Capítulo 23
Candela
Empujé la puerta de la habitación de hospital con más fuerza de la necesaria.
El golpe contra el tope de goma resonó en el pasillo silencioso de la madrugada, pero no me importó.
Estaba demasiado ocupada conteniendo la mezcla explosiva de emociones que bullía en mi pecho: rabia, confusión, alivio por verlo vivo, y una herida profunda que no sabía si podría cicatrizar.
Hugo estaba sentado en la cama, con el torso vendado y la cabeza rapada en un lado donde debían de haberle suturado alguna herida. Tenía los ojos hundidos, la piel cetrina, y una expresión de culpabilidad tan evidente que casi me detuvo en seco. Casi.
—¿Por qué? —fue lo único que conseguí articular antes de que la voz se me quebrara.
Hugo levantó la vista. Sus ojos, esos ojos que me habían visto pasar de la nada a tres bestsellers internacionales, se llenaron de lágrimas al instante.
—Candela...
—No —corté, acercándome a la cama con paso decidido—.
No digas mi nombre con ese tono. No me mires como si fueras la víctima.
Tú permitiste que sospecharan de ti. Tú dejaste que Adrián pensara que podías ser el enemigo.
Tú… —sentí que la rabia me subía a la garganta, haciéndome temblar—.
Tú eras mi familia, Hugo. Mi puta familia. Y todo apunta a que me has traicionado.
Hugo cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla, siguiendo el surco de una cicatriz fresca que tenía en el pómulo.
—Siéntate —dijo—. Por favor. Te debo una explicación. Te debo… todo.
Quise negarme. Quise mantenerme de pie, altiva, castigándolo con mi distancia.
Pero las piernas me fallaron. El agotamiento de las últimas semanas, el miedo acumulado, la adrenalina que finalmente se disipaba…
todo me golpeó de golpe. Me senté en la silla de plástico junto a su cama, con las manos apretadas sobre el bolso, esperando a que hablara.
—Alguien me utilizó —empezó Hugo, mirando al techo como si las palabras estuvieran escritas allí—.
Hace meses, recibí una llamada. Anónima al principio.
Me decían que tenían información comprometedora sobre ti.
Sobre tu carrera. Sobre… —hizo una pausa, tragando saliva— sobre tu madre. Sobre cómo murió realmente.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Mi madre murió de cáncer —susurré.
—Eso es lo que crees —dijo Hugo, finalmente mirándome—. Pero había algo más. Algo que tu padre nunca te contó. Y esa persona… esa persona tenía pruebas. Tenía documentos que podían destruir la memoria de tu madre, manchar tu nombre, hundir tu carrera antes de que siquiera empezara.
—¿Quién? —pregunté, con la voz apenas audible.
—No lo sé. Nunca supe quién era. Solo recibía instrucciones.
Mensajes. Amenazas. —Hugo se incorporó ligeramente, con gesto de dolor—.
Me obligaron a usar mi acceso editorial.
A manipular ciertos documentos. A filtrar información sobre el doctor Ferrer.
Y cuando intenté negarme, cuando quise contarte todo…
—señaló su cabeza vendada— pasó esto. Me obligaron a firmar declaraciones falsas, a grabar mensajes incriminatorios. Y luego…
Me quedé sin palabras. Literalmente. Con la boca abierta, la mente en blanco y el corazón latiendo con fuerza contra las costillas.
Todo volvía a encajar. Las piezas del puzle que habíamos estado intentando resolver durante semanas de repente encajaban con una claridad aterradora.
El objetivo nunca había sido únicamente Adrián.
También era yo. Nosotros. Nuestra relación.
Alguien quería destruirnos a ambos, y había utilizado a Hugo, mi mentor, mi familia elegida, como peón en su juego.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté finalmente, y las lágrimas me quemaban los ojos—. ¿Por qué no confiaste en mí?
—Porque te quería —respondió Hugo, y su voz se quebró—.
Porque esa persona me dijo que si hablaba, si te contaba algo, destruirían tu carrera.
Y yo… yo preferí parecer un traidor antes que permitir que te hicieran daño.
Fui cobarde, Candela. Fui un cobarde y un estúpido. Pero nunca, nunca quise hacerte daño.
Cerré los ojos. Sentí que las lágrimas resbalaban por mis mejillas, calientes y silenciosas.
Quería seguir enfadada. Quería gritarle, culparlo, castigarlo por haberme hecho pasar por esas semanas de duda y dolor.
Pero entendía su motivación. Entendía el miedo.
Entendía que a veces la gente toma decisiones terribles intentando proteger a quienes aman.
—¿Tienes algo? —pregunté, secándome las mejillas con rabia—. ¿Alguna prueba? ¿Algo que nos ayude a encontrar a quien hizo esto?
Hugo asintió. Con gesto lento, doloroso, se inclinó hacia la mesita de noche y abrió el cajón. Sacó una memoria USB envuelta en un pañuelo.
—Todo está aquí —dijo, entregándomela—. Es información que recolecté sobre quién está detrás de todo.
Nombres. Fechas. Transferencias bancarias.
Y algo más… —me miró con intensidad—. El nombre del hombre que inició todo esto.
El cerebro. El que ha estado manipulando hilos desde las sombras durante años.
—¿Quién?
—Gabriel Salvat —dijo Hugo—. Un antiguo compañero de residencia del doctor Ferrer.
Alguien que siempre estuvo a su sombra, creyendo que merecía el reconocimiento que Adrián recibió.
Alguien que juró venganza cuando fue expulsado del programa médico por conducta antiética.
Alguien que ha tenido años para planificar esto.
El nombre me golpeó. Recordaba haberlo oído antes. En alguna conversación con Adrián, en alguna referencia casual. El compañero de residencia. El que había desaparecido. El que todo el mundo creía que había tenido un colapso nervioso.
—Tengo que llevarle esto a Adrián —dije, guardando la memoria en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Candela —me detuvo Hugo, tomando mi mano con fuerza sorprendente para alguien tan débil—. Ten cuidado. Salvat no actuó solo. Tiene un cómplice. Alguien del círculo cercano de Adrián. Alguien que lo conoce perfectamente. Que sabe sus puntos débiles, sus horarios, sus contraseñas.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero sospecha de todos. De todos menos de ti.
Salí de la habitación corriendo. Pasé junto al inspector Ruiz sin mirarlo, busqué a Adrián, pero no lo encontré.
Bajé las escaleras de dos en dos y salí del hospital como si me persiguiera el demonio.
Necesitaba encontrar a Adrián. Necesitaba contarle lo de Salvat, mostrarle la memoria, advertirle sobre el cómplice.
Llamé a su móvil mientras conducía hacia su casa. Contestó al segundo tono.
—Tengo que verte —dije, sin saludar—. Es urgente. Es sobre Salvat.
—Ven a casa.
Cuando llegué, Adrián estaba en el salón, con las cortinas cerradas y el rostro iluminado solo por la luz azulada de su portátil. Tenía los ojos enrojecidos, la mandíbula tensa, y una expresión de absoluta devastación que me detuvo en la puerta.
—¿Qué ocurre? —pregunté, acercándome con cautela.
—He estado investigando —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—.
Después de que me hablaras de Salvat, empecé a buscar.
Y he encontrado conexiones. Transferencias.
Correos. —Finalmente me miró, y en sus ojos vi un dolor que me partió el corazón—.
Todo apunta a Lucas, Candela. Mi mejor amigo.
La persona que me conoce desde hace quince años.
Tiene acceso a todo. A mi ordenador, a mis contraseñas, a mi vida.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Lucas. Otra vez. Pero esta vez con pruebas concretas, no solo sospechas de cámaras de seguridad.
—No puede ser —susurré, sentándome a su lado—. Hugo dijo que el cómplice era alguien cercano, pero… ¿Lucas? Él te quiere, Adrián. Os habéis salvado la vida mutuamente mil veces.
—Eso creía yo —dijo Adrián, y su voz se quebró—.
Pero los registros no mienten. Ha estado accediendo a mis archivos durante meses.
Ha recibido pagos de cuentas vinculadas a Salvat.
Y ayer… —se detuvo, pasándose las manos por la cara—.
Ayer encontré un mensaje suyo a Salvat. Planeando mi caída. Celebrando cada filtración.
Lo miré. Realmente lo miré. Y vi a un hombre destrozado. No por la traición en sí, aunque eso era devastador, sino por la certeza de que nunca había conocido realmente a la persona en quien más confiaba.
—Estás sufriendo —dije, y era una constatación, no una pregunta.
—Me siento... —buscó las palabras, con la mirada perdida en el vacío—. Me siento como si hubiera vivido quince años con un extraño. Como si todo lo que creía saber sobre la amistad, sobre la lealtad, fuera mentira.
Me arrodillé frente a él. Cogí sus manos entre las mías, obligándole a mirarme.
—Escúchame —dije, con firmeza—. No puedes elegir desde el miedo, Adrián.
No puedes cerrarte emocionalmente porque te han traicionado.
Eso es exactamente lo que quiere Salvat.
Que te vuelvas desconfiado, que te aísles, que destruyas tus propias relaciones para que no te hagan daño.
Pero eso no es vivir. Eso es... es dejar que ganen.
—¿Y qué hago? —susurró, y su voz sonó como la de un niño perdido—. ¿Cómo sigo adelante sabiendo que mi mejor amigo, la persona que estuvo a mi lado en los peores momentos, probablemente esté intentando destruirme?
—Buscando la verdad —respondí—. Aunque duela.
Aunque te destroce. Porque la verdad es lo único que puede liberarte.
Y yo... —apreté sus manos—... yo estaré a tu lado mientras la buscas.
No porque sea fácil. Sino porque elegí estar contigo, y esa elección incluye los momentos en los que todo se desmorona.
Adrián me miró durante largos segundos. Y entonces, lentamente, algo cambió en su expresión. No fue una sonrisa, ni una resignación. Fue una aceptación. Una rendición ante la idea de que no tenía que hacerlo solo.
—Quédate —dijo, simplemente—. Esta noche. No te vayas.
—No iba a irme —respondí, y sonreí por primera vez en horas.
Esa noche no hicimos el amor. No hubo pasión desesperada ni intentos de olvidar el mundo con el cuerpo. En cambio, nos quedamos en el sofá, abrazados, con las piernas enredadas y las manos entrelazadas, como dos náufragos aferrados a un mismo trozo de madera en medio de la tormenta.
No éramos una pareja perfecta. Él temblaba ligeramente cada pocos minutos, un tic nervioso que nunca le había visto. Yo no podía dejar de mirar el móvil, esperando noticias de Hugo, de la policía, de cualquiera que pudiera arrojar luz sobre el desastre.
Pero estábamos juntos. Y eso, en ese momento, era suficiente.
Hablamos en susurros hasta altas horas. Sobre nuestras vidas antes de conocernos.
Sobre los sueños que teníamos de niños. Sobre el miedo a fallar, a decepcionar, a ser abandonados.
Adrián me contó cosas que nunca le había oído: su primer paciente perdido, la primera vez que sintió que la medicina no era suficiente, la noche en que su hermano murió y él juró que nunca más volvería a sentirse impotente.
Yo le hablé sobre el miedo a que mi éxito como escritora fuera simplemente una forma de escapar de la realidad, de construir mundos donde el dolor tenía sentido.
—Contigo no tengo que escapar —dijo Adrián de repente, en la oscuridad del salón, con solo la luz de la luna entrando por la ventana.
—¿Qué?
—Contigo… —se incorporó ligeramente, mirándome a los ojos— no tengo que ser el mejor médico.
No tengo que tener todas las respuestas.
No tengo que controlarlo todo. Solo tengo que ser yo.
El Adrián roto, asustado, imperfecto. Y eso…
—su voz se suavizó— eso es más liberador que cualquier éxito profesional que haya tenido.
Sentí que se me cerraba la garganta. Que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Porque entendía exactamente lo que significaba esa frase.
Para un hombre que había pasado quince años construyendo una armadura de perfección, admitir que podía ser simplemente él —sin adjetivos, sin logros, sin máscaras— era la declaración más vulnerable y más valiente que podía hacer.
—Eso significa más que cualquier te quiero —susurré, con la voz rota por la emoción.
—Lo sé —respondió él, besándome la frente—. Porque no es solo una declaración. Es una promesa. De que voy a intentar. De que voy a dejar de huir. De que voy a permitirme necesitarte.
Nos quedamos dormidos en el sofá, enredados el uno en el otro, con la memoria de Hugo guardada en el cajón de la mesa y la verdad sobre Lucas pendiendo sobre nosotros como una espada de Damocles.
Pero por primera vez desde que empezó todo, no tuve miedo del futuro. Porque sea lo que fuera que viniera, la traición de Lucas confirmada o desmentida, la venganza de Salvat, cualquier revelación sobre mi madre, sabía que no tendría que enfrentarlo sola.
Y esa certeza, más que cualquier beso o cualquier promesa, era lo que hacía que todo valiera la pena.