Diagnóstico: Tú Capítulo 16
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Capítulo 16

Adrián

Estaba furioso consigo mismo. Una furia fría, metódica, que se instaló en mi pecho desde el momento en que Candela salió de mi casa con esa expresión de decepción que no lograba sacarme de la cabeza.

El fin de semana había cambiado algo. Lo sabía con la certeza absoluta con la que sabía anatomía cardíaca.

Antes podía fingir que Candela era una complicación temporal, una distracción profesional molesta, un obstáculo en mi vida perfectamente ordenada.

Podía convencerme de que mi interés era puramente físico, una reacción química pasajera que se disiparía con el tiempo.

Pero ahora sabía la verdad.

La deseaba. Eso era evidente. Pero también la necesitaba cerca.

Necesitaba su risa sarcástica llenando los espacios vacíos de mi casa.

Necesitaba su caos organizado invadiendo mi orden militar.

Necesitaba la forma en que me miraba cuando creía que no me daba cuenta, como si viera algo en mí que yo mismo había olvidado que existía.

Y eso me enfurecía. Porque la necesidad es debilidad. Y la debilidad es peligrosa.

Lunes por la mañana. El hospital me exigía la máscara profesional, el doctor Ferrer imperturbable, el cirujano que no se distrae con sentimientos.

Me puse la bata blanca como quien se pone una armadura medieval, ajusté la expresión de hielo, y entré en mi consulta con la determinación de olvidar que existía una escritora con ojos verdes que me había mirado como si yo fuera un desastre adorable.

No funcionó.

Cada paciente me recordaba a ella. La señora que llevaba un vestido amarillo similar al de Candela.

El hombre que contaba chistes malos como los suyos.

Incluso el olor del café de la máquina me traía recuerdos de la cocina de mi casa, donde ella había intentado enseñarme a cocinar mientras se reía de mis intentos.

Cuando apareció en mi despacho a mediodía, no estaba preparado.

Entró sin llamar, como era su costumbre, con el pelo recogido en una coleta imperfecta y una expresión que mezclaba determinación y algo más que no logré descifrar. Llevaba una carpeta bajo el brazo y un portátil que dejó sobre mi mesa con un golpe seco.

—Tenemos que hablar —dijo, sin preámbulos.

—Estoy trabajando.

—Y yo he encontrado algo. Sobre Valeria Montoro.

El nombre me detuvo. Sentí que se me tensaba la mandíbula, un reflejo automático de defensa.

—¿Qué pasa con Valeria?

—He descubierto que se reunió con Mireia tres días antes de que empezara todo esto. Que tiene acceso a información privilegiada del hospital. Que...

—Valeria es una profesional excelente —la interrumpí, y mi voz salió más dura de lo que pretendía—. Es cardióloga, no una delincuente. Si se reunió con tu amiga, seguramente fue por motivos profesionales.

Candela me miró con los ojos entrecerrados.

—¿La estás defendiendo?

—Estoy siendo objetivo. Algo que tú pareces incapaz de ser cuando se trata de tus amigos.

—Y tú pareces incapaz de ver más allá de tu... —se detuvo, tragando las palabras—. ¿Por qué la defiendes tanto? ¿Es porque fue importante en tu vida? ¿Porque confiaste en ella? ¿O porque todavía sientes algo por ella?

La pregunta me pilló desprevenido. No por su contenido, sino por el tono. Había algo ahí, una vibración que reconocí instintivamente. Celos.

Candela estaba celosa. De Valeria. De una mujer con la que había compartido profesión y poco más, pero que evidentemente ella veía como una amenaza.

Y por primera vez en mi vida, sentí el impulso de sonreír ante una situación así. Porque era absurdo. Porque era adorable. Porque significaba que ella también sentía algo, aunque fuera tan incapaz de admitirlo como yo.

—¿Estás celosa, doctora Navarro? —pregunté, inclinándome hacia atrás en la silla con una calma que sabía que la irritaría.

—¡Por supuesto que no!

—Mentira. —Dejé que mi sonrisa se asomara, esa sonrisa pequeña que ella odiaba—. Estás celosa. Te molesta pensar que Valeria y yo...

—No me molesta —mentía tan evidentemente que casi me hizo reír—. Me molesta que seas incapaz de ver la verdad porque tienes... tienes...

—¿Qué?

—¡Debilidad por ella!

Esta vez sí me reí. Una carcajada breve, sorprendida, que resonó en el despacho y la hizo callar de golpe.

—No es gracioso —dijo, con el labio inferior temblando ligeramente.

—Es divertido —corregí, levantándome y acercándome a ella—. Valeria y yo fuimos colegas. Nada más. Compartimos conferencias, artículos, alguna cena de trabajo. No hay... —cogí su barbilla entre mis dedos, obligándola a mirarme— no hay nada de lo que debas preocuparte.

Ella apartó la cara, pero vi que se sonrojaba. Vi que mis palabras la habían afectado, aunque se negara a admitirlo.

—Esto no es sobre celos —dijo, recuperando la compostura—.

Es sobre hechos. He descubierto que Valeria tuvo acceso a información médica relacionada con tu investigación de hace doce años.

La que están usando para atacarte. Tuvo acceso a los servidores del hospital de Barcelona donde trabajaste. A los expedientes originales.

La diversión se evaporó. Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Cómo lo sabes?

—Tengo mis métodos. —Abrió el portátil y mostró una pantalla con registros de acceso—. Hace seis meses, cuando todavía trabajaba allí, solicitó copias de los expedientes de tu estudio. El mismo estudio que ahora dicen que ocultaste resultados.

Miré la pantalla. Los números, las fechas, los códigos de acceso. Todo parecía correcto. Demasiado correcto.

—No significa que sea culpable —dije, pero mi voz carecía de convicción.

—No. Pero abre una posibilidad. —Candela cerró el portátil—. Y eso es lo que temes, ¿verdad? Que alguien en quien confiaste esté detrás de esto.

Me quedé callado. Porque tenía razón. Estaba atrapado entre la razón, que me decía que debía considerar a Valeria como sospechosa, y la confianza, que me gritaba que no podía ser ella, que la conocía, que era imposible.

—Necesito tiempo —dije finalmente.

—No tenemos tiempo. —Recogió sus cosas—. Mireia ha desaparecido desde ayer. No contesta el teléfono. Y ahora resulta que estuvo con Valeria justo antes de que todo esto empezara. ¿No ves el patrón?

—Candela...

—Te veré luego, doctor Ferrer. Cuando decidas si prefieres proteger a tu excolega o descubrir la verdad.

Salió de mi despacho dejando un silencio denso que me resultó asfixiante.

Pasé el resto del día en una neblina. Operé un bypass con la precisión automática de quien lleva años haciéndolo, pero mi mente estaba en otra parte. En Valeria. En los registros de acceso. En la imposibilidad de que ella estuviera involucrada.

Pero también estaba en Candela. En su expresión cuando hablaba de Valeria. En su celo. En su determinación de proteger a su amiga, aunque todas las pruebas apuntaran en otra dirección.

Era extraño. Yo era el hombre de la evidencia, de los hechos objetivos, de la lógica implacable. Pero ella... ella era capaz de ver más allá de las pruebas. De intuir conexiones que yo no veía. De confiar cuando yo solo sabía sospechar.

Y esa noche, cuando apareció en mi casa, supe que estaba perdido.

Sonó el timbre a las diez. Llevaba puesto un vestido azul oscuro que no había visto antes, y tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Pero su voz era firme cuando habló.

—No quiero discutir —dijo, entrando sin esperar invitación—. Quiero hablar.

—Entra.

La llevé al salón. Encendí una lámpara tenue. El silencio entre nosotros era diferente al de la mañana. Cargado de algo más pesado.

—El fin de semana —empezó ella, sentándose en el borde del sofá—. Lo que pasó. Fue... fue importante, Adrián. Para mí.

—Para mí también —admití, sentándome a su lado, manteniendo una distancia prudente.

—Pero no sé qué hacer con eso. No sé cómo encajarlo en… en todo esto. En la investigación, en los sospechosos, en el caos.

—Yo tampoco lo sé.

Nos miramos. Y por primera vez, vi vulnerabilidad en sus ojos. No la máscara de sarcasmo, no la armadura de la escritora exitosa. Solo Candela. Asustada. Confusa.

—No sé manejar esto —dije, y la confesión me costó más que cualquier cirugía—. No sé cómo se hace. Las relaciones normales. Los fines de semana juntos. El... el día a día.

Ella se rio. No una carcajada, sino una risa suave, casi triste.

—Por supuesto que no —dijo—. Tú pareces más cómodo salvando corazones que dejando que alguien tenga el tuyo.

La frase me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Porque era verdad. Dios, cómo era verdad.

Había pasado quince años construyendo muros alrededor de mi corazón, convencido de que, si lo protegía suficientemente, no volvería a sentir el dolor que sentí cuando perdí a Daniel. Me había convertido en un experto en salvar los corazones de otros mientras el mío se atrofiaba lentamente.

—Candela...

—No digas nada. —Se acercó, tomando mi mano entre las suyas—. Solo... solo quiero que sepas que estoy aquí. Aunque sea un desastre. Aunque no sepamos qué estamos haciendo.

Estaba a punto de responder. A punto de decirle que ella era lo mejor que me había pasado en años, que quería intentarlo, que estaba dispuesto a derribar los muros si ella me ayudaba.

Pero el teléfono sonó.

El tono era el de mi abogado, Rovira. Contesté con el corazón acelerado, temiendo otra filtración, otra denuncia.

—Adrián —la voz de Rovira sonaba agitada, algo que nunca había escuchado en él—. Acabo de recibir una llamada de la comisaría.

—¿Qué pasa?

—Es sobre Mireia Campos. La amiga de Candela.

Miré a Candela, que me observaba con los ojos abiertos, preguntándose qué pasaba.

—¿Qué ocurre con ella?

—Ha desaparecido. No aparece desde ayer. Y la policía... —hizo una pausa—. La policía quiere hablar con Candela. Ha sido la última persona que habló con ella por teléfono. La última en verla con vida.

El teléfono se me escapó de la mano, cayendo sobre el sofá con un ruido sordo.

Candela se puso pálida. Literalmente perdió el color de su rostro, convirtiéndose en un fantasma de sí misma.

—¿Adrián? —su voz era un hilo—. ¿Qué pasa?

—Mireia —dije, y mi voz sonó extraña, lejana—. Ha desaparecido. Y la policía... quiere interrogarte.

Ella se levantó de golpe, tambaleándose. La atrapé antes de que cayera, sosteniéndola por los hombros, sintiendo cómo temblaba bajo mis manos.

—No puede ser —murmuró—. Hablé con ella ayer. Estaba bien. Estaba...

—¿Qué le dijiste? —pregunté urgente—. ¿Qué le dijiste en esa llamada?

—Que quería hablar con ella. Y ella... ella dijo que iba a venir a casa.

—¿Y fue?

—No. —La voz se le quebró—. Nunca llegó.

Sentí que el frío de la situación me recorría la espalda. Mireia había desaparecido después de que Candela la confrontara sobre Valeria. Después de que ella supiera que estábamos investigando.

Y ahora la policía quería hablar con Candela.

—Llama a tu abogado —dije, tomando el mando—. Ahora. Y no digas nada sin que esté presente.

—¿Crees que...? —no pudo terminar la frase.

—No sé qué pensar —dije, y era la verdad—. Pero sé que esto se ha puesto muy peligroso. Y que ahora eres la última persona que habló con la principal sospechosa antes de su desaparición.

Candela se dejó caer contra mí, y la abracé con fuerza, sintiendo su corazón latiendo desbocado contra mi pecho.

—Tengo miedo —susurró.

—Yo también —admití, y fue la primera vez en años que reconocía el miedo en voz alta.

Pero mientras la sostenía, mientras sentía su cuerpo temblar entre mis brazos, supe una cosa con absoluta certeza: fuera lo que fuera que estuviera pasando, fuera quién fuera el enemigo, no dejaría que le hicieran daño.

La había perdido una vez por mi estupidez, por mi incapacidad de confiar. No la perdería de nuevo.

—Vamos —dije, apartándome suavemente, pero manteniendo sus manos entre las mías—. Vamos a la comisaría. Juntos.

Ella asintió, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, y por primera vez desde que nos conocíamos, no discutió. No protestó. Solo confió.

Y mientras salíamos hacia el coche, mientras la noche valenciana nos envolvía con su calor pegajoso, supe que habíamos cruzado un punto de no retorno.

La investigación ya no era solo sobre mi reputación. Ahora era sobre nuestras vidas.