Diagnóstico: Tú Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Adrián asintió, con el ceño fruncido en esa expresión suya de concentración.

—Entonces tenemos que usar eso. Hacerle creer que está ganando hasta que no lo esté.

Salimos de la ducha y nos vestimos en silencio. Café negro para los dos, tostadas que apenas probamos, y salimos de la casa con la determinación de quienes saben que están caminando hacia una batalla decisiva.

El Hotel Las Arenas estaba abarrotado de periodistas.

Cámaras, micrófonos, flashes que ya empezaban a dispararse cuando Adrián y yo entramos por la puerta lateral.

Gabriel Salvat había elegido bien el escenario: un congreso médico internacional, con la prensa especializada y generalista presente, el lugar perfecto para ejecutar su golpe de gracia.

Cuando entramos en la sala de conferencias, Gabriel ya estaba en el escenario. Llevaba un traje idéntico al de Adrián, la observación de Candela sobre su obsesión por copiarlo se confirmaba visualmente, y sonreía con la seguridad de quien cree tener todas las cartas en la mano.

—Damas y caballeros —empezó, con una voz que imitaba el tono pausado de Adrián—. Hoy estamos aquí para hablar de ética médica. De responsabilidad. De cómo algunos médicos, a pesar de su brillantez técnica, son incapaces de asumir sus errores.

Mostró documentos en la pantalla gigante. Expedientes médicos, firmas, fechas. Testimonios de enfermeras que juraban haber visto a Adrián manipular informes. El caso del chico de hace seis años, presentado como negligencia criminal en lugar de tragedia médica.

Durante unos minutos, pareció que ganaba. La sala estaba en silencio, absorbiendo cada palabra, cada acusación. Vi a Adrián tensarse a mi lado, con la mandíbula apretada, conteniendo el impulso de saltar al escenario a defenderse.

Pero entonces lo vi. Un pequeño detalle en las fechas que Gabriel proyectaba. Una contradicción que solo alguien acostumbrado a construir narrativas coherentes podría detectar.

—Espera —susurré a Adrián.

—¿Qué?

—Hay un error en sus fechas. El informe dice que Adrián modificó el 15 de marzo… pero en el registro de acceso al sistema que mostró antes, la modificación se hizo el 14. Gabriel no puede haberlo hecho el 15 porque ya estaba modificado.

Adrián me miró con los ojos abiertos.

—¿Estás segura?

—Completamente. Como escritora, sé reconocer cuándo alguien está mintiendo en una cronología. Y él acaba de contradecirse.

—No intervengas —dijo Adrián, tomando mi mano—. Es demasiado peligroso.

Pero luego me miró. Realmente me miró. Y vi que algo había cambiado. La confianza que tanto le costaba dar finalmente estaba ahí.

—Pero confío en ti —añadió—. Si crees que debes hablar, habla.

No lo pensé dos veces. Me levanté de mi asiento y caminé hacia el escenario, ignorando los murmullos de la sala, los flashes de las cámaras, la expresión de sorpresa de Gabriel.

—Señorita, por favor, este es un evento privado… —intentó detenerme un seguridad.

—Soy Candela Navarro —dije con voz firme—. Y tengo información relevante sobre estas acusaciones.

Gabriel me miró con odio disimulado, pero tuvo que ceder ante la presión de las cámaras. Me subí al escenario y cogí el micrófono.

—Señor Salvat ha presentado una narrativa muy convincente —empecé, mirando a la audiencia—. Pero como escritora de novelas de misterio, estoy acostumbrada a detectar agujeros en las tramas. Y acabo de encontrar uno grande.

Señalé la pantalla donde seguían proyectadas las fechas.

—El señor Salvat afirma que el doctor Ferrer modificó este informe el 15 de marzo.

Pero según el registro de acceso al sistema que él mismo mostró hace cinco minutos, la modificación se realizó el catorce de marzo a las veintitrés y cuarenta y siete de la noche.

¿Cómo pudo Adrián modificar algo el día quince si ya estaba modificado el día catorce?

El silencio en la sala fue absoluto. Gabriel palideció visiblemente.

—Además —continué, ganando confianza—, estas firmas digitales…

¿alguien ha verificado que no sean copias calificadas de la firma real del doctor Ferrer?

Porque yo tengo aquí —saqué el USB que Hugo me había dado— pruebas forenses de que alguien ha estado accediendo a los sistemas del hospital usando credenciales robadas.

Y ese alguien no es Adrián Ferrer. Es Gabriel Salvat.

El caos estalló. Periodistas levantándose de sus asientos, cámaras enfocándose en Gabriel, quien retrocedía hacia el fondo del escenario con la expresión de un animal acorralado.

—¡Está mintiendo! —Gritó Gabriel—. ¡Todo es mentira! ¡Adrián es el culpable, él siempre ha sido...

Pero en ese momento entraron agentes de policía por la puerta trasera. El inspector Ruiz se adelantó, mostrando una orden de detención.

—Gabriel Salvat está detenido por conspiración, falsificación de documentos públicos, secuestro y extorsión —anunció con voz firme.

Gabriel intentó escapar. Saltó del escenario, corrió entre las sillas, derribando a una periodista en su camino. Pero los agentes lo interceptaron antes de llegar a la salida. Lo inmovilizaron contra el suelo, esposándolo mientras él gritaba improperios y acusaciones contra Adrián.

Y entonces, antes de que lo sacaran de la sala, giró la cabeza y me encontró con la mirada. Sonrió. Una sonrisa fría, calculada, que heló mi sangre.

—No sabes nada de Adrián —dijo con voz clara pese al forcejeo—. Nada de lo que es capaz. Pregúntale sobre el caso de la niña. Pregúntale qué eligió salvar y qué dejó morir. Eso te hará entender quién es realmente.

Luego lo arrastraron fuera. La sala quedó en silencio confuso, con los periodistas empezando a hablar todos a la vez, con Adrián subiendo al escenario para abrazarme, para agradecerme, para celebrar que habíamos ganado.

Pero yo no podía dejar de pensar en esas palabras. En esa sonrisa. En la certeza con la que Gabriel las había dicho.

No sabes nada de Adrián.

Y mientras la gente nos aplaudía, mientras los flashes de las cámaras iluminaban nuestro abrazo victorioso, una parte de mí, esa parte escéptica, protectora, que había aprendido a no confiar ciegamente, temió que Gabriel tuviera razón.

Porque aunque habíamos avanzado mucho, aunque Adrián había abierto partes de sí mismo que nunca antes había mostrado, seguía habiendo sombras en su pasado. Secretos que no habíamos desenterrado. Elecciones que no habíamos examinado.

Y ahora, esa frase se había instalado en mi cabeza como una semilla de duda.

No sabes nada de Adrián.

Miré a mi lado, donde él sonreía por primera vez en días, donde la tensión había desaparecido de sus hombros, donde parecía libre.

Y elegí, por ahora, guardar mis preguntas para más tarde.

Pero sabía que tarde o temprano tendrían que ser respondidas.