Capítulo 6 #2
—¿Recuerdas cuando empecé? —Dije, y mi voz salió más dura de lo que pretendía—. ¿Recuerdas lo que dijiste? «Escribir novelas románticas es una pérdida de tiempo. Nunca triunfarás con eso. Deberías buscar un trabajo real».
Sergio hizo un gesto despectivo, como si estuviera espantando una mosca.
—Eso fue hace años, Candela. Éramos jóvenes. Yo estaba… inseguro. Celoso de tu talento, probablemente.
—No eras celoso. Eras un cabrón.
—Candela...
—Me dejaste —continué, y la voz me temblaba—. Me dejaste cuando más te necesitaba. Me dijiste que era una niña inmadura que vivía en un mundo de fantasía. Y ahora, ahora que tengo éxito, ahora que mis libros venden millones, ahora apareces diciendo que siempre lo supiste.
Sergio abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo porque en ese momento, Adrián apareció a mi lado.
No dijo nada. Simplemente… existió. Su presencia era un muro silencioso entre Sergio y yo. Sentí su mano en mi espalda baja, firme, protectora, y algo dentro de mí se calmó.
—¿Problemas? —preguntó Adrián, y su voz era hielo puro.
—No —dijo Sergio, evaluando la situación—. Solo estaba saludando a una vieja amiga.
—Amiga —repitió Adrián, y la palabra sonó como un insulto—. Interesante elección de palabras.
—Adrián —murmuré—. No hace falta...
—¿Eres el médico? —Sergio sonrió, pero era una sonrisa forzada—. He oído hablar de ti. El cirujano de moda. ¿Sabes que Candela siempre ha tenido debilidad por los hombres importantes? Es como un imán para el estatus.
—Sergio, cierra la boca —dije.
—Solo digo que...
—He dicho que cierres la boca.
El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Adrián no se movió. No dijo nada. Pero había algo en su postura, en la tensión de sus hombros, en la forma en que me protegía sin apartar la mirada de Sergio, que hablaba más que mil palabras.
—Bueno —dijo Sergio finalmente, intentando recuperar la compostura—. Ha sido un placer verte, Candela. Deberíamos tomar un café algún día. Recordar viejos tiempos.
—No hay viejos tiempos que recordar —respondí.
—Siempre tan dramática. —Se inclinó hacia mí y supe lo que iba a hacer antes de que sucediera. Intentó besarme en la mejilla, en esa despedida teatral que usaba siempre, la que convertía cualquier rechazo en una escena pública.
Pero no llegó. Porque Adrián se interpuso.
—Ella se va conmigo —dijo, y su voz no admitía discusión.
Sergio parpadeó. Yo parpadeé. Todo el bar pareció girar alrededor de nosotros en cámara lenta.
—¿Perdón? —Dijo Sergio.
—Ha dicho que me voy con él —repetí, porque mi boca funcionaba más rápido que mi cerebro—. Así que… adiós, Sergio. Que te vaya bien. O no. Realmente me da igual.
Agarré el brazo de Adrián y tiré de él hacia la salida.
Caminamos en silencio hasta el coche. Él abrió la puerta del pasajero como si fuera lo más natural del mundo. Me senté. Él se sentó al volante. Y entonces, cuando el motor arrancó y el aire acondicionado empezó a refrescar el ambiente sofocante, explotó.
—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunté.
—¿El qué?
—¡Eso! Lo de, ella se va conmigo. ¿Desde cuándo decides por mí con quién me voy?
Adrián apretó el volante. Vi cómo se le blanqueaban los nudillos.
—Estaba siendo educado.
—¿Educado? —Me reí, una carcajada amarga—. Eso no era educado. Eso era... era...
—¿Era qué?
—¡No sé! ¿Posesivo? ¿Protector? ¿Absolutamente fuera de lugar?
—Él intentaba besarte.
—¡Y a ti qué más te da! ¡No eres mi novio! ¡No eres nada mío!
El coche se detuvo en un semáforo. Adrián giró hacia mí y en sus ojos vi algo que me detuvo: la confusión. La misma confusión que yo sentía.
—Tienes razón —dijo, y su voz sonó más suave—. No soy nada tuyo. No debería haberme metido.
—No —dije, y mi propia confusión me hizo cambiar de opinión en medio de la frase—. Quiero decir… sí, tienes razón, pero… gracias.
—¿Gracias?
—Sergio es… es complicado. Y tú… tú no tenías por qué hacer eso. Pero gracias.
El semáforo cambió. Adrián no arrancó. Seguimos allí, en medio de la noche valenciana, en un coche que olía a cuero nuevo y a algo más. A nosotros.
—Candela —dijo, y mi nombre sonó diferente en su boca. Como una pregunta. Como una respuesta.
—¿Qué?
—No sé por qué lo hice. —Su voz era casi un susurro—. No sé por qué me molesta tanto ver a otro hombre cerca de ti. No sé por qué me importa quién te besa o quién no. No sé por qué… —se detuvo, tragó saliva—. No sé por qué te deseo tanto cuando debería desear que te fueras de mi vida.
El aire se había vuelto irrespirable. Demasiado denso. Demasiado cargado.
—Adrián...
—Dime que me odias —dijo, y había algo desesperado en su tono—. Dime que soy insufrible, arrogante, que nunca te gustaré. Dímelo para que pueda creerlo.
Quería decirlo. Abrir la boca y soltar todas las palabras que habíamos intercambiado durante semanas: que era un pesado, que me sacaba de quicio, que representaba todo lo que detestaba en un hombre.
Pero no podía. Porque estaba mintiendo. Y él lo sabía.
—Eres el peor mentiroso que conozco —dije, y mi voz temblaba—. Y yo soy la peor mentirosa que conozco. Así que estamos empatados.
Nos miramos. Y entonces pasó.
Fue gradual, casi imperceptible. Un acercamiento de centímetros que parecieron horas. Sus ojos grises buscando los míos, preguntando, pidiendo permiso. Mi respiración acelerándose hasta el punto de marearme. La distancia entre nosotros reduciéndose hasta desaparecer.
Estábamos demasiado cerca. Podríamos besarnos.
El mundo se había detenido. El tráfico, la noche, el recuerdo de Sergio, la investigación, la denuncia, todo se había desvanecido. Solo existíamos nosotros dos, la tensión que habíamos estado negando durante semanas y la inevitabilidad de lo que iba a suceder.
Sus labios estaban a centímetros de los míos.
Podía sentir su aliento. Podía oler su colonia, algo amaderado y cítrico que me hacía querer cerrar los ojos y simplemente… sentir.
—Candela —susurró, y fue casi una oración.
Y entonces, los dos nos apartamos.
Fue simultáneo. Como si un cable invisible nos hubiera tirado hacia atrás. Como si ambos hubiéramos recordado, en el mismo instante, por qué esto era una mala idea.
—Deberíamos irnos —dije, y mi voz sonó extraña, forzada.
—Sí —respondió, y arrancó el coche con brusquedad.
El resto del trayecto fue en silencio.
Pero era un silencio diferente. Un silencio cargado de todo lo que no habíamos dicho, de todo lo que casi habíamos hecho, de la certeza de que algo había cambiado irrevocablemente.
Cuando llegamos a mi casa, no me bajé inmediatamente.
—Todavía nos odiamos —dije, más para convencerme a mí misma que a él.
—Por supuesto —respondió, y su voz tenía un matiz que no lograba interpretar.
—Esto no significa nada.
—Nada —repitió.
—Solo somos... somos...
—¿Somos qué, Candela?
No supe responder.
El móvil de Adrián sonó justo en ese momento, lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y frunció el ceño.
No dijo nada y yo no sabía qué más podría decir, así que abrí la puerta.
Salí del coche. Y caminé hacia mi casa sin mirar atrás, con el corazón golpeando en mi pecho como un pájaro atrapado, con la certeza de que mentía, de que nos mentíamos, de que esta guerra entre nosotros se había convertido en algo mucho más peligroso que el odio.
Porque todavía nos decíamos enemigos. Pero ambos sabíamos la verdad.