Diagnóstico: Tú Capítulo 20
54%

Capítulo 20

Adrián

El Hospital Clínico a las tres de la madrugada tenía un aspecto fantasmal que conocía demasiado bien.

Los pasillos iluminados por luces de emergencia, el olor a desinfectante mezclado con el silencio denso de quienes esperaban noticias de vida o muerte.

Había pasado quince años de mi vida entre esas paredes, pero nunca me había sentido tan fuera de lugar como en ese momento, sentado en la sala de espera de Urgencias con Candela temblando a mi lado.

Hugo Sempere estaba ingresado. Había aparecido en un callejón cercano a la editorial con una contusión craneoencefálica, signos de estrangulación y un mensaje escrito en su propia sangre en la solapa de la chaqueta: «Cállate o morirás».

Pero antes de perder el conocimiento definitivamente, había pronunciado esas palabras que ahora resonaban en mi cabeza como un eco: «No fue Valeria... fue alguien mucho más cerca».

Y luego estaba lo de Vicente. El padre de Candela. Las cámaras lo mostraban claramente: entrando en el callejón, hablando con Hugo, entregándole algo. Y luego saliendo corriendo minutos antes de que encontraran al editor.

—¿Quieres café? —Le pregunté a Candela, aunque sabía que no era eso lo que necesitaba.

Ella negó con la cabeza. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

Intentaba mantener la compostura, esa máscara de fortaleza que tanto me había irritado al principio de nuestra relación.

Pero ahora la conocía lo suficiente como para ver a través de ella.

Para ver el terror que se escondía detrás de los párpados apretados, el temblor contenido en la mandíbula, el modo en que miraba cada puerta que se abría esperando ver aparecer a su padre o, peor, a alguien con noticias definitivas sobre Hugo.

—Va a estar bien —dije, y la frase sonó hueca incluso para mí.

—No sabes eso —respondió ella, y su voz salió ronca, forzada—. No sabes nada, Adrián. Mi padre... Dios, mi padre estaba allí. ¿Por qué? ¿Qué está pasando?

No tenía respuestas. Solo tenía preguntas que se amontonaban en mi cerebro como pacientes en una sala de espera saturada. Así que hice lo único que se me ocurría: me senté a su lado, cogí una de sus manos entre las mías, y permanecí en silencio.

Ella se aferró a mí. No con fuerza, sino con esa desesperación silenciosa de quien siente que el suelo se está derrumbando bajo sus pies.

Y mientras la sostenía, mientras sentía su respiración entrecortada contra mi hombro, tuve una revelación que me golpeó con la fuerza de un diagnóstico inesperado.

Durante años había admirado, envidiado, incluso, a las personas que mantenían la calma bajo presión.

A los cirujanos que operaban con manos firmes mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

A los médicos que daban malas noticias con voz estable y corazón de hielo.

Yo mismo me había convertido en uno de ellos, construyendo muros tan altos que nada podía traspasarlos.

Pero Candela... Candela era diferente. No mantenía la calma.

No se cerraba. Sentía todo con una intensidad que me resultaba aterradora y envidiable a la vez.

Y, aun así, a pesar de ese torrente emocional que debía de estar devastándola por dentro, seguía adelante.

Seguía preguntando, investigando, exigiendo respuestas.

No era fuerte porque no sintiera. Era fuerte precisamente porque sentía todo y aun así no se rendía.

—Admiro tu capacidad de seguir adelante —dije de repente, sin pensarlo.

Ella levantó la vista. Sus ojos verdes estaban enrojecidos, brillantes, pero aun así llenos de esa determinación que me había enamorado de ella.

—¿Qué?

—Que sientes todo —continué, buscando las palabras—. El miedo, la rabia, la confusión. Y aun así no huyes. No te cierras. Yo... yo huyo. Siempre he huido. Pero tú...

—Tú también estás aquí —dijo ella, y su voz se suavizó—. No estás huyendo ahora.

—Porque tú me lo enseñas —admití, y la verdad me supo a alivio—. Cada día, cada minuto que paso contigo, aprendo que sentir no es debilidad. Que dejar que te vean roto no significa que vayan a destruirte.

Estábamos a punto de seguir hablando, a punto de cruzar algún umbral emocional que ambos temíamos, cuando la puerta de la sala de espera se abrió de golpe.

Era el inspector Ruiz. Venía acompañado de un técnico forense y de Marta, la directora de enfermería, que me miró con una expresión que no logré descifrar.

—Doctor Ferrer —dijo Ruiz, y su tono era diferente al de antes. Más tenso. Más oficial—. Necesitamos que vea algo. Es urgente.

Me puse de pie, pero Candela se levantó conmigo. No iba a dejarla atrás, no ahora.

—Ella también viene —dije, y no fue una pregunta.

Nos llevaron a una sala de seguridad del hospital, una habitación sin ventanas llena de monitores y equipos electrónicos que normalmente solo usaban para revisar incidentes internos. El técnico manipuló un teclado y una de las pantallas principales se iluminó con imágenes en blanco y negro.

—Las cámaras del despacho de Hugo Sempere —explicó Ruiz—. Grabadas ayer por la tarde, horas antes de que apareciera en el callejón.

Miré la pantalla. Vi la oficina de la editorial, ese espacio moderno y minimalista donde había estado sentado hacía apenas unos días discutiendo con Hugo sobre el contrato de Candela. La cámara estaba posicionada de forma que captaba la entrada y parte del escritorio.

—Aquí —dijo el técnico, pausando la imagen.

Una figura apareció en la puerta. Llevaba una chaqueta oscura, capucha puesta, pero al girarse hacia la cámara por un segundo, la luz iluminó su rostro con claridad meridiana.

Sentí que el mundo se detenía.

Era Lucas. Mi mejor amigo. Mi compañero de residencia. El hombre que me había visto llorar cuando murió mi hermano, que había estado a mi lado en cada guardia interminable, que me había aguantado durante años intentando emparejarme con medio hospital.

—No —susurré, y mi voz sonó lejana, como si viniera de otra persona—. No es posible.

La imagen continuó. Lucas entraba en el despacho. Hablaba con Hugo, que no se veía en el plano. Gesticulaba. Y luego... luego se acercaba al escritorio. Abrió un cajón. Sacó algo. Un sobre, quizás. O un archivo.

—Parece que su amigo tenía motivos para estar allí —dijo Ruiz, y su tono era sospechosamente suave—. ¿Sabía usted que Lucas Ibáñez y Hugo Sempere se conocían?

Negué con la cabeza. Sentía que la sangre me retumbaba en los oídos, que la vista se me nublaba en los bordes.

—Lucas no… él no haría daño a nadie —dije, pero la convicción me fallaba—. Nos conocemos desde la universidad. Es traumatólogo. Es… es mi amigo.

—Las cámaras no mienten, doctor Ferrer —respondió Ruiz.

Candela se acercó a mí. Sentí su mano en mi brazo, firme, anclándome a la realidad. Cuando la miré, vi algo en sus ojos que nunca había visto antes: comprensión. Una comprensión profunda, casi dolorosa.

—Ahora entiendes —dijo ella, y su voz era apenas un susurro—. Ahora entiendes lo que significa ver a alguien en quien confías plenamente y sentir que esa confianza puede romperse.

Tenía razón. Durante semanas había defendido a Valeria, había sospechado de Mireia, había considerado a Hugo como posible traidor. Pero nunca, ni por un segundo, había considerado que Lucas pudiera estar involucrado. Era inconcebible. Era como sospechar de mi propia sombra.

—Tengo que hablar con él —dije, dirigiéndome a la puerta.

—Doctor Ferrer, no podemos permitir que... —empezó Ruiz.

—¡Es mi amigo! —exclamé, y el grito resonó en la sala pequeña—. Si hay una explicación, si hay algo que no estamos viendo, él me lo dirá. A mí me lo dirá.

El inspector dudó, pero finalmente asintió.

—Está en la sala de interrogatorios de la planta baja. Pero doctor... —me detuvo con un gesto— sea cuidadoso. Las pruebas son claras. Y si intenta obstruir la investigación...

—No voy a obstruir nada —dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. Voy a averiguar la verdad.

Lucas estaba sentado en una silla de metal, con las manos sobre la mesa, mirando fijamente una pared vacía.

Cuando entré, levantó la vista y vi algo en sus ojos que me heló la sangre: no era miedo.

Era confusión. Una confusión absoluta, profunda, como la de alguien que despierta de un sueño y no reconoce la habitación.

—Adrián —dijo, y su voz era un hilo—. Gracias a Dios. Diles que es un error. Diles que yo no... que no recuerdo...

Me senté frente a él. Candela se quedó cerca de la puerta, observando, dándonos espacio, pero presente.

—¿Qué pasó, Lucas? —pregunté, intentando mantener la calma—. Las cámaras te muestran entrando en el despacho de Hugo. ¿Por qué?

—Me llamó —respondió él, frotándose las sienes con dedos temblorosos—.

Por la tarde. Dijo que tenía información importante sobre el caso.

Sobre quién estaba detrás de todo esto. Me pidió que fuera a la editorial, que no dijera nada a nadie, que...

—hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Que me diera prisa.

—¿Y qué ocurrió cuando llegaste?

Lucas me miró con una expresión que me aterrorizó: era genuina. No había engaño en esos ojos. Solo pánico y desconcierto.

—No lo sé —dijo, y su voz se quebró—. Recuerdo entrar en el edificio.

Recuerdo subir las escaleras. Y luego...

nada. Es como si alguien hubiera borrado páginas de mi memoria.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el suelo del despacho, con la cabeza dándome vueltas, y ver a Hugo...

Dios, Adrián, estaba cubierto de sangre. Y yo... yo tenía las manos manchadas.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Tus manos?

—Sí. —Levantó las palmas, ahora limpias, pero con restos de yodo en las uñas—. No sé de qué. No sé si... si fui yo o si... Adrián, tú me conoces. Tú sabes que yo no podría hacerle daño a nadie. ¿Verdad?