Diagnóstico: Tú Capítulo 8
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Capítulo 8

Candela

Investigar con Adrián Ferrer Montesinos era, sin lugar a dudas, la peor idea que había tenido en mi vida.

Y eso incluía aquella vez que decidí teñirme el pelo de rubio platino durante la universidad, o cuando firmé un contrato de exclusividad con una editorial sin leer la letra pequeña, o cuando acepté salir con Sergio creyendo que solo era un café.

No, esto era peor.

Porque cada día que pasaba a su lado, cada hora compartida revisando documentos polvorientos, cada mirada cruzada en los silencios incómodos de la sala de archivos, hacían que me gustara un poco más.

Y eso, maldita sea, era un problema de proporciones épicas.

Siempre había escrito sobre hombres complicados.

Era mi especialidad. Los protagonistas de mis novelas eran arquetipos perfectamente diseñados: el cirujano con corazón de hielo, el empresario que no creía en el amor, el artista torturado que temía la intimidad.

Los creaba, los desarrollaba, los hacía sufrir hasta que el amor los transformaba en seres humanos decentes.

Pero nunca, ni en mis peores pesadillas creativas, pensé que acabaría viviendo una situación que parecía sacada directamente de una de mis propias novelas.

El cirujano de corazón de hielo existía. Se llamaba Adrián. Y estaba sentado a menos de un metro de mí, concentrado en un informe médico que seguramente entendía perfectamente mientras yo fingía entender algo de lo que leía.

Esto no debería estar pasando. Los personajes de ficción debían mantenerse en las páginas, no materializarse en hospitales valencianos con ojos grises y barba de tres días.

Pero estaba pasando. Y yo estaba perdida.

Mireia se dio cuenta exactamente tres minutos después de que entrara en su gestoría.

Era jueves, mediodía y había decidido que necesitaba aire, distancia, perspectiva. Que, si pasaba una hora más en aquella sala de archivos con Adrián, acabaría haciendo algo estúpido. Como confesarle que me gustaba. Como besarlo. Como ambas cosas.

Así que aparecí en la oficina de mi mejor amiga con una excusa lamentable sobre necesitar ayuda con la declaración de la renta.

—Hola —dije, sentándome en la silla de enfrente de su escritorio.

—Hola —respondió ella, sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Qué tal, Adrián?

Tres minutos. Contados. Ni siquiera me había dado tiempo a soltar el bolso.

—¿Perdón?

—Adrián. El médico. El doctor Ferrer Montesinos. El hombre del que llevas hablando desde que has entrado, tres minutos seguidos.

Me quedé congelada. ¿Había mencionado su nombre? ¿Cuándo? ¿En qué contexto?

—No sé de qué hablas —mentí.

—Has dicho: Hola, Mireia, he pensado que Adrián tiene razón sobre organizar los recibos por meses en lugar de por años. —Me miró con una ceja arqueada—. ¿Desde cuándo organizas los recibos?

—Es una expresión. Una forma de hablar. No significa nada.

—Después has dicho: Adrián cree que debería invertir en fondos de inversión en lugar de dejar el dinero en la cuenta corriente. —Hizo una pausa—. Candela, no sabes ni qué es un fondo de inversión.

—Estoy aprendiendo. Es documentación para mi novela.

—Y finalmente —continuó, ignorando mis excusas— has dicho: Es que Adrián tiene una forma de mirar los documentos que es... —hizo una pausa—. ¿Cómo era? Ah, sí. Fascinante.

Me hundí en la silla.

—Estoy perdida —suspiré.

—Muy perdida —confirmó Mireia y sonrió.

Era esa sonrisa suya, la de «Te lo dije y ahora vas a oírlo durante el resto de tu vida».

—No es lo que parece —intenté.

—Es exactamente lo que parece.

—Es complicado.

—Siempre lo es.

—Él es… —busqué las palabras—. Es insufrible. Arrogante. Controlador. Cree que sabe lo que es mejor para todo el mundo.

—Y tú estás enamorada de él.

—¡No estoy enamorada!

La exclamación salió demasiado fuerte. Una de las compañeras de Mireia en la gestoría levantó la vista. Yo me encogí de hombros con una sonrisa avergonzada.

—No estoy enamorada —repetí, más bajo—. Solo… me gusta. Un poco. Mucho. Dios, no sé.

—Candela, cariño —Mireia se inclinó sobre el escritorio—. Te conozco desde hace años. He visto cómo actúas cuando te gusta alguien. Y esto es diferente. Esto es… —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—. Esto es real.

—No quiero que sea real.

—Ya lo sé. Por eso estás tan aterrorizada.

No supe qué responder. Porque tenía razón. Estaba aterrorizada. No de Adrián, sino de lo que sentía por él. De lo vulnerable que me hacía. De lo mucho que me importaba ya, cuando apenas lo conocía.

—¿Y ahora qué hago? —pregunté, y mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía.

—Ahora —dijo Mireia, volviendo a su pantalla con una sonrisa—. Ahora sigues adelante. Y me cuentas todo.

Sergio apareció esa misma tarde.

Estaba saliendo sola del hospital ya que Adrián tenía una operación urgente, cuando lo vi apoyado en un coche deportivo rojo que seguramente era alquilado. Siempre había tenido ese talento: aparentar éxito sin tenerlo.

—Candela —dijo, con esa sonrisa que una vez me había parecido encantadora.

—Sergio.

—Necesito hablar contigo. Un café. Cinco minutos. Por favor.

Debería haber dicho que no. Debería haber seguido caminando, subirme al metro, desaparecer de su vida como él había desaparecido de la mía.

Pero algo en mí quería cerrar esa puerta de una vez por todas. Demostrarle y demostrarme a mí misma, que ya no tenía poder sobre mí.

—Veinte minutos —dije—. Y pagas tú.

La cafetería era de esas modernas con sillas de diseño incómodo y café que cuesta más que una consulta médica. Sergio eligió una mesa en la esquina, con vistas a la calle, donde podía ser visto. Siempre había sido así: más preocupado por la apariencia que por la sustancia.

—Gracias por venir —dijo, cuando nos sentamos.

—No me has dado opción. Apareciste sin avisar.

—Sabía que, si te avisaba, no vendrías.

—Al menos eres consciente.

Intentó sonreír, pero la sonrisa no les llegó a los ojos. Estaba nervioso. Eso me sorprendió. Sergio siempre había sido la personificación de la seguridad en sí mismo.

—Quiero hablar de nosotros —dijo.

—No hay un nosotros. Hace años que no hay un nosotros.

—Lo sé. Pero... —hizo una pausa, buscando palabras—. He estado pensando. En lo que pasó. En cómo lo dejé.

—¿Lo dejaste? —repetí, incrédula—. Sergio, me dejaste cuando estaba intentando sobrevivir. Cuando necesitaba que estuvieras ahí. Y tú decidiste que no podías soportar mi negatividad.

—Era joven. Estúpido. No sabía...

—¿Y ahora sí? —lo interrumpí—. ¿Ahora que tengo éxito, ahora sí sabes? ¿O es que simplemente has visto que soy más interesante ahora que antes?

Se quedó callado. Y en su silencio encontré mi respuesta.

—Eso pensaba —dije, levantándome.

—Candela, espera. Solo quiero… quiero intentarlo de nuevo. Empezar de cero. Demostrarte que he cambiado.

—No has cambiado, Sergio. Solo has visto que ahora tengo algo que te conviene. Y eso no es amor. Eso es oportunismo.

Estaba a punto de irme cuando la puerta de la cafetería se abrió y entró Adrián.

Lo vi antes de que él me viera. Traje oscuro, corbata azul, expresión de urgencia. Llevaba una carpeta bajo el brazo y miraba el móvil con el ceño fruncido.

Luego levantó la vista. Y nos encontró.

A mí, de pie, enfrentada a Sergio. A Sergio, sentado, con una expresión que intentaba ser convincente.

El momento fue cómico en su horror. Adrián se quedó inmóvil en la entrada, procesando la escena. Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies, aunque no tenía ninguna razón para sentirme culpable.

—Adrián —dije—. Esto no es...

—Teníamos que revisar una información —dijo él, y su voz era plana, impenetrable—. Te envié un mensaje. No has respondido.

Saqué el móvil. Efectivamente, tenía tres mensajes suyos sin leer. Lo había silenciado durante la conversación con Sergio.

—Lo siento. Estaba...

—Ocupada —terminó él, y sus ojos se movieron hacia Sergio—. Ya veo.

Sergio se levantó. Extendió la mano con esa confianza que siempre le había caracterizado.

—Sergio Roldán. Soy… —hizo una pausa deliberada—. Soy una parte importante del pasado de Candela. ¿Y usted es?

—Doctor Adrián Ferrer —respondió Adrián, sin estrecharle la mano—. Soy su presente.

La frase colgó en el aire. Sergio la procesó y vi algo de celos cruzar su rostro. Celos. De mí. Después de años de tratarme como si fuera invisible.

—Interesante —dijo Sergio, sentándose de nuevo—. Candela nunca mencionó que estuviera viendo a nadie.

—No estamos... —empecé.

—No es asunto suyo —interrumpió Adrián, y su voz tenía un filo de hielo.

Se sentó en la mesa, tomando la silla a mi lado, invadiendo mi espacio personal de una forma que era simultáneamente protectora y territorial. No le había pedido que lo hiciera. Pero tampoco le pedí que se fuera.

—Estábamos hablando de viejos tiempos —dijo Sergio, intentando recuperar el control—. De los años que pasamos juntos. De todo lo que compartimos.

—¿Y qué compartieron? —preguntó Adrián, y su tono era casual, pero había algo peligroso debajo.

—Todo —dijo Sergio, y vio cómo me incomodaba—. Risas, lágrimas, proyectos. Candela y yo éramos… éramos algo especial. ¿No, cariño?

—No me llames cariño —dije, pero mi voz salió débil.

—Ella escribía sus pequeñas historias —continuó Sergio, ignorándome—. Y yo la apoyaba. Siempre supe que triunfaría. Siempre lo supe.

—Mentira —dije, y esta vez mi voz fue firme—. Me dijiste que escribir novelas románticas era una pérdida de tiempo. Que debería buscar un trabajo real. Que nadie pagaría por leer tonterías sentimentales.

Sergio hizo un gesto despectivo.

—Exageraciones del momento. No lo decía en serio.

—Lo decías en serio. Y lo sigues creyendo. —Me volví hacia Candela—. Deberíamos irnos. Tenemos esa información que revisar.

—Espera —dijo Sergio, y su voz cambió, se volvió más dura—. No vas a dejar que este tipo… —señaló a Adrián—. ¿Vas a dejar que te manipule? Es obvio que te está usando. Eso es lo que hacen las personas con dinero y poder: usar a la gente.

—Ya es hora de que se vaya —dijo Adrián, levantándose.

—¿O qué? —Sergio también se levantó—. ¿Me va a obligar?

—No. Pero puedo hacer muchas otras cosas.

Los miré. Dos hombres enfrentados, midiéndose, marcando territorio. Y yo en medio, sintiéndome ridícula, sintiendo que retrocedía años en mi evolución personal.

Pero entonces Sergio soltó la frase que cambió todo.

—Sabes, Candela, me alegra ver que sigues con las novelas. Aunque, seamos honestos, sigue siendo un trabajo de segunda. Algo que haces mientras encuentras algo serio. Como este médico, supongo. Aunque entre nosotros, ¿cuánto tiempo crees que durará interesado en una escritora de...?

—Basta —dijo Adrián.

Su voz no era alta. Era peor. Era tranquila, controlada y cargada de una furia que hizo que Sergio se callara de golpe.

—Una persona capaz de crear historias que hacen sentir algo a miles de lectores —dijo Adrián, y cada palabra era precisa, quirúrgica— no debería permitir que nadie, absolutamente nadie, menosprecie su trabajo.

—Se volvió hacia mí y en sus ojos vi algo que no esperaba: genuino respeto, genuina admiración—.

Escribir no es un trabajo de segunda, señor Roldán.

Es un arte. Y Candela es una artista. Que usted sea demasiado estúpido para verlo es su problema, no el de ella.

El silencio que siguió fue absoluto.

Sergio parpadeó, desconcertado. Yo estaba… no sé lo que estaba. Sorprendida. Conmovida. Sintiendo algo caliente expandirse en mi pecho que no tenía nombre.

—Vámonos —dijo Adrián, tomando mi mano.

Y nos fuimos.

Caminamos sin rumbo fijo. El calor de la noche de julio nos envolvía, haciendo que la ciudad pareciera flotar en una neblina dorada.

Pasamos por la Plaza de la Virgen, donde los turistas hacían fotos de la Catedral.

Cruzamos el Puente de Serranos, con vistas al río Turia convertido en jardín.

Caminamos por las calles que olían a jazmín y a cerveza derramada.

Y hablamos.

Por primera vez, hablamos sin discutir. Sin sarcasmos defensivos, sin barreras levantadas, sin la constante tensión de demostrar quién era más inteligente, más fuerte, más inmune al otro.

—Gracias —dije finalmente, cuando estábamos cerca de mi casa—. Por lo que dijiste. Sobre mi trabajo.

—Es la verdad.

—Lo sé. Pero… no esperaba que la defendieras. Pensaba que tú también pensabas que escribir novelas románticas era...

—¿Qué? —Me interrumpió, y su voz era suave—. ¿Que era qué?

—Algo menor. Algo que no importa.

Se detuvo. Me miró. Y en la luz de la farola, vi algo en sus ojos que me detuvo el aliento.

—Candela, he visto cómo trabajas. He visto cómo investigas, cómo conectas puntos que otros no ven, cómo construyes historias que tienen sentido. Eso no es menor. Eso es... —hizo una pausa—. Eso es importante. Tú eres importante.

—Adrián...

—Lo sé. No debería decir estas cosas. Complica las cosas.

—¿Por qué lo haces, entonces?

—¿Por qué digo estas cosas? —Se rio, una risa amarga—. Porque ya no puedo evitarlo. Porque cada día que paso contigo, cada hora, cada minuto, se me hace más difícil fingir que no siento nada.

Lo miré. Y vi a un hombre que había pasado años construyendo muros, ahora de pie en medio de una calle valenciana, confesando que esos muros se estaban derrumbando.

—¿Por qué te empeñas en demostrar que no sientes nada? —pregunté—. ¿Por qué es tan importante para ti ser frío, controlado, inalcanzable?

—Porque sentir algo complica las cosas —respondió, y su voz era honesta, vulnerable—. Porque cuando sientes, puedes perder. Y yo ya he perdido demasiado.

Pensé en su hermano. En la forma en que había hablado de él, con el dolor todavía fresco después de tantos años. En cómo había convertido esa pérdida en una obsesión por salvar vidas, por controlar lo incontrolable.

—Quizás —dije, y mi voz temblaba—. Quizás las cosas complicadas son las únicas que merecen la pena.

La frase quedó flotando entre nosotros. Una invitación. Una admisión. Una puerta abierta.

Adrián dio un paso hacia mí. Yo di un paso hacia él.

Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento en mi rostro. Podía ver cada pestaña, cada pequeña imperfección de su piel, cada sombra de duda en sus ojos grises.

Podríamos besarnos.

El mundo se había detenido. El calor, la ciudad, el pasado con Sergio, el futuro incierto, todo se había desvanecido. Solo existíamos nosotros dos y la inevitabilidad de lo que iba a suceder.

Adrián levantó la mano. Rozó mi mejilla con los nudillos. Un contacto eléctrico que me hizo cerrar los ojos.

—Candela...

Y entonces sonó el móvil.

Un sonido estridente, invasivo, que nos separó como si nos hubieran empujado. Adrián sacó el teléfono, miró la pantalla y vi cómo todo cambiaba. Cómo volvía a ser el doctor Ferrer, el hombre de hielo, el profesional imperturbable.

—¿Qué ocurre? —pregunté, sintiendo que el momento se escapaba entre mis dedos.

—El hospital —dijo, y su voz era tensa—. Han entrado en mi despacho. Otra prueba ha desaparecido. Y han dejado algo. Un mensaje.

—¿Qué mensaje?

Me miró. Y en sus ojos vi miedo real.

—Dile a la escritora que se vaya antes de que sea tarde.

El enemigo nos había encontrado. Y esta vez, el ataque era personal.