Capítulo 2
Candela
En ese momento sonó el timbre. Era Mireia, mi mejor amiga desde los catorce años, cuando nos sentamos juntas en clase de Lengua y ella me prestó un boli porque el mío se había quedado sin tinta.
Treinta años, rubia, organizada hasta el punto de tener una agenda para su agenda, y la única persona en el mundo capaz de decirme verdades que dolían sin que yo la odiara por ello.
Entró con su elegancia habitual. Llevaba un pantalón blanco impecable, una camisa de lino y sandalias que seguramente costaban más que mi ordenador, y se sentó en la hamaca sin ceremonias.
—He traído vino —dijo, sacando una botella de blanco de la nevera que conocía mejor que la suya propia—. He oído que hay crisis.
—¿Cómo lo has oído?
—Hugo me ha llamado. Me ha pedido que te convenza de que esto es una buena idea.
—¡Traidor!
—Candela, escúchame —Mireia sirvió tres copas, incluida una para mi padre, que seguía cocinando—. Llevas meses hecha un desastre. No sales, no escribes, no haces nada salvo quejarte de que no puedes escribir. Necesitas aire fresco. Necesitas… estímulos.
—¿Estímulos?
—Este médico suena interesante.
—Este médico suena insufrible.
—Los hombres insufribles son los mejores en la cama —dijo Mireia con total naturalidad.
Mi padre se atragantó con el vino.
—Mireia, por favor, mi padre está presente.
—Tu padre es adulto y sabe de qué va la vida. ¿O no, Vicente?
—Las mujeres de esta casa me van a matar —murmuró mi padre, volviendo a la paella.
—No voy a acostarme con el médico —dije con la mayor firmeza que pude reunir—. Ni siquiera voy a gustarme. Voy a odiarlo. Es mi misión documentarme sobre su personalidad insufrible y luego crear un personaje basado en él que muera solo y amargado al final de la novela.
—Apuesto cien euros a que tardas menos de una semana en admitir que es atractivo —dijo Mireia.
—No juego a esos juegos.
—Cien euros. Y una cena en ese restaurante japonés carísimo del que siempre hablas.
La miré. Ella me miró. Esa mirada de complicidad que teníamos desde hacía dieciséis años.
—Trato hecho —dije—. No me gustará. No admitiré que es atractivo. Y tú pagarás la cena y me darás cien euros que invertiré en vibradores nuevos.
—Y si pierdes, pagas tú la cena y me das cien euros que invertiré en organizadores de armario.
—Sois dos enfermas —dijo mi padre desde la cocina—. Y la paella se está quemando porque me tenéis distraído con historias de médicos guapos.
Cenamos los tres en el patio, bajo las estrellas de julio que brillaban sobre Benimaclet.
Hablamos de todo menos de lo que realmente me preocupaba.
De mi ex, Sergio, que había vuelto a aparecer en mi vida hacía un mes con un «Hola, ¿cómo estás?
» que olía a egoísmo y a «He visto que tu última novela ha vendido un millón de ejemplares y ahora sí que me interesas».
Sergio Roldán. Treinta y cuatro años, fotógrafo, moreno, sonrisa perfecta y la capacidad de hacer que cualquier mujer se sintiera la única persona en el mundo… hasta que desaparecía y aparecía en la cama de otra.
Habíamos estado juntos dos años. Dos años de mi vida que había dedicado a creer que podía cambiarlo, a perdonar infidelidades que llamaba confusiones, a hacerme pequeña para que él se sintiera grande.
Cuando terminó, cuando le pillé con otra, porque, claro, siempre me enteraba yo, nunca tenía la decencia de ser él quien confesara, juré que no volvería a dejarme conquistar por sonrisas bonitas y palabras vacías.
Y ahora, mañana, iba a conocer a Adrián Ferrer Montesinos. Guapo, arrogante, seguro de sí mismo. El tipo de hombre que me hacía poner los ojos en blanco solo por existir.
No caería en la trampa.
No admitiría que era atractivo.
No le daría ni la hora.
El Hospital Clínico de Valencia, a las siete y media de la mañana, es un lugar que huele a desinfectante, a café barato y a sueños rotos.
Llegué con veinte minutos de retraso porque el metro se había averiado.
Llevaba un vestido que había planchado mal y unas sandalias que me hacían ampollas solo con mirarlas.
La recepcionista me miró como si fuera una bacteria.
—El doctor Ferrer está en su despacho. Tercera planta. Pregunte en enfermería.
Subí las escaleras porque el ascensor estaba lleno de gente con cara de luto. Tercera planta. Pasillo blanco. Luces fluorescentes que me hacían sentir como si estuviera en una película de terror psicológico.
Encontré el despacho. Y en la puerta había una placa dorada en la que se leía «Dr. Adrián Ferrer Montesinos. Jefe de Cirugía Cardiovascular».
Respiré hondo. Llamé y nada. Llamé otra vez.
Una enfermera pasó por mi lado.
—El doctor Ferrer está en quirófano. Ha tenido una emergencia. Debería esperar en la sala de espera de médicos, al final del pasillo.
—¿Cuánto tardará?
—¿En quirófano? Depende. Dos horas. Seis. Doce. Cuando termine de salvar la vida que intenta salvar.
Genial. Perfecto. Mi primera impresión iba a ser llegar tarde y que él ya estuviera operando. Hugo me mataría. La editorial me mataría. Mi carrera se iría por el desagüe.
Esperé tres horas en una sala con sofás de cuero gastado, bebiendo café de máquina que sabía a cartón mojado, intentando no mirar el reloj cada treinta segundos.
A las once y cuarto, la puerta se abrió. Y entonces lo vi.
Adrián Ferrer Montesinos entró en la sala como si el hospital fuera suyo. Como si las paredes blancas y el olor a antiséptico existieran únicamente para enmarcar su presencia.
Era alto, muy alto. Un metro noventa fácil.
Traje azul marino impecable. Camisa blanca, corbata gris.
Pelo oscuro, ligeramente despeinado de forma calculada.
Barba de tres días que le daba un aire de canalla respetable.
Y los ojos... Dios, los ojos. Grises, fríos e inteligentes.
Del tipo que parecen ver a través de tus mentiras antes de que las pronuncies.
Y entonces me miró.
Yo estaba sentada en el sofá, con un cuaderno en el regazo, café derramado en la falda del vestido y, seguramente, una expresión de estúpida sorpresa en la cara.
—¿Usted es la escritora? —preguntó.
Su voz era grave y profunda. Del tipo que vibra en el pecho.
—Candela Navarro —dije, levantándome y extendiendo la mano—. Encantada. Bueno, encantada es un decir. En realidad, estoy aquí obligada, pero intentemos que esto sea lo menos doloroso posible para ambos.
No sonrió. Ni siquiera parpadeó.
Me miró la mano como si fuera un objeto desconocido que podía estar contaminado y luego me la estrechó. Su piel era cálida, su apretón firme y, durante un segundo, sentí algo extraño en la base del estómago que decidí ignorar por completo.
—Adrián Ferrer —dijo, soltando mi mano—. Tengo veinte minutos antes de la siguiente consulta. Espero que sea suficiente para explicarle por qué esto no va a funcionar.
—¿Perdón?
—Esto —hizo un gesto vago entre los dos—. Su... documentación. Mi trabajo. No creo que tengamos nada que ofrecernos el uno al otro, señorita Navarro.
—Es doctora Navarro. Doctora en Bellas Artes, si vamos a ser técnicos. Y en Creatividad Literaria. Y, además, es escritora de tres bestsellers internacionales, así que, el señorita sobra.
Una chispa de algo. ¿Interés? ¿Molestia? Cruzó sus ojos grises.
—Muy bien, doctora Navarro. Siéntese. Y explíqueme por qué debería perder mi valioso tiempo respondiendo preguntas sobre un trabajo que usted seguramente romantizará hasta hacerlo irreconocible.
Me senté. Él se sentó frente a mí, cruzando las piernas, mostrando unos zapatos italianos que costaban más que mi alquiler de tres meses.
—No romantizo nada —mentí—. Solo busco autenticidad.
—Autenticidad. —Casi escupió la palabra—.
¿Sabe qué es la autenticidad en un quirófano, doctora?
Es sangre. Es miedo. Es tomar decisiones que significan vida o muerte mientras el reloj marca segundos que no se pueden recuperar.
No es lo que usted escribe. No son finales felices forzados ni declaraciones de amor bajo la lluvia.
Sentí que la sangre me subía a las mejillas.
—¿Ha leído mis libros?
—He leído reseñas. Suficiente para saber que su visión del amor es… idealizada.
—Y su visión de la literatura es… —lo miré de arriba abajo— limitada. ¿Sabe? No todo el mundo puede ser cirujano cardiovascular. Algunos tenemos que ganarnos la vida inventando sentimientos, como usted dice. Al menos mis personajes ficticios no mueren si me equivoco.
—No, solo se enamoran de forma irreal.
—Y usted opera de forma robótica. ¿Eso es mejor?
Nos quedamos mirando y sentí que la tensión en la sala era palpable. El aire acondicionado parecía haber dejado de funcionar. Yo tenía el corazón acelerado, las manos sudorosas y una extraña necesidad de estrangularlo y simultáneamente… no. No iba a terminar ese pensamiento.
—Veinte minutos —dijo finalmente, mirando su reloj—. Pregunte lo que quiera. Pero le advierto: no voy a facilitarle material para que convierta mi profesión en un entretenimiento barato.
—Y yo le advierto a usted: no voy a permitir que su actitud de superioridad emocional arruine mi novela. Así que responderá a mis preguntas, doctor Ferrer, aunque tenga que arrancarle las respuestas con las uñas.
Algo cambió en su expresión. Una mínima curva en la comisura de los labios que podría haber sido casi… ¿admiración?
—Empiece, entonces.
Y empecé. Le pregunté por su formación. Por sus pacientes más difíciles. Por las noches en que no podía dormir. Por el peso de tener vidas en sus manos.
Me respondió con monosílabos. Con frases cortadas. Con esa voz grave que me hacía sentir cada palabra en la piel.
A los quince minutos, ya lo odiaba más que a nadie en mi vida.
Y a los diecisiete, cuando se inclinó para recoger un bolígrafo que se me había caído y su mano rozó accidentalmente la mía, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—Se ha acabado el tiempo —dijo, levantándose—. Mi secretaria le dará una copia de mi horario de consultas externas. Puede asistir como observadora. Pero no espere que cambie de opinión al respecto.
—¿Sobre qué?
—Sobre usted. Sobre esto. Sobre lo absurdo que es pretender entender la medicina escribiendo sobre ella desde un café con Wi‑Fi.
—Y no espere usted que cambie de opinión sobre los médicos arrogantes que creen que el mundo gira a su alrededor.
Nos miramos una última vez. Él tenía los ojos fríos, distantes, perfectamente impenetrables. Yo tenía las mejillas sonrojadas, el corazón desbocado y la certeza absoluta de que nunca había conocido a nadie que me pusiera tan nerviosa.
—Hasta mañana, doctora Navarro.
—Hasta mañana, doctor Ferrer.
Salió del despacho sin mirar atrás y yo me quedé sentada, mirando la puerta cerrada, con una sola certeza resonando en mi cabeza.
Ese hombre era insoportable. Arrogante. Despreciable. Y, maldita sea, era el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Cuando salí del hospital, el sol de julio me golpeó como una bofetada de realidad. Saqué el móvil y llamé a Mireia.
—He perdido la apuesta —dije antes de que pudiera saludar.
—¿Qué?
—Cien euros. La cena japonesa. Lo que quieras. Pero no me hagas admitirlo en voz alta nunca más, por favor.
—¿Admitir qué?
—Que es… —tragué saliva—. Que es guapo. Que es muy guapo. Que es el tipo de guapo que hace que quieras odiarlo solo para no sentirte vulnerable.
Mireia se rio durante treinta segundos seguidos.
—Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos, Candela Navarro. Bienvenida de nuevo.
Colgué y miré el hospital por última vez.
Mañana volvería. Mañana pasaría más tiempo con ese hombre insufrible. Mañana tendría que encontrar la manera de escribir sobre él sin volverme loca.
O quizás mañana descubriría que el verdadero desastre no era mi bloqueo creativo. Quizás el verdadero desastre era que, por primera vez en cuatro meses, sentía algo.
Y ese algo se llamaba Adrián Ferrer Montesinos.