Capítulo 3 #2
Pero ella se me adelantó.
—He pensado en lo que dijo ayer —dijo mientras caminábamos—. Sobre que romantizo la medicina. Sobre que no entiendo la realidad.
—¿Y?
—Y creo que tiene razón. No entiendo la realidad de un quirófano. Pero usted tampoco entiende la realidad de la gente común. La gente que no salva vidas todos los días. La gente que simplemente… vive.
—¿Y eso es mejor?
—Es diferente. Y diferente no significa peor.
Entramos en mi consulta. Era un espacio amplio, moderno, con vistas al jardín interior del hospital. Candela se sentó en la silla de los pacientes sin que yo se lo pidiera y abrió su libreta.
—Tengo preguntas —anunció.
—Por supuesto que sí.
—¿Alguna vez se ha enamorado?
La pregunta me pilló desprevenido. Literalmente me detuve en medio de encender el ordenador, con la mano suspendida sobre el ratón.
—¿Perdón?
—Es una pregunta simple. ¿Alguna vez se ha enamorado? En su vida. De verdad. De eso que usted desprecia tanto en mis novelas.
—No veo cómo eso es relevante para su documentación.
—Es relevante porque quiero entender al hombre, no solo al médico. Y el hombre, según parece, es un ser frío y distante que no cree en el amor.
Me senté en mi silla. La miré. Y por un momento, vi algo en ella que no esperaba: vulnerabilidad. Detrás de esa coraza de sarcasmo y desafío, había una mujer que realmente quería saber. Que realmente escuchaba.
—No tengo tiempo para esas cosas —dije finalmente, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.
—Eso no responde a la pregunta.
—Sí la responde.
—No. La evade. ¿Sabe qué pienso, doctor Ferrer? Pienso que sí se ha enamorado. Pero fue tan doloroso, tan desastroso, que decidió que nunca más volvería a arriesgarse. Así que se esconde detrás de su trabajo, de su perfección, de su control absoluto. Y juzga a los demás por atreverse a sentir.
Sentí un nudo en la garganta. Un nudo que no tenía nada que ver con la denuncia, con el hospital ni con lo profesional.
—Usted no me conoce —dije, y mi voz salió más baja.
—No. Pero estoy intentándolo. Y usted no me lo pone fácil.
Nos miramos durante largos segundos. El aire entre nosotros parecía vibrar. Yo sabía que debía apartar la mirada, volver a mi ordenador, empezar la consulta. Pero no podía.
Ella tenía razón.
Había habido alguien. Hacía años. Una relación que había intentado encajar en mi vida caótica, un intento de normalidad que había terminado en un desastre.
Ella, mi ex, una cirujana de Barcelona, había elegido su carrera por encima de nosotros.
Yo había elegido mi orgullo por encima de la felicidad.
Y desde entonces, había construido muros tan altos que nadie podía escalarlos.
Pero Candela... Candela parecía tener escalera.
—Tengo que preparar la consulta —dije, finalmente apartando la mirada.
—Claro. Siempre huyendo.
—No huyo. Priorizo.
—Es lo mismo.
Se levantó y se acercó a la ventana, dándome la espalda. El sol de la mañana iluminaba su silueta, creando un halo alrededor de su pelo despeinado. Y entonces, sin pensarlo, solté algo que no tenía planeado decir.
—Elena.
Ella se giró.
—¿Qué?
—Elena. Mi ex. Cirujana. Estuvimos juntos tres años. Terminó porque… —hice una pausa, tragando saliva—. Porque ambos éramos demasiado buenos en nuestro trabajo y demasiado malos en lo demás.
Candela no dijo nada. Solo me miró con esos ojos verdes que parecían ver demasiado.
—¿Satisfecha? —pregunté, intentando recuperar el tono sarcástico.
—No —respondió ella, y su voz sonó extrañamente suave—. No me hace feliz saber que sufrió. Solo me hace entenderle un poco más.
—No necesito que me entienda. Necesito que documente su novela y que desaparezca de mi vida.
—Mentira.
La palabra colgó en el aire como un desafío.
—¿Perdón?
—Ha dicho que necesita que desaparezca. Y eso es mentira. Porque si fuera verdad, no me habría contado lo de Elena. No me habría dejado ver que había algo debajo de todo ese hielo.
Quería negarlo. Quería decirle que se equivocaba, que no había nada debajo, que era exactamente lo que parecía: un hombre frío, profesional, vacío de emociones innecesarias.
Pero en ese momento, sin poder evitarlo, sonreí.
No una sonrisa grande. Ni una sonrisa de esas que Lucas intentaba arrancarme con sus bromas. Una sonrisa sutil, casi imperceptible, involuntaria. Una sonrisa que nació de la sorpresa, de la frustración, de algo que no sabía identificar.
Y ella la vio. Vi cómo sus ojos se iluminaban, cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente, cómo apartaba la mirada rápidamente como si hubiera visto algo que no debía.
—Maldita sea —murmuró ella, volviendo a su libreta.
—¿Qué?
—Nada. Es que… —suspiró—. Es que confirma algo que no quería admitir.
—¿El qué?
Ella me miró, y en sus ojos había guerra. Conflicto. Esa misma batalla que yo sentía en mi interior.
—Que debajo de esa fachada de hombre frío —dijo, y su voz era un susurro casi imperceptible— hay alguien que puede ser muy peligroso.
No pregunté por qué. No necesitaba hacerlo. Porque en ese preciso instante, mientras el sol entraba por la ventana y el hospital bullía a nuestro alrededor con su rutina de vida y muerte, supe exactamente a qué se refería.
Ella era peligrosa para mí. Porque en menos de veinticuatro horas, había logrado algo que nadie conseguía en años: hacerme sentir.
Y eso era algo que yo no podía permitirme.
—Tengo que atender a mis pacientes —dije, y mi voz sonó áspera, forzada.
—Por supuesto.
—Puede quedarse. Observar. Pero no interfiera.
—Nunca interferiría, doctor Ferrer.
—Mentira —repetí, usando su misma palabra—. Usted interfiere en todo. En mi concentración. En mi paz. En mi...
Me detuve. No iba a terminar esa frase.
—¿En su qué? —preguntó, y había algo travieso en su tono.
—En mi paciencia —mentí.
Ella sonrió. Una sonrisa amplia y victoriosa que iluminó toda la habitación.
—Entonces tendré cuidado. No quiero agotar su paciencia… todavía.
Esa sonrisa suya. Esa sonrisa que prometía problemas, caos y algo más que no quería nombrar.
Salí de la consulta con paso rápido, dejándola atrás, intentando recuperar el control que siempre había sido mío.
Pero mientras caminaba hacia la primera paciente del día, con la mente dividida entre la denuncia que amenazaba mi carrera y la escritora que amenazaba algo mucho más peligroso, supe que las cosas habían cambiado.
Candela Navarro había entrado en mi vida como un tornado. Y lo peor de todo era que, por primera vez en años, no quería que se fuera.