Capítulo 7
Adrián
Las palabras no dejaban de girar en mi cabeza.
«Aléjate de ella si quieres descubrir la verdad.»
Las había leído cien veces. Doscientas. Las había memorizado hasta el punto de poder recitarlas en la oscuridad de mi dormitorio, con los ojos cerrados, viéndolas proyectadas en el techo como una sentencia.
«Aléjate de ella.»
Ella. Candela.
Alguien sabía que importaba. Alguien había estado observándonos lo suficiente como para entender que ella era mi punto débil. Y eso convertía cada interacción anterior, cada mirada compartida, cada momento de complicidad silenciosa, en algo peligroso.
No dormí esa noche. Ni la siguiente.
Pasé las horas sentado en mi despacho vacío, revisando el mensaje desde diferentes ángulos, buscando pistas que no estaban allí.
El remitente era anónimo, irreconstruible.
El servidor, encriptado. No había metadatos, no había huellas digitales, no había nada que pudiera rastrear hasta un origen concreto.
Solo la amenaza. Clara y precisa.
Mi primera reacción fue instintiva: protegerla. Mantenerla alejada, apartarla de mi vida, volver a convertirnos en extraños para que dejara de ser un objetivo. Si el enemigo la usaba como palanca contra mí, la solución lógica era eliminarla.
Pero incluso mientras formulaba ese plan, sabía que fracasaría.
Porque Candela no era el tipo de persona que obedeciera órdenes de protección.
Si le decía que existía una amenaza, que alguien la estaba utilizando contra mí, ella haría exactamente lo contrario de lo que le pidiera.
Se metería de cabeza en el peligro, no por temeridad, sino porque su naturaleza era así: enfrentar los problemas, no huir de ellos.
Y tenía razón.
Llegó al hospital el martes por la mañana como un torbellino.
La vi desde mi ventana, cruzando el aparcamiento con su vestido amarillo de flores, con el pelo suelto ondeando al viento, y con algo en la mano que parecía… ¿una bolsa de papel?
Entró por la puerta principal. No en recepción, donde debería haberse registrado, sino directamente en el área de médicos, como si ya perteneciera al lugar. Como si el hospital fuera suyo.
La encontré en la sala de estar, repartiendo croissants entre los residentes de guardia.
—Doctor Ferrer —dijo cuando me vio, con una sonrisa que iluminó toda la habitación—. Justo el hombre que buscaba. Le he traído el croisstan de chocolate. Es el mejor soborno para médicos cansados que he encontrado en la literatura.
Los residentes me miraron con una mezcla de sorpresa y envidia. Nadie me traía croissants. Nadie me hablaba con esa familiaridad despreocupada. Nadie se atrevía a irrumpir en mi espacio con bolsas de panadería y sonrisas deslumbrantes.
—Necesito hablar con usted —dije, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.
—Por supuesto. ¿En su despacho?
—Fuera. En la terraza.
La llevé a la terraza del tercer piso, un espacio que pocos conocían y menos usaban. Estaba vacía, rodeada de macetas abandonadas y con vistas al jardín interior del hospital. El sol de la mañana calentaba el suelo de baldosas blancas.
Candela se sentó en el borde de una jardinera, mordiendo su croissant con deleite evidente.
—¿Qué ocurre? —preguntó, sin dejar de comer.
—Nada. Solo quería… sugerirle que quizá debería centrarse en escribir. Desde casa. Sin necesidad de venir al hospital todos los días.
Parpadeó. Dejó el croissant a medio camino de la boca.
—¿Perdón?
—Tiene una fecha de entrega, ¿no? Quizás debería aprovechar estos días para… escribir. Sin distracciones.
—Adrián —dijo, y el uso de mi nombre me detuvo—. Llevo una semana viniendo al hospital. Una semana en la que usted no ha dicho ni una sola vez que mi presencia fuera una distracción. De hecho, creo recordar que me pidió ayuda con la investigación de los documentos. ¿Qué ha cambiado?
—Nada ha cambiado.
—Mentira.
Se levantó. Se acercó a mí con paso decidido hasta que estuvo demasiado cerca, hasta que pude oler el chocolate del croissant en su aliento y algo más, algo que era simplemente ella.
—Usted tiene una expresión —dijo, y su voz había cambiado, se había vuelto más suave, más perceptiva—. Una arruga aquí —señaló entre mis cejas— que aparece solo cuando está preocupado. Y ahora mismo esa arruga parece un cañón. Así que, una vez más: ¿qué ocurre?
Intenté mantener la máscara. Intenté ser el doctor Ferrer, el hombre frío y controlado, el cirujano que no se alteraba por nada.
Pero Candela tenía un talento especial para ver a través de las mentiras.
Para detectar la información oculta entre las palabras, las intenciones camufladas tras los gestos.
Era una escritora, me recordé. Pasaba su vida construyendo verdades ficticias, por lo que debía conocer perfectamente las verdaderas.
Mentirle resultó más complicado de lo que esperaba. Más complicado que enfrentarme a una operación de diez horas, más complicado que dar malas noticias a familias desesperadas, más complicado que cualquier cosa que hubiera hecho en mi vida profesional.
—Recibí un mensaje —dije finalmente.
—¿Qué tipo de mensaje?
—Anónimo. Una amenaza.
Su expresión cambió. No vi miedo, como habría esperado. Vi algo más peligroso: determinación.
—Muéstrame.
Saqué el móvil, abrí el correo y se lo entregué.
Candela lo leyó. Una vez. Dos. Sus ojos verdes recorrieron las palabras como si pudieran extraer información oculta entre las letras.
—Aléjate de ella —murmuró—. Ella… ¿Soy yo?
—Sí.
—Alguien sabe que estamos... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—. Juntos.
—No estamos juntos.
—Alguien sabe que le importo —corrigió, ignorando mi objeción—. Alguien sabe que me alejaría de ti si me lo pidieras. Y está usando eso en tu contra.
—Por eso quería...
—¿Apartarme? —Su voz se elevó, y vi la ira encenderse en sus mejillas—. ¿Sin preguntarme? ¿Sin consultarme? ¿Decidir tú solo qué es lo mejor para mí?
—Candela...
—No soy una muñeca de cristal, Adrián. —Dejó el móvil sobre la jardinera y se enfrentó a mí con los brazos cruzados—.
No soy una damisela en apuros que necesita que el caballero de armadura brillante la proteja.
Soy una mujer de treinta años que ha sobrevivido a cosas peores que a una amenaza anónima por correo electrónico.
—No se trata de...
—Se trata exactamente de eso. —Se acercó más, hasta que estuvimos casi tocándonos—. Si alguien está intentando destruirte, si alguien está usando mi nombre para presionarte, tengo derecho a saberlo. Tengo derecho a decidir si me alejo o si me quedo. Y no es decisión tuya.
La miré. Y vi algo que no esperaba: fuerza. Una fortaleza que venía de dentro, de años de construirse a sí misma, de sobrevivir a la pérdida de su madre, de convertir el dolor en arte. Candela no era frágil. Nunca lo había sido.
Me sentí estúpido. Y aliviado. Y algo más que no quería nombrar.
—Lo siento —dije, y la frase me costó más de lo que esperaba—. Tienes razón. Debería habértelo dicho antes.
—Sí. Deberías.
—Pero también tengo razón yo. Esto es peligroso. Alguien está jugando con nosotros, y no sabemos quién ni por qué. Si te quedas, te estás poniendo en riesgo.
—Si me voy —respondió ella, y su voz se suavizó—, te dejo solo. Y no estoy segura de poder hacer eso.
Nos miramos.
El sol de la mañana nos envolvía, creando un halo dorado alrededor de su pelo despeinado. El hospital bullía a nuestro alrededor, pacientes y médicos y vidas en juego, pero en esa terraza solo existíamos nosotros dos y la decisión que teníamos que tomar.
—Entonces investigamos juntos —dije finalmente.
—Juntos —repitió ella, y sonrió.
Esa sonrisa suya que lo cambiaba todo.
Pasamos el día encerrados en una sala de archivos del sótano.
Era un espacio que nadie usaba, lleno de carpetas polvorientas, de ordenadores viejos, de cajas con etiquetas descoloridas. El olor a papel viejo y a cerrado nos envolvía mientras revisábamos documentos, comparábamos fechas, buscábamos patrones.
Candela tenía un método caótico pero efectivo. Saltaba de un archivo a otro, haciendo conexiones que yo no veía, encontrando contradicciones que habrían pasado desapercibidas para cualquier ojo menos entrenado en construir puzles narrativos.
—Espera —dijo de repente, hacia las cuatro de la tarde—. Mira esto.
Estaba sosteniendo una carpeta que yo había revisado años atrás. Una investigación médica en la que había colaborado durante mi residencia en Barcelona. Un estudio sobre técnicas quirúrgicas mínimamente invasivas que, en su momento, había generado cierta controversia.
—¿Qué pasa con eso? —pregunté, acercándome.
—El doctor Gabriel Salvat —leyó ella, señalando un nombre en la lista de investigadores—. ¿Quién es?
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del sótano.
—Un antiguo compañero. Cirujano. Trabajamos juntos en ese estudio.
—¿Y qué pasó con él?
—Desapareció. —Hice una pausa, recordando—. Dejó la medicina de forma abrupta. Dijeron que tuvo un colapso nervioso, que no podía soportar la presión. Yo nunca supe los detalles. Nos distanciamos.
Candela frunció el ceño. Ese gesto suyo que hacía cuando estaba conectando puntos.
—¿Y si no fue un colapso nervioso? ¿Y si fue algo más?
—¿Como qué?
—No lo sé. Pero mira las fechas. —Señaló el documento—. Tu investigación. La denuncia falsa menciona prácticas cuestionables que datan de esa época. Y ahora, doce años después, alguien revive esos fantasmas justo cuando estás en lo más alto de tu carrera.
La miré con nueva admiración. Había encontrado una conexión que ni siquiera había considerado.
—Necesitamos encontrar a Salvat —dije.
—Necesitamos muchas cosas —respondió ella, bostezando—. Pero primero necesito café. O una siesta. O las dos cosas.
Eran casi las nueve de la noche. Llevábamos horas en esa sala, sumergidos en polvo y papeles y teorías conspirativas.
—Vete a casa —dije—. Mañana seguimos.
—No me voy a ir y dejarte solo con todo esto.
—Candela...
—Adrián.
Nos miramos. Y algo en su expresión me detuvo. No era terquedad. Era… preocupación. Genuina, desinteresada, real.
—Estoy acostumbrado a hacer las cosas solo —dije, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.
—Lo sé. Pero ya no tienes que hacerlo.
La frase flotó en el aire entre nosotros. Una oferta. Una invitación. Una puerta abierta que no sabía si debía cruzar.
—Quédate, entonces —dije—. Pero descansa. Tienes razón, mañana necesitaremos energía.
Ella sonrió. Cogió una de las carpetas como almohada improvisada. Se acomodó en el sofá viejo que habíamos arrastrado hasta la mesa de trabajo.
—Solo cinco minutos —murmuró, cerrando los ojos—. Después seguimos.
No fueron cinco minutos. Fueron treinta segundos.
La vi quedarse dormida, con el pelo cayéndole sobre la cara, con la respiración volviéndose profunda y regular, con una mano todavía sobre la carpeta que había estado revisando.
Y me quedé mirándola más tiempo del necesario. Mucho más.
Vi la forma en que su pecho se movía al respirar. La línea de su cuello desapareciendo bajo el vestido. La mancha de tinta en su muñeca, donde debía de haberse manchado escribiendo. La expresión de paz que tenía mientras dormía, tan diferente a la energía constante de cuando estaba despierta.
Y por primera vez, admití algo que me incomodaba profundamente.
Candela Navarro no era una distracción. No era una molestia profesional. No era un obstáculo en mi vida ordenada. No era un personaje de su novela que yo pudiera controlar o descartar.
Era alguien que empezaba a importarme. Importarme de verdad. De esa forma que hace que te preocupes si duerme cómodamente, que notes cada detalle de su apariencia, que desees despertarla con un beso y al mismo tiempo dejarla descansar porque se lo merece.
Importarme de una forma que no tenía nada que ver con la lógica, con el control, con los planes que había hecho para mi vida.
Le quité la carpeta de debajo de la cabeza con cuidado, para no despertarla. La cubrí con mi chaqueta, que olía a mí, para que tuviera calor.
Y seguí trabajando, con ella durmiendo a mi lado, sintiendo su presencia como un ancla en medio de la tormenta que se avecinaba. Porque ahora lo entendía.
El enemigo quería que me alejara de ella. Y yo estaba dispuesto a hacer exactamente lo contrario.