Diagnóstico: Tú Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Quise decir que sí. Quise abrazarlo y decirle que todo era un error, que las cámaras mentían, que alguien lo había incriminado. Pero las imágenes seguían allí, grabadas en mi retina: Lucas entrando, Lucas abriendo el cajón, Lucas con las manos en algo que no podía ver.

—Defender a alguien no significa ignorar las pruebas —dijo Candela de repente.

Ambos nos giramos. Ella estaba en la puerta, con los brazos cruzados, mirando a Lucas con una expresión que mezclaba empatía y determinación.

—¿Qué? —pregunté, confundido.

—Lo que has oído —dijo, acercándose—. Adrián, durante semanas me has pedido que abra los ojos, que vea la verdad, aunque duela. Que no deje que mi cariño por alguien me ciegue ante los hechos. Ahora te toca a ti.

—Pero Lucas...

—Podría ser inocente —interrumpió ella—.

De hecho, creo que lo es. Pero las pruebas están ahí.

Y si quieres ayudarle de verdad, no puedes simplemente negar lo que ves.

Tienes que averiguar qué pasó. Porque si no lo haces, si te cierras en tu negación, podrías estar dejando que el verdadero culpable escape.

Sus palabras me golpearon con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Tenía razón. Dios, cómo tenía razón. Estaba haciendo exactamente lo que ella había hecho con Mireia, con Hugo, con su padre.

Cerrando los ojos ante lo incómodo porque dolería demasiado admitir que alguien cercano pudiera ser el enemigo.

—Necesito tiempo —dije, dirigiéndome a Lucas—. Necesito averiguar qué pasó realmente. Pero mientras tanto... —hice una pausa, tragando saliva— tienes que cooperar con la policía. Decirles todo lo que recuerdes. Porque si eres inocente, la verdad saldrá a la luz. Y si no...

No terminé la frase. No podía.

Lucas asintió, con los ojos brillosos de lágrimas contenidas.

—Lo haré —dijo—. Pero Adrián... prométeme que encontrarás al verdadero culpable. Porque yo no fui. Juro por mi madre, por mi profesión, por nuestra amistad... que yo no fui.

Salí de la sala con la mente acelerada. Candela me siguió en silencio, dándome espacio para procesar, pero manteniéndose cerca. Eso era lo que hacía ella: no me empujaba, no me exigía, simplemente... estaba.

—¿Crees que es culpable? —pregunté finalmente, cuando llegamos al pasillo.

—No —respondió ella sin dudar—. Pero creo que alguien lo está utilizando. Alguien que sabe cómo manipular a la gente, cómo borrar recuerdos, cómo incriminar a inocentes.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero estoy empezando a tener una teoría.

Estábamos a punto de seguir hablando cuando mi teléfono vibró. Era Marta, la directora de Enfermería, y el tono de urgencia en su mensaje me hizo detenerme en seco.

Marta: Adrián, ven al archivo médico de la planta menos dos. Inmediatamente. Hemos encontrado algo sobre el caso de hace seis años. Es grave.

Miré a Candela. Ella asintió, y juntos nos dirigimos hacia las escaleras de servicio, bajando a la zona más profunda del hospital, donde se guardaban los expedientes antiguos, los secretos enterrados, los fantasmas del pasado.

Marta nos esperaba frente a una mesa de acero, con carpetas esparcidas y un ordenador portátil abierto. Su expresión era de absoluto terror profesional.

—¿Qué habéis encontrado? —pregunté, acercándome.

—El caso del chico de hace seis años —dijo Marta, y su voz temblaba—. El aneurisma. Hemos revisado los informes originales, los que se archivaron después de la investigación interna. Y encontramos… esto.

Señaló la pantalla del ordenador. Eran escaneos de documentos antiguos, firmas, fechas, anotaciones médicas. Pero había algo destacado en rojo: una discrepancia en las fechas de las pruebas preoperatorias.

—Según el informe oficial —continuó Marta—, las pruebas de imagen se realizaron veinticuatro horas antes de la operación.

Pero en los registros originales del laboratorio —hizo una pausa— se hicieron cuarenta y ocho horas antes.

Alguien cambió las fechas en el sistema.

Alguien modificó los documentos para que pareciera que tú omitiste pruebas recientes.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Quién?

Marta me miró con una expresión que no logré descifrar. Miedo, quizás. O compasión.

—La modificación se hizo desde una terminal interna —dijo—. Desde el despacho del jefe de traumatología. Desde el ordenador de Lucas Ibáñez.

El silencio que siguió fue absoluto.

Candela cogió mi mano. La apretó con fuerza, anclándome a la realidad mientras el mundo parecía desmoronarse a mi alrededor.

—No fue un error médico —susurré, procesando la información—. Fue una manipulación. Alguien cambió los documentos para culparme. Alguien del propio equipo médico.

—Y ahora esa misma persona —añadió Candela, con voz firme— está intentando destruirte de nuevo. Usando a Lucas. Usando a mi padre. Usando a cualquiera que esté cerca de ti.

Miré las carpetas, las pruebas, la verdad que finalmente emergía de entre las sombras.

Durante seis años había cargado con la culpa de una muerte que no había sido mi responsabilidad.

Seis años de pesadillas, de control obsesivo, de miedo a fallar.

Y todo había sido orquestado por alguien que conocía.

Alguien que tenía acceso. Alguien que había estado a mi lado todo ese tiempo, sonriendo, apoyándome, mientras destruía mi vida por dentro.

—Tenemos que encontrar a quién —dije, y mi voz sonó diferente. Más dura. Más fría—. Y esta vez, no voy a parar hasta que pague por lo que ha hecho.

Candela se acercó a mí. Me miró a los ojos, y vi en los suyos la misma determinación.

—Juntos —dijo ella—. Lo hacemos juntos.

Asentí. Porque ahora entendía que no podía hacerlo solo. Que no tenía que hacerlo solo.

El enemigo había estado siempre cerca. Pero por primera vez, yo también tenía a alguien cerca. Y eso cambiaba todo.