Capítulo 13
Candela
Desperté con el sol de la mañana filtrándose entre las cortinas de lino gris, y por un segundo, ese segundo confuso entre el sueño y la vigilia, no supe dónde estaba. El techo era demasiado alto, las sábanas demasiado suaves, el olor demasiado masculino, demasiado limpio, demasiado... él.
Entonces recordé.
Recordé la terraza. Recordé sus manos, su boca, la forma en que me había mirado como si yo fuera la única persona en el mundo que importaba.
Recordé el sofá, la pared, la cama. Recordé cada caricia, cada beso, cada momento en que había dejado de ser Candela Navarro, la escritora con bloqueo creativo, para convertirme simplemente en una mujer deseada.
Me giré lentamente, intentando no hacer ruido, y allí estaba.
Adrián dormía boca arriba, con un brazo sobre la cabeza y el otro bajo la almohada.
La luz matutina dibujaba sombras doradas sobre su piel, destacando la línea de su mandíbula, la curva de sus pectorales, el vello oscuro que descendía desde su ombligo hacia…
bueno, hacia lugares que ahora conocía íntimamente.
Parecía tranquilo. Sereno. Nada que ver con el hombre controlador y tenso que había conocido en el hospital.
Y esa transformación, ese Adrián vulnerable, satisfecho y dormido, me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Sonreí sola, sintiendo una ternura que me resultó peligrosa.
Estaba metiendo la pata hasta el fondo, lo sabía.
Estaba cayendo por el hombre que había jurado odiar, el médico arrogante, el tipo que me sacaba de quicio con solo existir.
Pero mientras lo observaba dormir, con las pestañas oscuras descansando sobre sus pómulos, con la respiración profunda y regular, no pude evitar pensar que valía la pena.
—Si sigues mirándome así, voy a sentirme objeto de estudio —murmuró de repente, sin abrir los ojos.
Sobresaltada, solté una risa nerviosa.
—Pensaba que dormías.
—Estaba durmiendo. —Abrió los ojos, esos ojos grises que ahora parecían más claros, más cálidos—. Hasta que sentí tu mirada. Es intensa, ¿sabes? Como si estuvieras tomando notas mentales.
—Siempre estoy tomando notas mentales. Es el oficio.
Se estiró, un movimiento perezoso y felino que hizo que sus músculos se tensaran de formas interesantes, y entonces me miró de arriba abajo. Yo estaba desnuda bajo las sábanas, y la forma en que sus ojos recorrieron mi cuerpo expuesto hizo que se me erizara la piel.
—Estás en mi cama y no llevas nada puesto —dijo, y su voz adquirió ese tono ronco de la mañana que me resultó irresistible—. Eso es imprudente, doctora Navarro.
—Tú tampoco llevas nada —señalé, mirando hacia la protuberancia que ya se formaba bajo la sábana.
—Tienes razón. —Se giró hacia mí, y en cuestión de segundos me tenía de espaldas, con su cuerpo pesando sobre el mío, con su erección presionando contra mi muslo—. Y parece que ambos tenemos la misma idea.
—¿Cuál?
—Que el sábado empieza demasiado temprano para levantarse de la cama.
Me besó, y fue diferente a la noche anterior.
No había urgencia, no había esa desesperación inicial.
Esta vez era lento, profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con calma, memorizando cada curva, cada punto sensible que había descubierto en la oscuridad.
—Estás preciosa por la mañana —dijo contra mi cuello, mientras sus dedos bajaban por mi vientre—. Con el pelo revuelto, con las mejillas sonrojadas... eres un desastre adorable.
—Ese es el peor cumplido que he recibido nunca.
—Es el mejor que he dado nunca.
Sus dedos llegaron a mi centro, y gemí cuando encontraron la humedad que ya había allí esperándole.
Me tocó con precisión, con ese mismo control quirúrgico que aplicaba en el hospital, pero ahora al servicio del placer.
Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con calma mientras su pulgar dibujaba círculos en mi clítoris.
—Adrián...
—Shh —susurró, besándome el pecho, capturando un pezón entre sus labios y succionando suavemente—. Deja que te toque. Quiero sentir cómo te mojas para mí.
Continuó con esa tortura lenta hasta que estuve jadeando, arqueándome contra su mano, pidiendo más con gemidos incoherentes. Entonces se posicionó entre mis piernas y me penetró con una sola embestida suave pero profunda.
Grité su nombre, y él gruñó contra mi cuello, quedándose quieto un momento, simplemente sintiéndome a su alrededor.
—Dios, Candela... eres tan estrecha, tan caliente...
Empezó a moverse con un ritmo pausado, casi reverente, cada embestida profunda y completa.
No era el sexo frenético de la noche anterior; era algo más peligroso.
Era íntimo. Conectado. Nos miramos a los ojos mientras hacíamos el amor, y vi algo en su mirada que me aterró: no era solo deseo. Era... más. Mucho más.
Aumentó el ritmo gradualmente, guiado por mis gemidos, por la forma en que mis uñas se clavaban en su espalda.
Cuando sentí que estaba cerca, cuando el placer se acumuló en mi vientre como una presión insoportable, me besó con fuerza, tragándose mi grito mientras me venía con violencia, contrayéndome alrededor de él.
Él siguió moviéndose, embistiendo ahora con más fuerza, buscando su propio placer, y cuando llegó, se quedó inmóvil, enterrado hasta el fondo, con el rostro contra mi cuello, jadeando mi nombre una y otra vez como si fuera una oración.
Nos quedamos así, sudorosos y enredados, durante largos minutos. Cuando finalmente se apartó, me besó la frente con una ternura que me hizo sentir un nudo en la garganta.
—Buenos días —dijo, sonriendo.
—Buenos días, doctor.
—Creo que necesitamos una ducha. Y desayuno. Y luego... —su sonrisa se volvió traviesa— más de esto.
—¿Más?
—Mucho más.
Salimos de la cama finalmente, y mientras me ponía una de sus camisetas, que me llegaba hasta medio muslo, y él se ponía unos pantalones de chándal que colgaban peligrosamente de sus caderas, caminamos hacia la cocina.
El sol entraba por los enormes ventanales, iluminando el espacio que ahora parecía diferente. Más cálido. Más vivo.
Adrián preparó café y, mientras yo rebuscaba en su nevera en busca de algo comestible, él me observaba con una sonrisa enigmática.
—¿Qué? —pregunté, sintiéndome observada.
—Estaba pensando... —dijo, sirviendo dos tazas— que podrías quedarte el fin de semana.
Me quedé quieta, con la mano sobre una caja de cereales que seguramente eran orgánicos y carísimos.
—¿Qué?
—Quédate. —Se acercó y me entregó la taza, aprovechando para rozar sus dedos contra los míos—. El fin de semana entero. Aquí. Conmigo.
—Adrián...
—Sé que es precipitado. Sé que normalmente no hago estas cosas. Pero... —hizo una pausa, y vi que elegía sus palabras con cuidado— quiero seguir haciendo esto. Contigo. Sin el hospital, sin la investigación, sin nada más que tú y yo y esta casa.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Era una propuesta tentadora. Peligrosa. Exactamente lo que no debería hacer si quería proteger mi corazón.
—Solo aceptaré —dije, intentando mantener el tono ligero— si me permites tomar notas de todo para mi protagonista masculino. Necesito documentar cómo es un médico arrogante los fines de semana. Para la verosimilitud literaria, ya sabes.
Él sonrió de medio lado, esa sonrisa suya que hacía que se me formara un nudo en el estómago.
—Doctora Navarro —dijo, acercándose hasta que estuve contra la encimera— le voy a dar más de una cosa que puede anotar para escribir.
Y entonces me besó, y el café se enfrió sobre la encimera, porque de repente estábamos otra vez en modo urgente, en modo desesperado, en modo «No podemos esperar ni un segundo más».
Me subió a la encimera de la cocina, apartando los cereales y el pan de un golpe. La cerámica fría contra mi trasero desnudo me hizo chillar, pero chillido que se convirtió en gemido cuando él se arrodilló y me separó las piernas.
—Adrián, aquí no...
—Aquí sí —gruñó, y entonces su boca estaba sobre mí, lamiendo, succionando, volviéndome loca con su lengua.
Apoyé las manos en la encimera, arqueando la espalda, mirando hacia abajo para verlo entre mis piernas, con la barba rozando mis muslos, con los ojos grises mirándome fijamente mientras me comía. Era obsceno. Era perfecto.
Cuando estuve al borde, cuando sentí que el orgasmo se acercaba como un tren de mercancías, se levantó de golpe y se bajó los pantalones. Me penetró allí mismo, sobre la encimera de la cocina, con una fuerza que hizo que los platos del armario tintinearan.
—Joder, Candela... eres increíble...
Me folló a lo bestia, sin delicadeza, sin control, simplemente entregándose a la necesidad. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, encontrándome con cada embestida, sintiendo cómo la fricción me llevaba al borde del abismo.
—Más fuerte —pedí, y él obedeció.
El orgasmo me golpeó con fuerza, haciéndome gritar, y él siguió moviéndose, buscando su propio placer, hasta que se quedó inmóvil, jadeando, con la frente apoyada contra la mía.
—Creo que la cocina nunca volverá a ser la misma —murmuró, intentando recuperar el aliento.
—Ni yo —respondí, y era más cierto de lo que quería admitir.
Después de eso, necesitábamos una ducha. Imperiosamente.
Adrián tenía un baño enorme, con una ducha de efecto lluvia que podía caber fácilmente cuatro personas. Entramos juntos, con el agua caliente cayendo sobre nosotros, y lo que empezó como una ducha funcional, con jabón, champú e intentar recuperar la decencia, se convirtió rápidamente en algo más.
Me lavó el pelo con una ternura que me desarmó, masajeando mi cuero cabelludo con los dedos, y luego bajó las manos por mi cuerpo, asegurándose de que cada centímetro estuviera limpio. Yo le devolví el favor, explorando su anatomía con curiosidad clínica que pronto se convirtió en otra cosa.
—No puedes mirarme así si no quieres que vuelva a follarte —advirtió, con la voz ronca.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si fueras a comerme.
—Eso es exactamente lo que estoy pensando.
Pero nos comportamos. Más o menos. Salimos de la ducha envueltos en toallas gigantes, y Adrián propuso cocinar.
—¿Tú? ¿Cocinar? —reí.
—No soy tan malo —dijo, ofendido—. Además, hoy voy a hacer paella. Mi madre era valenciana. Tengo sangre arrocera en las venas.
—Eso suena a una enfermedad.
—Cállate y ayúdame.
Pasamos la siguiente hora en un estado de caos divertido.
Adrián sacó una paellera del tamaño de un platillo volante y yo corté verduras mientras él preparaba el caldo.
Para mi sorpresa, sabía lo que hacía. Medía el arroz con precisión quirúrgica, controlaba el fuego con la atención de un relojero, y cuando añadió el azafrán, el olor que inundó la cocina fue celestial.
—Huele bien —admití.
—Va a saber espectacular —prometió.
Y cumplió su promesa. La paella estaba perfecta.
El arroz en su punto, el socarrat dorado y crujiente en el fondo, el pollo tierno, los garrafones en su sitio.
Comimos en la isla de la cocina, con toallas todavía envueltas en nuestros cuerpos, riendo sobre anécdotas del hospital, sobre mis gatos, sobre la vida en general.
—Eres un misterio, Adrián Ferrer —dije, masticando un bocado—. Un cirujano que opera corazones, que cocina paella como un dios, y que anoche me hizo...
—¿Te hizo qué? —preguntó, arqueando una ceja.
—Cosas —dije, sintiendo que me sonrojaba—. Cosas que no puedo repetir sin sonrojarme.
Terminamos de comer y nos vestimos con ropa decente. Él, con pantalón de chándal y una camiseta blanca que se le adhería de formas interesantes; yo, con una de sus camisetas que me quedaba enorme y unas bragas que había encontrado en mi bolso.
—¿Película? —propuso.
—Sí. Pero nada de médicos. Ni de hospitales. Ni de drama.
—Comedia romántica, entonces —dijo, y sonrió cuando yo le miré sorprendida—. Para que veas que no soy un total desastre.
Elegimos una película tonta, una de esas donde todo el mundo sabe cómo va a acabar, pero te ríes igual.
Nos instalamos en el sofá, el mismo sofá donde habíamos hecho el amor la noche anterior, ahora cubierto con una manta limpia, y Adrián me atrajo hacia él, colocándome entre sus piernas, con mi espalda contra su pecho.
Pasamos la tarde así. Viendo la película, riendo juntos, compartiendo palomitas de maíz que él había hecho estallar en una sartén y sintiendo una paz que me resultaba extraña y reconfortante.
En algún momento, cuando los protagonistas de la película finalmente se besaban bajo la lluvia, Adrián me giró la cara hacia él y me besó también. Fue un beso suave, dulce, sin prisa.
—Esto es peligroso —susurré contra sus labios.
—¿El qué?
—Esto —hice un gesto vago entre nosotros, y luego hacia la habitación, la casa, la tarde perfecta—. Parecemos una pareja de verdad.
—Somos una pareja de verdad —dijo, y la seriedad de su tono me sobresaltó.
—Adrián...
—No digas que no. Ahora no. —Me abrazó más fuerte, enterrando la cara en mi pelo—. Solo déjame tener esto. Este fin de semana. Esta ilusión. Mañana ya volveremos a ser el médico y la escritora, con problemas que resolver y enemigos que descubrir. Pero hoy... hoy somos solo tú y yo, y es suficiente.
Me quedé quieta en sus brazos, sintiendo el latido constante de su corazón contra mi espalda, escuchando la película que seguía sonando de fondo, oliendo su colonia mezclada con el olor a paella y a hogar.
Y cerré los ojos, permitiéndome soñar.
Parecemos una pareja de verdad, pensé. Y por primera vez en mucho tiempo, no me asustó la idea. Por primera vez, el pensamiento de pertenecer a alguien, de que alguien me perteneciera, no me pareció una trampa, sino un refugio.
Adrián apagó la televisión cuando la película terminó, y nos quedamos en la penumbra del salón, abrazados, con el sol de la tarde dorando la habitación.
—Candela —susurró.
—¿Sí?
—Gracias por quedarte.
No respondí. Solo me giré y lo besé, intentando transmitir con ese beso todo lo que no me atrevía a decir en voz alta.
Que yo también quería quedarme. Que este fin de semana podría no ser suficiente. Que, por primera vez en años, estaba empezando a creer en los finales felices.