Diagnóstico: Tú Capítulo 24
65%

Capítulo 24

Adrián

Tomé la decisión de enfrentarme a Lucas durante el amanecer.

Estaba sentado en el borde de la cama, observando cómo la luz grisácea iba tiñendo de rosa el cielo de Valencia, y me di cuenta de que no podía seguir evitándolo.

No podía dejar que la policía, los abogados o la burocracia se encargaran de esto.

Era algo entre él y yo. Entre dos personas que habían compartido guardias interminables, café de máquina a las tres de la mañana, y silencios que decían más que mil palabras.

No iba como médico. Ni siquiera como compañero de profesión. Iba como amigo. O como alguien que todavía quería creer que lo éramos.

Llamé a su puerta a las siete de la mañana. Lucas abrió con aspecto de haber pasado la noche en vela: ojeras profundas, barba de dos días, una camiseta arrugada que seguramente llevaba puesta desde el día anterior. Cuando me vio, no pareció sorprendido. Solo... derrotado.

—Sabía que vendrías —dijo, apartándose para dejarme pasar.

Su apartamento olía a café rancio y a desesperación.

Botellas de cerveza vacías sobre la mesa de centro, papeles esparcidos por el suelo, el portátil abierto en una esquina con la pantalla iluminada mostrando documentos que no quise mirar.

Parecía la guarida de un conspirador, no el hogar de mi mejor amigo.

Nos sentamos frente a frente. El silencio entre nosotros era denso, cargado de años de complicidad que ahora parecían ponerse en duda.

—Necesito que me digas la verdad —empecé, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. No la versión de la policía, ni la de los abogados. La verdad. Tuya.

Lucas me miró. Y por primera vez en quince años, vi algo en sus ojos que me resultó extraño: vergüenza. No culpabilidad, no miedo. Vergüenza pura.

—No estuve involucrado en lo que te hicieron —dijo, y su voz temblaba—. Juro por mi madre, por mi profesión, por todo lo que hemos vivido juntos... yo nunca quise hacerte daño.

—Pero —añadí, porque había un pero implícito en su tono.

—Pero hablé con él —admitió, bajando la vista—.

Con Gabriel. Hace semanas. Me llamó diciendo que era un antiguo compañero tuyo, que necesitaba acceder a documentos del hospital para una investigación sobre prácticas médicas del pasado.

Pensé... pensé que era legítimo. Que quería revisar protocolos antiguos, mejorar el sistema, esas cosas.

—¿Y no te pareció sospechoso?

—¡Por supuesto que sí! —explotó de repente, levantándose de la silla—.

Pero tú estabas tan obsesionado con tu nueva escritora, tan metido en tu mundo, que yo...

—se detuvo, pasándose las manos por la cara—.

Yo quería ser útil. Quería demostrarte que también podía hacer cosas importantes, no solo ser el payaso que te hace reír cuando estás agotado.

Sentí que se me cerraba el pecho. Porque en su confesión había algo más profundo que una simple estupidez. Había años de resentimiento acumulado, de comparaciones silenciosas, de sentirse siempre en segundo plano.

—Lucas...

—No —me interrumpió, con la voz quebrada—.

Déjame terminar. Hablé con Gabriel. Le di acceso a ciertos archivos del hospital.

No confidenciales, o eso creía yo. Y cuando descubrí lo que realmente estaba planeando, cuando vi que quería destruirte...

intenté detenerlo. Pero ya era tarde. Ya tenía la información.

Y luego... —se sentó de nuevo, derrotado— luego me amenazó.

Dijo que si te contaba algo, si intervenía, destruiría mi carrera también.

Me haría parecer cómplice. Y yo, cobarde de mierda, me quedé callado.

El silencio que siguió fue el más largo de mi vida. Escuché el reloj de la cocina marcando los segundos, el tráfico distante de la calle, el latido de mi propio corazón acelerado.

—La traición no es solo lo que alguien hace —dije finalmente, y mi voz sonó extrañamente calmada—.

También es lo que alguien oculta. Tú me ocultaste esto durante semanas, Lucas.

Semanas en las que creí que podías ser el enemigo.

En las que perdí el sueño imaginando que mi mejor amigo me había apuñalado por la espalda.

—Lo sé —susurró él, con los ojos brillosos—. Y no hay excusa. Pero tienes que creerme cuando digo que nunca quise hacerte daño. Que siempre he estado a tu lado, incluso cuando... —hizo una pausa, tragando saliva—. Incluso cuando me costaba estar ahí.

—¿Qué quieres decir?

Lucas se inclinó hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, mirando al suelo como si las palabras estuvieran escritas en las baldosas.

—Siempre has sido el genio, Adrián. El prodigio.

El que operaba cuando otros ni siquiera se atrevían a intentarlo.

Y yo... yo era el amigo divertido. El que organizaba las fiestas, el que contaba chistes en las guardias, el que nunca se tomaba nada en serio.

—Levantó la vista, y vi que tenía lágrimas en los ojos—.

Pero también quería ser respetado. También quería que algún día alguien dijera «El doctor Lucas Ibáñez» con la misma admiración con la que dicen tu nombre.

Y Gabriel... Gabriel me ofreció eso. Me dijo que podíamos cambiar las cosas.

Que tú no merecías todo el reconocimiento. Que yo también había trabajado duro.

—¿Y creíste que destruyéndome tú ascenderías?

—¡No! —gritó, levantándose de nuevo—. Nunca quise eso. Solo quería... quería que me vieras. Que me reconocieras como algo más que el amigo cómico. Y cuando me di cuenta de que Gabriel solo me estaba utilizando, de que realmente quería destruirte... intenté pararlo. Pero ya era demasiado tarde.

Lo miré. Realmente lo miré, intentando ver más allá de la rabia y el dolor. Y vi a un hombre roto. A alguien que había llevado años envidiándome en silencio, sin que yo me diera cuenta, sin que yo me preocupara por preguntar cómo estaba realmente.

—Necesito que vengas conmigo —dije, levantándome—. Que hables con la policía. Que cuentes todo lo que sabes sobre Gabriel. Es la única forma de arreglar esto.

—¿Me creerás? —preguntó, con una vulnerabilidad que nunca le había visto—. ¿Después de todo?

—No lo sé —respondí con honestidad brutal—. Pero tengo que intentarlo. Porque si no lo hago, si me cierro a ti como me he cerrado a todo el mundo durante años... entonces Gabriel habrá ganado. Y no estoy dispuesto a darle esa satisfacción.

La investigación confirmó lo que Lucas decía.

Las pruebas forenses de sus dispositivos, los registros de llamadas, los análisis de sus cuentas bancarias...

todo apuntaba a que había sido manipulado, no a que fuera el cerebro de la operación.

Gabriel Salvat había utilizado los complejos de inferioridad de Lucas como herramienta, explotándolos con la precisión de un cirujano.

Pero el verdadero responsable seguía libre. Y ahora sabíamos que estaba preparando algo grande.

Candela fue quien lo descubrió. Estaba revisando la memoria que Hugo le había entregado, conectando fechas y nombres, cuando encontró la referencia a una rueda de prensa programada para el día siguiente.

Gabriel había conseguido plaza en un congreso médico internacional que se celebraba en Valencia.

Y en su ponencia, irónicamente titulada «Ética y Responsabilidad en la Cirugía Cardiovascular», planeaba revelar pruebas contundentes sobre mi negligencia en el caso de hace seis años, así como documentos recién descubiertos sobre prácticas irregulares en mi carrera.

—Esto nos destruirá —dije, mirando el programa del congreso que ella había impreso—. Si habla en ese escenario, con esa audiencia... no habrá forma de recuperar mi reputación. Será el fin.

—No, si hablamos nosotros primero —respondió Candela, con esa determinación de la que tanto me había enamorado.

Pero luego hizo algo más. Algo que cambió todo. Volvió a revisar los documentos en busca de patrones y encontró algo que el resto de nosotros habíamos pasado por alto.

—Adrián —dijo, con la voz extrañamente suave—. He estado analizando por qué Gabriel hace esto. Y no es solo venganza. No es solo odio.

—¿Entonces qué es?

—Es admiración —dijo, girándose hacia mí—.

Todo este tiempo hemos pensado que quiere destruirte.

Pero no es eso. Quiere sustituirte. Quiere convertirse en el nuevo médico estrella.

En el Adrián Ferrer Montesinos de la próxima década.

Ha estado copiando tus técnicas, tus publicaciones, tu forma de vestirte incluso. Mira esto.

Me mostró fotos de Gabriel en congresos recientes. La misma barba de tres días que yo llevaba. Trajes similares a los míos. Una forma de hablar que imitaba mis pausas, mi tono, incluso mis gestos.

—La obsesión no es destruirte —continuó Candela—. Es convertirse en ti. Y para eso, necesita que tú desaparezcas del mapa. No muerto. Solo... irrelevante. Olvidado. Sustituido.

Sentí un escalofrío que recorrió mi columna vertebral. Porque entendía esa clase de obsesión. Entendía cómo alguien podía perderse tanto en la admiración de otro que acabara odiándolo por no poder ser él.

—Entonces mañana no es solo una defensa de mi reputación —dije, procesando la información—. Es un enfrentamiento directo. Él quiere que le vean como el heredero. El nuevo Ferrer Montesinos.

—Y nosotros tenemos que impedir que lo consiga —afirmó ella, tomando mi mano.

La noche antes de la rueda de prensa, subimos a la terraza de mi casa.

Valencia se extendía bajo nosotros con sus luces de verano, sus terrazas llenas de gente disfrutando de la noche, su ritmo de ciudad que parecía ajeno a nuestro drama particular.

El calor de agosto había amainado ligeramente, dejando una brisa suave que olía a naranjas y a mar.

Candela se apoyó en la barandilla, mirando hacia la Ciudad de las Artes y las Ciencias iluminada en la distancia. Yo me quedé detrás de ella, con las manos sobre sus hombros, simplemente respirando su presencia.

—¿Te arrepientes? —preguntó de repente, sin girarse.

—¿De qué?

—De haberme conocido. —Su voz era suave, casi inaudible—. De haberte metido en todo esto. De… de amarme, supongo. Porque sin mí, sin nuestra relación, quizás Gabriel no habría escalado tanto. Quizás no te habría considerado una amenaza a imitar.

La pregunta me detuvo, porque era válida. Era la clase de pregunta que me había torturado durante noches de insomnio. ¿Habría sido mejor seguir solo, a salvo, sin exponerme a que mi felicidad se convirtiera en objetivo?

Pero entonces miré sus hombros bajo mis manos, el perfil de su rostro iluminado por la luz de la luna, la forma en que su pelo se movía con la brisa. Y supe la respuesta.

—Me arrepiento de haber tardado tanto —dije, girándola hacia mí.

Ella levantó la vista, confundida.

—¿Qué?

—Me arrepiento de haberte encontrado tarde.

De haber perdido años encerrado en mí mismo, creyendo que el control era felicidad.

De no haberte buscado antes, de no haberme atrevido a ser vulnerable contigo desde el principio.

—Cogí su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme—.

Pero no me arrepiento de haberte conocido.

Ni de haberme enamorado de ti. Ni de estar aquí ahora, enfrentándome a lo que venga.

Porque tú… —hice una pausa, buscando las palabras— tú eres lo único que he hecho bien en años.

Y si mañana pierdo todo lo demás, mi carrera, mi reputación, mi nombre, seguiré teniendo esto. Seguiré teniéndote.

Candela me miró con los ojos vidriosos, y entonces sonrió. No una sonrisa grande, ni una sonrisa de felicidad plena. Una sonrisa de complicidad. De esas que decían: «Estamos juntos en esto».

—Eso es muy cursi, doctor Ferrer —dijo, con la voz ligeramente temblorosa.

—Lo sé. Pero es verdad.

Nos besamos. Fue un beso lento, profundo, cargado de todo lo que no podíamos decir con palabras. El miedo a mañana, la esperanza de que saldríamos de esto, la certeza de que fuera lo que fuera que pasara, no estaríamos solos.

Cuando nos separamos, apoyé mi frente contra la suya. Ambos cerramos los ojos, simplemente sintiendo la respiración del otro, el latido de sus corazones.

—Mañana será difícil —dije.

—Lo sé.

—Gabriel está preparado. Tiene años de rencor acumulado, de planificación. Y nosotros... tenemos poco tiempo y menos pruebas.

—Pero tenemos la verdad —respondió ella, abriendo los ojos—. Y eso es más difícil de destruir de lo que él cree.

Asentí. Porque tenía razón. Porque aunque el miedo me atenazara el estómago, aunque la incertidumbre sobre el futuro fuera abrumadora, sabía que había encontrado algo que Gabriel no podía copiar ni destruir.

Había encontrado a alguien que me quería no por lo que representaba, sino a pesar de ello. Alguien que me había visto roto, asustado, imperfecto y seguía ahí.

Y eso, más que cualquier título o reconocimiento, era lo que me daría fuerzas para enfrentarme a él.

—Vamos a dormir —dije, tomando su mano—. Mañana tenemos una guerra que ganar.

Candela asintió. Pero antes de entrar, se giró una última vez hacia la ciudad iluminada.

—Va a caer —dijo, con una determinación que me erizó la piel—. Gabriel va a caer. No porque seamos más listos o más preparados. Sino porque él quiere ser tú, y tú… tú solo quieres ser tú mismo. Y esa es la diferencia fundamental.

Entramos juntos. Y mientras la noche se cerraba sobre Valencia, supe que tenía razón.

Mañana enfrentaríamos al enemigo. Pero esta vez, no estaría solo. Y esa era la ventaja que Gabriel Salvat, por todo su rencor y toda su obsesión, nunca podría comprender.