Diagnóstico: Tú Capítulo 11
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Capítulo 11

Adrián

Intenté concentrarme en la revisión de los informes preoperatorios.

Llevaba cuarenta minutos mirando la misma página del expediente del señor Gutiérrez y no había registrado ni una sola palabra.

Los números bailaban ante mis ojos, las cifras de presión arterial se convertían en garabatos sin sentido, y cada vez que cerraba los párpados para descansar la vista, aparecía ella.

Candela.

Estaba sentada en la esquina de mi despacho, con las piernas cruzadas sobre la silla, mordiendo el extremo de un bolígrafo y garabateando en esa libreta absurda que parecía llevar pegada a la mano.

Llevaba un vestido amarillo que hacía juego con el tono de su piel, bronceada por el verano, y el pelo recogido en una coleta imperfecta de la que se escapaban mechones por todos lados.

Parecía un desastre andante. Un desastre hermoso, irritante y absolutamente hipnótico.

—¿Vas a firmar eso o vas a seguir mirándome como si fuera un espécimen en un microscopio? —preguntó sin levantar la vista de su libreta.

—No te estaba mirando —mentí, volviendo a los papeles con brusquedad.

—Claro. Por eso has estado sosteniendo ese bolígrafo en el aire durante tres minutos sin escribir nada.

Apreté los dientes. Llevaba tres días así. Tres días en los que no podía sacarme de la cabeza la forma en que Candela me miraba cuando discutíamos, con esa mezcla de exasperación y algo más que se negaba a nombrar.

—Necesito café —dije, levantándome de golpe.

—Necesitas un milagro —murmuró ella.

Salí del despacho como si me persiguiera el demonio.

El pasillo del hospital me ofreció su familiar olor a desinfectante y tragedia contenida, pero ni siquiera eso lograba limpiar mi cabeza.

Caminé hacia la cafetería con paso rápido, intentando convencerme de que solo necesitaba descansar, que no era normal que una escritora con zapatillas Converse y sarcasmo afilado ocupara tanto espacio en mis pensamientos.

—Madre mía, Ferrer, pareces un zombi.

Lucas apareció a mi lado sin previo aviso, con su bata de traumatólogo abierta sobre una camiseta de algún festival de música que seguramente había estado de moda hacía quince años. Llevaba dos cafés en las manos y una sonrisa burlona que me hizo querer estrangularlo.

—No estoy para bromas —gruñí.

—Evidentemente. Estás para un psiquiatra. —Me empujó uno de los vasos de cartón—. Toma, café de máquina. El mejor que puede ofrecer este hospital de tercera.

Acepté el café más por instinto que por deseo. Estaba frío y sabía a cartón mojado, pero lo bebí de todos modos mientras caminábamos hacia la terraza del tercer piso, el único sitio donde podíamos hablar sin que nos interrumpieran cada treinta segundos.

—¿Cuánto tiempo llevas sin dormir? —preguntó Lucas, apoyándose en la barandilla.

—He dormido.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Mentira. Tienes ojeras que llegan hasta el suelo y ayer te vi poner el estetoscopio al revés. Eso no es falta de sueño, es falta de... —hizo una pausa— Candela.

—No digas tonterías.

—Adrián, te conozco desde la residencia. He visto cómo actúas con las mujeres. Normalmente las ignoras con la eficiencia de un robot. Pero con esta... —sacudió la cabeza—. Con esta estás perdido, chaval.

Quise negarlo. Quise decirle que Candela era una molestia profesional, un obstáculo temporal, alguien que desaparecería de mi vida en cuanto terminara su investigación.

Pero las palabras se atascaron en mi garganta, porque Lucas tenía razón.

Estaba perdido. Y lo peor de todo es que no se trataba solo de su aspecto físico, aunque Dios sabía que eso ya era suficiente problema.

Era su forma de pensar. La velocidad con la que conectaba ideas que otros no veían.

Su risa, que sonaba como si viniera de algún lugar profundo y genuino, sin filtros ni artificios.

La facilidad con la que conseguía que yo dejara de ser el doctor Ferrer, el cirujano perfecto, el hombre de hielo, para convertirme en alguien que quemaba tortillas y discutía sobre novelas románticas.

—Me gusta —admití finalmente, y la confesión me supo a derrota y a alivio simultáneos.

Lucas dejó el café a medio camino de la boca.

—¿Perdón?

—Que me gusta. No solo... no es solo físico. —Pasé una mano por mi pelo, frustrado—. Me gusta cómo piensa. Cómo ve el mundo. Cómo entra en una habitación y lo ilumina todo sin siquiera intentarlo.

—Joder.

—¿Qué?

—Nada, es que... —Lucas se rio, una carcajada genuina que resonó en la terraza vacía—. Nunca pensé que viviría para ver esto. Adrián Ferrer Montesinos, el hombre que hace declaraciones de amor como si fueran diagnósticos médicos.

—No es una declaración de amor. Es una... constatación clínica.

—Es una declaración de amor, amigo. Y estás hasta el cuello.

Quise discutir, pero mi teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Marta, la directora de Enfermería: «Necesito verte urgentemente. Sala de archivos. Sótano.»

El tono del mensaje me erizó el vello de la nuca. No era el tono habitual de Marta, eficiente y calmada. Había algo de urgencia, casi de miedo, entre las palabras.

—Tengo que irme —dije, guardándome el móvil.

—¿Problemas?

—Probablemente.

Bajé las escaleras de dos en dos, dejando a Lucas con su café y su sonrisa de «Te lo dije».

El sótano del hospital era un espacio que pocos frecuentaban: pasillos estrechos, luces parpadeantes, y una humedad que olía a cerrado y a historia olvidada.

Marta me esperaba frente a la puerta de la sala de archivos, con una expresión que hizo que se me acelerara el pulso.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Hemos encontrado algo. —Su voz era un susurro—. En el sistema de vigilancia. Alguien ha accedido a los servidores desde una terminal interna a las tres de la madrugada. El mismo día que filtraron la información a la prensa.

—¿Quién?

—Eso es lo peor. —Marta me miró a los ojos—. La terminal pertenece al despacho del doctor Vila. Pero él estaba de vacaciones en Menorca. Y el acceso se hizo con su contraseña personal.

Sentí un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del sótano.

—¿Alguien está usando las credenciales del doctor Vila?

—O alguien dentro del hospital está ayudando al responsable —corrigió Marta—. Adrián, esto es grave. Quienquiera que esté detrás de esto tiene acceso a información confidencial, a expedientes médicos, a... A todo.

Pensé en Candela. En la amenaza que había recibido. En el mensaje anónimo que decía «Aléjate de ella». Si alguien dentro del hospital estaba colaborando con el enemigo, entonces ningún lugar era seguro. Ni siquiera mi despacho.

—Necesito que revises quién más ha tenido acceso a esa terminal en las últimas semanas —dije—. Y Marta... —la miré con seriedad—. No se lo cuentes a nadie. Nadie. Ni siquiera a los de seguridad. No sabemos en quién podemos confiar.

Subí las escaleras con la mente acelerada.

Si había una filtración interna, entonces Candela estaba en peligro real.

Alguien que conocía los entresijos del hospital, que tenía acceso a información privada, que podía moverse entre nosotros sin levantar sospechas...

eso era mucho más peligroso que un atacante externo.

La encontré en mi despacho, exactamente donde la había dejado, pero ahora estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la mano y una expresión preocupada.

—¿Qué ocurre? —preguntó al verme entrar.

—Necesito que vengas conmigo. Ahora.

—¿Adrián?

—No discutas. Por favor.

Algo en mi tono debió de convencerla, porque asintió sin hacer preguntas.

Salimos del hospital por la puerta de servicio, evitando la entrada principal donde sabía que había periodistas apostados desde que se había filtrado la noticia.

Mi coche estaba en el aparcamiento subterráneo, y conduje en silencio durante los diez minutos que tardamos en llegar a mi casa.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Candela cuando entró en el salón.

—Porque hay periodistas esperando cerca de tu casa —dije, cerrando la puerta con llave—. Y porque hasta que sepamos quién está filtrando la información, no estás segura en ningún lado.

Ella cruzó los brazos, y vi que se preparaba para la batalla.

—No voy a esconderme como si fuera una niña. Tengo trabajo que hacer. Tengo una novela que escribir. Tengo...

—¿Un deseo de morir? —La interrumpí, y mi voz salió más dura de lo que pretendía—. Candela, alguien dentro del hospital está ayudando al que intenta destruirme. Alguien con acceso a todo. Y hasta que descubramos quién es, no puedo protegerte si no estás aquí.

—No necesito que me protejas.

—Yo necesito protegerte.

Nos miramos durante largos segundos. Finalmente, ella suspiró y dejó caer los brazos.

—Solo una noche —dijo—. Y me quedo en el sofá.

—Tienes habitación de invitados. Segunda puerta a la derecha.

—Prefiero el sofá.

—Candela...

—El sofá, Adrián. O me voy a mi casa.

Acepté a regañadientes. No tenía energía para discutir, y la verdad es que prefería tenerla en el sofá de mi salón a tenerla lejos, expuesta a Dios sabía qué peligros.

Lo que no esperaba era el caos que se desataría en las siguientes horas.

Candela Navarro era como un tornado con zapatillas.

En menos de treinta minutos, mi salón perfectamente ordenado se convirtió en un campo de batalla literario.

Libros por todas partes, sobre la mesa de centro, en el suelo, encima del televisor, papeles con garabatos que ella llamaba notas de personaje, una taza de café que dejó en un posavasos que evidentemente no le gustó porque lo movió tres veces hasta encontrar el ángulo correcto, y música saliendo de su teléfono móvil, algo de indie español que nunca habría elegido escuchar pero que, maldita sea, no sonaba del todo mal.

—¿Tienes algo para cenar? —preguntó, revolviendo mi nevera como si fuera suya.

—Hay ensalada. Y pollo de ayer.

—¿Y para comer de verdad?

—Eso es comer de verdad.

—Eso es alimentarse, no comer. —Sacó una cebolla y dos tomates que no recordaba haber comprado—. Voy a hacer una tortilla. Y no, no acepto un no por respuesta.