Capítulo 12
Adrián
La revelación de Marta resonaba en mi cabeza como un disparo en una habitación vacía. Mireia. La mejor amiga de Candela. La contable de la gestoría. La rubia organizada que había cenado en mi casa con fabada y anécdotas embarazosas sobre la infancia de Candela.
¿Cómo era posible? ¿Por qué? Las preguntas se amontonaban en mi cerebro, exigiendo respuestas que no tenía, exigiendo acción que no podía tomar. No todavía. No así.
Miré a Candela, que seguía frente a mí con esa expresión de preocupación mezclada con la reciente turbación de nuestro beso.
Sus labios aún estaban hinchados, sus mejillas sonrojadas por la tormenta y por la pasión que acabábamos de compartir.
Estaba preciosa, vulnerable, abierta. Y yo acababa de descubrir que su mejor amiga, su confidente desde los catorce años, podría ser la persona que intentaba destruirme... y posiblemente dañarla a ella también.
El dilema me consumía. ¿Se lo contaba? ¿Le arrojaba esa bomba ahora, en este momento en que finalmente habíamos derribado los muros, cuando finalmente nos habíamos permitido tocar lo que ambos sentíamos?
¿O guardaba el secreto, la protegía de la verdad unas horas más, le daba una noche de paz antes de que su mundo se desmoronara?
—Adrián —insistió ella, acercándose un paso—. ¿Qué pasa? Estás pálido.
Apagué la pantalla del móvil con un movimiento brusco. La miré a los ojos —esos ojos verdes que parecían ver demasiado— y tomé una decisión. Una decisión egoísta, probablemente incorrecta, pero absolutamente necesaria.
—Es el hospital —mentí, y la palabra me supo a ceniza—. Un problema con un paciente de postoperatorio. Nada que no pueda esperar hasta mañana.
—¿Estás seguro? —Su frente se arrugó con escepticismo—. Parecía algo más grave.
—Estoy seguro. —Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal, usando mi proximidad para distraerla de sus preguntas—. Candela... —mi voz bajó, se volvió más ronca—. Quiero pedirte algo.
—¿El qué?
—Que esta noche... —levanté la mano y le acaricié la mejilla, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos—. Esta noche hagamos como que no hay problemas. Como que no hay hospital, ni investigaciones, ni amenazas. Solo tú y yo. Solo esto.
Ella me miró fijamente, buscando algo en mi expresión.
Por un momento temí que viera a través de mi mentira, que detectara la urgencia oculta tras mi propuesta.
Pero entonces sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, traviesa, y vi cómo el escepticismo se disipaba, reemplazado por algo más antiguo, más primitivo.
—¿Una noche libre de problemas? —preguntó, y su voz tenía un matiz provocador.
—Una noche libre de todo —confirmé—. Mañana volveremos a ser adultos responsables. Pero ahora...
No me dejó terminar la frase. Se puso de puntillas, enlazó sus brazos alrededor de mi cuello, y me besó ella.
Fue un beso diferente al anterior, menos dudoso, más decidido, cargado de una intención que hizo que la sangre se me subiera a la cabeza y el corazón me golpeara contra las costillas.
Cuando nuestras lenguas se encontraron, sentí que todo mi control se resquebrajaba, que la racionalidad se evaporaba, que solo quedaba el deseo puro y absoluto de esta mujer.
La cogí de la cintura y la atraje hacia mí hasta que sus caderas rozaron las mías. Podía sentir su calor a través de la tela de su vestido, podía oler su perfume mezclado con el olor a lluvia y a piel mojada. Era intoxicante. Era peligroso. Era exactamente lo que necesitaba.
—Ven —susurré contra su boca.
La llevé de la mano desde la terraza hasta el interior de la casa.
La lluvia seguía cayendo torrencialmente fuera, creando una burbuja de intimidad que nos aislaba del mundo.
En el salón, la luz tenue de las lámparas creaba sombras doradas sobre su piel.
Candela se detuvo frente al sofá y me miró con una mezcla de timidez y audacia que me volvía loco.
—¿Desde cuándo me deseas? —preguntó de repente.
—Desde que entraste en mi despacho con ese vestido amarillo y me dijiste que estabas allí obligada —respondí con honestidad—. Desde el primer segundo.
Ella se rio, un sonido suave y musical.
—Yo también. Aunque me negaba a admitirlo.
Me acerqué hasta que estuve a centímetros de ella.
Podía ver la pulsación de su cuello, el movimiento de su pecho al respirar, la forma en que sus pupilas se dilataban bajo mi mirada.
Lentamente, levanté las manos y deslicé las correas de su vestido por sus hombros.
La prenda cayó al suelo con un susurro, dejándola en ropa interior, un conjunto de encaje negro que contrastaba con su piel.
—Dios —murmuré, admirándola.
—Tú también —dijo ella, y sus manos fueron a mi camisa, desabrochando botones con dedos temblorosos—. Quiero verte.
Nos desvestimos el uno al otro con una urgencia que rayaba en la desesperación.
Cada pieza de ropa que caía revelaba nuevas superficies de piel para explorar, nuevas texturas para memorizar.
Cuando finalmente estuvimos completamente desnudos, frente a frente en medio de mi salón, el aire parecía cargado de electricidad.
Candela era incluso más hermosa de lo que había imaginado. Curvas suaves y firmes, caderas que pedían a gritos mis manos, pechos perfectos con pezones erectos que exigían atención. Pero lo que más me atraía era su expresión, esa mezcla de vulnerabilidad y fuerza, de miedo y valentía.
La cogí de la mano y la guie hasta el sofá.
Nos sentamos juntos, piel contra piel, y la besé de nuevo, profundamente, mientras mis manos recorrían su cuerpo con reverencia.
Toqué sus pechos, acariciando los pezones entre mis dedos hasta que ella gemía contra mi boca.
Bajé una mano por su vientre, sintiendo cómo se tensaba bajo mi tacto, hasta llegar a su centro.
Ella estaba húmeda. Muy húmeda. Y cuando deslicé un dedo entre sus pliegues, encontré ese punto sensible que la hizo arquear la espalda y jadear mi nombre.
—Adrián...
—Shh —susurré contra su cuello, mientras introducía un dedo dentro de ella, moviéndolo con calma, sintiendo cómo su cuerpo se abría para mí—. Déjame. Solo déjame tocarte.
Ella respondió tomando mi miembro en su mano, y el contacto casi me hizo perder el control.
Sus dedos eran suaves pero firmes, moviéndose con una precisión que me dejaba sin aliento.
Nos masturbamos el uno al otro en silencio, con la única música de nuestra respiración entrecortada y el sonido de la lluvia contra los cristales.
—Espera —dije, apartando su mano antes de que llegara demasiado lejos.
Quería saborearla. Necesitaba sentirla contra mi lengua, escuchar sus gemidos desde esa perspectiva. La empujé suavemente para que se recostara en el sofá, abriéndose para mí, y me arrodillé entre sus piernas.
Su sexo estaba húmedo, y cuando acerqué la boca para lamerlo, ella soltó un gemido que sonó como una oración.
Usé la lengua para dibujar círculos alrededor de su clítoris, alternando entre presión suave y movimientos más firmes, introduciendo la lengua en su interior y volviendo a subir.
Sus manos agarraron mi pelo, tirando de él, guiándome hacia donde más la excitaba.
—Dios, Adrián... no pares... por favor...
No tenía intención de parar. La llevé al borde del orgasmo con mi boca, sintiendo cómo se tensaba, cómo sus muslos temblaban a ambos lados de mi cabeza, y justo cuando estaba a punto de caer, me detuve.
—No... —protestó ella, frustrada.
—Todavía no —dije, levantándome.
La cogí de la mano y la puse de pie. La giré para que quedara de espaldas a mí, contra la pared del salón, y me posicioné detrás de ella.
Podía sentir su culo presionando contra mi erección, y el contacto casi me vuelve loco.
La agarré por las caderas y la penetré de una sola embestida, profunda y completa.
Ella gritó, un sonido de sorpresa y placer, y se apoyó contra la pared con las manos extendidas.
Comencé a moverme con fuerza, embistiendo una y otra vez, disfrutando de la vista de su espalda curvada, de cómo su cuerpo recibía cada golpe.
El sonido de nuestras caderas chocando llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados.
—Más fuerte —pidió ella, y obedecí.
La follé contra la pared con una intensidad que nunca había permitido sentir, perdiendo toda inhibición, todo control. Ella se encontraba con cada embestida, empujando hacia atrás, tomando todo lo que le daba. Cuando sentí que estaba cerca, la saqué de la pared y la giré.
—El sofá —dije, casi sin aliento.
La empujé suavemente hacia atrás hasta que cayó sobre el sofá, y me coloqué entre sus piernas.
La penetré de nuevo, esta vez mirándola a los ojos, viendo cada expresión de placer cruzar su rostro.
Moví las caderas en círculos, buscando el ángulo perfecto, y cuando lo encontré, sus ojos se abrieron de par en par.
—Así... justo así... —jadeó.
Continué con ese ritmo, observando cómo se deshacía bajo mí, cómo sus uñas se clavaban en mis hombros, cómo su cuerpo se tensaba preparándose para el estallido. Pero antes de que pudiera llegar, la saqué de nuevo.
—No... otra vez no... —protestó, pero ya la estaba levantando en brazos.
La cargué desnuda, sintiendo su piel contra la mía, su calor envolviéndome. Caminé con ella hacia las escaleras, subiendo los peldaños mientras la besaba, mientras ella envolvía sus piernas alrededor de mi cintura, frotándose contra mí de forma torturante.
Llegamos a mi habitación y la dejé caer sobre la cama. Se recostó sobre las sábanas oscuras, con el pelo desparramado sobre la almohada, con las piernas ligeramente abiertas invitándome a entrar. Era la visión más erótica que había visto nunca.
Me tendí sobre ella y la penetré de nuevo, esta vez en la posición del misionero, mirándola fijamente a los ojos mientras me movía con calma, profundamente, sintiendo cada centímetro de su interior.
Ella me acarició la cara, me miró con una ternura que me desarmó, y sentí que no era solo sexo. Era mucho más que eso.