juego».
—Que me busquen, Eva. Que me provoquen. —Me sale más directo de lo que esperaba—.
Que alguien me diga «vente» y me imagine lo que pasaría después, sin tener que fingir que soy una monja.
Yo qué sé, neni. Echo de menos ligar. Echo de menos ese punto sucio de la seducción.
La tensión. Notar que puedo. Que sigo ahí.
—¿Y Minerva dónde queda, Nerea?
—Minerva… Minerva me importa. Mucho. Me importa de verdad. Con ella no me da igual. Con ella no me vale el «bah, una copa y ya». Me entran los nervios. Me imagino casa, planes, calma… y luego me veo a mí misma mirando un tanga y me dan ganas de darme un sopapo.
Eva ladea la cabeza.
—¿Te gusta Luz o te gusta el permiso que te da Luz para ser tú?
—Me gusta que me entren, Eva. Ya está. Me gusta. Me gusta demasiado y me jode admitirlo. Porque luego pasa lo que pasa. Yo sé lo fácil que me sale cruzar la línea y luego poner cara de «uy, qué ha pasado».
Eva asiente, cansada de mis vueltas, pero no suena decepcionada. Suena harta de verme sufrir por adelantado.
—¿Minerva sabe algo de esto?
—Que Luz me ha invitado a una copa, no. Y no quiero que se entere. Y lo otro… lo de echar de menos el ligoteo, lo de que me caliente que me entren… eso menos todavía. No quiero fallarle.
Eva me clava los ojos.
—Nerea, si te da miedo fallarle, es porque ya no te importa solo salir ganando.
Tiene razón y no me apetece hacerme la dura y ya. Me apetece hacer las cosas bien… aunque me cueste.
—¿Y si no puedo controlarme?
—Entonces la pierdes. No porque seas mala. Porque no estás preparada.
Me acerco y apoyo la frente en su hombro. Me sale un suspiro feo.
—No quiero perderla, neni. Me da miedo. Me doy miedo. Me da miedo que un día me caliente, me líe la cabeza y yo misma me convenza de que no pasa nada.
—Minerva va en serio contigo. ¿Lo tienes claro?
—No lo sé. O sí. Es que… —Me río sin ganas—. Tres meses, Eva. TRES. No se puede estar haciendo cosas de matrimonio bollero tan pronto.
—Intensitas sois todas las bolleras. Y tú llevas matrícula de honor. —Se señala—. Bueno, me incluyo. Y ahora deja de hacerte la dura: lo sabes.
Me separo un poco para mirarla.
—Vale, vale.
—Entonces empieza por no mentirte. Y deja de jugar a que no pasa nada cuando sí pasa.
Asiento. Me pica la garganta.
—También te digo que seguiría sintiendo lo mismo por ella aunque me follara a otra.
Eva me da un beso en la cabeza. Corto.
—Si te acuestas con otra persona, seguirás sintiendo cosas por Minerva. Ya. Pero eso no funciona así en la vida real.
—Ya lo sé. —Me tiembla el enfado—. Lo sé.
—Y, cariño, Carol te mata. Minerva también. Y no creo que te apetezca ese final.
Carol es su mujer. Llevan tres meses casadas. A Minerva la conozco por ella. Son uña y carne. Si yo meto la pata, no rompo solo «mi relación». Rompo la confianza de las tres. Me cargo comidas familiares, planes, todo. Y luego no hay vuelta atrás.
—No me apetece, no.
—Tienes dos opciones, Nerea —dice, tranquila—. No existe una tercera que no sea autoengaño. O te follas a la residente y sigues tu vida. Y a mí ni me lo cuentes. O decides estar solo con Minerva. De verdad. Sin puertas abiertas de «por si acaso». Sin jugar a que un día no cuenta.
—¿Y si elijo a Minerva y aun así me entran ganas?
—Eres humana y tienes ojos, así que te entrarán ganas seguro. La cuestión es lo que haces con esas ganas.
Aprieto los dedos contra la encimera.
—Me jode porque me siento… sucia.
Eva chasquea la lengua.
—Estás caliente y asustada. Y también estás pillada, aunque te dé alergia decirlo.
—No digas «pillada» tan fuerte —protesto, pero me sale flojo.
—Pues entonces dilo de otra manera: «me importa».
Y deja ya de venderte la moto con que todo esto va solo de follar.
Que sí, que te flipa el sexo, a mí también.
Pero tú lo usas de escondite cuando algo te toca de verdad.
Te metes en una cama y te crees que así no sientes.
Y luego te sorprende que te explote en la cara.
—No quiero ser esa Nerea.
—Pues no lo seas —me corta, seca—. Habla con Minerva. No para hacerle un informe detallado de tus guarradas, que no hace falta. Pero aclara lo que tenéis. Y deja de llevarlo todo en secreto. Lo escondido siempre acaba en cagada, tía. Siempre.
—Me da más miedo perder a Minerva que perder el morbo de liarla con alguien.
—Mira, yo con Carol… Te hablo claro. A veces echo de menos otras cosas, otras personas. Pensarlo no me convierte en una cabrona. Tengo ojos y tengo cuerpo. Pero luego Carol me mira y se me borra el resto.
—Es que tu pelirroja es un caramelito —meto para bajar la tensión, aunque por dentro me tiemblan las tripas.
—Lo es. Pero ya no va de lo linda, Nerea. Va de todo lo que es. Para mí. Para mis niños. De cómo me sostiene y de cómo me siento cuando me roza, cuando me besa. Me da paz. Eso no lo compras con un polvo de una noche, por muy bueno que sea.
—Hostias, neni, qué intensa.
—Cállate y escucha. ¿Tú te acuerdas del lío que tenía yo en la cabeza al principio con Carol?
—¿Cómo no me voy a acordar? —la corto—. Con el coñazo que disteis. Y lo que estabas era enamorada como una pardilla.
—Pues ahí iba. Mira, te lo voy a decir en idioma médico, que si no desconectas.
Al principio lo de Carol y yo era una tormenta química preciosa.
Dopamina por un tubo, serotonina haciendo cosas raras y yo con el cerebro trabajando como un hámster metido en una centrifugadora.
Muy divertido. Cero recomendable para tomar decisiones importantes.
—Ya, Eva, ya sé dónde quieres llegar con eso.
—El otro día Carol me llamó para preguntarme qué yogures compraba y me pillé sonriendo sola en el Mercadona.
Ahí pensé: mira qué desgracia. Ya estoy casada de cerebro.
La cuestión es que ya no estoy pensando «qué ganas de verla», porque mi cerebro da por hecho que ella forma parte del paisaje.
Como los pulmones. O el café. O la ansiedad laboral. Cosas básicas.
—O sea, que ya no estás que te subes por las paredes por ella.
—Me sigue poniendo a mil, no te confundas.
Me sigue calentando. Muchísimo. Pero ya no es solo eso.
Es que cuando me imagino dentro de diez años haciendo cualquier cosa aburridísima…
una compra, una mudanza, una cola en Hacienda, lo que sea…
ella está ahí. Y no me da pereza. Eso es fortísimo, tía.
Porque a mí Hacienda me da pereza hasta sola.