ALICE #2
Me temblaban tanto las manos que apenas podía agarrar la tela. No me ayudó —no me tocó en absoluto—, solo esperó mientras me envolvía en una lana que aún conservaba el calor de su cuerpo, que olía a whisky y aceite de motor y a algo más oscuro por debajo.
Entonces me tendió mis viejos zapatos gastados. No sé si fue verlos, tan desvencijados, o el calor de su chaqueta, pero volví en mí, anclada de nuevo en el presente, en este momento. No tenía dieciséis años, no estaba en un callejón. Estaba aquí, ahora, viva.
Lo que casi había aflorado se replegó de nuevo hacia la oscuridad. No se había ido —aún lo sentía allí, presionando contra los muros de su prisión—, pero estaba contenido. Por ahora.
—Te disociaste.
No era una pregunta.
—Pasa.
Me obligué a sostenerle la mirada. A que no me temblara la voz.
—Normalmente espero hasta el quinto asesinato de la noche. Esta noche me he adelantado.
Otra vez esa contracción. Esa casi sonrisa que por una fracción de segundo transformó su rostro en algo que se aproximaba a lo humano.
—Vienes conmigo.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
La mentira me salió sola. Sabía perfectamente quién era. Todo Dublín lo sabía, joder, toda Irlanda lo sabía.
—Cormac Tierney.
El nombre quedó flotando en el aire entre nosotros como humo. Como una advertencia.
—¿Y si me niego?
—Entonces mueres en este pasillo cuando llegue el siguiente.
Su voz era plana. Rotunda.
—A ese lo habían comprado. Puede que a otros también.
Miré el cuerpo en el suelo. La sangre acumulándose debajo, oscura, extendiéndose por el mármol. La puerta de servicio abierta y la lluvia cayendo aún en el callejón del otro lado.
Todo mi cuerpo me gritaba que no me acercara a esa puerta. Que no me adentrara en esa oscuridad, esa lluvia, esas sombras que parecían dientes a punto de cerrarse.
—Vale.
La voz me salió más firme de lo que estaba mientras un escalofrío me recorría el cuerpo.
—Pero no por ahí.
Sus ojos siguieron los míos hacia la puerta de servicio. Algo cambió en su expresión —no comprensión exactamente, sino reconocimiento—. No preguntó por qué. No insistió, solo cerró la puerta. Dejó fuera la lluvia y la oscuridad y los fantasmas que aguardaban allí.
—Por aquí.
Dejé que me guiara por un laberinto distinto de corredores, lejos del callejón, lejos de los charcos rojo sangre, lejos de los recuerdos que pugnaban por escapar de la habitación cerrada de mi mente, con los zapatos colgando de los dedos mientras lo seguía descalza.
Pasamos junto a hombres que miraban pero no hablaban.
Cruzamos puertas que exigían códigos y huellas dactilares y llaves que aparecían en su mano como por arte de magia.
Su coche era negro. Por supuesto. Elegante y caro, un Maserati o algo así. Me abrió la puerta del pasajero como si estuviéramos en una cita, como si yo no estuviera cubierta de sangre, descalza, manteniéndome en pie solo a base de shock y terquedad.
Me subí y dejé los zapatos en el regazo, el amuleto aún en la mano. El cuero era suave. Con calefacción. Me hundí en él y sentí que el cuerpo empezaba a temblarme; el calor hacía mucho más evidente el frío que no había notado hasta entonces.
Cormac se deslizó en el asiento del conductor. El motor ronroneó al cobrar vida. La lluvia empezó a caer con más fuerza cuando salimos del garaje subterráneo y salpicaba contra el parabrisas como—
Cerré los ojos. Me concentré en la respiración. En el olor a cuero y whisky. En cualquier cosa menos el sonido de la lluvia.
Condujo en silencio, y se lo agradecí. No tenía palabras para lo que había sucedido en aquel pasillo, para la forma en que mi cuerpo había reaccionado ante un callejón cualquiera, una tormenta cualquiera.
No tenía palabras para los fragmentos que habían aflorado: la nana, la voz, la sensación fantasma de manos y lluvia y dolor.
Algo me había sucedido. Hacía diez años, cuando tenía dieciséis, dos meses después de que muriera mi madre. Algo que no podía recordar. Algo que mi cuerpo jamás había olvidado.
Había pasado una década sin pensar en ello.
Sin preguntarme. Sin hacer preguntas que no tenían respuesta.
Pero esta noche, de pie en aquel pasillo con sangre en el vestido y la lluvia cayendo sobre un callejón idéntico a cualquier otro de Dublín —esta noche, cuando aquel hombre había intentado matarme—, algo se había resquebrajado.
No sabía si podría volver a sellarlo. Me ajusté más la chaqueta de Cormac sobre los hombros. Sentí su calor filtrarse en mi piel helada. Dejé que su aroma me llenara los pulmones: whisky y aceite y algo más oscuro, algo peligroso, algo que no debería resultar tan seguro como resultaba.
Sus ojos se desviaron hacia mí. Solo un segundo. Luego volvieron a la carretera. No preguntó qué había pasado. No preguntó por qué me había quedado paralizada, por qué había mirado aquel callejón como si albergara monstruos, por qué le había pedido que me llevara por otro camino.
Quizá no le importaba. O quizá reconocía la expresión de mi rostro. La expresión de alguien que había sobrevivido a algo que no podía recordar, y empezaba a preguntarse si olvidar había sido lo único que la mantenía con vida.
La lluvia se deslizaba por la ventanilla y difuminaba las luces de la ciudad hasta convertirlas en acuarelas. En algún rincón de mi mente, la nana seguía sonando.