Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Salgo al pasillo, me ajusto la bata y lo primero que me viene a la cabeza es Minerva con mi camiseta puesta, sin sujetador, haciéndose la tonta mientras yo me muerdo la lengua para no decirle «ven aquí ahora mismo».

Así que en realidad no. Lo peor no es la maleta.

Lo peor es que en su casa estoy bien. Cómoda.

Demasiado «esto podría ser mi sitio». Y ahí está el tema, la trampa.

Porque lo de mudarme no se habla. Y yo tampoco es que lo quiera del todo…

o eso me cuento. Necesitar es una palabra feísima.

Querer estar allí todos los días ya es otra cosa.

Bastante distinta. Distintísima, de hecho.

En fin. No es que hayamos evitado el tema.

Es peor: es ese límite invisible que ninguna cruza, pero que está, dando por culo en cada despedida, en cada «bueno, me voy» dicho con voz normal aunque por dentro esté pensando que no me apetece irme una mierda.

Cuando llego a mi casa me doy cuenta de que me he dejado la mitad de mis cosas en la suya: el cargador, el pijama, la ropa interior que me pongo cuando quiero que me la quiten, el libro que finjo leer.

Y vuelta a empezar. Parezco la típica bollo de vídeos cutres, arrastrando la vida de un sitio a otro con la excusa de «solo me quedo a dormir».

Ya. Dormir. Claro. Dormir con su lengua en mi cuello y mi mano entre sus piernas.

Y ojo, que yo no soy ninguna víctima aquí. A mí esto me pone. La tensión, el tira y afloja, el «me voy» sabiendo que voy a volver.

El problema es que la quiero todos los días en la cama.

Y en la encimera, si me apuras, aunque luego me duela la espalda y al día siguiente tenga que aguantar en sesión clínica.

Siendo sincera: pocos encuentros tenemos sin acabar en horizontal y durmiendo poco.

Si me pongo a repasar… creo que ninguno.

Maldita Minerva. Me tiene en sus manos y, si lo sabe, no lo admite.

Bajo y la localizo en la cola de la cafetería, esperando para pedir.

Y ya está: se me va la cabeza. Sexy sin currárselo, que es su superpoder.

Menudita, morena, pelo liso cortado por encima del cuello y el flequillo rozándole esos ojos achinados que me dejan idiota.

La miro fijo, con cara de «doctora Medina, mujer seria y profesional», pero por dentro ya estoy en «Nerea, deja de babear».

Quién me ha visto y quién me ve, de verdad.

Me acerco por detrás y le hablo cerca, porque me encanta cómo se le pone la piel sensible cuando sabe que soy yo.

—Hola.

Se gira un poco. A ella le mola que yo sea la que se lanza. Se le curva una sonrisa pequeñita.

—Hola.

Me da igual que estemos en el hospital, me da igual la cola, me da igual el menú infecto que nos espera. La atraigo hacia mí y le planto un beso. Directo. Con esa confianza de «tú eres mía y lo sabes». La agarro del cuello, ella me agarra por la cintura y me aprieta.

Es un beso corto, pero con promesa. Me separo y, al mirarla, me dan ganas de decirle algo guarro, pero aquí hay público y todavía quiero conservar mi sueldo.

—Has tardado mucho —murmuro.

—Tú también.

Pedimos y nos sentamos con la bandeja. El menú de la cafetería es una desgracia, los filetes están más duros que mi paciencia en guardia, pero hoy no me da tiempo a salir del hospital. Además, ahora mismo me da igual la comida. Me la estoy comiendo a ella con los ojos y eso alimenta más.

—¿Qué? —me dice, bajito, con una media sonrisa—. ¿Te he pillado en modo babosa?

—Yo jamás —le respondo, mientras por dentro estoy pensando en su boca otra vez.

No llevamos ni dos bocados cuando aparece el cuarteto de mis residentes y se acomoda en la mesa de al lado. Vienen con esa energía de «somos jóvenes, trabajamos mucho y creemos que no se nota que lo comentamos todo».

Luz pasa detrás de mí y se detiene para saludar. Muy formal, pero con ese puntito de lista que va sobrando.

—Que aproveche, doctora Medina. Perdón, Nerea.

Sergio le da un codazo y se ríen fuerte. Minerva no dice nada todavía, pero arquea una ceja. Esa ceja suya es un aviso.

—¿Tus residentes? —pregunta.

—Mis teloneros —contesto, masticando un trozo de suela.

Minerva les echa un vistazo rápido, de arriba abajo. Y a Luz la mira un pelín de más. Lo suficiente para que yo lo capte y para que me entre ese cosquilleo de «a ver qué te estás montando, cariño». No de inseguridad, yo sé lo que valgo. Pero Minerva haciendo cosas de Minerva… mala combinación.

Vuelve a clavar los ojos en mí, se lame el labio sin pensar, o pensando demasiado, y curva la boca.

—Es mona la chica… y de las nuestras.

Lo dice con una neutralidad de mentira. El subtexto me llega clarísimo: «la he visto y no me hace gracia».

—¿Tú crees?

Me hago la tonta, que es mi especialidad cuando quiero tocar las narices. Tengo ojos en la cara y a Luz la calé en el minuto uno, por la forma de moverse, por cómo mira, por lo lista que va.

—Por Dios, Nerea… Lleva la cola bajada. Ya sabes lo que dice Bárbara.

—Bollo asegurada —decimos las dos a la vez.

Me río, me da morbo ver a Minerva así. Alerta. Protectora. Con esa posesividad elegante que luego, en privado, se vuelve bastante menos elegante.

Se inclina hacia mí y baja el volumen para que el cuarteto no la oiga.

—Te tengo calada.

Y antes de que yo pueda contestar, deja el tenedor, se limpia con la servilleta con toda la calma del mundo y se gira hacia la mesa de al lado. A mí ya se me enciende una alarma: Minerva en modo actriz, en modo «te voy a organizar la vida sin preguntarte».

—Perdonad —les dice—. ¿Sois los residentes de Nerea?

Los cuatro levantan la cabeza a la vez, coordinados. Son hasta monos, los cabrones.

—Sí —responde Sergio—. Estamos con ella estas semanas.

Minerva asiente despacio, los observa, y a mí me sube el calor a la cara porque sé que va a soltar una de las suyas. Y cuando Minerva arranca, no frena.

—Bien. Me quedo más tranquila. —Pausa medida. Sonrisa amplia—. Soy Minerva. La mujer que le aguanta las guardias… y el carácter. O sea, su esposa.

Se me atraviesa el agua en la tráquea. Toso. Qué final tan tonto para una carrera brillante: morir atragantada por culpa de esta mujer.

—¿Su esposa? —dice Luz, con la cara entre sorpresa y «ay, qué fuerte».

—Sí —contesta Minerva—. Desde hace siglos. En años de pareja bollera son como cien. Tenemos tres gatos, nivel bollo máximo. Eso equivale a tres doctorados.

Miente con un descaro precioso. Le sale tan natural que hasta yo dudo un momento. Tres gatos, dice. La mato. Qué necesidad había de hacer el numerito. Ninguna. Y yo aquí pensando: sigue.

María Isabel se lleva la mano al pecho. Se creerá que está en una escena de Anatomía de Grey.

Minerva les da la mano uno a uno, encantada.

—Gracias por cuidarla —añade—. Si se pone intensa, dadle de comer. Funciona sorprendentemente bien.

Sergio asiente, serio, parece que le acabaran de dar una instrucción de vida o muerte. Me muerdo la lengua para no reírme.

Cuando llega a Luz, le sonríe con simpatía limpia, sin veneno visible. Pero yo la conozco.

—Tú eres la lista —dice—. Se te nota en la cara que lo sabes todo.

Luz se pone roja. Roja de verdad. Yo miro a Minerva con una mezcla de orgullo y ganas de estrangularla. Me acerco un poco y le susurro:

—Te estás viniendo arriba.

—Siempre —murmura—. Es mi nivel base.

Vuelve al grupo con una tranquilidad insultante.

—Bueno, no os robo más tiempo. Solo venía a comprobar que existíais y no erais producto del estrés y las pocas horas de sueño de mi mujer. —Se gira hacia mí—. Come —me dice—. Que cuando me miras así luego no atiendes bien a la gente.

Los residentes miran mi plato. Luego me miran a mí. Yo me hago la loca. Minerva se sienta otra vez y se recoloca el pelo.

—No te me distraigas, ¿eh? Que yo tengo mis derechos adquiridos. Que llevo aguantándote mucho para que ahora venga una niñata.

—¿Celosa? —pregunto, haciéndome la interesante.

—¿Tú crees?

—Por favor, está claro.

Me río bajito, pero ella no aparta la vista. Y ahí está el juego: me reta y espera que yo muerda el anzuelo. Y yo siempre muerdo.

—Qué gilipollas eres.

—Y tú te pones muy guapa. —Me inclino hacia ella—. Te sienta muy bien ese celito.

—Y a ti te va a sentar muy bien que no te deje tocarme ni un pelo hoy.

—Anda ya. No te puedes resistir, bonita.

Me acerco a su cuello, rozo con la nariz su piel. Minerva se hace la fuerte, que es su tontería favorita.

—Puedo cerrar las piernas o buscarme otra. Tú sabrás.

Se me enciende todo solo con oírlo. Me encanta que me amenace de mentira. Sé que no lo haría, pero le sale con una seguridad que me vuelve loca.

—Eres mala.

—Podría serlo más.

Mido cuánto me puedo permitir aquí. En este entorno soy la doctora Medina, pero también soy Nerea, y Nerea ahora mismo quiere hacer cosas bastante poco profesionales.

—Me voy arriba, que tengo trabajo que hacer. —Pongo mi mejor cara de responsabilidad—. No estoy para tus tonterías.

Me levanto con el móvil en la mano y le escribo un mensaje sin que lo vea: «Sube después de ese café que no perdonas. Consulta 314. Pasa sin llamar. Te espero».

Guardo el móvil, cojo la bandeja y me giro para irme. Ella me mira con sospecha.

—¡Capulla! ¿Te vas así? —se ríe, porque me conoce.

—Mira tu móvil, listilla —le digo, ya andando hacia la puerta.

Desde fuera la veo rebuscar en el bolso. Saca el teléfono, lee el mensaje y se le cambia la cara. Se le afila la sonrisa.

En el ascensor me arreglo la bata, me recoloco el pelo y me obligo a respirar normal, pero por dentro voy acelerada. A los diez minutos entra. Cierro el pestillo tras ella. El clic hace que nos miremos a los ojos. Sin risas ya. Sin público. Solo nosotras y esa tensión que se vuelve seria de golpe.

—Qué obediente eres cuando te interesa.

Me acerco despacio. Y me quedo a un palmo, donde todavía no la toco…

, pero ya la tengo. Ella no dice nada, no le hace falta.

Las dos sabemos a qué venimos. Se sienta en la camilla y abre las piernas sin ese pudor que le daba al principio.

Me planto entre ellas y me pego a su cuerpo.

Le agarro el cuello, firme, para que sepa quién manda.

Su pecho choca con el mío y deja salir aire por la nariz, cortito, delator.

—Así me gusta —le susurro.

Nos besamos. Fuerte. Con poco romanticismo y mucha hambre. Su lengua entra con confianza, me busca, me empuja. Me agarra del pelo y tira para que me duela. Me encanta que se atreva. Me enseña el cuello, toda chulita.

—Pídelo —le digo.

No lo pide. Nunca lo pide. Solo me ofrece la piel.

Por supuesto, muerdo y dejo marca porque puedo.

Le subo la camiseta hasta el sujetador y le meto la mano con ganas, con cero delicadeza.

Sus tetas me llenan la palma y me entra la prisa.

Le separo más las piernas y Minerva aprovecha para atraparme entre su cuerpo, pegándome a su pelvis, buscando rozarme donde sabe que me enciende.

Suelta un gemido bajito, controlado, mordiéndose la lengua para no pasarse. Yo no me muerdo nada.

—Joder, Minerva…

Cuando va a empezar lo mejor, su móvil pita. Una alarma que nos corta el rollo de golpe. Minerva se para, con la respiración alta y los ojos brillantes.

—Uff, tengo que volver.

—¿Ya?

—Sí. Videoconferencia. No puedo faltar.

A esta mujer le encanta dejarme a medias. La odio un poco ahora mismo.

—Ni hablar, nena.

Le beso el cuello otra vez, más lento, y vuelvo a apretarla contra mí.

—Para, en serio. Tengo que irme.

—Ni de coña, Minerva. No me puedes dejar así.

—¿Quién suplica ahora?

Sonríe, con esa cara de santa que no engaña a nadie.

—Eres mala.

—Así me tienes más ganas.

—Ganas no me faltan. Me faltas tú.

Me trago el resto, no pienso regalarle más ventaja. Que yo, si algo tengo claro, es que no persigo a nadie. Otra cosa es que a veces me guste el juego, y con Minerva siempre hay juego… y siempre hay trampa.

Me mira la boca. Baja al pecho despacio. Luego me engancha la barbilla con dos dedos.

—Doctora Medina. —Pega los labios a los míos—. Me pone usted mucho.

—Lo sé.

—Flipada.

—Pero te pongo.

—Mucho.

Me besa otra vez, corto, sucio. Me deja la cabeza caliente y el cuerpo protestando. Me muerde el labio y habla casi encima de mi boca.

—¿Me llamas luego?

—¿Vas a terminar lo que has empezado, princesa de las alarmas?

—Nunca se sabe —contesta—. Depende de cómo te portes.

—¿Ah, sí? —Me acerco, la encierro contra la camilla con el cuerpo—. Pues hoy me pienso portar fatal.

A ella se le escapa una risa nerviosa. Se recompone enseguida, se baja la camiseta, se coloca el flequillo. Da un paso hacia la puerta y agarra el pomo, sin mirarme.

—No me gusta compartirte y eso ya lo sabes. —Se gira, me planta un beso rápido—. Ni siquiera cuando no hay nada que compartir.

Y se va, con todo el teatro. Yo me quedo en la consulta con la bata abierta, el sujetador fuera de sitio y el cuerpo a medio encender, que es una tortura muy concreta. La frase me resuena en la cabeza. Ha sido un aviso. Un «ojo con lo que haces» dicho sin levantar la voz.

—Qué carácter tienes… —murmuro, sola, con ganas de reírme y de cabrearme a la vez.

No ha sido una broma ni un juego. Y no es que me preocupe Luz. Luz me da igual. El problema es Minerva. Siempre es Minerva.

Cuando salgo al pasillo, los residentes ya están ahí. Qué pereza me dan ahora mismo. El hospital sigue a lo suyo. Yo también tiro, yo siempre tiro. Pero voy con la cabeza en Minerva, con sus uñas en mi pelo, con su alarma de móvil, con su frase atravesada.

Y con unas ganas que no se me van. Ni de coña.