Capítulo 9
Adrián
El hospital a las once de la noche tenía un aspecto fantasmal.
Los pasillos iluminados por luces de emergencia, el silencio roto solo por el pitido distante de alguna máquina, el olor a desinfectante que parecía más intenso en la oscuridad.
Había pasado quince años de mi vida en ese edificio, pero nunca lo había visto así: como un escenario de crimen, como un lugar donde alguien había violado mi espacio personal con intención.
Mi despacho estaba exactamente como lo había dejado. Eso era lo peor.
No había señales de forzamiento, no había cajones abiertos, no había el caos que esperaría de un robo. Pero yo sabía. Yo sabía que alguien había estado allí. Que habían tocado mis cosas, revisado mis archivos, manipulado la información que yo había estado recopilando sobre la denuncia falsa.
El informe forense que había encargado estaba sobre mi escritorio. Lo abrí con dedos que intentaban no temblar.
Huellas dactilares borradas. Rastros de acceso a mi ordenador desde una terminal externa. Y el mensaje, impreso en una hoja de mi propia papelera: «Dile a la escritora que se vaya antes de que sea tarde».
Estaba furioso. No por la intrusión profesional. No por el ataque a mi reputación, que ya había estado gestionando durante semanas. No por la violación de mi espacio de trabajo.
Estaba furioso porque habían mencionado a Candela. Porque alguien la estaba usando contra mí. Porque su nombre aparecía en una amenaza. Porque mientras estuviera cerca de mí, era un objetivo.
Y eso era inaceptable.
Conduje a casa con la mandíbula apretada, con el corazón acelerado, con una mezcla de miedo y rabia que no lograba controlar. Necesitaba protegerla. Necesitaba alejarla. Necesitaba hacer que entendiera que su seguridad era más importante que… que lo que fuera que estuviera pasando entre nosotros.
Llamé a su móvil tres veces. No respondió. Envié mensajes. Sin respuesta.
Estaba a punto de salir de nuevo, de ir a su casa y obligarla a escucharme, cuando escuché el timbre.
Sonó una vez. Dos. Como si quien estuviera al otro lado dudara.
Abrí la puerta y allí estaba ella.
Candela, con un vestido amarillo que parecía haberse puesto de cualquier manera, con el pelo suelto y despeinado, con una bolsa de tela en las manos que olía a... ¿A paella?
—Hola —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Qué…? —No pude terminar la frase.
—Mi padre ha hecho arroz. El mejor de Valencia, según él. Y según todos los que lo han probado. He pensado que… bueno, que quizás no habías cenado. Después de lo del hospital. Después de… —hizo una pausa—. Después de todo.
La miré, y no supe qué hacer.
Nadie había aparecido nunca en mi casa simplemente para preocuparse por mí.
Nadie había traído comida casera, pensando en si había cenado, en si estaba bien, en si necesitaba compañía.
Mis relaciones, las pocas que había tenido, eran intercambios calculados, encuentros programados, dinámicas donde cada parte sabía exactamente qué esperar.
Esto... Esto era impredecible. Esto era...
—Entra —dije, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.
Candela entró en mi casa como quien entra en un museo.
Miraba todo con ojos curiosos, evaluando, catalogando. Vi su expresión mientras recorría el recibidor de mármol blanco, la escalera flotante, el salón con vistas al jardín iluminado.
—Vamos a la cocina —dije, recuperando la compostura—. Antes de que se enfríe ese arroz.
La cocina era el único espacio de la casa que usaba con regularidad, y, aun así, era demasiado grande para una sola persona. Encimeras de granito negro, electrodomésticos de acero inoxidable, una isla central donde nunca había cocinado nada que no fuera café o tostadas.
Candela instaló el arroz en la encimera y empezó a buscar platos, cubiertos, servilletas. Se movía con una naturalidad que contrastaba con la rigidez del espacio.
—¿Tienes algo para beber? —preguntó.
—Vino. Whisky. Agua.
—Vino.
Saqué una botella de Rioja que alguien me había regalado hacía años y que nunca había abierto. Candela la examinó, asintió con aprobación y la abrió con una destreza que me impresionó.
—Mi padre me enseñó —dijo, notando mi expresión—. Dice que una mujer que no sabe abrir una botella de vino está condenada a depender de hombres con complejos de salvador.
—Tu padre es un hombre sabio.
—Mi padre es un hombre que hace los mejores arroces de Valencia y sabe demasiado, sobre todo. —Sonrió—. Te caería bien.
Servimos el arroz en platos que parecían nuevos, aunque llevaba años en la casa. Nos sentamos en la isla de la cocina, frente a frente, con el vino entre nosotros.
—Está delicioso —dije, y era verdad.
—Es el arroz de mi padre. Tiene poderes curativos. O eso dice él.
—¿Y tú qué dices?
—Yo digo que la comida hecha con cariño siempre sabe mejor. Aunque en tu caso, quizás necesitas más que arroz.
—¿Qué necesito?
—¿Quieres que te lo diga?
Asentí.
Candela dejó el tenedor. Me miró con esos ojos verdes que parecían ver demasiado.
—Necesitas que alguien se preocupe por ti sin que tengas que pedirlo. Necesitas que alguien cocine para ti sin que sea una transacción. Necesitas... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Necesitas señales de vida en esta casa perfecta.
—Hay señales de vida.
—¿Dónde? —Se levantó, caminando hacia el salón—. ¿En estas paredes vacías? ¿En estos muebles de diseño que parecen nunca haberse usado? ¿En la ausencia total de fotografías, de recuerdos, de… de desorden?
La seguí. La observé mientras señalaba cada espacio vacío, cada superficie impoluta, cada rincón que gritaba soledad.
—No tengo tiempo para...
—No es tiempo, Adrián. Es miedo. —Se volvió hacia mí—. Tienes miedo de que las cosas te importen. Porque si importan, pueden desaparecer. Como tu hermano. Como...
—Basta —dije, y mi voz salió más dura de lo que pretendía.
Candela no se inmutó. Se acercó. Estaba demasiado cerca, otra vez.
—No voy a alejarme —dijo—. Sé lo que estás planeando. Lo sé por cómo me miraste cuando leíste ese mensaje en el hospital. Pero no voy a hacerlo.
—Candela, es peligroso. Alguien te está usando contra mí.
—Y si me voy, ¿qué? ¿Ganas tú? ¿Pierde el enemigo? No, Adrián. Si me voy, pierdes tú. Pierdes a la única persona que está ayudándote a descubrir quién está detrás de esto. Y yo pierdo… —se detuvo.
—¿Qué pierdes?
—La oportunidad de demostrarte que las cosas que importan no siempre desaparecen.
Nos miramos. El silencio entre nosotros era denso, cargado de todo lo que no decíamos, de todo lo que temíamos admitir.
—Vamos a revisar esos documentos —dije finalmente—. Antes de que me convenzas de algo de lo que me arrepentiría.
Ella sonrió. Esa sonrisa suya que lo cambiaba todo.
—Demasiado tarde, doctor Ferrer. Ya estás arrepentido de no haberme echado de tu vida hace semanas.
Pasamos la tarde en mi despacho, revisando papeles, comparando fechas, buscando conexiones entre la investigación antigua y los ataques actuales.
La convivencia entre nosotros empezaba a parecer…
natural. Demasiado natural. Candela se sentaba en el suelo, rodeada de carpetas, con las piernas cruzadas y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.
Yo estaba en mi silla, intentando concentrarme en los documentos, pero distraído constantemente por su presencia.
Ella hacía bromas. Comentarios sarcásticos sobre la letra de los médicos, imitaciones de los pacientes que había visto en el hospital, historias absurdas sobre sus gatos. Y yo… yo me reía. De verdad. Una y otra vez, hasta que me dolía la cara de tanto sonreír.
—Tienes hambre —dijo de repente, mirando el reloj. Eran las nueve de la noche.
—Podría comer algo.
—Yo cocino.
—Tú no has visto mi cocina. Nadie cocina ahí.
—Exacto. Por eso voy a hacerlo. —Se levantó, estirándose—. Tienes huevos, ¿verdad? Y queso. Y alguna verdura que no esté podrida.
—Tengo… algo.
—Eso esperaba.
La seguí a la cocina, observando cómo se movía con confianza, abriendo neveras y armarios, evaluando mis escasos recursos con una mezcla de diversión y resignación.
—Tortilla española improvisada —anunció—. Con lo que encuentre.
—Puedo ayudar.
Me miró. Arqueó una ceja.
—¿Tú? ¿Cocinar?
—Sé hervir agua.
—Eso no es cocinar, eso es… física básica.
—Dame una oportunidad.
Fue un desastre.
Intenté cortar cebolla y terminé llorando más que si hubiera estado viendo una película de drama. Intenté batir huevos y los salpiqué por toda la encimera. Intentó enseñarme a dar la vuelta a la tortilla y casi la tiro al suelo.
Pero nos reímos. Dios, cómo nos reímos.
Reímos hasta que nos dolió el estómago, hasta que olvidamos la investigación, las amenazas, el peligro que nos rodeaba. Por primera vez desde que nos conocimos, simplemente… nos divertimos. Sin tensión, sin hostilidad, sin la constante batalla de ver quién ganaba cada intercambio.
La tortilla estaba quemada por fuera y cruda por dentro. Comimos igual, sentados en la isla de la cocina, con el vino que ya habíamos terminado y una botella de agua que sabía a gloria.
—Esto es horrible —dijo ella, masticando.
—Es catastrófico.
—¿Por qué seguimos comiendo?
—Porque lo hemos hecho nosotros.
—Eso es tristemente romántico.
—Es patéticamente romántico.
Nos miramos. Y por un momento, el mundo se detuvo de nuevo. Pero esta vez no hubo interrupciones. No hubo llamadas, no hubo mensajes, no hubo amenazas que nos separaran.
Solo existíamos nosotros dos, una tortilla horrible y una risa compartida que parecía el comienzo de algo.
El timbre sonó a las once. Ambos nos sobresaltamos. Yo había olvidado completamente el tiempo, el espacio, la realidad fuera de esa cocina.
Fui a la puerta. Lucas estaba allí, con una expresión que no había visto nunca: seriedad absoluta.
—Necesito hablar contigo —dijo, sin saludar.
—Lucas, ahora no es buen momento…
—Ha pasado algo. Algo grave.
Candela apareció detrás de mí. Lucas la miró, asintió con la cabeza, y luego volvió a centrarse en mí.
—Alguien ha filtrado información a la prensa. Sobre ti. Sobre la investigación de 2012. Sobre el doctor Salvat y lo que pasó realmente.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Qué información?
—Dicen que ocultaste resultados. Que el estudio tenía efectos secundarios graves que nunca se publicaron. Que Salvat no tuvo un colapso nervioso, sino que descubrió algo que tú querías ocultar.
—Eso es mentira.
—Lo sé. Pero El País lo ha publicado. Y El Mundo. Y varios digitales médicos. —Hizo una pausa—. Adrián, tu reputación está en juego. El hospital está recibiendo llamadas. El comité deontológico ha convocado una reunión de urgencia para mañana.
Candela puso una mano en mi brazo. La miré. Y vi que ella también había palidecido.
—Esto se está descontrolando —dije, y mi voz sonó extraña, lejana.
—Necesitas un abogado —dijo Lucas—. Y una estrategia. Y...
—Necesito saber quién está haciendo esto —interrumpí, y la furia volvió a mí—. Necesito encontrar al hijo de puta que está destrozando mi vida.
—Adrián… —empezó Candela.
—No —dije, y me aparté de ella—. Esto es lo que quería evitar. Esto es por lo que deberías haberte ido. Ahora no solo estás en peligro físico, sino que también tu nombre puede aparecer en esto. Tu carrera. Tu...
—No me importa —dijo ella, y su voz era firme—. No me importan ni mi nombre ni mi carrera ni nada de eso. Me importas tú.
La miré. Y vi algo en sus ojos que me rompió: determinación. Lealtad. El tipo de amor que no se rinde cuando las cosas se ponen difíciles.
—Tienes miedo —dijo ella, y no era una pregunta.
—No tengo...
—Tienes miedo. No de perder prestigio. No de perder tu trabajo. —Se acercó, ignorando a Lucas, ignorando todo—. Tienes miedo de decepcionar a las personas que confían en ti. A tus pacientes. A tus colegas. A...
—A ti —terminé, y la admisión me costó más de lo que esperaba.
—A mí no puedes decepcionarme, Adrián. Porque ya sé quién eres. Y no es el hombre que describen esos artículos.
Lucas se aclaró la garganta.
—Debería irme —dijo—. Mañana será un día largo. Pero piensa en lo que te he dicho. Necesitas protegerte.
Se fue. Nos dejó solos en el recibidor, con la noticia colgando entre nosotros como una espada.
—Deberías irte —dije a Candela—. Antes de que esto empeore.
—No.
—Candela...
—He dicho que no. —Se acercó hasta que estuvimos casi tocándonos—. Mañana enfrentaremos esto juntos. Pero esta noche… esta noche solo quiero que sepas que no estás solo. Que nunca has estado solo, aunque hayas intentado convencerte de lo contrario.
No supe qué decir. Así que no dije nada. La abracé. Fue torpe, inesperado y completamente necesario. Sentí sus brazos alrededor de mi cintura, su cabeza apoyada en mi pecho, su respiración calmándose contra mi camisa.
Permanecimos así durante largos minutos. Dos personas aferradas la una a la otra en medio de una tormenta que no habíamos creado, pero que tendríamos que atravesar juntas.
Cuando se marchó, cuando la vi subirse a un taxi que había pedido desde su móvil, me quedé en la puerta.
Miré la calle vacía. El jardín iluminado. La casa perfecta y silenciosa que me esperaba.
Y por primera vez, ese silencio me molestó.
No porque estuviera solo. Sino porque ahora sabía lo que significaba no estarlo. Y la ausencia de Candela, su risa, su caos, su forma de llenar los espacios vacíos, se hizo más evidente que nunca.
Entré, cerré la puerta, y la casa volvió a estar silenciosa.
Pero ahora el silencio era diferente. Ahora el silencio gritaba su nombre.