Diagnóstico: Tú Capítulo 25
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Capítulo 25

Candela

Me desperté antes que él.

Eso en sí mismo ya debería haberme alertado de que el día iba a ser diferente.

Yo no era de esas personas madrugadoras que saludan al amanecer con entusiasmo y una taza de té verde.

Yo era de las que necesitaban tres alarmas estratégicamente colocadas al otro lado de la habitación, una cafetera programada con precisión quirúrgica y al menos quince minutos de crisis existencial antes de convertirme en una persona funcional.

Pero esa mañana, mis ojos se abrieron con la primera luz gris que se filtraba entre las cortinas de lino, y Adrián seguía dormido a mi lado.

Lo observé durante largos minutos, sin atreverme a moverme por miedo a romper el hechizo.

Estaba boca arriba, con un brazo sobre la cabeza y el otro extendido hacia el lugar donde yo había estado.

La sábana había caído hasta su cintura, dejando al descubierto su torso desnudo: los pectorales definidos, el vello oscuro que descendía desde su ombligo hacia…

bueno, hacia lugares que ya conocía íntimamente.

Tenía la barba de dos días más larga de lo habitual, y en su rostro dormido no quedaba rastro del doctor Ferrer, controlador y perfeccionista. Solo quedaba Adrián. El hombre. El mío.

Me resultaba extraño pensar que hacía apenas unas semanas estaba convencida de que era el hombre más insufrible, arrogante y desesperantemente atractivo de Valencia.

Que lo odiaba con la intensidad de mil soles cada vez que abría la boca para soltar algún comentario sarcástico sobre mi profesión.

Y ahora… ahora era la persona con la que más tranquila me sentía en el mundo.

La única que lograba calmar el torbellino de mi cabeza con solo estar presente.

Eso me asustaba más de lo que quería admitir.

Porque yo sabía escribir finales felices.

Era mi puto trabajo. Construir arcos narrativos donde el amor triunfaba, donde los obstáculos se superaban, donde el chico se llevaba a la chica y vivían felices para siempre.

Pero escribir un final feliz desde la distancia segura de una página en blanco era muy distinto a vivirlo.

Vivirlo implicaba riesgo real. Implicaba exponerte.

Implicaba despertarte cada mañana con la posibilidad de que todo se fuera al carajo.

Y, sin embargo, ahí estaba. Observándolo dormir, sintiendo que mi corazón se desbocaba cada vez que su pecho subía y bajaba con la respiración.

—Si sigues mirándome así, voy a sentirme objeto de estudio —murmuró de repente, sin abrir los ojos.

Me sobresalté, soltando una risa nerviosa.

—Pensaba que dormías.

—Dormía —abrió los ojos, esos ojos grises que parecían ver directamente a través de mí—. Hasta que sentí tu mirada. Es intensa, ¿sabes? Como si estuvieras tomando notas mentales para algún personaje.

—Estoy siempre tomando notas —mentí, acercándome a él.

—Mentira —dijo, y su voz adquirió ese tono ronco de la mañana que me volvía loca—. Estás pensando en lo mucho que has cambiado. En lo mucho que nos hemos cambiado el uno al otro.

—¿Y eso te molesta?

—Me excita —respondió, y antes de que pudiera reaccionar, me había tomado de la cintura y me había girado sobre la cama, quedando yo boca arriba y él encima, con su peso distribuido entre sus brazos musculosos.

Sentí su erección presionando contra mi muslo, dura y caliente, y un escalofrío de anticipación me recorrió desde la nuca hasta la base de la columna.

—Adrián...

—Shh —me interrumpió, bajando la cabeza hasta que su aliento rozó mi cuello—. Esta mañana no quiero pensar en nada. Ni en Gabriel, ni en la rueda de prensa, ni en el pasado. Solo quiero sentirte. Quiero follarte hasta que no recuerdes tu nombre.

La crudeza de sus palabras me excitó al instante. Me humedecí sintiendo su boca sobre mi piel, mordiendo mi cuello con fuerza controlada, dejando marcas que sabía que me durarían horas.

—Dios, sí —gemí, arqueándome contra él.

Adrián no perdió tiempo. Se incorporó sobre sus rodillas y me arrancó la camiseta que llevaba puesta de un tirón.

Mis pechos quedaron expuestos, los pezones ya erectos por la excitación y el aire frío de la habitación.

Él los miró con hambre, con una intensidad que me hizo sentir deseada de una forma casi violenta.

—Joder, eres perfecta —gruñó, y se inclinó para capturar uno de mis pezones entre sus labios.

Grité cuando succionó con fuerza, sintiendo el tirón desde el pecho hasta el vientre bajo.

No fue suave ni delicado. Fue voraz, salvaje, como si quisiera devorarme.

Mordió el pezón, pellizcándolo entre los dientes hasta que el dolor se mezcló con el placer en una combinación explosiva, y luego pasó al otro, repitiendo la tortura.

—Adrián, por favor… —supliqué, moviendo las caderas buscando fricción.

—Por favor, ¿qué? —preguntó contra mi piel, bajando lentamente—. ¿Por favor, que te folle? ¿Que te coma? ¿Que te haga olvidar que existe un mundo fuera de esta cama?

—Todo —jadeé—. Quiero todo.

Él sonrió contra mi estómago y siguió bajando. Me quitó las bragas de un tirón, dejándome completamente desnuda y expuesta ante él. Durante un segundo, me miró con reverencia, con los ojos oscurecidos por el deseo, y luego separó mis piernas con sus manos firmes.

—Voy a devorarte, preciosa —anunció, y su voz era un gruñido—. Voy a lamerte hasta que grites mi nombre. Y cuando estés al borde, voy a parar. Y volveré a empezar. Hasta que me supliques que te folle.

No esperó respuesta. Hundió la cabeza entre mis muslos y su lengua encontró mi centro con una precisión que me hizo ver las estrellas.

Grité, agarrándome a las sábanas con fuerza, mientras él lamía con largos trazos desde la entrada hasta el clítoris, pasando una y otra vez por ese punto sensible que me volvía loca.

—Dios, Adrián... así... justo así...

Usó sus manos para separarme más, para abrirme completamente a su merced, y luego introdujo un dedo en mi interior mientras su boca seguía trabajando en mi clítoris. El contraste entre la suavidad de su lengua y la firmeza de su dedo me llevó al borde en cuestión de minutos.

—Voy a… me voy a correr… —avisé, con la respiración entrecortada.

Pero él se apartó. Justo cuando estaba a punto de caer, se detuvo, dejándome colgada, frustrada, jadeando.

—No —dijo, sonriendo maliciosamente—. Todavía no. Primero quiero oírte suplicar.

—Cabronazo —susurré, pero sonreí.

—Dime —insistió, volviendo a lamerme, pero esta vez con toques ligeros, casi burlones—. Dime lo que quieres.

—Te quiero a ti —dije, y mi voz salió casi desesperada—. Te quiero dentro de mí. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar. Quiero sentirte, ahora.

Esa fue la señal que esperaba. Se incorporó, se quitó los calzoncillos de un tirón, y su erección quedó libre, imponente, goteando ya con la excitación. Me miró con los ojos casi negros de deseo.

—Ponte de rodillas —ordenó.

Obedecí, con las piernas temblando de anticipación. Me colocó a cuatro patas, con el culo en alto, y se posicionó detrás de mí. Sentí la punta de su miembro rozando mi entrada, deslizándose en mi humedad, provocándome.

—Dime que eres mía —exigió, agarrando mis caderas con fuerza.

—Soy tuya —gemí—. Toda tuya. Ahora fóllame, joder.

Me penetró de una sola embestida, profunda y completa, hasta el fondo. Grité, un sonido gutural que salió de lo más profundo de mi ser, y él gruñó mi nombre, quedándose quieto un segundo para que ambos nos adaptáramos a la sensación.

—Joder, cómo me gusta esto —dijo, y empezó a moverse.

Cada embestida era un golpe preciso, fuerte, que me hacía sentir llena hasta el borde.

El sonido de nuestras caderas chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos y jadeos.

Él agarraba mis caderas con fuerza, seguramente dejándome marcas que me durarían días, y yo arqueaba la espalda, encontrándome con cada movimiento, pidiendo más.

—Más fuerte —supliqué—. No te contengas.

Y él obedeció. Me folló con una intensidad salvaje, casi animal, perdiendo todo el control que tanto le caracterizaba. Era Adrián desatado, Adrián sin filtros, y me excitaba más de lo que podía expresar con palabras.

—Tócate —ordenó—. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.

Llevé una mano entre mis piernas y encontré mi clítoris, hinchado y sensible. Lo froté con movimientos circulares mientras él seguía embistiendo, y la combinación de sensaciones me llevó al borde casi inmediatamente.

—Adrián, voy a correrme… Dios, me voy a correr…

—Corre para mí —gruñó—. Ahora.

Y exploté. El orgasmo me atravesó con violencia, haciéndome gritar su nombre una y otra vez, contrayéndome alrededor de él con fuerza.

Él siguió moviéndose, aprovechando mis contracciones para buscar su propio placer, y cuando llegó, se quedó enterrado hasta el fondo, con la espalda arqueada, gruñendo como un animal mientras se vaciaba dentro de mí.

Nos quedamos así durante largos minutos, jadeando, sudorosos, enredados en las sábanas. Él se desplomó sobre mí, besando mi espalda, mi cuello, susurrando palabras que no entendía, pero que sonaban a promesas.

—Eres increíble —dijo finalmente, saliendo de mí con cuidado y girándome para abrazarme.

—Tú tampoco estás mal, doctor —respondí, con la voz ronca.

Nos quedamos en la cama durante un rato más, simplemente respirando el uno del otro, disfrutando de la calma antes de la tormenta que sabíamos que nos esperaba.

La ducha fue tranquila, casi meditativa. Estábamos los dos bajo el agua caliente, con la espuma de gel recorriendo nuestros cuerpos, hablando en voz baja sobre lo que nos esperaba.

—Gabriel ha preparado esto durante años —dijo Adrián, enjabonándome la espalda con movimientos circulares—. Tiene documentos, testigos, una narrativa coherente. Si entramos ahí sin un plan sólido, nos destrozará.

—Pero tiene un punto débil —respondí, girándome para mirarlo—. Quiere ser tú. Eso es su talón de Aquiles. Quiere la admiración que tú tienes, el reconocimiento. No quiere destruirte anónimamente. Quiere humillarte públicamente para luego ocupar tu lugar.