Capítulo 4 #2
Adrián no respondió. Pero extendió la mano sobre la mesa, lentamente, como si no estuviera seguro de si debía hacerlo, y tocó los míos. Solo un segundo. Un roce de dedos contra la piel. Pero fue suficiente para encender una chispa que viajó directa a mi estómago.
—O a veces —dijo, y su voz era un murmullo—, a veces el amor no es suficiente para salvar a nadie.
Estábamos en ese momento. Ese instante suspendido en el tiempo donde todo podía cambiar, donde las barreras podían caer, donde dos extraños podían convertirse en...
—¡Adrián!
La voz nos interrumpió. Cortó la magia como un cuchillo.
Nos separamos, retiramos las manos y giramos hacia la fuente del sonido. Y allí había una mujer de lo más sonriente.
Era alta, delgada, con un pelo negro perfectamente peinado que caía en ondas impecables sobre sus hombros.
Vestía un traje de chaqueta azul marino que debía costar más que mi alquiler de tres meses, llevaba tacones que hacían que sus piernas parecieran interminables, y esa sonrisa mostraba unos dientes blancos y perfectos.
—Valeria —dijo Adrián, y su voz había cambiado. Sonaba sorprendido, pero no desagradablemente—. No sabía que estabas en Valencia.
—Llegué ayer. Congreso de Cardiología Intervencionista. —Se acercó a nuestra mesa. Sus ojos —marrones, intensos, del tipo que parecen evaluarte constantemente— me recorrieron de arriba abajo con una rapidez que no pude interpretar—. No me dijiste que tenías compañía.
—No es... —Adrián empezó.
—Candela Navarro —me presenté, extendiendo la mano, sintiéndome ridícula en mi vestido de flores y mis sandalias gastadas—. Escritora. Estoy documentándome para una novela.
—Ah. —Valeria me estrechó la mano con una fuerza sorprendente—. Una escritora. Qué… interesante.
Se sentó. Sin que nadie la invitara. Se sentó en la silla a mi lado, dejándome entre ella y Adrián, y empezó a hablar con él en un código médico que no entendía. Cifras. Procedimientos. Nombres de colegas mutuos. Risas compartidas sobre situaciones en congresos a los que yo nunca asistiría.
Me sentí invisible. No, peor. Me sentí fuera de lugar.
Valeria encajaba. Era médico, como Adrián. Compartían su mundo, su vocabulario, su élite profesional. Y yo… Yo era la chica que escribía sobre amor en cafeterías, que se perdía en sus propias historias, que vestía como una adolescente perdida en un festival de verano.
Y lo peor era que Adrián parecía… cómodo. Relajado. Sonreía de verdad con ella, no esa sonrisa forzada y pequeña que me había regalado a mí. Hablaba con fluidez, sin esfuerzo, sin esa tensión constante que parecía acompañar todas nuestras interacciones.
—¿Y tú, Candela? —Dijo Valeria de repente, volviéndose hacia mí con una amabilidad que no alcanzaba sus ojos—. ¿Escribes novelas de… cómo se dice? ¿Rosa?
—Románticas —corregí, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía—. Novelas románticas.
—Qué adorable. Yo nunca tengo tiempo para leer. Demasiado trabajo, ¿sabes? El hospital, las conferencias, los pacientes… —se volvió hacia Adrián—. ¿Recuerdas aquel caso en Barcelona? El señor con la válvula bicúspide...
Y volvió a excluirme.
Pasaron veinte minutos. Veinte minutos en los que bebí mi agua con rabia, en los que forcé una sonrisa amable, en los que intenté no mirar cómo Valeria tocaba el brazo de Adrián cada vez que quería enfatizar algo, cómo él no se apartaba, cómo parecían dos planetas alineados en el mismo sistema solar mientras yo era un asteroide perdido en el espacio.
Finalmente, Valeria miró su reloj, un Rolex, por supuesto, y se levantó.
—Debo irme. Reunión con el comité organizador. —Se inclinó y besó a Adrián en ambas mejillas, con una familiaridad que me hizo sentir náuseas—. Cenamos pronto, ¿sí? Tengo que contarte lo de Madrid.
—Sí —dijo Adrián—. Claro.
Se fue. Dejó tras de sí un rastro de perfume caro y una sensación de absoluta inadecuación.
Adrián y yo nos quedamos en silencio.
—¿Quién era? —pregunté, aunque ya lo sabía. Ya lo sabía en lo más profundo de mi ser, en esa parte primitiva que reconocía la competencia, el peligro, la amenaza.
—Valeria Montoro. Cardióloga. Trabajamos juntos en Barcelona hace años.
—¿Solo trabajaron juntos?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Demasiado directa. Demasiado personal. Demasiado... celosa.
Adrián me miró. Y en sus ojos vi sorpresa, confusión, y algo más que no logré identificar.
—¿Importa?
—No. Para nada. Solo curiosidad profesional. Para el personaje, ya sabe.
—Candela.
—¿Qué?
—¿Está celosa?
Me reí. Una risa forzada, demasiado alta, demasiado falsa.
—¿Celosa? Por favor. No somos... Esto no es... Usted y yo solo somos...
—¿Solo somos qué?
—Nada —dije, levantándome de golpe—. No somos nada. Y ahora, si me disculpa, tengo que irme. Tengo una escena que escribir. Una escena de muerte. Trágica. Para mi doctor insoportable.
Salí de la terraza casi corriendo.
No miré atrás. No quería ver si él me seguía con la mirada, si se preocupaba, si le importaba. Porque no importaba. No podía importar.
Él era Adrián Ferrer Montesinos, cirujano cardiovascular, exnovio o examante o lo que fuera de la tal Valeria, perfecta y sofisticada, y probablemente de docenas de mujeres más igual de impresionantes.
Yo era Candela Navarro, escritora de novelas románticas, con zapatillas Converse rotas y un bloqueo creativo que me estaba volviendo loca.
Éramos de mundos diferentes. Y esa noche, mientras escribía en mi patio con los gatos a mis pies y el sonido de los grillos como banda sonora, lo confirmé.
Abrí el documento del «Doctor Insoportable Número Uno». Quería seguir con mi caricatura, con mi venganza literaria, con mi plan de hacer que sufriera en la ficción como me hacía sufrir en la realidad.
Pero mis dedos se negaron a escribir sobre un hombre arrogante y frío.
En su lugar, escribí sobre ojos grises. Sobre una sonrisa pequeña y casi imperceptible. Sobre la forma en que decía mi nombre, con esa voz grave que vibraba en lugares que no sabía que tenía.
Sobre la manera en que había hablado de su hermano, con el dolor todavía fresco después de tantos años.
Y cuando terminé, cuando leí lo escrito, supe que estaba perdida. Porque mi protagonista masculino ya no era un doctor insoportable. Ahora tenía los ojos de Adrián Ferrer.
Y eso, maldita sea, era un problema enorme.