Diagnóstico: Tú Capítulo 15
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Capítulo 15

Candela

Desperté con la luz de la mañana filtrándose entre las cortinas de Adrián, y por unos segundos, me sentí simplemente feliz.

Mi cuerpo aún conservaba la calidez de su piel, la memoria de sus manos, el eco de su respiración contra mi cuello.

Era una felicidad física, casi dolorosa, que irradiaba desde el centro de mi pecho hasta las puntas de los dedos.

Demasiado feliz.

La sensación me sobresaltó. Como si estuviera cayendo desde una gran altura sin saber si había red para atraparme.

Porque la noche anterior, mientras la tormenta caía sobre Valencia y nosotros nos fundíamos en la terraza, había descubierto algo que no quería admitir en voz alta: Adrián Ferrer no era solo un hombre atractivo que me sacaba de quicio.

Era alguien que conseguía verme. Realmente verme.

Con todas mis contradicciones, mi sarcasmo defensivo, mi caos organizado, y aun así...

seguía ahí. No huía. No me trataba como si fuera demasiado complicada.

Me giré en la cama esperando encontrarle dormido a mi lado, con esa expresión serena que se dibujaba cuando no estaba controlando cada segundo de su existencia. Pero el lado de la cama estaba vacío. Frío. Había estado levantado ya un rato.

—Adrián —llamé, incorporándome.

Apareció en la puerta vistiéndose la camisa. La expresión de su rostro me heló la sangre. No era el hombre de hacía horas, relajado y satisfecho. Era el doctor Ferrer. El cirujano. El hombre de hielo.

—Necesito hablar contigo —dijo, y su voz tenía un tono que no logré descifrar.

—¿Qué ocurre? —El nudo en el estómago que había desaparecido durante la noche volvió con fuerza.

Se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia que me dolió físicamente. Cruzó las manos entre las rodillas, una postura que reconocí: la adoptaba cuando tenía que dar malas noticias a familiares en el hospital.

—La investigación interna del hospital ha avanzado —empezó, sin mirarme a los ojos—. Tenemos acceso a los registros de entradas, a las IP de los dispositivos que accedieron a los servidores desde dentro del centro.

—¿Y? —Mi voz salió más aguda de lo que pretendía.

—Y… —hizo una pausa, y finalmente me miró— apunta a alguien cercano a ti, Candela. A Mireia.

El nombre cayó entre nosotros como un jarro de agua helada.

—¿Mireia? —repetí, incrédula—. ¿Mi Mireia? ¿Mi mejor amiga desde los catorce años?

—Hay registros de su teléfono móvil conectándose a la red interna del hospital en horarios sospechosos. El mismo día que se filtró la información a la prensa. La misma noche que modificaron los documentos de la investigación de hace doce años.

—Eso es absurdo —me levanté de la cama, buscando mi ropa a tientas, como si vestirme pudiera protegerme de lo que estaba escuchando—. Mireia es contable. Trabaja en una gestoría del centro. No tiene ni idea de medicina, ni de informática, ni de...

—Candela, escúchame —me interrumpió, levantándose también—. No he terminado. Hay algo más. Al revisar los accesos, hemos encontrado conexiones con el despacho de Hugo Sempere. Su ordenador. Su cuenta de usuario.

Me quedé inmóvil. El mundo pareció inclinarse ligeramente sobre su eje.

—¿Hugo? ¿Mi editor?

—Hay documentos filtrados que salieron desde su terminal.

Desde su oficina en la editorial. —Adrián se acercó, intentando tocarme, pero yo me aparté—.

No sé qué está pasando. No sé si Mireia y Hugo están trabajando juntos, o si uno de ellos está utilizando al otro, o si...

—se detuvo, frustrado—. Pero las pruebas están ahí.

Sentí que las piernas me fallaban. Me senté de golpe en el borde de la cama.

Mireia. Hugo. Las dos personas que habían estado en mi vida desde antes de que nadie creyera en mí como escritora.

Mireia, que me había prestado su apartamento cuando no tenía donde vivir después de la ruptura con Sergio.

Hugo, que había apostado por mi primera novela cuando otras editoriales me rechazaban diciendo que el mercado de la comedia romántica estaba saturado.

—No puede ser —murmuré, más para mí misma que para él—. No pueden ser ellos. Tiene que ser un error. Una coincidencia. Alguien utilizando sus cuentas, sus...

—Candela —Adrián se agachó frente a mí, tomando mis manos entre las suyas—. Entiendo que te cueste creerlo. Yo también quiero pensar que hay otra explicación. Pero debes entender que alguien está intentando destruirme, y esa persona tiene acceso a tu círculo más cercano. No puedo ignorar eso.

Lo miré. Realmente lo miré. Y vi algo en sus ojos que me aterrorizó: sospecha. No solo hacia Mireia o Hugo. Era una sospecha generalizada, un escudo de desconfianza que llevaba años construyendo.

—¿Tú crees que son culpables? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente calmada.

—Creo que no puedo permitirme descartar ninguna posibilidad.

—Incluyendo que mi mejor amiga y mi editor estén conspirando para destruirte.

—Incluyendo eso, sí.

Me levanté de golpe. La rabia me invadió con una intensidad que me sorprendió.

—¡No puedes vivir así! —exclamé—. ¡Sospechando de todo el mundo, viendo amenazas en cada esquina, creyendo que nadie es de fiar! Eso no es vivir, Adrián. Eso es... sobrevivir. Y es horrible.

Él se enderezó. Su expresión se cerró, se volvió fría.

—Y tu forma de vivir es mejor, ¿no? —respondió, y el filo en su voz me cortó—. Confiando ciegamente en la gente, dejando que te pisoteen, creyendo que todo el mundo tiene buenas intenciones. ¿Dónde te ha llevado eso, Candela? ¿A Sergio? ¿A gente que te ha utilizado?

—¡Al menos he vivido! —grité—. ¡Al menos me he arriesgado! ¡No me he escondido detrás de una armadura de hielo como tú!

—Esa armadura —dijo, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso— es lo que me ha permitido llegar donde estoy. Es lo que me ha permitido salvar cientos de vidas. Si hubiera sido como tú, confiando, abierto, vulnerable... no habría sobrevivido ni un año en este oficio.

—Entonces quizás no merece la pena —dije, y las palabras me salieron antes de poder detenerlas—. Quizás prefiero ser vulnerable y feliz que fuerte y solo.

Nos miramos durante largos segundos. La distancia entre nosotros parecía haberse convertido en un abismo.

El hombre que había estado conmigo la noche anterior, el que había reído mientras quemábamos tortillas, el que me había mirado como si yo fuera su centro gravitatorio, había desaparecido.

En su lugar estaba el doctor Ferrer. El extraño.

—Debería irme —dije, recogiendo mis cosas con movimientos bruscos.

—Candela, espera...

—No, Adrián. No puedo estar aquí. No puedo mirarte y ver que sospechas de las personas que más quiero en el mundo. No sin pruebas definitivas. No sin...

—¿Sin qué?

—Sin saber si alguna vez serás capaz de confiar en alguien. —Cogí mi bolso y me dirigí a la puerta—. Incluyéndome a mí.

Salí de su casa sin mirar atrás. El sol de la mañana me golpeó con una ironía cruel: hacía un día espléndido, y yo me sentía como si el mundo se estuviera derrumbando.

Llegué a mi casa en Benimaclet hecha un manojo de nervios. Taco y Chorizo me recibieron con sus ronroneos habituales, pero ni siquiera ellos lograron calmarme. Estaba sentada en el patio, mirando fijamente el limonero, cuando sonó el timbre.

Era Hugo. Llevaba gafas de sol, a pesar de que apenas eran las diez de la mañana, y tenía una expresión que no logré interpretar.

—¿Has hablado con él? —preguntó, sin saludar.

—¿Con Adrián? Sí.

—¿Te ha contado lo de Mireia?

—Y lo tuyo —dije, mirándolo fijamente—. Dice que hay pruebas de que documentos se filtraron desde tu ordenador.

Hugo se quitó las gafas y suspiró. Se sentó en la hamaca sin que le invitara, con el gesto cansado de quien lleva semanas sin dormir.

—Candela, escúchame. No sé qué está pasando. No sé quién está utilizando mi cuenta o mi ordenador. Pero necesito que seas cuidadosa. Este hombre... —hizo una pausa— este médico con el que te has involucrado, no es lo que parece.

—¿Qué significa eso?

—Significa que lleva años protegiéndose detrás de una armadura, como dices tú. Significa que ve enemigos donde no los hay. Significa que está tan obsesionado con su propia persecución que podría estar fabricando pruebas sin darse cuenta.

—¿Estás diciendo que Adrián está montando todo esto?

—Estoy diciendo que el hombre está herido, Candela. Y los hombres heridos son peligrosos. —Se inclinó hacia adelante—. Te estás enamorando de él. Lo veo en cómo hablas de él, en cómo te iluminas cuando mencionas su nombre. Pero ten cuidado. No dejes que su paranoia te contamine.

Quise defender a Adrián. Quise decirle a Hugo que no entendía nada, que Adrián tenía razones para sospechar, que alguien realmente intentaba destruirlo.

Pero las palabras se atascaron en mi garganta.

Porque una parte de mí, la parte que había visto cómo Adrián cerraba el pico de golpe cuando mencionaba la sospecha, sabía que Hugo tenía algo de razón.

—Necesito averiguar la verdad —dije finalmente.

—Candela...

—No voy a creer que Mireia sea culpable solo porque un ordenador diga que sí. Y no voy a creer que tú seas un traidor porque Adrián lo diga. Voy a investigar por mi cuenta.

Hugo me miró durante largos segundos. Finalmente, asintió.

—Ten cuidado. Y si descubres algo... llámame. Antes que a él.

Se fue dejando una sensación de inquietud que no logré sacudirme. Pasé el resto de la mañana sentada frente a mi portátil, con dos gatos sobre el teclado y una determinación que me venía de las entrañas.

No iba a dejar que nadie destruyera mi mundo. No iba a permitir que la sospecha destruyera años de amistad sin pruebas definitivas.

Empecé por lo básico. Revisé los correos de Mireia, tenía acceso a su cuenta antigua de la universidad donde aún compartíamos algunas suscripciones, buscando algo raro. Nada. Revisé sus redes sociales, sus movimientos, sus fotografías recientes. Todo normal. Demasiado normal.

Fue entonces cuando recordé algo. Una conversación telefónica hacía tres semanas. Mireia había mencionado una reunión extraña con alguien del sector editorial. Algo sobre oportunidades profesionales que no había querido detallar. En aquel momento no le di importancia, pero ahora...

Busqué en su calendario compartido, teníamos uno para recordar cumpleaños y eventos, y encontré la fecha. Tres días antes de que apareciera la primera denuncia contra Adrián.

Y entonces encontré la foto.

Estaba en su carpeta compartida, una foto que había subido sin darse cuenta, o quizás creyendo que yo no la vería.

Mostraba una mesa de café con dos tazas.

En el borde de la imagen, reflejada en el cristal de una ventana, se veía la silueta de una mujer.

Pelo oscuro, porte elegante, un gesto autoritario incluso en el reflejo borroso.

Amplié la imagen hasta que pude leer lo que estaba escrito en el reverso de una tarjeta de visita que asomaba del bolso de Mireia. Un nombre.

Valeria Montoro.

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. La ex de Adrián. La cardióloga perfecta, sofisticada, la mujer que había aparecido en la terraza del restaurante como si fuera la dueña del mundo.

¿Qué hacía Mireia, reunida con Valeria Montoro, tres días antes de que empezara el acoso contra Adrián?

Mi mano temblaba cuando cogí el teléfono. Quería llamar a Adrián, contarle lo que había encontrado, pedirle que explicara quién era realmente Valeria, qué relación tenía con todo esto.

Pero me detuve. Porque si llamaba a Adrián, él vería confirmadas sus sospechas. Vería traición en cada rincón. Y si Mireia estaba siendo utilizada, si era inocente, si Valeria la había manipulado de alguna forma...

Necesitaba saber más antes de actuar. Necesitaba hablar con Mireia. Confrontarla con lo que sabía. Escuchar su versión antes de que el mundo de Adrián la convirtiera en una villana de novela negra.

Guardé la imagen en mi móvil. Miré el patio, el limonero, los gatos que dormían al sol.

Y supe que estaba metiéndome en algo peligroso. Que estaba eligiendo creer en la inocencia de mi amiga cuando todas las señales apuntaban en otra dirección.

Pero también supe que no podía hacer otra cosa. Porque si dejaba que la desconfianza ganara, si permitía que Adrián convirtiera a todo mi mundo en sospechoso, entonces él habría ganado. No el enemigo real. Sino el miedo.

Y yo no estaba dispuesta a vivir con miedo.

Abrí la puerta del patio. El aire de julio me golpeó con su calor húmedo. Saqué el móvil y busqué el contacto de Mireia.

—Hola —dije cuando contestó—. Necesito verte. Es urgente.

—¿Qué pasa, Candi? Suenas rara.

—Te explico cuando vengas. Ven a casa. Y Mireia... —hice una pausa, sintiendo el peso de lo que iba a decir— si tienes algo que contarme, algo que debería saber, mejor que sea ahora. Porque he encontrado tu nombre en lugares donde no debería estar. Y necesito que me expliques por qué.

El silencio al otro lado de la línea duró una eternidad.

—Voy para allá —dijo finalmente, y colgó.

Me quedé mirando el teléfono, con el corazón latiendo contra las costillas, con la certeza de que estaba a punto de descubrir algo que cambiaría todo.

Y por primera vez desde que había conocido a Adrián Ferrer Montesinos, deseé que su desconfianza resultara ser solo paranoia. Que Mireia tuviera una explicación lógica. Que Valeria Montoro fuera solo una coincidencia.

Porque si no...

Si no, significaba que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba. Y que yo había estado ciega durante todo el tiempo.