Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 28
92%

Capítulo 28

Nerea

Minerva me vio llorar ayer. Lo pienso y el cuerpo todavía va raro, con esa mezcla de resaca y vergüenza.

No por el llanto en sí, que tampoco monté un numerito de cine europeo.

Fue peor. Fue real. Yo en su sofá, con la cara hinchada, hablando a trompicones y con la sensación asquerosa de perder el control delante de alguien que me importa demasiado.

Y Minerva no se asustó. No reculó. No puso esa cara que pone la gente cuando detecta un problema emocional y empieza a buscar la salida de emergencia. Se quedó.

Y ahora tengo el sistema nervioso funcionando como si alguien hubiera cambiado los protocolos internos sin avisar. Estoy más tranquila y más alterada a la vez. Maravilloso equilibrio mental.

Anoche, mientras me abrazaba y me insultaba con cariño porque según ella soy «una intensa con bata», tuve clarísimo algo que me dio bastante más miedo que la denuncia: no quiero perder esto.

A ella. Lo de RR. HH. me jode, claro. La cuenta falsa me da ganas de partir móviles contra una pared.

Pero la idea de ver a Minerva mirándome distinto… eso sí me atravesó de verdad.

Y por eso estoy aquí.

Hablar con Luz es una idea de mierda. Si alguien de Recursos Humanos descubre esta conversación, pueden leerla como presión, intento de condicionar el relato o manipulación. Técnicamente lo es. No soy idiota. Sé lo que estoy haciendo.

Pero también sé otra cosa: los protocolos tardan y Luz está ahí, a dos pasos de liarla más por impulso y confusión.

Ella no me preocupa como denunciante. Me preocupa como persona que ha mezclado resentimiento y un cabreo mal digerido hasta convertirlo en un marrón administrativo. Y necesito pararlo antes de que crezca.

El aparcamiento del hospital está medio vacío cuando llego. Últimos turnos. Últimos cafés malos. Últimas personas caminando con cara de haber sobrevivido otro día más sin asesinar a nadie. Medicina pública. Milagro institucional diario.

La veo enseguida. Luz sale por la puerta lateral mirando el móvil. Va rápido, con los hombros tensos y el bolso cruzado. Cuando levanta la cabeza y me ve, frena. Apenas nada. Pero suficiente. Miedo. Interesante.

—Luz.

Se para. No responde al momento. Tampoco se acerca. Mantiene distancia. Bien, intenta recolocarse.

—Doctora.

Ni «Nerea», ni sonrisa, ni normalidad fingida. Formalidad defensiva. Otra señal. Camino hacia ella despacio, sin apretar, sin meterle el cuerpo encima.

—Tenemos que hablar.

Aprieta las llaves del coche en la mano.

—Creo que esto no es apropiado.

Muy bien. Viene con el guion aprendido.

—No —contesto—. Y aun así estás delante de mí.

Mira alrededor. Calcula si alguien nos está viendo. Yo también lo he calculado ya. Hace diez minutos.

—Si es por el informe, ya hablé con Dirección Médica.

—Lo sé.

Abre el coche demasiado rápido, nerviosa.

—De verdad, no creo que…

—Luz. —La corto suave. Sin subir la voz. Si hablas bajo, la otra persona tiene que quedarse para escuchar—. No voy a montarte una escena en medio del aparcamiento.

Eso la descoloca. Esperaba confrontación.

La calma inquieta muchísimo más. Se mete en el asiento del conductor con rigidez.

Doy la vuelta y entro en el copiloto. Idea de mierda.

Idea absolutamente denunciable. Si me enterara de esto en otro adjunto le retiraría el fonendo y la capacidad de decidir cosas.

—Esto es muy incómodo.

—Para mí también. Y encima con olor a pino.

Huele a ambientador barato. Hay un paquete de pañuelos abierto, monedas sueltas y una botella de agua medio vacía. Todo el coche parece una persona intentando mantenerse a la fuerza.

—¿Qué quiere?

No se ríe. Ni una mueca. Está lista para defenderse. No para pensar. Perfecto.

—Conduce.

—¿Cómo?

—Conduce. A cualquier sitio donde no parezca que estoy secuestrando a una residente en un parking.

Duda. Le incomoda obedecerme. También le sale automático.

Mala combinación. Arranca. Durante los primeros minutos, no hablamos.

Las luces de la calle van entrando y saliendo por el parabrisas mientras ella aprieta demasiado el volante.

Yo la dejo hacer. El silencio también trabaja.

Termina entrando en un descampado donde aparca media plantilla cuando el hospital se llena. Apaga el motor. Quietud. Ahora sí.

—Vale —dice—. Hablemos.

Me giro hacia ella.

—Quiero saber qué estás diciendo de mí y por qué.

—No he dicho nada que no creyera necesario comunicar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Había comportamientos que…

—¿Cuáles?

La interrumpo antes de que pueda esconderse detrás de palabras genéricas. La gente que ha vivido algo real suele tener ejemplos inmediatos. Lo ambiguo tarda más en construirse.

—Su manera de relacionarse con residentes puede resultar confusa.

Ahí está. No hechos. Sensaciones. El problema nunca fue algo que hice.

—«Confusa» no significa nada, Luz. Dímelo bien. ¿Qué hice? ¿Qué dije? ¿Qué interpretaste?

—Usted… tiene una forma de… de acercarse.

—¿Acercarme cómo? ¿Te toqué? ¿Te hablé de tu cuerpo? ¿Te pedí algo?

—No.

—Vale. Bien. Entonces no. —Respiro hondo—. ¿Te insinué que tu evaluación dependía de caerme bien?

—No.

—¿Te dije que saliéramos? ¿Que te fuera a buscar fuera del hospital?

—No, pero…

—Los «pero» son el sitio favorito de la gente que quiere que la otra persona adivine el delito. No voy a jugar a eso. —Bajo la voz—. Luz, suéltalo.

Ella me mira por fin de frente, con los ojos húmedos y la rabia mal colocada.

—Usted flirtea.

Me sale una risa corta, seca.

—Yo flirteo con medio planeta, cariño. Eso no es un crimen. —Me corrijo, sin suavizarlo—. Eso no es acoso.

—No es «con medio planeta». Es con quien le interesa.

—Claro. No voy a flirtear con el señor de mantenimiento de setenta años, aunque igual le alegro la semana. —La miro fija—. Contigo no flirteé.

—María Isabel me dijo que usted me miró el culo cuando me agaché a coger un bolígrafo. Estábamos revisando a un paciente.

Esta vez no puedo tirar de indignación automática.

Recuerdo la escena demasiado bien. Luz inclinándose y ese puto tanga asomando lo suficiente para que mi cerebro hiciera «hola».

Lo vi. Claro que lo vi. Pero tener ojos no es lo mismo que convertir a alguien en una presa.

Y ahí está la diferencia que Luz no quiere ver.

—Vale —digo—. Eso es concreto. ¿Cuándo fue?

—En la revisión. El paciente estaba delante. Yo me agaché y usted… usted bajó la mirada. Me estaba sexualizando.

Casi me río, pero no. Me lo trago. Es lo que ella quiere: que yo pierda los nervios y le regale una escena.

—No te estaba sexualizando —digo—. Te estaba mirando, punto. Y te voy a preguntar algo: ¿en algún momento me dijiste «doctora, eso me ha incomodado»?

—No.

—¿Me apartaste? ¿Me pediste espacio? ¿Me miraste con cara de «qué haces»? —Sigo, firme—. Nada. Seguimos con el paciente, con el control, con todo. Y luego me invitaste a una copa. Y te dije que no. Y luego me mandaste un mensajito subido de tono. Tú a mí. No yo a ti.

—Porque… porque…

Me recuesto en el asiento, sin quitarle los ojos.

—Si te pasa algo con tu adjunta, se gestiona. Con tu tutor. Con dirección. Con quien toque. Pero no con un «María Isabel dice».

—Explícalo, entonces. ¿Por qué miró?

Porque vi tu tanga y fue inevitable. Me entró un fogonazo de deseo y lo corté al instante. Porque tengo autocontrol pero también tengo cuerpo. Pero eso no se lo regalo.

—Pues si miré, que ni me acuerdo, sería porque te agachaste a mi lado —contesto—. Estaría mirando el carro, el bolígrafo, la zona donde estabas tú moviéndote. En un box miras a todos lados.

Luz aprieta el bolso contra el pecho.

—¿Nada más? ¿Ni siquiera pensó nada?

—No voy a discutir tus fantasías —digo, tranquila—. Voy a discutir hechos. Hechos: no te toqué. No te dije nada. No te pedí nada. No te insinué nada. No usé mi posición para nada contigo. ¿Sí o no?

Se queda callada. Ese silencio pesa.

—Me sentí observada —repite, más bajo.

—Te creo en eso —digo—. Te creo que te sentiste así. Lo que no acepto es que conviertas esa sensación en «acoso» sin nada detrás. Y menos aún que uses a María Isabel para ponerlo en boca de otra y así tú no te mojas.

—Usted está muy tranquila.

—Estoy controlándome —digo, directa—. Tengo mucho que perder y tú estás jugando con fuego sin saberlo.

—No estoy jugando.

—Sí estás jugando, Luz. —Me inclino hacia ella—. Tú no has venido aquí con «pasó esto y me dolió». Tú has venido con «me miró el culo» para que suene a depredador. Y aun así, lo único que tienes es que bajé la mirada cuando te agachaste.

La miro fijamente. Que también lo sienta: yo no me achico.

—Si hay más cosas, las dices ya. Con fecha, lugar, palabras exactas. Y si no las hay, paras. Esto no va de protegerte. Esto va de castigarme. Y yo no soy tu saco de boxeo.

—No, pero a veces parece que espera demasiado de la gente.

—¿Demasiado qué? Dímelo claro.

—Atención. Cercanía. Validación. Que estén pendientes de usted.

Me muerdo la lengua. Podría soltarle una lista larga de cosas que la gente hace por su cuenta, sin que nadie les ponga una pistola en la cabeza. Pero la dejo seguir. Aquí hay verdad y la está escupiendo con rabia.

—Y cuando alguien entra en esa dinámica… luego cuesta salir.

—¿Eso te pasó conmigo?

—No —responde rápido. Esa prisa es miedo.

—Entonces explícamelo bien, Luz. No me sueltes frases ambiguas.

Agacha la cabeza, se pasa las manos por la cara.

—Es difícil trabajar cerca de usted.

—Eso no significa nada. Dime qué pasa. ¿Qué es «difícil»? ¿Que exijo? ¿Que no aplaudo? ¿Que no me hago la simpática?

Aprieta el volante, los nudillos blancos.

—Todo el mundo quiere gustarle.