Diagnóstico: Tú
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Capítulo 1
Candela
El martes debería haber sido un día como cualquier otro.
Un martes cualquiera en el que me hubiera levantado tarde, me habría tomado un café en el patio mientras mis gatos, Taco y Chorizo, intentaban cazar mariposas invisibles y habría abierto el portátil para fingir que escribía algo medianamente decente.
Pero no. Ese maldito día decidió que mi vida, que ya era un desastre perfectamente organizado, necesitaba un empujoncito hacia el caos absoluto.
Todo empezó con una llamada.
Mi nombre es Candela, tengo treinta años y soy escritora de novelas románticas.
Sí, esa profesión que todo el mundo cree que consiste en sentarse en un jardín florido mientras te vienen las musas con forma de cupidos borrachos.
La realidad es bastante menos poética: consiste en encerrarte en pijama durante días, desarrollar una relación codependiente con la cafetera y sufrir crisis existenciales cada vez que Word se actualiza y todos los botones cambian de sitio.
Llevo cuatro meses sin escribir una sola página decente.
Cuatro meses. Ciento veinte días. Dos mil ochocientas ochenta horas dando vueltas a la misma escena de una pareja conociéndose en un ascensor, hasta que he llegado a odiar tanto a esos personajes ficticios que he borrado el archivo tres veces y lo he recuperado de la papelera otras tres, porque, al fin y al cabo, necesito pagar la hipoteca.
Vivo en una casa baja en Benimaclet, el barrio más bonito y caótico de Valencia.
Mi padre dice que compré esta casa porque tengo alma de abuela: patio interior con buganvillas trepando por las paredes, un limonero que da los mejores limones de la ciudad, según el propio árbol, supongo, hamaca de madera donde paso más horas de las que debería, y una mesa donde he escrito tres novelas bestseller mientras me quemaba al sol como un idiota.
Taco y Chorizo, mis dos gatos rescatados, uno naranja y gordo, el otro negro y trasto, son mis únicos compañeros de escritura desde que…
bueno, desde que decidí que los hombres eran una especie sobrevalorada y que mi vibrador, aunque no me abrazaba, al menos no me dejaba en visto ni me robaba los calcetines.
Pero vayamos al grano. A esa llamada que cambió todo.
Sonó el móvil a las diez de la mañana, cuando todavía tenía la cara pegada al teclado del portátil, durmiendo una siesta involuntaria sobre la tecla de espacio, que había dejado tres páginas en blanco, llenas de espacios invisibles.
—Candela, cariño, necesito que respires hondo antes de contestar.
Era Hugo Sempere, mi editor desde hacía seis años.
Cuarenta y un años, barba perfectamente recortada, gafas que le daban un aire intelectual que usaba para intimidar a autores novatos, y el corazón de un osito de peluche camuflado bajo trajes italianos carísimos.
Me quería como a una hija. También me quería como a una gallina de los huevos de oro, pero eso no quita que entre nosotros hubiera cariño de verdad.
—Hugo, si me vas a decir que la editorial quiere el manuscrito para ayer, te advierto que estoy considerando seriamente cambiarme de profesión y dedicarme a criar cabras en el Pirineo.
—Peor.
—¿Peor?
—Necesito que salgas de esa cueva que llamas hogar y vengas a la oficina. Trae ropa presentable. Y por el amor de Dios, peina ese pelo.
Y colgó.
Hugo nunca colgaba. Hugo era de los que se quedaban veinte minutos despidiéndose con anécdotas, chistes malos y promesas de cenas que nunca cumplía. Si había colgado, algo grave pasaba.
Me levanté y me miré en el espejo del baño. El pelo castaño oscuro que parecía haber pasado por una batalla campal, ojos verdes con ojeras de panda, mi pijama de unicornios que decía «Me odio antes del café», y decidí que el mundo me vería así o no me vería.
Total, ¿qué podía pasar? ¿Que me despidieran? Perfecto. Menos presión. Podría dedicarme a vender limones en un puesto en el mercadillo.
La editorial ocupaba un edificio moderno en el centro de Valencia, cerca de la Plaza del Ayuntamiento. El aire acondicionado me golpeó como una bofetada de civilización cuando entré, todavía sudando del trayecto en bicicleta bajo el sol de julio.
Hugo me recibió en su despacho con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora, pero que a mí me pareció sospechosamente similar a la que ponía cuando iba a pedirme reescrituras masivas.
—Siéntate, Candi.
—No me llames Candi. Sabes que me pone de los nervios.
—Candela, entonces. Necesito que escuches con mente abierta.
Me senté. Crucé las piernas. Intenté parecer profesional a pesar de llevar un vestido veraniego arrugado y zapatillas Converse rotas.
—Tu contrato —empezó Hugo, ajustándose las gafas—. Renueva en septiembre. La editorial está encantada contigo. Sabes que tus dos últimas novelas han sido bestsellers y que has estado en la lista durante treinta semanas…
—Pero...
—Pero necesitamos el nuevo manuscrito para entonces. Y no solo cualquier manuscrito. Necesitamos algo diferente. Algo que demuestre que Candela Navarro puede ir más allá de las comedias románticas estándar.
—¿Estás diciendo que mis comedias románticas son estándar?
—Estoy diciendo que el mercado está saturado de escritoras que escriben sobre cupcakes y encuentros en cafeterías. Tú eres mejor que eso. Pero últimamente... —Hugo hizo una pausa—. Últimamente escribes como si tu corazón no estuviera en ello.
Porque no lo está. Porque hacía cuatro meses que mi corazón parecía haberse mudado a un piso compartido en el centro de la nada y no paga alquiler ni me avisa de cuándo volverá.
—Tengo una idea —continuó Hugo—. Tu próxima protagonista es médica. Cirujana cardiovascular. Mujer fuerte e independiente que no necesita príncipes azules.
—¿Y el protagonista masculino?
—El protagonista masculino es un cirujano cardiovascular real. Uno de los mejores de España. Internacionalmente reconocido. Guapo, brillante, reservado… el paquete completo.
—Suena horrible.
—Ah, pero aquí viene lo mejor. Tú vas a pasar varias semanas con él. Documentándote. Conociendo su mundo. Viendo cómo funciona un quirófano, cómo piensa un médico de élite, cómo...
—¿Cómo?
—Cómo vive, cómo respira, cómo… todo. Será tu inspiración. Tu Musa con bata blanca.
Me levanté tan rápido que casi vuelco la silla.
—¿Estás loco? ¿Quieres que pase semanas con un médico arrogante, pedante, que seguramente se cree Dios y mira por encima del hombro a cualquiera que no tenga un doctorado en… en…?
—Adrián Ferrer Montesinos —dijo Hugo, ignorando mi indignación—. Treinta y ocho años. Jefe de Cirugía Cardiovascular en el Hospital Clínico. Ha operado a ministros, actores, empresarios. Da conferencias en todo el mundo. Y según todas las fuentes, es...
—¿Es qué?
—Es el hombre más insufrible de Valencia.
Parpadeé.
—¿Insufrible?
—Arrogante, perfeccionista, frío, sarcástico hasta la médula.
No concede entrevistas. No tiene redes sociales.
Vive en una fortaleza moderna en las afueras y nadie entra allí.
Según mi contacto en el hospital, rechazó la propuesta tres veces antes de aceptarla y solo lo hizo porque el director es amigo de su padre y le debe favores.
—Entonces es un pesado.
—Es un pesado brillante. Y tú, Candela, eres una pesada brillante. Imagina la química.
—Imagina el homicidio.
—Imagina el bestseller .
Nos miramos durante diez segundos. Hugo sabía exactamente qué botón pulsar. Sabía que mi competitividad superaba a mi sentido común. Sabía que no podía resistirme a un reto, por muy absurdo que fuera.
—Una semana —dije finalmente—. Una semana y si no funciona, escribo la historia del ascensor y me dejáis en paz.
—Dos semanas. Y empiezas mañana.
—¡Mañana!
—Tiene una operación a las ocho. Deberías estar allí a las siete y media para hablar con él antes de entrar al quirófano.
—Esto es una encerrona.
—Esto es una oportunidad, Candi. Y necesitas una oportunidad. Porque si no entregas algo espectacular en septiembre... —Hugo dejó la frase en el aire, pero ambos sabíamos cómo terminaba.
Porque si no entregaba algo espectacular en septiembre, mi carrera como escritora podía acabar en el limbo de los autores de una sola temporada. Y aunque últimamente odiaba mi trabajo con la intensidad de mil soles, no estaba preparada para dejarlo.
Llegué a casa hecha un manojo de nervios.
Mi padre, Vicente, estaba en el patio preparando la paella.
Sí, en julio. Sí, a las dos de la tarde.
Mi padre creía firmemente que cualquier momento era bueno para hacer arroz, que la paella no entendía de estaciones, y que el mundo sería un lugar mejor si la gente comiera más arroz y discutiera menos.
—Cariño —dijo sin levantar la vista de la sartén—. Hueles a pánico.
—Voy a matar a Hugo. Voy a escribir una novela sobre un editor asesinado. Voy a hacerlo tan explícito que necesite clasificación para mayores de dieciocho años y advertencias de contenido violento.
—¿Te ha pedido que reescribas otra vez?
—Me ha vendido a un médico.
Mi padre dejó la cuchara de madera y se giró.
A sus sesenta y tres años, con el pelo canoso y los ojos marrones que yo había heredado, seguía siendo un hombre atractivo.
La viudez, doce años ya desde que mi madre nos dejó, le había dado una melancolía que combinaba de forma extraña con su sentido del humor.
—¿Cómo que te ha vendido a un médico?
Le expliqué todo. La propuesta, el doctor Adrián Ferrer Montesinos, las semanas de documentación, la amenaza velada sobre mi contrato.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que sí. Por supuesto que he dicho que sí. Soy idiota, papá. Soy competitiva, idiota y, además, tengo el orgullo de una adolescente con acné. No podía decir que no.
Mi padre sonrió. Esa sonrisa suya que significaba «mi hija está metiendo la pata hasta el fondo, pero voy a dejar que aprenda sola».
—¿Y cómo es este médico?
—Arrogante. Frío. Seguro que se cree mejor que todo el mundo. Seguro que habla en latín médico para impresionar. Seguro que...
—¿Es guapo?
—Eso da igual.
—Candela.
—Da igual que sea guapo. Si es insoportable, no importa si parece un modelo de pasarela o un duende con alopecia.
—Pero es guapo.
—Según Google, sí. Pero Google también dice que el aguacate es una fruta y yo sigo considerándolo un error de la naturaleza.