Capítulo 11 #2
Intenté protestar, pero ella ya estaba ocupando mi cocina con una naturalidad que me resultó desconcertante.
Se movía entre mis encimeras de granito negro como si llevara años haciéndolo, canturreando bajito mientras cortaba la cebolla con una destreza que me impresionó.
Yo intenté sentarme en el sofá a revisar documentos del hospital, pero era imposible concentrarse.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, sin girarse.
—No te estoy mirando.
—Estás mirando fijamente a mi espalda. Es incómodo.
—Estoy pensando.
—En mí.
—En el caso —mentí.
Ella se rio, esa risa suya que parecía venir de las tripas.
—Mentiroso.
La cena fue... diferente. La tortilla estaba buena, aunque yo nunca habría pensado en añadirle pimentón.
Comimos en la isla de la cocina, con la música bajita de fondo y una conversación que fluyó con extraña naturalidad.
Hablamos de todo menos de lo que nos preocupaba: del hospital, de la investigación, de quién podría estar traicionándome.
Hablamos de sus gatos, de mi padre, de cómo el limonero de su patio estaba dando frutos por primera vez en años.
—Deberías regar el jardín —dijo de repente, señalando hacia el exterior con el tenedor—. Las buganvillas se están secando.
—No tengo tiempo para...
—No es cuestión de tiempo. Es cuestión de prioridades. —Me miró con seriedad—. Tu casa es preciosa, Adrián. Pero parece un museo. Un museo donde nadie se atreve a tocar nada.
—Me gusta el orden.
—El orden no es sinónimo de vacío.
Quise replicar, pero en ese momento sonó un trueno.
Lejos primero, luego más cerca. Miramos hacia las enormes cristaleras que daban al jardín y vimos cómo el cielo de Valencia se oscurecía en cuestión de segundos.
Era una de esas tormentas de verano que aparecen sin avisar, trayendo consigo lluvia torrencial y un alivio momentáneo del calor sofocante.
—Vamos a la terraza —dije, levantándome de la silla.
—¿Estás loco? Va a llover.
—Exacto.
Salimos a la terraza cubierta justo cuando empezaba a caer el primer chaparrón.
El sonido de la lluvia golpeando el cristal de la barandilla era hipnótico, y el olor a tierra mojada inundó el aire.
Candela se quedó junto a mí, con los brazos cruzados, mirando cómo los relámpagos iluminaban el jardín.
—Tengo miedo —dijo de repente, sin girarse hacia mí.
—¿De la tormenta?
—De esto. —Hizo un gesto vago entre nosotros—. De lo que está pasando. De lo que siento.
Mi corazón se aceleró. Esperé a que continuara.
—Mi madre murió creyendo en finales felices —dijo, y su voz sonó más pequeña—.
Y yo llevo años escribiéndolos, convenciendo a otros de que existen, pero...
—se volvió hacia mí, y vi que tenía los ojos brillosos—.
Pero tengo miedo de enamorarme de alguien que me rompa.
De alguien que sea demasiado bueno para ser verdad y que al final resulte ser... como Sergio. Como todos los demás.
—No soy como los demás —dije, y mi voz sonó áspera.
—Eso es lo que más me asusta. —Se acercó un paso—. Porque si me enamoro de ti y resulta que estás demasiado roto, que eres demasiado cerrado, demasiado... imposible... no sé si podré recuperarme.
—Yo tengo miedo de necesitarte —admití, y la confesión me costó más que cualquier cirugía—. De descubrir que no puedo funcionar sin ti cerca. De que me hagas débil.
—El amor no te hace débil, Adrián.
—Entonces ¿qué hace?
—Te hace humano.
Estábamos demasiado cerca. La lluvia caía a nuestro alrededor, creando una burbuja de intimidad que parecía separarnos del resto del mundo.
Podía ver cada gota de agua que se había quedado atrapada en su pelo, cada pequeña peca que el verano había traído a su nariz, cada sombra de duda en sus ojos verdes.
—Candela...
—No digas nada —susurró—. Solo... solo hazlo.
No necesité más permiso. La besé.
Fue un beso que llevaba semanas gestándose, desde aquel primer encuentro hostil en el hospital, desde cada discusión, cada roce accidental, cada momento en que habíamos estado demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.
Fue intenso, inesperado, y lleno de todo lo que llevábamos negando: la atracción, la frustración, el miedo a sentir algo real.
Sus labios eran suaves y sabor a café y a algo que era simplemente ella.
Sus manos se agarraron a mi camisa, tirando de mí hacia ella, mientras yo la estrechaba por la cintura, acercándola hasta que no quedaba espacio entre nosotros.
El sonido de la tormenta se desvaneció, reemplazado por el latido de mi corazón en mis oídos, por la respiración entrecortada de Candela, por la certeza absoluta de que esto era exactamente lo que necesitaba.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Ella apoyó la frente contra mi pecho, y yo apoyé la barbilla en su pelo, inhalando su olor, sintiendo su calor contra mí.
—Esto complica las cosas —murmuró ella.
—Mucho —acordé.
—¿Te arrepientes?
—Ni un segundo.
Estábamos a punto de besarnos de nuevo cuando mi teléfono sonó. El tono era el de la llamada de Marta, urgente, insistente. Intenté ignorarlo, pero sonó de nuevo. Y otra vez.
—Deberías contestar —dijo Candela, retrocediendo un paso.
—Puede esperar.
—Adrián, contesta.
Saqué el móvil con frustración.
—¿Qué? —respondí, y mi voz salió más brusca de lo que pretendía.
—Adrián, hemos encontrado algo. —La voz de Marta sonaba agitada, casi histérica—. El acceso a los servidores... no fue solo desde el despacho del doctor Vila. Alguien usó tu cuenta también. Tu contraseña personal.
—¿Qué?
—Y Adrián... hemos rastreado la IP del dispositivo móvil que accedió a la red interna esas noches. —Hizo una pausa, y el silencio pareció durar una eternidad—. Pertenece a Mireia Campos Vidal. La mejor amiga de Candela. La contable.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Miré a Candela, que me observaba con preocupación, todavía con los labios hinchados por nuestro beso, todavía con las mejillas sonrojadas por la tormenta y la pasión.
—¿Adrián? —preguntó ella—. ¿Qué ocurre?
Y yo supe, con una certeza que me heló la sangre, que el enemigo había estado más cerca de lo que pensaba. Que la persona que intentaba destruirme no solo conocía mi mundo profesional.
También conocía el suyo.