Diagnóstico: Tú Capítulo 21
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Capítulo 21

Candela

Me senté frente al portátil durante horas sin escribir una sola palabra.

La pantalla brillaba blanca y vacía, como un campo de nieve donde no había huellas, y yo contemplaba ese vacío con la sensación creciente de que mi vida se había convertido en una de esas novelas thriller que nunca me había atrevido a escribir.

Las que tienen giros imposibles, traiciones inesperadas, y finales que dejan al lector con el corazón en un puño durante días.

La diferencia, y era una diferencia crucial, era que esta vez nadie podía escribir un final feliz por mí.

No había un autor omnisciente que supiera cómo resolver el enredo.

No había un deus ex machina esperando en el último capítulo para salvar a los protagonistas.

Solo estábamos Adrián y yo, dos personas reales y rotas, intentando navegar un laberinto de mentiras que alguien había construido meticulosamente durante años.

Cogí el bolígrafo, ese mismo que había usado para tomar notas en el hospital, y empecé a garabatear en una libreta nueva.

No era ficción lo que escribía. Era análisis.

Criminología amateur, quizás, o simple intuición de escritora que había pasado demasiado tiempo estudiando motivaciones humanas para crear personajes creíbles.

Mientras Adrián y Lucas revisaban registros médicos, buscaban pruebas forenses y peleaban contra el sistema desde dentro, yo utilizaba mis propias herramientas.

Observaba patrones. Buscaba el hilo narrativo que uniera todos los ataques.

Y cuanto más profundizaba, más claro me quedaba algo que me helaba la sangre: esto no se trataba de dinero.

Si fuera por dinero, el plan habría sido diferente.

Más simple. Una demanda millonaria, una extorsión directa, un chantaje con pruebas falsas pero convincentes.

Pero no. Quienquiera que estuviera detrás de todo esto había construido algo mucho más elaborado.

Había tomado su tiempo. Había estudiado a Adrián durante años, conocía sus puntos débiles, sus traumas, sus relaciones.

Sabía lo del chico de hace seis años. Sabía cómo destruirlo no solo profesionalmente, sino emocionalmente.

Esto era venganza pura. Despiadada. Personal.

Y ahora, pensándolo fríamente, con esa frialdad que me aterraba pero que necesitaba para sobrevivir, entendía que yo también había pasado a formar parte del objetivo.

La persona que hacía esto quería que Adrián perdiera aquello que más valía. Su carrera, sí. Su reputación, por supuesto. Pero también... a mí.

Esa última idea me hizo sentir náuseas. Porque significaba que alguien nos observaba. Que alguien sabía lo que había entre nosotros, lo que estábamos construyendo a pesar de todo, y había decidido que nuestra felicidad era intolerable. Que debía ser destruida.

Dejé el bolígrafo y me levanté para abrir la ventana del patio.

El aire de agosto entró cálido y húmedo, cargado del olor a limones maduros y a jazmín.

Taco y Chorizo dormían en la hamaca, ajenos al drama, y por un momento envidié su capacidad de simplemente existir sin preocuparse por traiciones ni conspiraciones.

Sonó el teléfono. Era Mireia.

—¿Has comido algo hoy? —preguntó, sin saludar.

—No tengo hambre.

—Candela, llevas tres días viviendo de café y nervios. Eso no es sostenible.

—Tampoco lo es mi vida ahora mismo —respondí, y la amargura me sorprendió a mí misma.

Mireia hizo una pausa al otro lado de la línea. Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Era más suave, más preocupada.

—Escúchame —dijo—. Sé que estás metida hasta el cuello en esto. Sé que Adrián te importa. Pero necesito que escuches algo que quizá no quieras oír.

—Dime.

—El problema no es solo el enemigo, Candi. También es él.

Sentí que se me tensaba la mandíbula.

—¿Qué quieres decir?

—Que Adrián Ferrer Montesinos es un médico brillante, un hombre atractivo, y probablemente una buena persona en el fondo. Pero también es alguien que ha demostrado durante años que está dispuesto a sacrificarlo todo por su trabajo. Su tiempo, su salud, sus relaciones... todo.

—Eso es diferente ahora —protesté, aunque no estaba segura de si me convenía a mí misma.

—¿Lo es? —Mireia suspiró—. Lleva dos semanas metido en un hospital intentando salvar su carrera, su reputación, a su amigo. ¿Cuántas veces te ha llamado hoy? ¿Cuántas veces ha preguntado cómo estás tú, con todo lo que estás descubriendo sobre tu padre?

La pregunta me golpeó. Porque era injusta y justa al mismo tiempo. Adrián había estado ocupado, sí, pero también había estado presente de la única forma que sabía: protegiéndome, investigando, intentando resolver el caos para que yo pudiera estar a salvo.

—No es justo comparar —dije débilmente.

—Quizás no —concedió Mireia—. Pero tú tienes que decidir, Candela. ¿Quieres estar con alguien que probablemente siempre elegirá el deber antes que el amor? ¿Con alguien que se cerrará emocionalmente cada vez que las cosas se pongan difíciles? Porque eso es lo que hace. Lo has visto tú misma.

No tuve respuesta. Porque Mireia tocaba un miedo que yo no me atrevía a nombrar. El miedo a que, al final, Adrián fuera incapaz de amarme de la forma que necesitaba. De la forma que merecía.

Colgué con la promesa de comer algo, aunque sabía que era mentira, y me quedé mirando el limonero hasta que el sol empezó a ocultarse detrás de los tejados.

Esa noche fui a su casa.

No llamé antes ni envié mensaje. Simplemente aparecí en su puerta con una bolsa de comida para llevar del chino de la esquina y el corazón latiéndome en la garganta.

Adrián abrió la puerta y su aspecto me detuvo el aliento.

Llevaba la misma camisa de la mañana, ahora arrugada y manchada de café.

Tenía ojeras que competían con las mías, la barba crecida de dos días, y una expresión de absoluto agotamiento que nunca había visto en él.

Ni siquiera cuando operaba doce horas seguidas.

—Candela —dijo, y su voz sonó áspera, destrozada.

—He traído comida —respondí, levantando la bolsa—. Y no aceptaré un no por respuesta.

Entró en la casa sin esperar invitación. El salón estaba peor que la última vez: papeles por todas partes, carpetas abiertas, una botella de whisky medio vacía sobre la mesa de centro. Parecía la escena de un crimen, o la cueva de un ermitaño enloquecido.

—Lucas sigue detenido —dijo Adrián, cerrando la puerta—. No tienen pruebas suficientes para acusarlo formalmente, pero tampoco lo sueltan. Y yo… yo no sé qué hacer, Candela. No sé cómo ayudarle. No sé si…

Se detuvo. Se pasó las manos por el pelo, un gesto desesperado que le hacía parecer vulnerable. Por primera vez desde que lo conocía, vi a Adrián Ferrer Montesinos completamente roto. Sin armadura, sin control, sin la máscara de perfección que tanto le costaba mantener.

—Ven —dije, dejando la comida sobre la única superficie libre.

Lo cogí de la mano y lo llevé al sofá. Nos sentamos juntos, con nuestros muslos rozándose, y esperé a que hablara. No presioné. No hice preguntas. Simplemente estuve ahí, ofreciendo mi presencia como ancla.

—Tengo miedo —dijo finalmente, y la confesión pareció costarle todo el aire de los pulmones.

—¿De qué?

—De perderlo todo —miró sus manos, esas manos de cirujano que ahora temblaban ligeramente—. No la carrera, ni el prestigio. Eso me importa una mierda comparado con… —hizo una pausa, tragando saliva—. Comparado con perder a las personas que quiero.

El silencio entre nosotros se volvió denso, cargado de posibilidades.

—¿Yo soy una de esas personas? —pregunté, y mi voz salió más pequeña de lo que pretendía.

Adrián levantó la vista. Me miró a los ojos, y vi que estaba luchando contra sí mismo. Contra años de muros, de defensas, de miedo a sentir.

Tardó unos segundos en responder. Segundos que parecieron eternidades, en los que mi corazón dejó de latir.

—Sí —dijo finalmente—. Tú eres la persona que más quiero. Y eso me aterra más que cualquier otra cosa.

La confesión cayó entre nosotros como una piedra en un lago quieto. Hizo olas. Cambió todo.

—Adrián...

—Lo sé —dijo, con una risa amarga—. No es el momento.

No es romántico. Estoy hecho un desastre, mi mejor amigo está acusado de algo que no hizo, mi carrera está en ruinas, y yo…

—se interrumpió, tomando mi rostro entre sus manos— y yo solo quiero besarte y olvidar todo esto durante cinco minutos. ¿Me dejarás?

No respondí con palabras. Me incliné y encontré sus labios con los míos.

Fue un beso diferente a todos los anteriores. No hubo lucha por el control, no hubo tensión defensiva, no hubo miedo a que el otro se apartara. Fue simplemente... entrega. Dos personas rotas encontrando refugio una en la otra.

Adrián me atrajo hacia él, hundiendo sus dedos en mi pelo, y profundizó el beso con una ternura que me desarmó por completo. Sabía a whisky y a desesperación, y a algo más dulce que no supe identificar. Quizás era simplemente nosotros. Sin filtros, sin excusas.

Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados, y permanecimos así durante largos minutos, simplemente respirando el uno del otro.

—No quiero que esto termine —susurró.

—No tiene por qué terminar —respondí.

—Pero todo apunta a que…

—Shh —puse un dedo sobre sus labios—. No pensemos en eso ahora. Solo estemos así. Solo esto.

Nos quedamos en el sofá hasta que el cuerpo nos pidió más. Hicimos el amor con una lentitud que rayaba en la reverencia, como si ambos temiéramos que fuera la última vez. Cada caricia era una promesa, cada beso una declaración de intenciones que ninguno se atrevía a verbalizar completamente.

Después, dormimos enredados en sus sábanas, con la ventana abierta dejando entrar la brisa nocturna. Por primera vez en semanas, dormí sin pesadillas. Sin el miedo acechando en las sombras.

Por primera vez, me permití creer que quizás, solo quizás, podríamos tener un final feliz.

La felicidad duró exactamente hasta las ocho de la mañana siguiente.

Me despertó el sonido insistente del teléfono de Adrián. Alargué la mano para cogerlo de la mesita de noche, pero él se me adelantó, aún medio dormido, y contestó con voz ronca.

Vi cómo cambiaba su expresión. Cómo pasaba de la somnolencia a la tensión, y de la tensión a algo parecido al horror.

—¿Qué ocurre? —pregunté, incorporándome.

Él no respondió. Solo me miró con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de ver un fantasma. Luego, lentamente, extendió el brazo y me entregó el teléfono.

Era una noticia del periódico. El titular rezaba en letras negras y ominosas:

«El doctor Ferrer ocultó pruebas de un caso de negligencia médica: nueva información salta a la luz»

Leí el artículo con dedos temblorosos. Hablaba del chico de hacía seis años. De pruebas recientemente descubiertas que demostraban que Adrián había manipulado informes para ocultar su negligencia. De un testimonio fiable y cercano al médico que confirmaba el encubrimiento.

Y al final del artículo, en letra pequeña pero perfectamente legible, estaba la fuente de la información:

«Hugo Sempere, editor de la víctima y testigo presencial de los hechos»

Dejé caer el teléfono sobre la cama. Lo miré a él. Él me miró a mí.

—Hugo —susurré—. La fuente es Hugo.

Adrián se levantó de la cama como si le hubieran dado un golpe. Se puso los pantalones con movimientos mecánicos, sin mirarme, con la mandíbula tensa.

—Estaba inconsciente —dijo, y su voz era hielo puro—. Cuando fuimos, estaba inconsciente, no podía hablar con nadie.

—Pero ahora está despierto —respondí, procesando la información—. Y ha decidido contar su versión. Una versión que te incrimina.

Adrián se giró hacia mí. En sus ojos vi algo que me partió el corazón: la sospecha.

—¿Tú lo sabías? —preguntó, y el tono me dolió más que las palabras.

—¿Qué?

—¿Sabías que Hugo iba a hacer esto? ¿Has estado jugando conmigo todo este tiempo, Candela?

—¡No! —Me levanté de la cama, buscando mi ropa a tientas—. ¿Cómo puedes pensar eso? Hugo es mi editor, sí, pero no… no soy cómplice de esto, Adrián. Te lo juro.

—Entonces, ¿por qué? —gritó, y el sonido resonó en la habitación vacía—.

¿Por qué tu editor, la persona que te lanzó a mis brazos para que escribieras una puta novela, ahora resulta ser el que tiene la información para destruirme?

¿No ves el patrón, Candela? ¿No ves que todo me hace pensar que tú también eres parte de esto?

Lo miré, y vi que el miedo había vuelto a él, más fuerte que nunca. Pero esta vez no era miedo a perder su carrera. Era miedo a mí. A confiar en mí y a ser traicionado.

—No soy tu enemiga —dije, y las lágrimas me quemaban los ojos—. Pero si crees que lo soy, entonces, quizás debería irme.

—Quizás deberías —respondió, y la frialdad de su voz me atravesó como un cuchillo.

Me vestí en silencio. Cogí mis cosas. Y salí de su casa sin mirar atrás, con el corazón hecho añicos en el pecho, con la certeza de que alguien había ganado.

Alguien había conseguido separarnos. Y esa persona, fuera quien fuera, estaba más cerca de lo que jamás habíamos imaginado.