Capítulo 6
Candela
La mentira más peligrosa es la que te cuentas a ti misma.
Llevaba días repitiéndome la misma mentira, como si la repetición la convirtiera en verdad: mi interés por Adrián Ferrer Montesinos era puramente profesional. Curiosidad literaria. Investigación de personaje. Nada más.
No funcionaba.
Sobre todo, desde aquella noche en su casa. Desde que había visto tras la fachada perfecta, desde que había escuchado hablar de su hermano con esa voz quebrada, desde que había entendido que el hombre frío era simplemente un niño herido que había crecido demasiado rápido.
Y entonces estaba su casa. Esa perfección cristalina que me había hecho sentir tristeza y algo más. Algo que no quería nombrar.
La atracción había dejado de ser una broma, una molestia, un inconveniente. Ahora era un peso constante en el pecho, una conciencia aguda de cada gesto suyo, cada mirada, cada vez que nuestros dedos se rozaban accidentalmente.
Necesitaba distancia. Necesitaba recordar por qué era una mala idea. Necesitaba… bueno, la verdad es que no sabía qué necesitaba. Pero estaba segura de que no era esto.
La investigación sobre la denuncia falsa nos llevó a una cena benéfica.
No era mi escenario natural. Los eventos de gala, los trajes de etiqueta, la gente fingiendo interés en causas nobles mientras competía por ver quién tenía el reloj más caro…
todo eso me daba urticaria. Pero Adrián había recibido una invitación que no podía rechazar, el hospital era uno de los patrocinadores y necesitaba hablar con alguien que podría tener información sobre los documentos manipulados.
Así que allí estaba, en el baño de mi casa, contemplando mi armario como si fuera un campo de batalla.
—El negro es seguro —dije en voz alta.
—El negro es aburrido —respondió Mireia desde mi cama, donde estaba tumbada con Taco encima—. Ponte el rojo.
—No voy a impresionar a nadie.
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado.
—Candela, llevas una semana hablando de ese médico. Una semana sonriendo al móvil. Una semana vistiéndote cada mañana como si fueras a una cita, aunque sea para ir al hospital a hacerle preguntas sobre su infancia. El rojo. Punto.
Miré el vestido rojo. Era un diseño sencillo, sin escote exagerado, pero el color… el color era peligroso. Rojo pasión. Rojo advertencia. Rojo «Mírame, estoy aquí, no puedes ignorarme».
—Es solo una cena benéfica —mentí.
—Es solo una investigación —me imitó Mireia—. Es solo curiosidad profesional. Es solo… —suspiró—. Cariño, cuando quieras dejar de mentirte a ti misma, avísame. Tengo palomitas preparadas.
Me puse el vestido rojo.
No era para impresionar a Adrián. Era porque Mireia tenía razón sobre el negro.
Era porque el rojo me favorecía. Era porque…
bueno, quizás un poco sí era para que él me mirara de esa forma que había empezado a reconocer.
Esa forma que decía que yo también le afectaba, aunque ninguno quisiera admitirlo.
El Hotel Las Arenas era uno de esos lugares donde la elegancia se confunde con la intimidación. Columnas blancas, cristales enormes, un jardín iluminado donde la élite valenciana bebía champán y fingía salvar el mundo.
Llegué tarde, como siempre. El metro se había averiado, mi taxi se había perdido, y mi sandalia se había roto en el camino de entrada, obligándome a caminar como si estuviera en una pista de obstáculos invisible.
Y entonces lo vi.
Adrián estaba en la entrada del salón principal, hablando con un grupo de hombres que vestían como él: trajes oscuros, corbatas perfectas, expresiones de importancia autoasignada. Pero él... él era diferente.
El traje le sentaba de una forma que debería ser ilegal. Oscuro, a medida, realzando cada centímetro de su metro noventa. La barba de tres días que ya empezaba a ser marca registrada. El pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él mil veces.
Y cuando me vio, todo cambió.
La conversación se detuvo. Sus ojos grises recorrieron mi vestido, mi pelo que había intentado recoger en algo presentable, mis sandalias de emergencia que no combinaban con nada.
Y vi algo en su rostro que nunca había visto antes: sorpresa.
Admiración. Esa mirada que dice «Noto cada detalle y todos me gustan».
—Candela —dijo, y su voz sonó más grave de lo habitual.
—Doctor Ferrer —respondí, intentando mantener el tono profesional—. No me había dicho que habría que vestirse de etiqueta.
—No hay etiqueta estricta. —Se acercó, dejando al grupo de hombres atrás—. Usted… —hizo una pausa, buscando palabras—. Usted está...
—¿Estoy qué?
—Distinta.
—Es el vestido. El rojo hace efectos extraños en la percepción masculina. Está científicamente probado.
Sonrió. Esa sonrisa pequeña que me estaba empezando a volver loca.
—No es el vestido. Es usted. Siempre es usted.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que recordarme a mí misma que respiraba. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué decía cosas así, en voz baja, como si fueran secretos, y luego actuaba como si nada?
—¿Vamos? —dijo, ofreciéndome el brazo—. Tenemos que fingir que nos llevamos bien.
—¿Fingir?
—Bueno, en público. En privado podemos seguir odiándonos si lo prefiere.
—Me parece perfecto.
Pero cuando puse mi mano en su brazo, cuando sentí el calor de su piel a través de la tela del traje, cuando caminamos juntos hacia el salón principal, supe que fingir iba a ser demasiado fácil. Y eso me aterrorizaba.
La cena fue un espectáculo de hipocresía bien vestida.
Adrián y yo nos sentamos en una mesa redonda con otros seis invitados: un banquero, su esposa aburrida, un político local, una directora de ONG que no paraba de mirar el móvil y dos médicos del hospital que parecían competir por ver quién podía nombrar más títulos académicos en una frase.
Yo debería haberme sentido fuera de lugar. Mi vestido costaba una fracción de lo que costaba cualquier otro atuendo en esa sala. Mis sandalias de emergencia hacían un ruido que competía con los discursos de los organizadores. No sabía qué tenedor usar para el primer plato.
Pero estaba con Adrián. Y eso cambiaba todo.
—¿Y usted, señorita Navarro? —preguntó el banquero—. ¿A qué se dedica?
—Soy escritora —respondí, preparándome para la pregunta inevitable.
—¿Qué tipo de escritora?
—De novelas románticas —dije, y vi la expresión de condescendencia que ya conocía.
Pero antes de que pudiera decir algo, Adrián intervino.
—Candela es una de las escritoras más vendidas del país —dijo, y su voz tenía un filo de orgullo que me sorprendió—.
Sus libros han estado en la lista de bestsellers durante treinta semanas consecutivas.
Ha sido traducida a varios idiomas. Y, según tengo entendido, está escribiendo una novela sobre medicina que promete revolucionar el género.
Me miró. Y en sus ojos vi algo que no esperaba: respeto. Defensa. Como si mi trabajo fuera importante, como si mis novelas rosas tuvieran valor.
—Oh —dijo el banquero, visiblemente desconcertado—. No… no tenía idea.
—La mayoría de la gente no la tiene —dije, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía—. Gracias, Adrián.
Me miró de nuevo. Y esta vez, bajo la mesa, sentí su mano buscar la mía. Un roce fugaz. Un apretón rápido. Como si necesitara confirmar que estaba allí.
Durante la cena, intercambiamos comentarios sarcásticos que solo nosotros entendíamos. Cuando el político habló de compromiso con la sanidad pública, Adrián murmuró «Eso se llama presupuesto, no compromiso», y yo tuve que disimular una carcajada con el vino.
Cuando la esposa del banquero se quejó del servicio, yo susurré «Quizás debería probar los perritos calientes de la esquina» y vi la comisura de sus labios temblar en un intento de no sonreír.
Éramos buenos fingiendo. Demasiado buenos. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, cada vez que nuestros codos se rozaban bajo la mesa, cada vez que compartíamos una broma privada, la línea entre fingir y sentir se volvía más borrosa.
—Están ustedes encantadores —dijo la directora de la ONG de repente, mirándonos con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. ¿Cuánto tiempo llevan juntos?
—Oh, no estamos… —empecé.
—Es complicado —interrumpió Adrián.
—¿Complicado? —La mujer arqueó una ceja—. Eso es lo mejor. Las mejores historias de amor siempre son complicadas.
Quería corregirla. Quería explicar que no éramos una historia de amor, sino una historia de errores, de malentendidos, de dos personas que se toleraban por obligación profesional.
Pero Adrián no me soltó la mano debajo de la mesa. Y yo no quise soltar la suya.
Fue entonces cuando todo se estropeó.
Estaba en el bar, pidiendo un agua con gas porque el vino me estaba subiendo a la cabeza y necesitaba mantener la cordura. Adrián estaba a unos metros, hablando con el director del hospital sobre la investigación de los documentos.
Y entonces lo vi.
Sergio Roldán. Mi ex. El hombre que había convertido mi corazón en un campo de batalla y luego había desertado cuando la guerra se puso difícil.
Entró por la puerta principal como si el mundo fuera suyo. Sonrisa perfecta, traje impecable, cámara colgando del cuello como si fuera parte de su anatomía. Fotógrafo. Artista. Mentiroso.
Me vio. Y caminó hacia mí.
—Candela —dijo, y su voz tenía el mismo tono meloso que recordaba—. Qué sorpresa más agradable.
—Sergio.
—Estás... —me recorrió con la mirada y vi algo de codicia en sus ojos—. Estás espectacular. El rojo te sienta de maravilla.
—Gracias. Aunque no recuerdo haberte pedido opinión sobre mi vestuario.
Sonrió. Esa sonrisa que una vez me había parecido encantadora y ahora me parecía simplemente… vacía.
—Siempre con ese sentido del humor. Me encanta. —Se acercó más—. He estado siguiendo tu carrera, ¿sabes? Tus libros. Todo el éxito que has tenido. Siempre supe que triunfarías. Siempre lo supe.
Sentí una mezcla de ira y náuseas. Siempre lo supo. Como si hubiera estado allí, apoyándome, creyendo en mí. Cuando la verdad era exactamente la contraria.