Capítulo 17
Candela
El mundo se tambaleaba bajo mis pies como si el suelo de Valencia hubiera decidido convertirse en gelatina.
Estaba sentada en una sala de la comisaría con una taza de café frío entre las manos, intentando procesar la información que el inspector Ruiz acababa de soltarme sin miramientos, como quien tira un saco de cemento sobre una mesa de cristal.
Hugo, mi editor. El hombre que me había visto llorar cuando mi primera novela fue rechazada por tres editoriales distintas, el que me había traído sushi a medianoche cuando estaba bloqueada escribiendo el final de Amores Imposibles , el que me había defendido cuando la editorial quería cambiar el final de Bésame en París porque no era lo suficientemente comercial.
—El señor Sempere abandonó su despacho ayer por la tarde —decía el inspector, con una voz monocorde que debía de ser producto de ver demasiados episodios de series policiacas—.
Dejó atrás documentos relacionados con la investigación médica del doctor Ferrer.
Expedientes confidenciales, copias de denuncias, información privilegiada.
Negué con la cabeza, sintiendo que la taza se me escapaba entre los dedos sudorosos.
—Eso no tiene sentido. Hugo odia el papel. Es obsesivo con lo digital. Nunca dejaría documentos físicos, sería demasiado... demasiado descuidado para él.
El inspector arqueó una ceja, como si mi defensa del método de trabajo de Hugo fuera prueba de mi culpabilidad.
—También hemos encontrado su huella dactilar en algunos de esos papeles, señorita Navarro.
—Porque es su despacho —casi grité—. Porque trabaja allí. Porque...
—Señorita Navarro —interrumpió una voz familiar detrás de mí.
Me giré. Adrián estaba en la puerta, con el traje arrugado y los ojos de quien no había dormido en días. Había venido. A pesar de todo, a pesar de nuestra discusión sobre Valeria, de mi salida enfurecida de su casa, había venido.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el inspector.
—Soy médico forense consultor de la comisaría —mentía Adrián con una naturalidad que me sorprendió—. Y también abogado de la señorita Navarro. Nada de lo que diga será válido sin mi presencia.
El inspector pareció dudar, pero finalmente asintió y salió de la sala, dejándonos solos.
—No eres abogado —susurré.
—No. Pero soy médico, y tengo contactos aquí. —Se sentó a mi lado, manteniendo una distancia prudente—. ¿Estás bien?
—No —respondí, y la honestidad me supo a gloria—. Estoy hecha un desastre. Hugo es... es Hugo. Puede ser exigente, controlador, obsesionado con los plazos hasta el punto de mandarte mensajes a las tres de la mañana preguntando si ya has escrito el capítulo catorce. Pero no es un traidor. No es...
—No es lo que parece —terminó él, y su voz tenía un matiz que no logré descifrar.
—¿Me crees? —pregunté, sorprendida.
—Creo que conoces a Hugo mejor que nadie. Y si dices que algo no encaja, entonces algo no encaja.
Nos miramos durante unos segundos. La tensión entre nosotros era diferente ahora. No era la hostilidad de antes, ni la pasión del fin de semana. Era algo más peligroso: una tregua basada en la necesidad mutua.
El inspector volvió con más noticias, y esta vez fueron peores.
—Señorita Navarro, tenemos información sobre su amiga Mireia Campos. Ha desaparecido. Su coche fue encontrado abandonado cerca de la autovía. No hay rastro de ella. Y usted... —hizo una pausa— fue la última persona con la que habló por teléfono antes de salir de su casa.
Sentí que el suelo se abría de verdad. No era metáfora ahora. Era una caída real hacia un abismo oscuro donde no había fondo.
—¿Mireia? —mi voz salió como un susurro roto—. ¿Desaparecida?
—Sus padres han denunciado su desaparición hace dos horas. No contesta el móvil. No ha aparecido en el trabajo. Y según sus registros telefónicos, usted habló con ella ayer por la tarde. Durante cuarenta minutos.
Cuarenta minutos. Recordaba cada segundo de esa llamada. Le había dicho que sabía lo de Valeria. Le había pedido explicaciones. Y ella había dicho que venía a mi casa. Que me contaría todo.
Pero nunca llegó.
—Necesito salir de aquí —dije, levantándome de golpe—. Necesito encontrarla. Necesito...
—Candela —Adrián cogió mi mano, firme pero suave—. Tranquila. Vamos a averiguar qué está pasando. Pero necesitas calmarte.
—¿Cómo quieres que me calme? —grité, y las lágrimas finalmente brotaron—. ¡Mi mejor amiga ha desaparecido, mi editor es sospechoso de conspirar contra ti, y tú y yo...! —me detuve, tragando saliva—. Y tú y yo no sabemos ni siquiera si podemos confiar el uno en el otro.
Adrián me miró con una intensidad que me detuvo. Y entonces hizo algo inesperado: me abrazó. En medio de la comisaría, con el inspector mirando y probablemente pensando que éramos unos lunáticos, me estrechó contra su pecho y me dejó llorar.
—Confía en mí —susurró contra mi pelo—. Solo por ahora. Solo hasta que sepamos la verdad.
Y lo hice. Porque no tenía otra opción. Porque estaba demasiado rota para seguir luchando sola.
Pasamos las siguientes horas revisando papeles, analizando cronologías, intentando encontrar patrones.
Adrián trabajaba con una eficiencia que me recordaba por qué era uno de los mejores cirujanos de España: metódico, preciso, incapaz de dejarse llevar por las emociones cuando había un puzle que resolver.
Pero mientras trabajábamos, descubrimos algo que nos heló la sangre a ambos.
No se trataba solo de destruir la carrera de Adrián.
No se trataba solo de manchar su reputación o hacerle perder su licencia médica.
Alguien estaba sistemáticamente intentando destruir las relaciones de confianza que tenía.
Valeria, su ex colega de confianza. Mireia, mi mejor amiga.
Hugo, mi editor. Todos los que de alguna forma estaban conectados con nosotros estaban siendo arrastrados al barro.
—El objetivo no es tu carrera —dije, mirando el tablero que habíamos creado con fotos e hilos de colores—. El objetivo eres tú. Dejarte solo. Aislarlo completamente.
Adrián se quedó quieto, con el marcador suspendido en el aire. Y vi algo en sus ojos que me partió el corazón: reconocimiento.
—Llevo años así —dijo, y su voz era casi inaudible—. Solo. Desde que murió Daniel, desde que Elena se fue... he construido muros tan altos que nadie podía escalarlos. Y ahora... —dejó caer el marcador—... y ahora alguien está demoliendo los puentes que quedaban.
Esa noche volvimos a su casa. No discutimos sobre ello, simplemente sucedió. Necesitábamos un lugar seguro, un espacio donde pensar, y la casa de Benimaclet parecía demasiado expuesta ahora que sabíamos que Mireia había desaparecido camino de allí.
Adrián preparó té, té, no café, como si supiera que mis nervios no podían soportar más cafeína, y yo deambulé por el salón, incapaz de sentarme. Mis ojos recorrieron las paredes vacías, los muebles de diseño impolutos, la ausencia total de vida personal.
Y entonces vi la caja.
Estaba en el fondo de una estantería, medio escondida detrás de unos libros de medicina. Una caja de cartón antigua, de esas que se usan para mudanzas, con la etiqueta «DANIEL» escrita con rotulador permanente.
—¿Qué es esto? —pregunté, señalándola.
Adrián se quedó quieto. Por un momento pensé que me pediría que no la tocara, que volvería a cerrarse como un mecanismo de defensa.
Pero en lugar de eso, suspiró y se acercó.
—Cosas de mi hermano —dijo, abriendo la caja con cuidado—. He intentado tirarla mil veces. Nunca he podido.
Sentamos en el suelo, con la caja entre nosotros, y Adrián empezó a sacar fotografías.
No eran las fotos de un hombre frío y controlado.
Eran de un chico joven, sonriente, con el pelo revuelto y los ojos llenos de vida.
Había fotos de Adrián y Daniel juntos, en la playa, en montañas, con sus padres sonrientes, con amigos que ahora no estaban en su vida.
—No siempre fui así —dijo Adrián, mirando una foto donde aparecía con unos veinte años, riendo a carcajadas mientras su hermano le hacía una llave de cabeza—. Antes era... era como tú. Caótico. Feliz. Creía en la gente.
—Daniel murió —dijo, y la sencillez de la frase contenía océanos de dolor—.
Y después Elena se fue. Y entonces entendí que amar significaba perder.
Que cuanto más dejabas que alguien entrara en tu vida, más te dolía cuando se iba.
Así que decidí centrarme en lo único que no podía fallarme: la medicina.
Los corazones en una mesa de operaciones no te abandonan. No te mienten. No te rompen.
Miré las fotos, viendo al Adrián que podría haber sido, y de repente entendí todo.
Entendí por qué se había convertido en ese hombre de hielo.
No era porque no sintiera. Era porque sentía demasiado.
Su mayor miedo no era enamorarse. Era sufrir otra pérdida.
Era volver a sentir lo que sintió cuando enterró a su hermano.
—Adrián...
—Lo sé —dijo, sin dejarme terminar—. Sé que es patético. Que soy un cobarde que se esconde detrás de una bata blanca.
—No —me acerqué a él, tomando su rostro entre mis manos—. No eres un cobarde. Eres alguien que tuvo demasiado miedo. Y eso es diferente.
Nos miramos durante largos segundos. Y por primera vez desde que nos conocíamos, no discutimos.
No hubo sarcasmos, no hubo defensas, no hubo competencia por ver quién tenía razón.
Simplemente nos abrazamos. Un abrazo largo, profundo, en el que enterré mi cara en su cuello y sentí su corazón latiendo contra el mío.
La conexión entre nosotros creció en ese momento. No fue sexual, aunque la química siempre estaba ahí. Fue algo más profundo. Fue el reconocimiento mutuo de dos almas rotas que habían decidido intentar arreglarse juntas.
—Quédate —susurró Adrián contra mi pelo—. Esta noche. Mañana enfrentaremos lo que venga. Pero esta noche, quédate.
Asentí, sin separarme de él. Y por un momento, me permití creer que podíamos tener esto. Que podíamos ser simplemente dos personas abrazándose en medio del caos.
Pero el universo tenía otros planes.
Mi teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje. Lo saqué con una mano temblorosa, sin soltar a Adrián con la otra.
Era un número desconocido. Un bloque de texto breve que me heló la sangre:
«Pregúntale a Adrián qué pasó realmente hace seis años. Antes de que confíes ciegamente en él, asegúrate de conocer toda la verdad.»
Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Las palabras bailaban ante mis ojos, pero su significado era claro.
Alguien estaba jugando con nosotros. Alguien que sabía cosas. Y por primera vez, mirando a Adrián, sintiendo su calor contra mí, me pregunté si quizá... solo quizá... yo tampoco conocía toda la verdad sobre el hombre que estaba empezando a amar.
El mensaje se quedó flotando en la pantalla de mi móvil, como una sentencia pendiente, mientras la noche caía sobre nosotros llena de sombras que ahora parecían sospechosas.
Y por primera vez, el miedo volvió a mi pecho. Pero esta vez no era por Mireia, ni por Hugo, ni por la investigación.
Era por lo que Adrián podía estar ocultando. Y por lo que yo estaba a punto de descubrir.