Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3)
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Capítulo 1
Nerea
Miércoles. Día de pase con residentes. Los llevo detrás como si les hubiera puesto una correa invisible.
Si miro el móvil, miran el móvil. Si me tomo un café, de repente todo el mundo tiene hipotensión y necesita cafeína urgente.
Me encanta ese puntito de «me miráis porque queréis aprender» mezclado con «yo mando aquí».
Me lo he ganado. No es soberbia si luego los números te dan la razón.
De residente, a mí me habría salvado que me tocara alguien como yo. Alguien que te enseña sin humillarte, que te pregunta y espera tu respuesta mirándote a la cara, que te explica el porqué de cada decisión y que no usa la jerarquía para restregarte que puede.
Pero no. A mí me tocó el doctor manos largas y babilla en la comisura, el típico que te roza «sin querer» cuando nadie mira y que te habla pegado.
Me pasé la residencia esquivando manos que no venían a cuento, bromas viscosas y ese silencio incómodo que se te mete en el cuerpo cuando nadie dice nada por no «meterse en líos».
Corrí mucho por los pasillos y asimilé poco de verdad con él.
Así que aprendí sola. A base de libros, de guardias, de meter la pata y de sobrevivir.
Y te diré una cosa: lo que aprendes por supervivencia se te queda tatuado.
Hoy el grupito viene compacto. Van a ser mis sombras unas semanas: Sergio, Luz, Mayte y María Isabel. Y sí, antes muerta que sencilla, ay qué sencilla… venga, admítelo, también lo has pensado. Los miro y ya sé quién va a hablar, quién va a apuntarlo todo y quién va a intentar pasar desapercibida.
Vamos hacia la habitación y les doy un aviso amistoso, pero con filo:
—Chicos, dentro se habla claro, sin tecnicismos raros con el paciente. Entre nosotros, tecnicismos todos los que queráis. Y manos limpias: higiene antes y después. Que os veo venir.
Entramos. José María, cincuenta y dos años.
Está en la cama con esa cara de «me duele todo, pero intento no quejarme», que es muy de hombre orgulloso.
La piel todavía grita: agua hirviendo, quemadura extensa en tórax y parte del brazo.
Ayer lo vi y venía blanco, sudado, con ese temblor de dolor que no se finge.
Hoy lo veo más centrado, pero se nota que cada movimiento le cuesta.
Me acerco con la voz calmada, la postura de «estoy aquí y lo tengo controlado».
—Buenos días, José María. Soy la doctora Medina. ¿Cómo ha pasado la noche?
—Buenos días, José María —repiten los cuatro al unísono, disciplinados. Mi coro. Mis cachorros.
Él nos mira con alivio y desconcierto mezclados. No termina de entender por qué de repente hay media clase en su habitación.
—Hola —dice, pero me lo dice a mí. Solo a mí.
Cojo la carpeta de la cama, reviso constantes, la hoja de enfermería y confirmo lo que quiero ver: analgesia administrada, curas hechas, sin fiebre, sin signos de infección. La zona está vendada, pero ya sé qué vamos a encontrar cuando destapemos.
—Ayer le pusimos analgesia fuerte y le ajustamos la pauta. Dígame la verdad: ¿le duele menos hoy? ¿Cuánto, del cero al diez?
Y sin aviso, como una patada en la boca del estómago, me entra Minerva en la cabeza.
Ocho años. Una olla de agua hirviendo cayéndole sobre el pecho.
Ese tipo de dolor que no es solo físico, sino también miedo puro.
Me duele imaginármela así, tan pequeña, sin nadie que la sujetara.
Y yo aquí, con mi bata impecable, jugando a ser fuerte… pero por dentro se me revuelve algo.
—Sí —dice José María—. Nada que ver con ayer. Pero cuando me muevo… ahí sí. Me pega un pinchazo.
Asiento y le hablo como se le habla a alguien que necesita entender sin asustarse.
—Es normal. La piel está muy irritada y, además, con el vendaje cualquier movimiento tira. Lo importante es que el dolor esté controlado en reposo y que, al moverse, sea tolerable. Si vuelve a ponerse como ayer, me avisa, ¿de acuerdo?
Me giro hacia los residentes, ya en modo docente.
—Vale. Caso real, no libro. Quemadura por escaldadura, probable segundo grado superficial y zonas que ayer parecían más profundas. Sin fiebre, sin mal olor, dolor controlado con la pauta. ¿Qué le aconsejamos hoy? —Señalo a María Isabel con la barbilla—. Tú.
María Isabel se aclara la voz, se ajusta las gafas, encantada de tener público.
—Que limite la movilidad brusca, que no manipule el vendaje, que mantenga la zona limpia y seca. Y que siga la pauta de analgesia.
—Bien —digo—. Y añade una cosa: hidratación, dieta con proteína decente y no fumar. Que la cicatrización no se hace con aire.
José María abre la boca para protestar y yo le corto con suavidad:
—No le estoy echando bronca, ¿eh? Solo le digo lo que ayuda. Su piel ahora mismo está trabajando horas extra.
Luz levanta la mano apenas.
—Doctora Medina… ¿sería conveniente revisar después la sensibilidad? Por si hay afectación neurológica, aunque sea leve. Y perfusión distal, relleno capilar… ya que tiene parte del brazo afectado.
Me gusta que piense y que no venga solo a repetir lo básico.
Pero antes de que conteste, los nervios la traicionan: el bolígrafo se le escurre y rueda bajo la cama.
Ella se agacha de espaldas a mí para cogerlo.
Y, en fin… la vida no me da tregua. La tela del pijama clínico se le tensa y asoma un tanga.
Blanco, limpio. No debería estar ahí, pero está.
Y mi cuerpo, que es muy mío y hace lo que le da la gana, nota cosas.
Dios, Nerea, compórtate. Eres su adjunta. Respira. Pero mis ojos ya han hecho el recorrido por su cuenta.
Se incorpora colorada, ajena a lo que ha pasado a sus espaldas. Yo no. Yo estoy muy bien enterada. Y aun así, no cambio el tono.
—Sí, Luz. Conviene revisarlo después. Y lo haces tú, que lo has planteado bien. Me avisas si encuentras hipoestesia, disestesia o cualquier cosa rara.
Ella asiente, agradecida, sin saber que me acaba de descolocar el día entero con un trozo de encaje.
Hacemos una valoración rápida del vendaje sin liarnos aquí dentro. No quiero montar el circo frente al paciente. Le pregunto dos cosas más, le recuerdo que avise si empapa el apósito o si nota fiebre y cierro con algo sencillo:
—José María, hoy vamos bien. La clave es controlar el dolor, vigilar la herida y hacer curas como toca. Si en algún momento nota que empeora, no se aguante. Aquí estamos.
Salimos al pasillo. Se me pega el grupito otra vez como patitos. Los paro en un corrillo, lejos de puertas, para poder hablar sin que nos escuche medio hospital.
—Vale —digo—. Plan para este señor: curas diarias con valoración del lecho.
Analgesia pautada: base con paracetamol y antiinflamatorio si no hay contraindicación, y rescate si lo necesita.
Y muy importante: prevenir infección, pero no dar antibiótico por deporte.
Antibiótico si hay signos clínicos o cultivo que lo justifique. ¿Estamos?
Mayte asiente fuerte. Sergio apunta como loco. María Isabel mira sus apuntes, no sé si busca algo o planea ya su siguiente entrada triunfal.
Y yo, sin querer, vuelvo a Minerva. A lo que habría pasado si se queda tirada más tiempo. A ese dolor en una niña. A la piel quemada, al llanto hasta quedarse ronca, a la madre llegando tarde, a los sanitarios entrando como un torbellino.
—Doctora —me llama Sergio, sacándome del pozo.
—Cuando no haya pacientes, Nerea. Cuando haya pacientes, doctora Medina. Ese es el juego —le digo, y me sale una media sonrisa.
—Vale… Nerea. ¿Alguno de nosotros puede hacer el tratamiento para ayudar a reconstruir la piel? Lo de… la regeneración. ¿Los apósitos especiales, la cura avanzada?
—Sí. —Los miro uno por uno—. Lo hará uno de vosotros. Dependiendo de cómo os vea estos días. Aquí no se regala nada, pero tampoco se le niega a quien se lo curra.
Y entonces María Isabel saca del bolsillo unos caramelos.
—¿Caramelos?
Ella se encoge de hombros, tan pancha.
—Para el aliento a café. Y para sobrevivir a las mañanas.
Ya me ha conquistado la jodía. Yo puedo ser muy seria con el trabajo, pero también me gusta la gente con recursos.
—Dame uno, María Isabel —digo—. Tengo un sabor a café que me está matando.
Cojo el caramelo, me lo meto en la boca y sigo caminando con ellos detrás.
Mandando, enseñando, aguantando mis fantasmas…
y, vale, también intentando no volver a pensar en el tanga blanco de Luz cada dos segundos.
Porque una cosa es ser buena médica y otra no tener sangre.
Y yo, por desgracia o por suerte, tengo de sobra.
Llevo dos días sin ver a Minerva y mi cuerpo está raro, como con mono. De ella encima, de lado, boca arriba, como le dé la gana, pero conmigo. Para qué mentirme: la echo de menos en la cama y también en la piel, en la boca, en ese punto en el que una se pone tonta.
Y encima estoy con el tema logístico, que es lo que me termina de tocar la moral.
Ir y venir de su casa a la mía se me está haciendo cuesta arriba.
No por el trayecto. El trayecto me lo sé de memoria.
Semáforos, rotondas, el giro en el que siempre se cuela el listo de turno, dónde aparcar cuando está todo hasta arriba.
Podría hacerlo en piloto automático. Lo que me mata es la maleta. La puta maleta.
Siempre medio hecha. Siempre abierta en una silla. Con ropa limpia mezclada con ropa «todavía sirve». En vez de vivir en mi casa, parece que estoy de paso y mi vida es una guardia eterna y yo una señora que solo ficha y se va.
Hoy, por ejemplo, estoy en el hospital y debería estar en modo profesional, pero mi cabeza va como le da la gana.
Estoy pasando planta con los R1, aunque por dentro cuento las horas.
Les señalo las gráficas. Los residentes me miran como si les hubiera hablado en klingon y yo resoplo por dentro.
Luego entro a ver a los pacientes y cambio el chip.
Sonrío, les pongo la mano en el hombro. Profesional. Correcta. Años de práctica.