Diagnóstico: Tú Capítulo 5 #2
17%

Capítulo 5 #2

—Haga tiempo. —Su voz era firme—. Porque esto no huele a venganza de paciente. Huele a algo personal. Alguien que lo conoce. Alguien que sabe dónde duele.

La miré. Y por primera vez, vi a la escritora que había detrás de la payasa. A la mujer que construía tramas complejas, que entendía la psicología de los villanos, que sabía cómo funcionaba la maldad organizada.

—¿Por qué quiere ayudar? —pregunté.

—Porque no me gusta la injusticia. Y porque… —dudó, y vi algo vulnerable cruzar su rostro—. Y porque quizás esté harta de que me trate como una molestia. Quiero demostrarle que puedo ser útil.

No supe qué decir. Así que hice lo único que se me ocurrió: asentí.

Esa noche, Candela vino a mi casa.

No era una invitación social. Era una necesidad práctica: tenía una videollamada importante al día siguiente con un comité internacional de revisión y necesitaba tranquilidad para preparar los documentos.

Mi despacho del hospital estaba siendo revisado por el equipo de seguridad informática y no podía acceder a mis archivos allí.

Así que la llevé a mi villa.

Conduje en silencio. Ella iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana, ocasionalmente haciendo comentarios sobre el paisaje valenciano que ya había oscurecido. El aire entre nosotros era denso, cargado de algo que ninguno quería nombrar.

Cuando llegamos, se quedó inmóvil en el camino de entrada.

—Dios mío —susurró.

Mi casa era… perfecta. Lo sé. La había diseñado así, con arquitectos que cobraban fortunas para crear espacios minimalistas, funcionales, impecables. Fachada blanca, cristaleras enormes, jardín tropical iluminado con luces estratégicas, piscina infinita que reflejaba las estrellas.

Era el control hecho hogar.

—Entre —dije, sintiéndome incómodo de repente.

Caminamos por el recibidor. El suelo de mármol blanco. Las paredes desnudas salvo por algún cuadro abstracto que había comprado sin mirar. La escalera flotante que subía al primer piso.

Candela giraba sobre sí misma, observando todo con ojos que no lograba interpretar.

—Es… impresionante —dijo finalmente.

—Gracias.

—Impresionante y aterradora.

La miré.

—¿Aterradora?

—Parece una casa de catálogo —dijo, y su voz tenía algo de lástima que me molestó—.

Una de esas que salen en revistas de decoración donde todo está perfectamente colocado y nadie vive realmente.

¿Tiene al menos una taza de café descuidada en alguna mesa?

¿Un calcetín perdido debajo del sofá? ¿Algo que demuestre que esto es un hogar y no un museo?

—No —respondí, y mi voz sonó más defensiva de lo que pretendía—. No tengo tazas descuidadas. Ni calcetines perdidos. Al menos algo en mi vida está ordenado, Candela. Algo tiene que estarlo.

Ella me miró. Y en sus ojos vi algo que no esperaba: tristeza.

—Eso es lo más triste que he oído en mi vida —dijo suavemente.

Quería replicar. Quería defender mi espacio, mis elecciones, mi forma de vivir. Quería decirle que el orden era necesario, que el control me mantenía cuerdo, que no necesitaba su compasión.

Pero sus palabras se quedaron ahí, flotando en el aire, y cuando intenté responder, descubrí que no tenía argumentos. Porque quizás tuviera razón.

Trabajamos en mi despacho durante tres horas.

Ella revisó documentos con una atención que me sorprendió. Encontró inconsistencias que yo no había visto: fechas que no coincidían, firmas que parecían demasiado recientes, patrones en la modificación de archivos que sugerían acceso interno.

—Esto no es un hacker externo —dijo, señalando una pantalla—. Alguien dentro del hospital está haciendo esto. Alguien con acceso a los sistemas, que sabe cómo funcionan los protocolos, que puede modificar documentos sin levantar sospechas.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque en mis novelas los villanos siempre son alguien cercano. Alguien que conoce al protagonista lo suficiente para saber dónde apretar. —Me miró—. Adrián, ¿tiene enemigos en el hospital?

—No lo sé. No… no suelo prestar atención a esas cosas.

—Entonces, empiece. Porque alguien quiere destruirlo y no se detendrá hasta conseguirlo.

Cuando terminamos, eran casi las once. Candela recogió sus cosas y yo la acompañé a la puerta.

—Gracias —dije, y la palabra me costó más de lo que esperaba—. Por ayudar. Por… por ser útil, como dijo.

Sonrió. Esa sonrisa suya que iluminaba todo.

—De nada, doctor Ferrer. Aunque siga siendo una molestia.

—No es… —me detuve—. Ya no es una molestia.

Nos miramos. El silencio entre nosotros era diferente ahora. Cargado de algo que ninguno quería romper, pero que tampoco sabíamos cómo mantener.

—Debería irme —dijo finalmente—. Taco y Chorizo me estarán esperando.

—Taco y Chorizo.

—Mis gatos. —Sonrió—. Sí, ya lo sé. Nombres ridículos. Pero son familia.

Asentí. La acompañé al coche y la vi marcharse, contemplando las luces traseras desapareciendo por el camino de entrada.

Y entonces me quedé solo.

En mi casa perfecta. En mi silencio ordenado. En mi control absoluto sobre un espacio que de repente parecía demasiado grande, demasiado vacío, demasiado… solo.

Caminé por el salón. Pasé junto a la cocina inmaculada donde nunca cocinaba. Miré la piscina iluminada donde nunca nadaba. Subí las escaleras flotantes hacia mi dormitorio con vistas al jardín que nunca disfrutaba.

Y por primera vez en mucho tiempo, quizás por primera vez en años, deseé que alguien se hubiera quedado.

No por el trabajo, ni por la investigación. Simplemente porque la idea de pasar otra noche solo en esa perfección cristalina me resultaba insoportable.

Me senté en el borde de la cama y miré el teléfono, tentado de escribirle algo. Cualquier cosa. «¿Has llegado bien?». «Gracias otra vez.». «¿Mañana seguimos?»

Pero no lo hice. Porque admitir que la echaba de menos, menos de cinco minutos después de que se fuera, era demasiado. Demasiado pronto. Demasiado peligroso.

Así que me acosté. Apagué las luces y escuché el silencio de mi casa perfecta, ordenada y vacía.

Y por primera vez, odié ese silencio.