Capítulo 14
Adrián
El sábado se desvanecía con una lentitud que me resultaba extraña.
No estaba acostumbrado a los fines de semana sin prisa, sin alarmas, sin la urgencia del hospital.
Pero con Candela, el tiempo parecía expandirse, llenándose de pequeños momentos que antes habría ignorado: el sonido de su risa mientras secaba los platos, la forma en que se mordía el labio cuando concentrada, el calor de su cuerpo contra el mío en el sofá.
A las ocho, pedimos comida. No iba a intentar cocinar de nuevo, tenía suficiente autoestima como para reconocer que la paella había sido un golpe de suerte, así que opté por algo más seguro: comida asiática de un restaurante tailandés que conocía del barrio.
—¿ Dim sum de gambas? —preguntó Candela, mirando el menú por encima de mi hombro—. ¿Y pad thai de pollo? Y esos noodles picantes, que pican pero no matan.
—¿Segura que no matan? —reí—. Tú eres de las que pide picante y luego bebe tres litros de agua.
—Soy valiente. Y, además, quiero probar esos rollitos de primavera. Y el curry verde. Y el arroz frito con piña.
—¿Vamos a pedir para un regimiento?
—Tengo hambre —dijo, y su tono insinuó que no era solo de comida—. Además, compartimos. Así es más romántico.
Pedimos media carta del restaurante. Cuando llegó el repartidor una hora después, tuve que hacer dos viajes para subir todas las cajas de cartón que desprendían aromas a jengibre, limoncillo y especias desconocidas.
Instalamos la cena en el jardín. Extendí una manta sobre el césped perfectamente podado, que Candela había criticado por parecer un campo de golf militar, y encendí las luces de guirnalda que colgaban entre los árboles.
La noche de julio era cálida, con una brisa suave que traía el olor de las buganvillas que ella había insistido en regar esa tarde.
—Esto es... —Candela se sentó cruzando las piernas, mirando alrededor—. Esto es demasiado romántico, Adrián. Las luces, el jardín, la comida tailandesa. Vas a arruinar tu reputación de hombre insufrible.
—Estoy de baja —dije, abriendo una caja de dim sum —. Hoy no soy el doctor Ferrer. Soy solo... yo.
—¿Y quién eres tú? —preguntó, tomando un rollito con los palillos.
—Alguien que quiere pasar el rato contigo. Sin etiquetas. Sin profesiones.
Ella sonrió, y esa sonrisa iluminó más que todas las guirnaldas juntas.
Comimos con las manos, compartiendo los platos, peleando por el último dumpling de cerdo, riendo cuando el picante de los noodles nos hizo lagrimear.
Candela se chupaba los dedos con una naturalidad que me resultaba erótica sin intentarlo, y yo me encontraba mirándola más de lo que miraba la comida.
—Dime algo —dije, abriendo una botella de vino blanco que había estado enfriando—. Algo que no sepa de ti.
—¿Como qué?
—No sé. Algo vergonzoso. Algo que solo cuentas después de varios meses de conocer a alguien.
Candela cogió su copa de vino, bebió un sorbo, y me miró con una expresión que no logré interpretar.
—¿Sergio? —preguntó.
El nombre cayó entre nosotros como una piedra. Sentí que se me tensaba la mandíbula, pero intenté mantener la expresión neutral.
—Si quieres contarme...
—Quiero. —Hizo una pausa, mirando el líquido ambarino de su copa—.
Sergio y yo estuvimos juntos dos años. Dos años en los que yo era...
una versión de mí misma que no me gusta recordar.
Pequeña. Insegura. Dispuesta a perdonar cualquier cosa con solo que me mirara con esos ojos y me dijera que me quería.
Me serví vino también, esperando a que continuara.
—Me engañó. Varias veces. Siempre lo supe, o al menos lo intuía, pero me convencía de que era paranoia mía.
Que era mi inseguridad. Que los hombres así...
—suspiró— que necesitaban espacio, libertad, que no significaba nada.
Hasta que un día lo pillé con una chica en su estudio.
Fotógrafa, como él. Rubia, por supuesto. Con las piernas que yo no tengo.
—Candela...
—No, déjame terminar. —Levantó la mano—.
Lo peor no fue el engaño. Lo peor fue que cuando lo confronté, él me dijo que era culpa mía.
Que yo era demasiado intensa, demasiado dependiente, que mi trabajo como escritora no era un trabajo de verdad, que pasaba demasiado tiempo en mundos imaginarios y no lo suficiente cuidándole a él.
Y yo... —su voz se quebró un poco— yo le creí.
Durante meses, creí que había arruinado la relación por ser yo misma.
Sentí una rabia intensa, caliente, que recorrió mi columna vertebral. Quería encontrar a ese tipo, a ese Sergio, y explicarle con detalle exactamente qué podía hacer con sus disculpas.
—No fue culpa tuya —dije, y mi voz salió más dura de lo que pretendía.
—Lo sé. Ahora lo sé. Pero entonces... —me miró, y vi que tenía los ojos brillosos—... entonces me sentí rota. Y durante años, mantuve a todo el mundo a distancia. Hasta que apareciste tú, con tu cara de asesino y tu bata blanca, diciéndome que mi trabajo era una tontería.
—Yo nunca dije...
—Dijiste que romantizaba la medicina. Que no entendía la realidad. —Sonrió, aunque era una sonrisa triste—. Y en lugar de alejarme, me enfurecí. Porque por primera vez en años, alguien me desafiaba. Alguien no me trataba como si fuera de cristal.
Nos miramos durante largos segundos. El jardín bullía con el sonido de los grillos, y las luces de guirnalda creaban sombras danzantes sobre su piel.
—Sergio es un idiota —dije finalmente—. Y si vuelve a aparecer, le voy a demostrar exactamente por qué los cirujanos cardiovasculares tenemos fama de tener manos firmes.
Ella se rio, una carcajada genuina que rompió la tensión.
—¿Me estás defendiendo?
—Estoy considerando seriamente la violencia doméstica. —Me acerqué y le quité la copa de vino de las manos—. Pero ahora mismo, prefiero besarte.
Y lo hice. Un beso suave, dulce, que sabía a vino y a despedida del pasado. Cuando nos separamos, Candela tenía una expresión soñadora.
—¿Un baño? —propuse.
—¿En la piscina? Es de noche.
—Mejor. No hay vecinos que nos vean. Y el agua está templada.
No esperé respuesta. La cogí de la mano y la levanté, guiándola hacia la piscina iluminada. Las luces subacuáticas creaban un efecto azul turquesa que hacía que el agua pareciera mágica.
—Desnúdate —dije, y no era una petición. Era una orden suave, cargada de anticipación.
Candela me miró con ese desafío suyo, y lentamente se quitó la camiseta que llevaba, luego las bragas, quedando completamente desnuda bajo la luz de la luna. Yo hice lo mismo, dejando la ropa en una silla cercana, y nos miramos durante un momento, dos cuerpos expuestos, dos almas desnudas.
Saltamos juntos. El agua nos recibió con una caricia cálida, y emergimos riendo, con el pelo pegado a la cara, con las manos buscándose bajo la superficie.
—Ven aquí —dije, nadando hacia el borde.
La guie hasta la escalera interior de la piscina, donde el agua era más superficial. La senté en el borde, con las piernas colgando dentro del agua, y me posicioné entre ellas.
—Adrián...
—Shh —susurré, separando sus muslos con mis manos—. Déjame saborearte.
Ella se apoyó sobre los codos, arqueándose ligeramente, y yo me acerqué. Desde esa posición, tenía un ángulo perfecto. Comencé a lamerla lentamente, disfrutando de su sabor salado mezclado con el cloro del agua, escuchando cómo sus gemidos resonaban en la noche silenciosa.
—Dios, Adrián... así...
Usé la lengua para dibujar círculos en su clítoris, alternando entre presiones suaves y movimientos más firmes. Introduje un dedo en su interior, sintiendo cómo se abría para mí, cómo su cuerpo respondía a mi toque. Ella movía las caderas contra mi boca, buscando más fricción, más contacto.
—Voy a... —jadeó.
—No —dije, apartándome justo cuando estaba al borde—. Todavía no.
La cogí de la mano y la bajé de nuevo al agua. La giré para que quedara de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el borde de la piscina, con el culo sobresaliendo del agua. Me posicioné detrás de ella y la penetré de una sola embestida, profunda y completa.
Gritó, un sonido que se perdió en la noche, y yo gruñí contra su cuello, quedándome quieto un momento para sentirla a mi alrededor.
—Joder, cómo me gusta follarte así —susurré contra su oreja—. Sentirte. Tenerte.
Empecé a moverme con fuerza, embistiendo una y otra vez, disfrutando de la vista de su espalda mojada, de cómo sus uñas se clavaban en el borde de la piscina, de cómo el agua chapoteaba con cada golpe. Ella se encontraba con cada embestida, empujando hacia atrás, tomándolo todo.
—Más fuerte —pidió, y obedecí.
El sonido de nuestras caderas chocando se mezclaba con el chapoteo del agua, creando una sinfonía obscena que me excitaba aún más. Sentía que estaba cerca, que la presión se acumulaba en mi base, pero quería que ella llegara primero.
Llevé una mano alrededor de su cuerpo y encontré su clítoris, frotándolo con precisión mientras seguía follándola con fuerza. Eso la llevó al borde.
—Adrián, me voy a correr... Dios, me voy a correr...
—Hazlo, preciosa —ordené.
Y lo hizo, contrayéndose alrededor de mi miembro con tanta fuerza que casi me hizo perder el control.
Continué moviéndome, aprovechando su orgasmo para buscar el mío, y cuando llegó, fue intenso, cegador, un estallido de placer que me dejó sin aliento, jadeando contra su espalda, con los dedos clavados en sus caderas.
Nos quedamos así durante largos momentos, recuperando el aliento, con el agua sosteniéndonos. Cuando finalmente salí de ella, ella se giró y se dejó caer contra mí, con las piernas como de goma, con los ojos vidriosos.
—Eres increíble —murmuró.
—Tú también.
La cogí en brazos. Estaba somnolienta, con la cabeza apoyada contra mi hombro, con los brazos alrededor de mi cuello. Salí de la piscina con ella en brazos, dejando un rastro de agua sobre el césped, y caminé hacia la casa.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella, medio dormida.
—A la cama. A dormir.
—No quiero dormir. Quiero...
—Shh —la besé en la frente—. Duerme.
Subí las escaleras con ella en brazos, sintiendo su peso reconfortante, su calor contra mi pecho mojado. La dejé sobre la cama con cuidado, como si fuera de cristal, y me tendí a su lado, atrayéndola hacia mí para que quedara acurrucada contra mi cuerpo.
Ella suspiró contenta, enterrando la cara en mi cuello, y en cuestión de minutos, su respiración se volvió profunda y regular.
Yo permanecí despierto, mirando el techo oscuro, con mi brazo alrededor de ella, sintiendo el latido de su corazón contra mi costilla.
Y tuve un pensamiento profundo que me aterró y me llenó de una paz extraña al mismo tiempo.
Esto era estar en casa. No es el edificio, ni el jardín perfecto, ni la piscina iluminada. Es esto. Es ella. Es el peso de su cuerpo contra el mío, es su respiración en mi cuello, es la certeza de que mañana quiero despertar y volver a hacerlo todo de nuevo.
Pensé en lo que me esperaba. En la investigación, en la traición de Mireia que todavía tenía que revelarle, en el enemigo que acechaba en algún lugar. Pensé en lo complicado que se iba a poner todo, en cómo esta burbuja de felicidad estallaría inevitablemente cuando la realidad irrumpiera.
Pero mientras la abrazaba más fuerte, mientras ella se acomodaba murmurando mi nombre en sueños, supe que valía la pena. Que fuera lo que fuera que viniera después, estos días con ella habían cambiado algo fundamental en mí.
Había pasado años construyendo muros, convencido de que el control era la única forma de sobrevivir. Pero Candela había derribado esos muros no con fuerza, sino con risas. Con sarcasmo. Con su forma de ver el mundo que hacía que todo pareciera posible.
Y ahora, con ella dormida en mis brazos, con el olor a jazmín entrando por la ventana abierta, con el recuerdo de nuestros cuerpos uniéndose en la piscina todavía fresco en mi piel, tomé una decisión.
Mañana le contaría lo de Mireia. Mañana enfrentaríamos juntos lo que fuera que viniera. Pero esta noche, esta noche era solo nuestra.
La besé en la coronilla, suavemente, para no despertarla.
—Te quiero —susurré, tan bajo que ni siquiera yo pude oírlo claramente.
Y por primera vez en mi vida, no me asustó la palabra.