CORMAC
Cinco días en la mansión, y las paredes empezaban a parecer una jaula.
La reunión con los Marcello había ido tan bien como cabía esperar, es decir, jodidamente mal.
Luca había enviado a su hermano mayor en lugar de venir él mismo, un insulto calculado que todos en la sala entendieron.
Hubo exigencias. Intercambiamos amenazas.
No resolvimos nada. Dos semanas antes, los italianos habían atacado una de nuestras operaciones de blanqueo de dinero en Smithfield: un mensaje, según ellos, sobre límites territoriales.
Papá me envió a mí para entregar nuestra respuesta.
Cuatro de los hombres de Luca muertos, una de sus casas de droga en Ringsend reducida a cenizas.
Los italianos querían sangre por eso, y no pararían hasta conseguirla.
Mientras tanto, mi padre lo observaba todo con ojos fríos y calculadores, esperando a que yo cometiera un error. Esperando a que Alice se convirtiera en el lastre que había predicho. Cada comida en el comedor formal era como una partida de ajedrez, cada conversación una trampa potencial.
Alice lo estaba llevando mejor de lo que había esperado.
Había encontrado formas de ocuparse: explorar la mansión, leer en la biblioteca, tocar el violín en mi suite hasta que la música resonaba por el ala este como algo hermoso y fuera de lugar.
Pero veía cómo la tensión la iba consumiendo.
Cómo se sobresaltaba ante cualquier ruido inesperado.
Cómo sus ojos buscaban las salidas cada vez que nos movíamos por la casa.
No estaba hecha para jaulas. Yo tampoco.
—Nos vamos —dije la quinta noche. La encontré acurrucada en el asiento junto a la ventana de mi salón, viendo cómo el sol se hundía hacia el mar.
Levantó la vista.
—¿Irnos? Pensé que tu padre...
—Mi padre puede irse a la mierda —las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía—. No soy un prisionero en mi propia casa, y tú tampoco. Vamos a salir. Esta noche.
Algo brilló en sus ojos. Esperanza, tal vez. O simplemente alivio ante la posibilidad de escapar.
—¿Adónde?
—Primero a mi ático. Luego a cenar —me acerqué a ella y le tendí la mano—. Ponte el vestido negro. El que mandé traer ayer.
—¿El que costó más que seis meses de mi antiguo alquiler?
—Ese mismo.
Tomó mi mano. Dejó que la ayudara a levantarse.
—¿Esto es una cita, Cormac Tierney?
—Es lo que tú quieras que sea.
Esbozó una sonrisa pequeña pero auténtica, la primera de verdad que le veía en días.
—Entonces es una cita.
El ático ocupaba la última planta de una torre de cristal en los Docklands, todo líneas limpias y ventanales de suelo a techo con vistas al Liffey.
Lo había comprado hacía tres años y apenas lo usaba: un refugio, una válvula de escape, un lugar al que huir cuando las paredes de la familia se cerraban demasiado.
Ahora parecía algo más. Un comienzo, tal vez. O al menos una pausa.
Alice se quedó de pie en el centro del salón, girando despacio, asimilando las vistas. La ciudad se extendía bajo nosotros, con las luces titilando en la oscuridad temprana de la noche. La lluvia había cesado y lo había dejado todo limpio y nítido.
—¿Esto es tuyo? —preguntó.
—Sí.
—Es muy... —buscó la palabra—. Minimalista.
—No paso mucho tiempo aquí.
—Se nota —pasó un dedo por el respaldo del sofá de cuero—. Sin libros. Sin fotografías. Sin rastro de que alguien viva aquí.
—No soy un hombre sentimental.
—No —se volvió para mirarme—. Desde luego que no.
Pero sonreía al decirlo. Esa sonrisa pequeña e íntima que me removía algo por dentro cada vez que la veía.
—A cenar —dije—. Hay un italiano al que quiero llevarte.
—¿Italiano? —arqueó las cejas—. ¿Después de todo lo de Luca?
—Me niego a dejar que Luca Marcello nos arruine la comida italiana —cogí mi chaqueta—. Además, este lugar es especial.
—¿Especial en qué sentido?
No respondí. Me limité a ofrecerle el brazo y la guié hacia la puerta.
Al principio no lo reconoció.
El restaurante era pequeño, íntimo, escondido en Camden Street en un edificio que había conocido tiempos mejores.
La fachada había sido repintada desde la última vez que ella estuvo allí: el verde era más oscuro ahora, más bosque que esmeralda, y el letrero sobre la puerta había sido sustituido por algo más moderno.
Pero cuando entramos, cuando nos envolvió el olor a ajo, tomate y pan recién hecho, cuando vio el reservado de la esquina junto a la ventana donde una niña pequeña había hecho los deberes mientras su padre tocaba el violín...
Dejó de respirar.
—Cormac —su voz era apenas un susurro—. Esto es...
—Donatello's —la guié hacia dentro con la mano en la parte baja de su espalda—. Llamé antes. Pedí el reservado de la esquina.
El dueño, tercera generación, hijo del hombre que había contratado por primera vez a Marian Novachek para tocar los jueves por la noche, nos recibió en la puerta. Era mayor ahora, con las sienes canosas, pero tenía la mirada amable.
—Señor Tierney —me estrechó la mano y luego se volvió hacia Alice con algo parecido al reconocimiento suavizándole los rasgos—. Y usted debe de ser... perdone. Se parece tanto a alguien que conocí.
—Mi padre —la voz de Alice se quebró—. Marian Novachek. Tocaba aquí.
El rostro del anciano se iluminó.
—¿La pequeña Alice? ¿La niña de los deberes y el chocolate caliente? —la estrechó en un abrazo antes de que pudiera reaccionar—. Reconocería esos ojos en cualquier parte. Los ojos de tu padre. Fue el mejor músico que tocó en mi restaurante.
Alice estaba llorando. Las lágrimas silenciosas le corrían por el rostro mientras el anciano la abrazaba, y yo me quedé allí de pie sintiendo algo que no sabía nombrar, algo cálido y doloroso y terriblemente ajeno.
—Venga —dijo finalmente el dueño, soltándola—. Vengan a sentarse. Su mesa los está esperando. Y esta noche, cenan gratis. Por la memoria de Marian.
Alice se deslizó en el asiento. Pasó los dedos por el cuero gastado como si acariciara un fantasma.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó una vez que el dueño nos dejó con los menús y una botella de vino que había insistido en que iba por cuenta de la casa—. ¿Cómo encontraste este lugar?
—Tú me lo dijiste —alargué la mano por encima de la mesa y tomé la suya—. Aquella primera noche en la casa de seguridad. Me hablaste de tu padre, de Donatello's, de cuando te sentabas en el reservado del rincón mientras él tocaba.
—Lo recordaste.
—Recuerdo todo lo que me dices.
Me miró fijamente. Las lágrimas aún húmedas en sus mejillas, los ojos brillando con algo que parecía casi asombro.
—No eres lo que esperaba —dijo finalmente—. Cuando te vi por primera vez, pensé que eras un monstruo. Frío. Vacío. Incapaz de...
—¿De qué?
—De esto —me apretó la mano—. Amabilidad. Consideración. Recordar un detalle sin importancia sobre un restaurante y usarlo para devolverme algo que creía haber perdido.
—Sigo siendo un monstruo, Alice. Ayer maté a un hombre por mirarte demasiado rato.
—Lo sé —sonrió entre lágrimas—. Pero eres mi monstruo. Y por lo visto, eres un monstruo que presta atención.
Algo se resquebrajó en mi pecho. Lo mismo que llevaba resquebrajándose desde el momento en que la vi, fracturándose un poco más cada día hasta que ya no estaba seguro de que quedara nada del hielo que había levantado en torno a mi corazón.
—Dime algo —dijo Alice, recomponiéndose mientras el camarero se acercaba—. Algo real. Algo que no tenga que ver con la Hermandad ni con la familia ni con nada de esto.
—¿Como qué?
—No lo sé. Algo corriente —hizo girar el vino en la copa, pensativa—. ¿Qué querías ser de niño? Antes de todo esto.
La pregunta me pilló desprevenido. Nadie me había preguntado eso en... ¿Alguien me lo había preguntado alguna vez?
—Piloto —dije. El recuerdo emergió de algún rincón que creía enterrado hacía mucho—. Quería pilotar aviones. Cuanto más rápidos, mejor.
—¿En serio?
—Mi madre solía llevarnos al aeródromo a verlos despegar. A Aoife y a mí —el nombre se me escapó antes de poder evitarlo. El nombre de mi hermana, el que nunca pronunciaba—. Nos tumbábamos en la hierba y los veíamos ascender hasta que desaparecían entre las nubes.
La expresión de Alice se suavizó.
—¿Qué le pasó? ¿A Aoife?
—Murió. Hace dieciocho años. Junto con... —me detuve. Respiré hondo—. Junto con mi mejor amigo y otras personas que me importaban.
—Bray Head.
—¿Lo sabes?
—Peggy me lo contó. En la gala, antes de... —hizo un gesto vago. Antes de que todo se fuera al infierno—. Dijo que sobreviviste cuando todos los demás murieron. Por eso te llaman el Rey Inmortal.
—Es solo un nombre.
—¿Seguro?
La miré a los ojos. No había juicio en ellos, ni lástima. Solo curiosidad, y algo más profundo. Comprensión, tal vez. El reconocimiento de un superviviente hacia otro.
—Debería haber muerto con ellos —dije—. Nunca he entendido por qué no fue así.
—Quizá tenías que estar aquí. Para esto. Para... —se detuvo. El rubor le subió a las mejillas—. Da igual. Es una tontería.
—No es ninguna tontería.
—Es romántico. Y acabas de decir que no eres sentimental.
—Quizá estoy aprendiendo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Cargadas de significado. Cargadas de posibilidad.
Su pie encontró el mío bajo la mesa. Lo presionó contra mi tobillo con intención deliberada, y el calor me bajó directo a la entrepierna.
—Quizá deberíamos pedir la cuenta —dijo.
—Ni siquiera hemos pedido aún.
—No tengo hambre de comida.
Dios. Esta mujer iba a ser mi perdición.
Hice una señal al camarero. Me disculpé con el dueño, que nos despidió con una sonrisa cómplice y nos hizo prometer que volveríamos. Luego tomé la mano de Alice y la guié hacia la salida lateral, la que daba al callejón estrecho donde había aparcado.
Nunca llegamos al coche. El ataque fue fulminante.