Capítulo 3
Adrián
El control era la única verdad que conocía.
En el quirófano, el control separa la vida de la muerte.
Un milímetro de diferencia, un segundo de distracción, un movimiento impreciso y todo se desmorona.
He pasado quince años de mi vida perfeccionando ese control.
Lo he convertido en mi religión, en mi mantra, en la pared invisible que me separa del caos.
Por eso, cuando Candela Navarro irrumpió en mi despacho aquella mañana de julio, supe inmediatamente que representaba todo lo que detestaba. El caos personificado.
La operación había sido complicada. Un bypass cuádruple en un paciente de setenta y dos años con arterias tan bloqueadas que parecían tuberías de cal.
Había tardado seis horas. Había sudado hasta la última gota bajo las luces del quirófano.
Pero el corazón volvía a latir con fuerza y eso era lo único que importaba.
Cuando entré en la sala de estar de los médicos, esperando encontrarla vacía, la vi.
Estaba sentada en el sofá de cuero gastado, con un vestido amarillo que parecía haberse puesto de cualquier manera, y probablemente así había sido, con zapatillas de lona rotas y un cuaderno lleno de garabatos.
Tenía el pelo castaño recogido en una coleta imperfecta, con mechones sueltos cayéndole por la cara y unas ojeras que competían con las mías en intensidad.
Pero fueron los ojos los que me detuvieron.
Verdes. No un verde apagado, sino un verde intenso, casi irreal, del tipo que parece emitir luz propia. Y en ese momento, mientras me miraba con una mezcla de sorpresa y desafío, vi algo más en ellos: inteligencia. Una inteligencia afilada, rápida, capaz de ver demasiado.
—¿Usted es la escritora? —pregunté, sin molestarme en disimular el cansancio en mi voz.
Ella se levantó. Me tendió la mano. Y entonces soltó esa frase absurda sobre estar allí obligada, como si yo hubiera pedido que me asignaran una sombra literaria.
Candela Navarro. Incluso el nombre sonaba a problemas.
Cuando terminó nuestra conversación, si es que se podía llamar así a aquel intercambio de hostilidades veladas, salí del despacho con la mandíbula tensa y el estómago revuelto de un modo que no tenía nada que ver con la operación de esa mañana.
Nadie me había hablado así en años. Nadie se había atrevido a devolverme sarcasmo por sarcasmo, a desafiarme con esa mezcla de desdén y curiosidad, a mirarme como si yo fuera el que estaba siendo evaluado y no al revés.
Subí a mi despacho privado en la cuarta planta. Me quité la chaqueta del traje, sudada por la operación y ahora por la tensión de aquel encuentro, y me serví un vaso de agua de la botella que guardaba en el mini frigorífico.
El reflejo en el cristal de la ventana me devolvió la imagen de un hombre de treinta y ocho años, ojeroso, con barba de tres días que necesitaba afeitarse, y una expresión que no lograba identificar.
¿Confusión? No. Yo no me confundía. Yo no dudaba. Pero algo en esa mujer...
Sonó el móvil y, al mirar la pantalla, vi que era Lucas.
—¿Y bien? —Dijo después de colgar—. ¿Cómo ha ido con la escritora?
Lucas Ibáñez. Treinta y nueve años, traumatólogo, pelirrojo, con barba poblada y el único ser humano en el planeta que conocía todos mis secretos.
Nos habíamos conocido en la residencia, quince años atrás, cuando él era un médico novato, demasiado divertido para su propio bien, y yo era un cirujano en formación que apenas hablaba.
Desde entonces, había intentado emparejarme con medio hospital, había organizado citas a ciegas que yo rechazaba sistemáticamente y había desarrollado una extraña habilidad para leerme la mente.
—Ha ido como esperaba —mentí—. Una molestia innecesaria. Una romántica empedernida que cree que el mundo gira en torno a sus novelas rosas.
—Ja.
—¿Ja?
—Llevas quince minutos hablando de ella y todavía no me has contado nada sustancial.
Me detuve. Miré el teléfono como si pudiera ver su sonrisa burlona al otro lado.
—No estoy hablando de ella. Estoy describiendo una situación profesional incómoda.
—Adrián, cariño, no me conoces de ayer. He visto cómo actúas con las mujeres que te interesan.
—No me interesa.
—Exacto. Normalmente las ignoras por completo. Les das tu voz de robot, les explicas que no tienes tiempo y luego desapareces. Pero esta… esta te ha hecho perder los papeles.
—No he perdido los papeles.
—Has discutido con ella. Has devuelto cada provocación. Eso, amigo mío, es química.
—Eso es irritación.
—Es lo mismo al principio.
Colgué antes de que pudiera seguir. Lucas tenía esa habilidad para meterse donde no lo llamaban y ver conexiones donde yo solo veía inconvenientes.
Pero esa noche, mientras intentaba dormir en mi cama demasiado grande en mi casa demasiado vacía, no pude evitar pensar en ella.
En sus ojos verdes desafiándome. En su voz afilada cortando mis frases. En la forma en que se había sonrojado cuando nuestras manos se rozaron... No. No iba a seguir por ese camino.
A las seis de la mañana del día siguiente, ya estaba en el hospital.
Me gustaba llegar antes que nadie. El edificio vacío, los pasillos silenciosos, el olor a limpio que aún no se había contaminado con el sudor y el estrés del día. Era mi momento de paz, mi ritual de concentración antes de que el caos comenzara.
Revisé los expedientes de los pacientes del día. Preparé mentalmente las operaciones programadas. Intenté no pensar en que ella volvería.
Porque volvería. Hugo Sempere había sido muy claro en su correo: dos semanas de documentación, acceso a consultas externas, observación en quirófano si el paciente daba su consentimiento. Candela Navarro sería mi sombra durante catorce días.
Catorce días de bromas sarcásticas y miradas desafiantes. Catorce días de caos organizado.
El teléfono de mi despacho sonó a las ocho y media. Número interno del hospital. La voz de Marta, la directora de enfermería, sonaba tensa.
—Doctor Ferrer, ¿podría pasar por mi despacho? Es urgente.
Marta no usaba la palabra urgente a la ligera. Bajé las escaleras a paso rápido, con el corazón acelerándose ante cualquier crisis, esa mezcla familiar de adrenalina y profesionalismo.
En su despacho, Marta me recibió con una carpeta en las manos y una expresión que no lograba interpretar.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Ha llegado una denuncia. Formal. Al departamento de Calidad y al comité deontológico.
—¿Denuncia?
—Mala praxis. Un paciente suyo. El señor Gutiérrez. El bypass que operó hace tres meses.
Fruncí el ceño. El señor Gutiérrez. Setenta y dos años, empresario jubilado, operación complicada pero exitosa. La revisión de hacía un mes había sido perfecta. Había enviado incluso una carta de agradecimiento. Una donación al departamento.
—Eso es imposible —dije—. El señor Gutiérrez está perfecto. Tiene mi número personal. Si hubiera tenido alguna queja, me habría llamado directamente.
—Lo sé. Por eso me resulta extraño. La denuncia habla de secuelas no informadas, falta de consentimiento adecuado, negligencia postoperatoria, todo muy genérico. Pero está presentada por un abogado. Un bufete de Madrid que no habíamos visto antes.
Cogí la carpeta. Leí el documento. Cada palabra era un golpe preciso, profesional, diseñado para dañar. No había errores médicos reales, lo sabía porque no los había cometido, pero el lenguaje legal estaba calculado para crear dudas.
—Esto no tiene sentido —murmuré.
—Lo sé. Y hay algo más. El abogado ha enviado una copia a tres periódicos. El Levante ya ha llamado para pedir declaraciones.
Sentí un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
Alguien estaba intentando dañarme.
No era la primera vez que un médico enfrentaba denuncias infundadas. Pero la precisión de esta, el timing, el hecho de que llegara justo cuando mi carrera estaba en su punto más alto… olía a conspiración.
—Gracias por avisarme, Marta. Voy a llamar a mi abogado.
—Adrián… —su voz se suavizó—. Sé que no cometes errores. Todo el hospital lo sabe. Pero ten cuidado. Alguien quiere manchar tu nombre.
Salí de su despacho con la carpeta bajo el brazo y la mente acelerada.
Alguien quería destruir mi reputación. Y en ese preciso momento, mientras bajaba las escaleras perdido en pensamientos oscuros, la vi.
Candela estaba en recepción, discutiendo con la misma recepcionista que la del día anterior. Llevaba un vestido azul con flores blancas, otro vestido veraniego, impropio para un hospital, sandalias de cuña que la hacían parecer más alta y esa misma libreta llena de garabatos.
—Pero si tiene consulta a las nueve —decía ella, con voz exasperada—. ¿Cómo que no puedo pasar? ¿Acaso hay que tener doctorado para sentarse en una sala de espera?
—Señorita Navarro —dije, acercándome—. ¿Ya está causando problemas a primera hora?
Se giró. Sus ojos verdes me encontraron. Y por un segundo, un segundo que intenté ignorar, vi algo más allá del desafío habitual. Curiosidad, quizás. O sorpresa al verme allí, con cara de pocos amigos, seguramente luciendo como si hubiera dormido solo tres horas.
—Doctor Ferrer. Perfecto. Su recepcionista parece creer que soy una vendedora de enciclopedias.
—Pase —dije a la recepcionista, sin apartar la mirada de Candela—. Está conmigo.
Caminamos juntos hacia el ascensor. El silencio entre nosotros era denso, cargado de electricidad. Quería preguntarle por qué había vuelto, por qué no se había dado por vencida después de nuestro encuentro hostil del día anterior. Pero no lo hice.
—Parece que ha pasado una mala noche —dijo ella, rompiendo el silencio en el ascensor.
—Tengo mucho trabajo.
—¿Siempre es así de cortante o es que yo le saco lo peor?
La miré. Ella me miró. Y por primera vez en años, sentí el impulso de sonreír ante una provocación.
—Usted saca lo peor de todo el mundo, señorita Navarro. No se haga ilusiones.
—Doctora Navarro.
—Disculpe. Doctora.
Las puertas del ascensor se abrieron. Mi consulta estaba al final del pasillo. Pero no me moví inmediatamente. Quería decirle algo, advertirle de que aquel día no era buen día, que tenía demasiado en la cabeza como para soportar sus bromas.