Capítulo 19
Candela
Intenté escribir durante tres días seguidos.
Me senté frente al portátil en mi despacho de Benimaclet, con los ventanales abiertos de par en par para dejar entrar el aire caluroso de agosto, y miré la pantalla durante horas.
El cursor parpadeaba burlón, esperando que soltara algo brillante, algo que justificara el anticipo de la editorial que ya me habían ingresado y que estaba gastando en facturas de electricidad y comida para Taco y Chorizo.
Pero cada vez que tecleaba una descripción de protagonista masculino, terminaba con ojos grises.
Cada vez que inventaba un diálogo sarcástico, salía con frases que Adrián podría haber dicho.
Incluso el villano de mi nueva novela, que debería ser un banquero despiadado o un político corrupto, acabó teniendo una barba de tres días y una forma de fruncir el ceño cuando estaba concentrado que me resultaba demasiado familiar.
—Joder, Candela, ¿en serio? —me dije a mí misma, cerrando el documento con violencia.
Taco, que dormía sobre el teclado, protestó con un maullido indignado y se mudó a la hamaca del patio, dejándome sola con mi bloqueo creativo y mi obsesión no tan secreta.
—Parece que tienes un problema grave.
Mireia estaba sentada en mi cocina, repartiendo paella de una cazuela que había traído de su madre. Llevaba su pelo rubio recogido en un moño impecable, como siempre, y un vestido de verano que parecía sacado de un catálogo de gente que sí tenía la vida resuelta.
—No es un problema —mentí, removiendo el arroz con el tenedor—. Es… documentación. Estoy investigando para el personaje.
—Ah, claro. —Mireia arqueó una ceja perfectamente depilada—.
Por eso el protagonista de tu novela policíaca lleva una bata blanca, trabaja en un hospital de Valencia y tiene un complejo de Dios acompañado de ojos grises.
Eso es documentación, no es que estés totalmente obsesionada con Adrián Ferrer.
Sentí que me subía el color a las mejillas.
—No estoy obsesionada.
—Candela, ayer me leíste un párrafo donde el detective decía: «La autopsia no miente, pero los corazones sí». Eso es pura mierda romántica médica. Y encima firmaste el borrador como C. Ferrer en lugar de C. Navarro.
Me llevé las manos a la cara.
—Dios, soy un desastre.
—Eres una mujer enamorada —corrigió Mireia, y su voz se suavizó—. Y eso está bien, cariño. Lo que no está bien es que intentes engañarte a ti misma. Puedes engañar al mundo, a tus lectores, a tu puto gato naranja. Pero a mí no.
Levanté la vista. Mireia me miraba con esa expresión suya, la de «Te conozco desde los catorce y sé cuándo estás metiendo la pata hasta el fondo».
—Estoy enamorada de él —solté, y las palabras me supieron a liberación y a terror al mismo tiempo—. Dios, Mireia, estoy completamente enamorada de un médico insufrible, controlador, con más traumas que yo y una tendencia a cerrarse emocionalmente que es patológica.
—Y tú eres una escritora caótica, impulsiva, con miedo al compromiso y una colección de gatos que habla por sí sola —respondió ella, encogiéndose de hombros—. A veces el amor no es lógico, Candi. A veces es simplemente… incómodo.
—Me da miedo —admití, y la voz se me quebró—. Porque si me enamoro de verdad, si abro esa puerta, y él resulta ser como Sergio, o peor... no creo que pueda recuperarme. No creo que pueda volver a escribir finales felices si me rompen el corazón de verdad.
Mireia dejó el tenedor y cogió mis manos entre las suyas.
—Entonces no escribas finales felices —dijo simplemente—. Escribe finales reales. Escribe lo que sientes. Pero no dejes de sentir por miedo a sufrir. Porque eso es peor que cualquier ruptura: vivir sin vivir.
Sergio apareció esa misma tarde.
Estaba regando el limonero, siguiendo las instrucciones de mi padre sobre cómo no matarlo, cuando oí la puerta del callejón. Me giré esperando ver a algún vecino, o quizás a Adrián si finalmente se había decidido a venir a pedirme perdón por nuestra última discusión.
Pero era él. Sergio Roldán. Con unas flores en la mano, flores, el muy cínico, y una expresión que intentaba ser sincera.
—Candela —dijo, y su voz tenía ese tono meloso que una vez me había parecido encantador—. Necesito hablar contigo.
—No tengo nada que decirte, Sergio.
—Solo cinco minutos. Por favor.
Debería haberle cerrado la puerta en las narices. Debería haberles echado a patadas, o llamado a la policía, o simplemente haberle ignorado. Pero algo en mí, quizás la curiosidad, quizás la necesidad de cerrar ciclos, me hizo asentir.
Entró al patio. Se quedó mirando el espacio con esa mirada evaluadora que siempre había detestado, como si estuviera calculando el valor de mercado de mi vida.
—He estado pensando mucho —empezó, dejando las flores sobre la mesa de madera—. En lo que pasó entre nosotros. En cómo te traté. En lo estúpido que fui.
—Sí, lo fuiste —acordé, cruzando los brazos.
—No sabes cuánto me arrepiento —continuó, y por primera vez vi algo que parecía genuino en sus ojos—.
De haberte dejado cuando más me necesitabas.
De haberte dicho que tu trabajo no importaba.
De haberte hecho sentir pequeña. He ido a terapia, Candela.
He intentado cambiar. Y quiero... quiero pedirte perdón. De verdad. Sin segundas intenciones.
Lo miré. Esperé a sentir algo. A que el corazón se me acelerara, a que apareciera esa versión de mí misma que una vez habría perdonado cualquier cosa con tal de que me quisiera.
Pero no pasó nada.
Solo sentí… lástima. Lástima por el hombre que había sido, y alivio por la mujer en la que me había convertido. La Candela que necesitaba la aprobación de Sergio para sentirse válida había desaparecido. Y en su lugar estaba alguien que sabía que merecía más.
—Te perdono —dije, y era verdad—. Pero no quiero volver a verte, Sergio. No porque me hagas daño, sino porque ya no me importas lo suficiente como para ocupar espacio en mi vida.
Su expresión cambió. Pasó de la esperanza a la sorpresa, y luego a algo parecido a la rabia contenida.
—Por culpa de ese médico, ¿verdad? —dijo, y el tono amargo regresó—. El doctor perfecto. El cirujano de élite. ¿Crees que te quiere de verdad? ¿Crees que alguien como él puede querer a alguien como tú?
—Sí —respondí, y la certeza me sorprendió a mí misma—. Y si no, tampoco me importa. Porque yo me quiero a mí misma. Y eso es suficiente.
Sergio abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo.
Porque en ese momento, desde la puerta del callejón, escuché una voz que me erizó la piel.
—¿Todo bien aquí?
Adrián estaba en la entrada. Llevaba vaqueros y una camiseta y tenía una expresión que intentaba ser neutral pero que no lograba ocultar la tensión de sus hombros. Sus ojos grises iban de mí a Sergio, y vi cómo se oscurecían al reconocer a mi ex.
—Adrián —dije, y mi voz salió más alta de lo necesario.
—No quería interrumpir —dijo, y aunque su tono era educado, había hielo en cada palabra—. Pero he visto desde la calle que tenías compañía y...
—Se iba —interrumpí, mirando a Sergio—. ¿Verdad?
Sergio miró a Adrián. Midió la situación. Y por primera vez en años, pareció entender que había perdido. No solo mi amor, sino mi respeto.
—Sí —dijo, recogiendo las flores que yo no había tocado—. Me iba. Cuídate, Candela.
Salió del patio pasando junto a Adrián, y por un segundo temí que fuera a decir algo, a provocar alguna escena. Pero Adrián no se movió. Solo mantuvo la mirada fija en mí, con una intensidad que me hizo sentir expuesta y deseada al mismo tiempo.
—No tenías que venir —dije cuando estuvimos solos.
—Lo sé —respondió, dando un paso hacia mí—.
Pero cuando te vi con él... —hizo una pausa, buscando las palabras— sentí celos.
Una cantidad estúpida e irracional de celos.
Y en lugar de huir, como he hecho toda mi vida cuando algo me asusta, he decidido venir.
A enfrentarme a ello. A enfrentarme a ti.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque tú no huyes —dijo, y su voz se suavizó—. Tú luchas. Y yo quiero aprender a hacer lo mismo.
Nos quedamos en el patio hasta que el sol se puso.
Adrián me pidió perdón de una forma que nunca habría esperado. No con grandes discursos ni promesas imposibles. Simplemente reconoció que tenía miedo. Que le aterraba abrirse, que le aterraba necesitarme, que le aterraba que yo pudiera verlo roto y decidiera que no valía la pena.
—Tengo miedo —admití yo también, sentada junto a él en la hamaca, con las piernas colgando y los pies rozando el suelo—. Tengo miedo de que esto sea demasiado intenso, demasiado rápido, demasiado... todo.
—Yo también —dijo, y cogió mi mano entre las suyas—. Pero prefiero tener miedo contigo que sentirme seguro sin ti.
Era la declaración más honesta que había escuchado nunca. Sin flores, sin música de fondo, sin escenarios de película. Solo dos personas asustadas decidiendo que valía la pena intentarlo.
—Sin promesas imposibles —dije, y apreté su mano—. Solo… vamos día a día. ¿Vale?
—Vale —acordó, y sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi tímida, pero iluminó todo su rostro.
Estábamos a punto de besarnos, a punto de sellar esa tregua con algo más que palabras, cuando mi teléfono sonó.
El tono era el de Hugo. Contesté sin pensar, esperando otra de sus llamadas obsesivas sobre plazos de entrega.
—¿Hugo?
—Candela... —la voz al otro lado no era la de Hugo. Era la de una enfermera, agitada, urgente—. ¿Es usted la señorita Navarro? ¿La amiga del señor Sempere?
—Sí, ¿qué pasa?
—Ha aparecido. Está en el Hospital Clínico. Ha sido encontrado en un callejón cerca de la editorial. Está herido, inconsciente, pero antes de perder el conocimiento...
La enfermera hizo una pausa, y sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué dijo? —pregunté, con la voz rota.
—Dijo, no fue Valeria… fue alguien mucho más cercano. Díselo a Candela. Alguien que conocemos los dos.
La llamada terminó. Me quedé con el teléfono en la mano, mirando a Adrián, que se había puesto de pie al ver mi expresión.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Hugo —susurré—. Han encontrado a Hugo. Está herido. Y dijo… dijo que no fue Valeria. Que fue alguien mucho más cercano. Alguien que conocemos los dos.
Adrián palideció. Cogió su móvil y marcó un número con dedos temblorosos.
—Lucas, necesito que accedas a las cámaras de seguridad del Hospital Clínico. Sí, ahora. El callejón trasero, zona de la editorial. Quiero saber quién estuvo con Hugo antes de que lo encontraran.
Esperamos en silencio. Los minutos parecieron horas. Taco y Chorizo se acercaron, sintiendo la tensión, y se sentaron a nuestros pies con las colas erizadas.
Cuando el teléfono de Adrián vibró, casi saltamos los dos. Contestó. Escuchó. Y vi cómo su rostro se transformaba. Cómo pasaba de la preocupación a la incredulidad, y de la incredulidad a algo parecido al horror.
—¿Estás seguro? —preguntó, y su voz era un hilo—. ¿Seguro absoluto?
Colgó, me miró, y en sus ojos vi una mezcla de miedo y determinación que me heló la sangre.
—¿Quién era? —pregunté, aunque no estaba segura de querer saber la respuesta.
Adrián tragó saliva. Se acercó a mí y me cogió por los hombros, como si necesitara asegurarse de que no me caía cuando me dijera la verdad.
—La cámara de seguridad muestra quién estuvo con Hugo —dijo, y su voz temblaba—. Quién le habló antes de que apareciera herido. Quién se fue corriendo por el callejón justo antes de que lo encontraran.
—¿Quién, Adrián? Dime quién.
Me miró fijamente a los ojos, y la respuesta cayó entre nosotros como una sentencia.
—Tu padre —dijo—. Vicente Navarro. Estuvo con Hugo. Y antes de irse, le entregó algo. Un sobre. Y luego… luego Hugo cayó.
El mundo se inclinó sobre su eje. Sentí que las piernas me fallaban, y Adrián me sujetó antes de que cayera.
—No —susurré—. No puede ser. Mi padre no… él no haría daño a nadie. Él es… es mi padre.
—Lo sé —dijo Adrián, abrazándome con fuerza—. Pero las cámaras no mienten. Y ahora tenemos que averiguar por qué. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que descubra que sabemos la verdad.
Miré hacia la puerta del callejón, hacia el lugar donde minutos antes había estado Sergio, donde ahora parecía que mi propio padre había traicionado todo lo que creía conocer.
Y supe, con una certeza que me partió el alma, que el enemigo no había estado nunca fuera.
Había estado en casa. Todo el tiempo.