Capítulo 12 #2
—Eres preciosa —dije, y no era una frase hecha. Era una verdad absoluta.
Ella sonrió, y luego giró la posición.
—Quiero probar otra cosa —susurró.
Se puso de rodillas en la cama, de espaldas a mí, y bajó el torso hasta apoyar las mejillas en el colchón, dejando su culo en alto, ofreciéndose.
La vista era obscena, irresistible. Me posicioné detrás de ella y la penetré de nuevo, sintiendo cómo me recibía desde ese ángulo diferente, más profundo, más intenso.
Agarré sus caderas y comencé a moverme con fuerza, observando cómo su espalda se arqueaba, cómo sus dedos se clavaban en las sábanas.
El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus gemidos, con mi propia respiración entrecortada.
Estaba llegando al límite, sintiendo cómo la presión se acumulaba en la base de mi columna.
—Me voy a correr —advertí.
Pero antes de llegar a ese punto, salí de ella. La giré de nuevo y la senté en el borde de la cama. Yo me senté frente a ella en el colchón, y la guie para que se sentara en mi regazo, de frente a mí, envolviéndome con sus piernas.
La penetré desde abajo, y esta vez pudimos mirarnos a los ojos mientras hacíamos el amor.
Era la posición más íntima, la más vulnerable.
Podía ver cada emoción cruzar su rostro, cada sombra de placer.
Nos movimos juntos, encontrando un ritmo perfecto, sincronizados como si lleváramos años practicando.
Ella rodeó mi cuello con los brazos y apoyó la frente contra la mía, mirándome fijamente a los ojos mientras nuestras caderas se movían en perfecta armonía. Sentía su respiración contra mi boca, su corazón latiendo contra mi pecho, su cuerpo tensándose alrededor de mí.
—Adrián... voy a...
—Yo también…
Y llegamos juntos. El orgasmo la atravesó con fuerza, haciéndola gritar mi nombre, contrayéndose alrededor de mí de forma que me arrastró con ella.
Me corrí profundamente dentro de ella, con embestidas cortas y salvajes, sintiendo cómo el placer me recorría desde la base de la espina dorsal hasta la coronilla, dejándome sin aliento, sin pensamientos, sin nada más que la sensación absoluta de estar con ella.
Nos quedamos así durante largos minutos, abrazados, sudorosos, jadeando contra el cuello del otro. Cuando finalmente nos separamos, nos miramos y ambos reímos, una risa de alivio, de ternura, de complicidad.
—Bueno —dije, recostándonos en la cama y acercándola a mi lado— creo que ya tienes material suficiente para tus protagonistas. Eso sí que ha sido una escena de novela romántica.
Ella se rio, un sonido cálido y satisfecho.
—Desde luego —dijo, acariciando mi pecho—. Esos dos se lo van a pasar en grande. Aunque tendré que inventar un médico mucho menos insufrible que tú.
—¿Insufrible? —Fingí indignación—. Acabo de hacerte llegar al cielo tres veces ¿y soy insufrible?
—Tres veces que has interrumpido justo antes, querrás decir. —Me pinchó el pecho—. Eso es sadismo, doctor Ferrer.
—Son técnicas de prolongación del placer. —La besé en la frente—. ¿Y bien? ¿Se lo ha pasado en grande la señorita Navarro?
Ella se quedó en silencio un momento, y luego me miró con una expresión traviesa.
—Mejor de lo que me lo he pasado en meses con mi vibrador —dijo con total naturalidad.
Arqueé una ceja, sorprendido.
—¿De verdad tienes un vibrador?
—Por supuesto. ¿Crees que me mantengo cuerda escribiendo novelas románticas sin... ayuda?
—No sé si sentirme halagado o insultado.
—Halagado, definitivamente. —Se acercó más, rozando su pierna contra la mía—. Aunque la próxima vez... quizás podríamos invitar al vibrador a unirse a nosotros. Ver quién gana.
La miré, procesando la imagen mental, y sentí que mi cuerpo ya comenzaba a reaccionar de nuevo.
—Eso suena a un desafío —dije, y mi voz se volvió ronca.
—Siempre son desafíos contigo, Adrián.
La volví a besar, profundamente, sintiendo cómo la pasión volvía a encenderse entre nosotros, más lenta esta vez, más profunda. Nos recostamos en la cama, con ella acurrucada contra mi pecho, mi brazo rodeándola, nuestras piernas entrelazadas.
Mientras escuchaba su respiración volviendo a la normalidad, mientras sentía el peso reconfortante de su cabeza sobre mi hombro, tuve un pensamiento profundo que me aterró y me llenó de paz al mismo tiempo.
Esto era peligroso. Esto era exactamente lo que temía. Necesitarla. Depender de su calor, de su risa, de su forma de llenar los espacios vacíos de mi vida.
Pero mientras miraba el techo oscuro de mi habitación, sintiendo el latido constante de su corazón contra mi costilla, supe que ya era demasiado tarde. No importaba lo que descubriera mañana sobre Mireia. No importaban las amenazas, la investigación, el peligro que nos rodeaba.
Candela Navarro se había colado en mi vida, en mi cama, en mi corazón, y ya no había forma de expulsarla sin destruirme a mí mismo en el proceso.
Y lo más aterrador de todo era que, por primera vez en mi vida, no quería hacerlo. No quería recuperar el control. No quería volver a ser el hombre frío y distante que había sido durante años.
Quería quedarme aquí, con ella, y enfrentar juntos lo que fuera que viniera después.
La abracé más fuerte, como si pudiera protegerla del mundo con mis brazos, y cerré los ojos, dejándome llevar por el sueño con la certeza de que, fuera lo que fuera que descubriera al despertar, al menos esta noche habíamos sido solo nosotros dos.
Y eso valía cualquier precio.