Capítulo 4
Candela
La mejor manera de sobrevivir a un desastre es convertirlo en ficción.
Esa era mi teoría, al menos. Una teoría que había funcionado durante años cada vez que la realidad se volvía demasiado intensa, demasiado dolorosa, demasiado…
real. Cuando mamá murió, a los dieciocho, descubrí que podía transformar el dolor en historias.
Que si escribía sobre personajes que sufrían y superaban, mi propio sufrimiento se volvía más manejable.
Así que esa noche, sentada en el patio de mi casa con Taco ronroneando sobre mis pies y Chorizo intentando sentarse encima del teclado, tomé una decisión.
Si Adrián Ferrer Montesinos iba a ser mi sombra durante dos semanas, al menos sacaría material literario de ello.
Abrí un documento nuevo. Lo titulé «Doctor Insoportable Número Uno: Notas para personaje».
Y empecé a escribir.
Características principales del antagonista masculino:
1. Cree que los sentimientos son una enfermedad contagiosa. Probablemente se vacunaría contra ellos si existiera la posibilidad.
2. Habla en monosílabos como si cada palabra le costara dinero.
3. Viste trajes caros que deben compensar algún complejo de inferioridad emocional.
4. Tiene los ojos más fríos del planeta. Posiblemente sea un cíborg. Debería investigar si parpadea o si tiene puerto USB en alguna parte.
5. ...
Me detuve.
Los dedos flotaban sobre el teclado, pero mi mente había viajado a esa mañana, a su consulta, a la forma en que había sonreído, esa sonrisa pequeña, casi imperceptible, que había iluminado algo dentro de mí como un relámpago en plena tormenta.
Negué con la cabeza. No. No iba a dejar que esa sonrisa contaminara mi personaje. Mi doctor insoportable debía ser exactamente eso: insoportable. Arrogante. Frío. Un hombre que merecía un final solitario en mi novela, rodeado de diplomas y vacío por dentro.
Guardé el documento. Apagué el ordenador. Y decidí que dormir sería la mejor estrategia.
Pero, por supuesto, no pude dormir.
Los días siguientes fueron... confusos.
Seguí a Adrián como una sombra, como había acordado con Hugo.
Asistía a sus consultas externas, tomaba notas en mi libreta, intentaba captar el ambiente médico para mi novela.
Pero cada vez que creía tenerlo definido, cada vez que pensaba que había encontrado la clave para caricaturizarlo, hacía algo que desmontaba todo mi esquema.
El martes, por ejemplo, atendió a una señora mayor llamada Doña Pilar.
Setenta y ocho años, manos temblorosas, voz quebrada por el miedo.
Adrián podría haberla despachado en cinco minutos, revisar sus análisis, ajustar la medicación, siguiente paciente.
Pero no. Se sentó. Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo reconfortante.
Le preguntó por sus nietos, ya que sabía sus nombres, recordaba que el mayor había empezado la universidad.
Le explicó tres veces el tratamiento, con una paciencia infinita, hasta que ella asintió con lágrimas en los ojos y le apretó la mano con gratitud.
Yo estaba en la esquina, fingiendo tomar notas, pero en realidad observando. Y algo se movió en mi pecho. Algo que no quería identificar.
El miércoles fue peor.
Llegó al hospital a las seis de la mañana, como siempre.
Pero esa tarde, cuando terminó su jornada oficial, se quedó.
No porque tuviera guardia. Sino porque había una operación de urgencia.
Un niño de doce años, accidente de tráfico, corazón comprometido, y el cirujano de guardia era novato.
Adrián se quedó doce horas más. Doce. Operó, supervisó, se aseguró de que todo saliera bien.
Cuando salió del quirófano, a las tres de la madrugada, tenía ojeras que competían con las mías, barba de dos días, y una expresión de absoluto agotamiento. Pero también tenía algo más: una satisfacción silenciosa, una paz interior que solo aparece cuando has hecho algo que realmente importa.
Me encontró en la sala de espera, donde me había quedado oficialmente para documentar el ambiente nocturno del hospital, aunque en realidad era porque no sabía por qué no podía irme.
—¿Todavía aquí? —preguntó y su voz sonaba sorprendentemente suave.
—Estaba escribiendo —mentí.
—A las tres de la mañana.
—Soy noctámbula.
Me miró durante unos segundos. Luego, sin decir nada, se sentó a mi lado en el sofá gastado. Apoyó la cabeza en el respaldo. Cerró los ojos.
—¿Le importa? —dijo, sin abrirlos—. Solo necesito cinco minutos.
—Por supuesto.
Y allí nos quedamos. Él, el gran cirujano cardiovascular Adrián Ferrer Montesinos, durmiendo como un niño en un sofá de hospital. Yo, sentada a su lado, con el corazón haciendo cosas extrañas cada vez que su respiración se hacía más profunda.
No era frío, me di cuenta en ese momento. Estaba cansado. Profunda y terriblemente cansado. Y esa conclusión me enfureció.
Porque significaba que quizás lo había juzgado demasiado rápido. Que quizás, bajo esa coraza de perfección y distancia, había un ser humano que simplemente se había olvidado de cómo descansar.
Guardé mi libreta con violencia. Él se movió, pero no despertó. Y yo salí del hospital maldiciendo en voz baja, no muy segura de si maldecía a él o a mí misma.
El jueves, Adrián propuso algo inesperado.
—Necesito comer —dijo, saliendo de su consulta a la hora del almuerzo—. Y usted necesita dejar de mirarme como si fuera un espécimen en un microscopio.
—No lo miro así.
—Sí que lo hace. Y es incómodo.
—Mi trabajo es incómodo.
—Su trabajo es escribir. Y no la he visto escribir una sola palabra en tres días.
Me quedé callada. Tenía razón. Había pasado más tiempo observándolo que tomando notas útiles. Más tiempo memorizando la forma en que fruncía el ceño cuando estaba concentrado, o el modo en que se pasaba la mano por el pelo cuando estaba frustrado, que documentando procedimientos médicos.
—Hay una terraza cerca —dijo, y su tono era casi… ¿vacilante?—. Se come bien. Si quiere seguir documentando, puede hacerlo mientras como.
—¿Me está invitando a comer?
—Le estoy permitiendo que me acompañe mientras como.
Sonreí.
—Eso suena a cita forzada por el trabajo.
—No es una cita.
—Por supuesto que no, doctor Ferrer. Sería ridículo.
La terraza estaba en una calle del Carmen, llena de macetas con geranios y sombra de toldos a rayas. Era uno de esos lugares valencianos que parecían detenidos en el tiempo: mesas de hierro pintadas de verde, sillas de mimbre y un dueño que saludó a Adrián por su nombre.
—¿Viene a menudo? —pregunté, sentándome.
—Cuando puedo. Que no es mucho.
—¿Y hoy puede?
—Hoy… —hizo una pausa, mirando el menú—. Hoy necesito alejarme del hospital. De la denuncia. De todo.
La denuncia. Había oído rumores. Enfermeras susurrando en los pasillos, médicos mirando a Adrián con expresiones de preocupación. Alguien intentaba dañar su reputación, eso estaba claro. Pero él no había dicho nada y yo no había preguntado.
Pedimos. Él, una ensalada mediterránea que picó con precisión quirúrgica. Yo, una paella que me costó la mitad de la tarde terminar.
Y entonces, entre bocado y bocado de algo que no era exactamente una conversación, pero tampoco un silencio incómodo, pasó algo extraño.
Empezamos a hablar de nosotros.
—¿Por qué escribe? —preguntó de repente, sin mirarme.
La pregunta me pilló desprevenida. No era la típica «¿De dónde saca las ideas?» o «¿Cómo se le ocurrió ser escritora?». Era más profunda. Más personal.
—¿Por qué opera usted? —Devolví la pelota.
—Le he preguntado primero.
Suspiré. Miré mi copa de agua. Y algo en la atmósfera relajada de la terraza, en el sol filtrándose entre las sombrillas, en la presencia de un hombre que parecía finalmente humano, hizo que soltara la verdad.
—Mi madre murió cuando yo tenía dieciocho años —dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía—. Cáncer. Rápido. Injusto. Un día estaba aquí, al siguiente… no.
Adrián dejó de comer. Me miró, y en sus ojos vi algo que no esperaba: reconocimiento.
—Yo me refugié en las historias —continué, porque ya había empezado y no podía parar—.
En las bibliotecas. En los libros donde todo tenía sentido, donde el dolor servía para algo, donde los finales felices existían si trabajabas lo suficiente por ellos.
Escribir… escribir fue la forma de crear un mundo donde las madres no morían y el amor duraba para siempre.
Callé. Me sentí expuesta, vulnerable, como si le hubiera entregado un mapa de mis heridas más profundas.
—Mi hermano —dijo Adrián, y su voz sonaba diferente, más suave, más joven—. Se llamaba Daniel. Era mayor que yo por cuatro años. Quería ser piloto. Siempre decía que salvaría vidas desde el aire, que volaría ambulancias o algo así.
Hizo una pausa. Tragó saliva. Y yo supe lo que venía antes de que lo dijera.
—Murió cuando yo tenía quince. Accidente de coche.
Un conductor borracho. Rápido. Injusto. —La última palabra la dijo con amargura, como si todavía le costara pronunciarla—.
Desde entonces… desde entonces supe que quería salvar vidas.
Que si podía evitar que otras familias sintieran lo que sentimos nosotros, tendría que hacerlo.
Nos miramos. Y en ese momento, en esa terraza valenciana llena de turistas y ruido y vida, ocurrió algo mágico. Algo que no estaba en ninguno de mis planes. Algo que no podía escribir en mi libreta ni convertir en ficción.
Por primera vez, nos vimos. Realmente nos vimos.
No como escritora y médico. Ni como molestia obligatoria y profesional irritado. Como dos personas que habían perdido a alguien importante, que habían construido muros diferentes para sobrevivir al dolor, que de alguna forma incomprensible se entendían.
—Por eso odia mis novelas —dije, y era más una constatación que una pregunta.
—¿Qué?
—Porque son finales felices. Porque prometen que el amor todo lo puede. Y usted… usted sabe que no es verdad. Que a veces, por mucho que ames, la gente se va.